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Seamos razonables

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 10 de Septiembre de 2017
La Brecha III, José Guerrero (1989).
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La Brecha III, José Guerrero (1989).

 "Nada hay más peligroso que un amigo ignorante: es mejor un enemigo razonable". Jean de la Fontaine.

"El hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable persiste en tratar de adaptar el mundo a sí mismo. Por tanto, el progreso depende del hombre irrazonable". George Bernard Shaw

Cuántas veces nos han dicho en alguna discusión, o por llamarlo de otra manera más sutil, “un educado, pero acalorado, intercambio de opiniones”: seamos razonables. En realidad, lo que se quiere decir es: déjate de tonterías, que aquí quien tiene razón soy yo, así que deja de empecinarte en mantener tu postura y sé razonable, o sea, hazme caso. La pretendida posesión de la razonabilidad se ha convertido en la mayor arma de destrucción masiva argumentativa, en nuestra sociedad. Quién no quiere encontrarse en el bando de los que son razonables, frente a la irracionabilidad manifiesta de los otros, sean cuales sean. Desde los medios de comunicación, hasta el masificado uso de las redes sociales como privilegiado espacio de debate y discusión, pocas palabras encontraremos con mayor, y porque no decirlo, equivocado uso.

La pretendida posesión de la razonabilidad se ha convertido en la mayor arma de destrucción masiva argumentativa, en nuestra sociedad

Con el tengo razón, o tienes razón -en realidad usado para alabar el buen sentido común del otro que piensa como nosotros- básicamente pretendemos exponer un argumento irrefutable y poner fin a cualquier debate, dado que las opiniones contrarias no merecen ser tenidas en cuenta, ya que la nuestra es la única opinión normal y sana. Otro uso que suele emplearse con el arma cargada de la razonabilidad es el de la pretendida integración a la normalidad social. Se es razonable cuando se aceptan las reglas del grupo en el que uno se encuentra. En estos casos, la razón se convierte en un arma de dominio sobre el que manifiesta una peligrosa tendencia a pensar al margen de lo aceptado por el grupo. En los años setenta, en las postrimerías del fascismo franquista, en la España nacional católica de único dogma, el peligroso social, el irracional, era el que  no aceptaba vivir conforme a las razonables leyes que castigaban cualquier desvío de la única forma de vivir que se encontraba aceptable. Los más poderosos tenían licencia para saltárselas, claro, pero siempre que lo hicieran fuera de la vista, ante todo había que mantener el buen gusto. Hoy día, aun encontramos, restos de esa infernal forma de entender lo razonable en aquellos que ante cualquier diversidad que difiera de su forma de vida, se sienten amenazados.

El prestigio de la razonabilidad también la convierte en el disfraz más adecuado para todo lo contrario; las ideologías más peligrosas, que esconden bajo el uso de la lógica, de los buenos modales, de la habilidad retórica, pensamientos llenos de odio a lo diferente. La apelación a los instintos más bajos de los discursos del odio se esconde bajo sesudos análisis que demuestran que las suyas son las más razonables de las propuestas. No hace falta ir al terror de los regímenes totalitarios que dejaron como un yermo los principios éticos de la humanidad en el siglo XX, con Hitler, Stalin o Mao a la cabeza, todos ellos escondían ese monstruo nacido de Hegel que era la Razón a la que la historia servía, y los seres humanos eran menos peleles a manos de los profetas capaz de dilucidar hacía donde debía dirigirse la historia, fuera cual fuera el precio a pagar.

Hoy día, nos escandalizamos del uso torticero, engañoso y mentiroso que hizo Trump del nacionalismo económico para ganar las elecciones poniendo de su parte a los trabajadores, blancos por supuesto, pero aquí en nuestro país, no es tan raro ver a aquellos que también esconden su odio en la razonable propuesta de “los españoles primero”

Hoy día, nos escandalizamos del uso torticero, engañoso y mentiroso que hizo Trump del nacionalismo económico para ganar las elecciones poniendo de su parte a los trabajadores, blancos por supuesto, pero aquí en nuestro país, no es tan raro ver a aquellos que también esconden su odio en la razonable propuesta de “los españoles primero”. Da igual, que sin el abnegado y muchas veces mal pagado trabajo de los emigrantes se puedan mantener nuestra sanidad, educación y pensiones, da igual, que sea mentira, con rigurosos datos, que la sanidad se sature por el uso de los emigrantes, que por cierto la reciben pagando escrupulosamente sus impuestos, no como muchos de los que presumen de españolidad. Da igual, que históricamente hemos sido un país de emigrantes donde se nos ha recibido en esos países que ahora nos envían emigrantes, con todos los derechos y con todo el cariño del mundo, y da igual, que al fin y al cabo, todos seamos seres humanos que sentimos y sangramos igualmente. Ser de tal sitio, aunque seas un capullo integral, y una pésima persona, no importa, porque esa identidad es por la que se te ha de juzgar, no como realmente eres como ser humano.

