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'Ser mujer'

Blog - Punto de fuga - Cristina Prieto - Jueves, 7 de Septiembre de 2023
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Concluidas ya las vacaciones estivales para la gran mayoría, encaramos un nuevo curso y nada parece haber cambiado. Y, si lo ha hecho, ha sido para peor. Dieciocho mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas los meses de julio y agosto y el primer fin de semana de este recién estrenado septiembre. Una cifra insoportable. ¿Alguien se imagina la alarma social si ETA hubiera cometido esta barbarie hace algunos años? Faltarían portadas en los medios impresos y aperturas de informativos audiovisuales para denunciar el sangriento balance. Incluso, todos los partidos políticos se hubieran enzarzado en discusiones interminables sobre las medidas a adoptar. En cambio, al ministerio de Igualdad parece que, incluso, le daba pereza convocar el consabido comité de crisis que debe reunirse cuando el número de víctimas es de cinco o más. Hacía calor y eran muy malas fechas para juntarse. Al fin y al cabo, son sólo mujeres. Un comité en el que se ha hablado del comité porque después de cuatro años, han decidido que tienen que ampliar el comité.

La cuestión es sencilla, la respuesta es casi automática para el común de los mortales, llevamos siglos de conocimiento sobre el tema pero, en estos momentos, pedir a quienes dirigen las políticas de igualdad en las democracias abiertas una definición de la palabra mujer es crear un conflicto de estado

La titular de Igualdad, después de lanzar a sus acólitos en redes sociales e ir llorando por las esquinas porque no le habían dado vela en el posible entierro de Luis Rubiales –decimos posible, porque el futuro finado aún está vivo- ha conseguido una entrevista de una página completa en un medio de tirada nacional para decir que, como el de Motril, aún no ha expirado su último aliento y está presta a la recuperación inmediata si así se lo solicitan. Lo que parece que no tiene claro es cuál es el objetivo principal de su ministerio. Las mujeres se le siguen atragantando. Y el Feminismo lo desconoce.

En los últimos meses se ha visto palidecer a dirigentes políticos de distintos países ante la pregunta clave para determinar qué medidas van a implementarse en sus gobiernos para atajar la extrema violencia que vivimos las mujeres en cualquier rincón del planeta. La cuestión es sencilla, la respuesta es casi automática para el común de los mortales, llevamos siglos de conocimiento sobre el tema pero, en estos momentos, pedir a quienes dirigen las políticas de igualdad en las democracias abiertas una definición de la palabra mujer es crear un conflicto de estado.

Resumiendo: la ministra de Igualdad del Gobierno de España no sabe quiénes somos las mujeres aunque es la responsable, en funciones, de un departamento cuyas actuaciones van dirigidas, específicamente, a ellas. Las consecuencias las estamos sufriendo ya

Preguntada Irene Montero sobre este asunto, su respuesta –revestida de la verborrea habitual- no deja lugar a dudas sobre el posicionamiento de la ministra de Igualdad. “Ser mujer es alguien que por el hecho de ser mujer tiene más riesgo de pobreza, más precariedad laboral, más riesgo de sufrir violencias machistas”, ha contestado sin despeinarse en la citada entrevista. La siguiente pregunta ante la estúpida respuesta fue si ser mujer es sentirse mujer. Y ahí, su postura quedó aún más clara: “Es que esa pregunta implica una enorme carga de transfobia”. Resumiendo: la ministra de Igualdad del Gobierno de España no sabe quiénes somos las mujeres aunque es la responsable, en funciones, de un departamento cuyas actuaciones van dirigidas, específicamente, a ellas. Las consecuencias las estamos sufriendo ya.

Además de que la palabra definida nunca puede formar parte de la definición, al menos así me lo enseñaron en el colegio, el resto de la respuesta puede aplicarse casi a cualquier persona incluida en grupos especialmente vulnerables

Además de que la palabra definida nunca puede formar parte de la definición, al menos así me lo enseñaron en el colegio, el resto de la respuesta puede aplicarse casi a cualquier persona incluida en grupos especialmente vulnerables. Jóvenes, inmigrantes y personas con discapacidad presentan una mayor exposición a la pobreza, la precariedad laboral y la violencia (la machista, también). ¿Son mujeres en su totalidad? No. Luego, la respuesta a la primera pregunta no puede darse por válida. Para la segunda cuestión, utilizó el comodín de moda. La transfobia.

Personas de toda condición, origen o religión tienen clarísimo quiénes somos las mujeres. Sin alharacas ni aspavientos se señala a las niñas que, a cierta edad, deben ser cubiertas de pies a cabeza, privadas de estudiar, sometidas a horribles prácticas como la mutilación genital o pruebas de virginidad antes de contraer matrimonio, casadas a muy temprana edad con varones que podrían ser sus abuelos, violadas y obligadas a parir siendo aún niñas, apartadas de su comunidad durante la menstruación por ser consideradas impuras, utilizadas para gestar y parir para quienes tienen dinero y desean comprar un bebé o mercadeadas por redes de tráfico de personas para satisfacer los deseos sexuales de hombres que pagan por violentar sus cuerpos.

Una mujer es la hembra de la especie humana cuyo sexo condiciona toda su existencia. Y si no, señora ministra, pregúntese por qué en Afganistán no hay ni una sola mujer en las listas de acceso a la Universidad hechas públicas el pasado lunes. También podría interesarse por lo que está ocurriendo en India donde no se ha registrado un solo nacimiento de niñas durante los últimos tres meses en 132 poblaciones. Quizá en estos hechos encuentre la respuesta que está buscando. La purpurina puede llegar a cegar y, mientras se limpia los ojos para ver con algo más de claridad, intente revisar su discurso para decir algo con sentido. Las mujeres seguimos esperando.

 

 

 

Imagen de Cristina Prieto

Madrileña afincada en Andalucía desde 1987, primero en Almería y posteriormente en Granada donde he desarrollado mi carrera profesional como periodista. Me licencié en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, cursé mi suficiencia investigadora en la Universidad de Granada dentro del programa Estudios de la Mujer y leí mi tesis doctoral en la Universidad de Málaga.