Sierra Nevada, Copa del Mundo 24

¿Y si los dinosaurios se extinguieron por un ataque de nostalgia?

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 26 de Febrero de 2023
Obra de Lola Argemi.
culturacolectiva.com
Obra de Lola Argemi.
'La nostalgia ya no es lo que era'. Peter Vries

Simone de Beauvoir achacaba a la pérdida de la libertad que poseíamos en nuestra infancia el malestar existencial que nos angustia y nos persigue toda nuestra vida adulta. La nostalgia por aquellos tiempos en los que nos sentíamos libres de cualquier responsabilidad (que entendíamos por plena libertad) nubla en la vida adulta la acuciante gestión del peso de lo cotidiano ante aquellas obligaciones, hacia nosotros mismos o los demás, que soportamos más o menos estoicamente como espada de Damocles que cuelga sobre nuestras cabezas. Podríamos decir que las etapas que van poniendo fin a nuestra infancia y juventud son aquellas, no marcadas tanto por el reloj biológico y su irremediable tic tac, sino por la asunción de responsabilidades que vamos adquiriendo. Si tanto añoramos nostálgicamente las vacaciones pasadas (como la infancia perdida) y tanto necesitamos aquellas por venir, es precisamente por permitirnos, al menos durante un breve periodo de tiempo, liberarnos de algunas responsabilidades cotidianas. Aunque tal y como solemos angustiarnos durante las vacaciones, añadiendo un problema tras otro, una responsabilidad innecesaria tras otra, en lugar de disfrutar relajadamente, e improvisar alegremente ante cualquier imprevisto, cualquiera diría que merecemos derrumbarnos bajo el peso de nuestros deberes cotidianos, a ver si así espabilamos algo.

La añoranza nostálgica es uno de los pasatiempos preferidos del ser humano, por amores pasados, que ni de lejos fueron tan estimulantes como creemos recordar, o amistades concluidas o pérdidas, que tampoco fueron tan importantes como para desaprovechar las presentes, ni por esa adolescencia o juventud que tanto añoramos, aunque fuéramos un poco más cretinos o ingenuos, o ambas cosas, de lo que recordamos

La añoranza nostálgica es uno de los pasatiempos preferidos del ser humano, por amores pasados, que ni de lejos fueron tan estimulantes como creemos recordar, o amistades concluidas o pérdidas, que tampoco fueron tan importantes como para desaprovechar las presentes, ni por esa adolescencia o juventud que tanto añoramos, aunque fuéramos un poco más cretinos o ingenuos, o ambas cosas, de lo que recordamos. Por no hablar de nuestro pasatiempo favorito de mirar fotos o videos pasados,  o la novedosa vergüenza ajena de distraernos viendo lo publicado en redes sociales años atrás. El peligro de la nostalgia es que tomarla como un entretenimiento es algo inofensivo, pero si dejamos que por el contrario minusvalore nuestro presente, es una amenaza para nuestro presente y nuestro futuro. Un insecto atrapado en ámbar, miles o millones de años atrás,  puede ser un atractivo objeto, tratar de atrapar en ámbar un pasado que ni de lejos fue tan perfecto como nuestra memoria cree recordar es un lastre que pone en peligro el futuro, y nos impide valorar aquellas cosas de nuestro presente que, digamos, siguen presentes ahí. Y si las dejamos pasar ahora, crearemos un estúpido bucle que nos hará sentir añoranza dentro de algún tiempo por habérnoslas perdido, o al menos no aprovecharlas como debíamos. Comparar pasado con presente solo lleva a la frustración o la parálisis. 

Creo recordar que fue E.M. Cioran el que bromeaba con la idea de que quizá los dinosaurios no hubieran sucumbido al impacto de un enorme meteorito que cambió repentinamente las condiciones de vida del planeta, convirtiendo en hostil lo que era apto para la vida, sino debido a un ataque de nostalgia, que les hizo hundirse bajo el peso de un tiempo feliz que nunca iba a volver. En nuestra época la nostalgia ha dejado de ser únicamente un poético problema existencial al estilo de lo proclamado por Beauvoir, para convertirse en un lucrativo negocio capitalista, que de seguir así podría causar sino una catástrofe natural como la del fatídico meteorito, sí un enorme cráter existencial que lastre las perspectivas de futuro de una sociedad que se siente atrapada por la nostalgia de tiempos mejores, que como todos deberíamos saber, nunca fueron tales. Y si así fuera, en algunas experiencias personales, la nostalgia por lo que fue, pero ya no es, ni nunca podrá ser, terminará por atraparnos en ciénagas existenciales de difícil salida. Sentir rabia o impotencia por hechos pasados, alimentados por la nostalgia es el equivalente a lanzar un coctel molotov a nuestras perspectivas de encontrar serenidad y felicidad en nuestro presente.