Lo paradójico de la cuestión es que la razón dócil es la razonable y la razón critica, la irrazonable, la una merece la aprobación general de la sociedad, la otra en el mejor de los casos sitúa a quien la defiende como un misántropo, en el peor,  merecedor del regalo del hospital psiquiátrico. El problema es convertir a la razón en ídolo, dando pie a que aparezcan esos monstruos denunciados por Goya. El mundo es complejo, mucho más de lo que el uso dogmático de la razón pretende simplificarlo, bajo la apariencia de esquemas lógicos. Lógica que pretende ofertarnos soluciones simples y prácticas de problemas que no las tienen por su propia naturaleza. Sin caer en esas trampas, ni Trump hubiera ganado, ni el brexit hubiera sido posible. La razón critica desconfía de cualquiera que nos oferte una solución simple y práctica ante un problema complejo; que la globalización afecta a la pérdida de empleos, fácil, gravemos brutalmente aranceles de los otros países, y neguemos la entrada a la emigración, incluso construyamos un enorme muro que empequeñezca a la muralla china. Que tenemos crisis, fácil, solo compremos productos nacionales (a saber muy bien hoy día qué quiere decir eso). Que esa solución conlleve a medio plazo el desplome de la economía y a largo más paro, da igual, era una solución que nos ha permitido  focalizar en un solo culpable, nuestras miserias y errores del capitalismo salvaje.

La razón critica desconfía de cualquiera que nos oferte una solución simple y práctica ante un problema complejo; que la globalización afecta a la pérdida de empleos, fácil, gravemos brutalmente aranceles de los otros países, y neguemos la entrada a la emigración, incluso construyamos un enorme muro que empequeñezca a la muralla china

La razón ha de tener una función principal, su uso crítico, y la razonabilidad, un instrumento esencial, la duda, empezando por el argumento propio. Onfray lo manifiesta con claridad al analizar los terribles errores que históricamente nos ha llevado el uso de la razón dogmática como motor social; Dejemos a la razón el poder exclusivo de disipar ilusiones, de destruir creencias, de ser un instrumento crítico, de desmontar ficciones falsas (…) en el momento en que ella contribuye a crear nuevas ilusiones, a dar luz a quimeras racionales, anuncia siempre lo peor, mientras que, al contrario, debería ayudaros a temer lucidamente, y después a conjurar.

Horkheimer, el filósofo alemán, en su Crítica de la razón instrumental nos hace notar la degradación en las sociedades contemporáneas del término razón; hoy día lo razonable es medido por nuestro grado de adaptación a las normas establecidas, la razón es el instrumento para adaptar los medios de nuestra conducta, a la finalidad de cumplir las normas. Pero la razón, en su origen era mucho más, era aquella capaz de analizar críticamente los fines, para así poder determinarlos.

En su polémico libro Tratado contra el método, propulsor de una metodología anarquista para comprender el funcionamiento de la ciencia, Paul Feyerabend nos exhorta a ser crítico con las concepciones dogmáticas de la Razón que hoy día predominan en todos los ámbitos del saber; Y la Razón, por fin, irá a unirse con todos aquellos otros monstruos abstractos como la Obligación, la Obediencia, la Moralidad, la Verdad, y sus predecesores más concretos, los Dioses, que se emplearon en otro tiempo para intimidar al hombre y limitar su desarrollo libre y feliz.

Seamos razonables, pues, cuestionemos nuestra posesión de la verdad absoluta, asumamos que la realidad es mucho más plural de los que creemos o nos hacen creer, asumamos que la verdad tiene tantas aristas que pueden cortarte como ese frágil cristal que al romperse tanto te hizo sangrar, asumamos que a la intolerancia  le gusta disfrazarse de razonable, asumamos que los problemas complejos tienen soluciones complejas, y entonces, a pesar de la aparente irracionabilidad de nuestra critica postura, podremos ser razonables, en verdad.

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”