Una persona atrapada por la nostalgia de su pasado es incapaz de crear nuevos recuerdos que superen aquél, pues todo siempre lo mide con unos parámetros  parcialmente inventados, que convierten cualquier acción o suceso presente en una versión fracasada frente a estándares imposibles de superar

El filósofo estadounidense Grafton Tanner en un ensayo de reciente publicación, Las horas han perdido su reloj: las políticas de la nostalgia, afirma que la nostalgia ha pasado de ser una mera emoción humana que surgía de vez en cuando, y que no tenía excesiva importancia, si no nos dejábamos atrapar por ella, como hemos comentado, a toda una industria: una sucursal de la industria cultural que vende baratijas nostálgicas como forma de escapismo. La industria de la nostalgia trafica con lo retro, revitalizando viejas series de televisión, escribiendo precuelas y secuelas a películas de antaño y convirtiéndolas en franquicias y nuevos universos comerciales. Trabaja en sintonía con los grandes grupos de comunicación: estos últimos siembran la rabia y el odio, mientras que aquella proporciona el bálsamo nostálgico. Este ciclo de retroalimentación emocional se convirtió en un elemento fundamental de la economía de la atención en la década de 2010. La primera conclusión de esta absorción capitalista de la nostalgia es que con la cultura sucede lo mismo que con las personas, que no avanza. No crea cosas nuevas. Una persona atrapada por la nostalgia de su pasado es incapaz de crear nuevos recuerdos que superen aquél, pues todo siempre lo mide con unos parámetros  parcialmente inventados, que convierten cualquier acción o suceso presente en una versión fracasada frente a estándares imposibles de superar. Si en las personas es un problema, en una cultura impregnada por la nostalgia como negocio es aún peor, pues nos determina negativamente a todos.

Pensemos en cómo los artistas que tuvieron éxito con algún producto cultural del pasado, una obra musical, una película, una novela, se ven presionados por la industria y los medios de comunicación que controlan el mercado para repetir con ligeras variaciones siempre el mismo producto

Pensemos en cómo los artistas que tuvieron éxito con algún producto cultural del pasado, una obra musical, una película, una novela, se ven presionados por la industria y los medios de comunicación que controlan el mercado para repetir con ligeras variaciones siempre el mismo producto. No les dejan a ellos crecer como artistas, ni a nosotros como espectadores. Los algoritmos, los nuevos dioses que controlan nuestros gustos siempre nos recomiendan aquello que nos gustó en el pasado o íntimamente relacionado. No son humanos, por tanto no conocen que los seres humanos debemos evolucionar, cambiar de gustos, experimentar, para crecer emocional e intelectualmente. Pero la dictadura de los algoritmos pretende controlar nuestros gustos, porque ya los conoce, y por tanto es más sencillo vendernos productos que ya nos gustaron, que dejarnos crecer y probar otros cuyo resultado en ventas es más incierto. En palabras de Tanner: Mientras los algoritmos se entrenen con datos del pasado, y mientras las empresas tecnológicas sigan extrayendo nuestros datos, seguirán apareciendo formas recombinadas del pasado en nuestras recomendaciones. Pero no se trata sólo de algoritmos. Los artistas de hoy en día son rechazados de forma rutinaria por sus «nuevas» ideas, especialmente si esos artistas produjeron obras de éxito en el pasado. Las grandes plataformas como Netflix, en particular, son mucho más propensas a dar luz verde a un reinicio que a una idea «original», a menos que esa idea contenga referencias legibles a la cultura pop del pasado.

Tiempos convulsos como los que vivimos, crisis financieras, pandemias, guerras calientes y frías, son terreno fértil para el crecimiento de fuerzas reaccionarias, populistas, que abogan por una nostalgia de tiempos pasados donde la vida era más estable, supuestamente

Tiempos convulsos como los que vivimos, crisis financieras, pandemias, guerras calientes y frías, son terreno fértil para el crecimiento de fuerzas reaccionarias, populistas, que abogan por una nostalgia de tiempos pasados donde la vida era más estable, supuestamente. Es peligroso caer en ese juego de espejos que nos hace caer en la desesperanza. La nostalgia puede ser positiva si nos insta a rebelarnos para crear un futuro mejor, no un calco de supuestos y mejores tiempos pasados. Las derechas extremas se aprovechan de las crisis presentes para recortar derechos duramente conseguidos en la actualidad, como si esos derechos fueran la causa de la inestabilidad actual. Así tratan de vender estos recortes, por absurdo que casualmente nos parezca: Hay una parte de medios de derechas que enmarcan el presente como algo acerca de lo que hay que enfadarse y hablan de un tiempo en el que, según ellos, las cosas no estaban tan mal ( Grafton Tanner)

La nostalgia no tiene por qué ser un problema si no dejamos que se convierta en tal, si la controlamos a ella, y no permitimos que por el contrario, en lo personal, en lo social, en lo político o en lo cultural, nos condicione a nosotros, nos controle. Es tan sencillo, o tan complicado, como no dejarnos paralizar por el narcótico de recuerdos pasados que eviten dolores presentes. Aceptar que el pasado es, y que hemos de crecer a través de experiencias diferentes de aquellas que vivimos, tratar de crear nuevos recuerdos, no meros sucedáneos de aquellos que nos agradaron en el pasado. La posibilidad de mejorar en un futuro, implica aceptar que podrás equivocarte al no repetirte siempre. Y vale para el artista o para aquellos que entendemos al estilo nietzscheano que nuestra vida es nuestra propia obra de arte, que hay que reinventar continuamente para mantener el vigor y nuestra voluntad de vivir, de ser, de crecer hasta el último día de nuestra existencia. También nos queda la alternativa y aceptar el fatídico destino de los dinosaurios y extinguirnos por otro meteorito lleno de nostalgia.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”