Razones para estar dispuesto a cambiar

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 22 de Noviembre de 2020
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 'En el pasado el intervalo entre cambios era mucho mayor que la vida humana…hoy es al contrario, y por tanto nuestra formación debe prepararnos para una continua novedad de condiciones de vida'. Alfred N. Whitehead, filósofo y matemático inglés (1861-1947)

El ser humano es un animal de costumbres, el cambio nos descoloca, nos desconcierta, nos saca de quicio, nos resistimos al mismo como si cualquier alteración pusiera en riesgo quién sabe qué pilares sagrados que nos conforman. Ni las personas ni las sociedades, y aún menos las culturas, se adaptan con facilidad a todo aquello que altera las rutinas y costumbres sobre las que están edificadas. El cambio nos produce desazón y desconcierto. La fragilidad de nuestras sociedades en un mundo interconectado, que lo está lo queramos o no, nos guste o no, se explica desde ese temor. Nos asustamos y exageramos nuestras reacciones, tanto en lo personal como en lo social  ante cualquier cosa que altere todo aquello a lo que estamos acostumbrados. Al igual que necesitamos una disciplina ética que consolide la construcción de un carácter sólido, necesitamos de una disciplina del cambio, que nos permita no desmoronarnos cada vez que el mundo nos pone a prueba. A mayor velocidad que el mundo cambia, más velocidad de respuesta se nos exige. Y  el actual mundo va a una velocidad de vértigo. O comenzamos a educarnos en esa disciplina del cambio o éste terminará por arrasarnos, pues aunque lo deseable es que cambiemos porque es nuestro deseo, en raras ocasiones el deseo es el detonante del cambio, más bien actúa como resistencia al mismo.

Lo que sí que podemos controlar es lo que hay en nuestro interior, nuestra flexibilidad, adaptabilidad, y lo más importante, la disciplina de aceptar aquello que se nos impone, queramos o no...

El estoicismo es una filosofía que nació de la sabiduría de los antiguos que sabían que el cambio llega a nuestras vidas queramos o no, y aunque podamos en ocasiones alterar ligeramente el rumbo del mismo, nunca podremos controlarlo en su totalidad. Lo que sí que podemos controlar es lo que hay en nuestro interior, nuestra flexibilidad, adaptabilidad, y lo más importante, la disciplina de aceptar aquello que se nos impone, queramos o no; la enfermedad, la vejez, los accidentes que desmoronan una vida, o cambios menos trascendentales, pero no menos importantes como el trabajo, el amor, y todo aquello que nos ancla a la vida de costumbres que deseáramos durara eternamente, pero como bien supieron descifrar los estoicos, la eternidad dura un instante.

Algunos te dirán que el cambio es ilusión, pero lo iluso es pensar que no cambiamos

Algunos te dirán que el cambio es ilusión, pero lo iluso es pensar que no cambiamos. Nos miramos en el espejo todos los amaneceres y creemos ver que la persona que nos devuelve la mirada es la misma, pero si pudiéramos establecer un diálogo con la persona reflejada cinco, diez, veinte años atrás en el tiempo, no dejaría de ser un extraño. Un extraño con el que compartimos muchas cosas, pero con el que difícilmente estaríamos de acuerdo en muchas otras. Ni pensamos lo mismo que nuestro yo del pasado, ni tomaríamos las mismas decisiones, nos engañemos o no diciéndonos que no hemos cambiado. Las arrugas que asoman en nuestros ojos y que tanto nos cuesta reconocer, son la metáfora perfecta de las cicatrices que los avatares de la vida nos dejan, y alteran nuestro rumbo, a veces sutilmente, a veces con la misma sutileza que ese famoso elefante entrando en una cristalería.  

Las arrugas que asoman en nuestros ojos y que tanto nos cuesta reconocer, son la metáfora perfecta de las cicatrices que los avatares de la vida nos dejan, y alteran nuestro rumbo, a veces sutilmente, a veces con la misma sutileza que ese famoso elefante entrando en una cristalería

Las costumbres, acompañadas por los hábitos, nos dan seguridad. Seguridad que necesitamos ante esa marea de cambios que nos acechan, pero su utilidad es relativa, David Hume el filósofo británico nos advertía: La costumbre puede conducirnos a la confianza y a las expectativas, pero no al conocimiento, y menos aún a la comprensión, de las relaciones legítimas. Un pequeño cuento de Bertrand Russell, para explicar los problemas que tiene la experiencia para llegar a conocimientos científicos, el método llamado inductivo, nos ayudará comprender los problemas que el exceso de confianza causa en nuestra adaptabilidad al cambio: Cuenta el pensador la historia de un pavo que se creía muy listo; llegó muy joven a una granja, y allí decidió que la mejor manera de prepararse para la vida era averiguar las costumbres que allí regían y adaptarse plenamente a ellas, de ahí que cuidadosamente observara empíricamente a qué hora les daban de comer, en qué circunstancias, con sol, lluvia, o nieve, y su conclusión fue que siempre les darían una ración de comida a las 9, pasara lo que pasara, esa era la certidumbre que parecía tan inevitable como la salida del sol al amanecer. Todo correcto, hasta que llegó la víspera de Navidad, y dado que la familia del granjero no era vegetariana, todos podemos asumir lo que le pasó al pobre pavo inductivista que creía haber encontrado la certidumbre en la costumbre. Afortunadamente, no todos los cambios bruscos que suceden en nuestra vida son tan mortales ni radicales, aunque ahí tenemos el ejemplo de la pandemia y lo que nos está costando aceptar los cambios necesarios para sobrevivir a la misma. Viendo el comportamiento poco cívico, con las trágicas consecuencias que todos conocemos, de parte de la población que se niega  a alterar su modo de vida, los seres humanos, al menos parte, somos tan estúpidos en nuestro arraigo a las costumbres, esperando que nada cambie, cuando todo ha cambiado, como el difunto pato.

La vida, lo sentimos por la banalidad de la mayor parte de libros de autoayuda, no viene con un manual de instrucciones que nos diga cuando cambiar es lo correcto, o cuando debemos resistir y modular lo posible las alteraciones que los cambios pretenden imponernos

Cierto es, como comentamos antes, que en ocasiones anhelamos el cambio cuando nos sentimos atrapados en determinadas circunstancias, otra cosa es que nos gusten los resultados, que pudieran no ser aquellos que esperábamos, pero la guerra fría entre expectativas y realidad, es otra cuestión diferente, aunque tan propia de la trágica naturaleza humana, como la resistencia al cambio. La vida, lo sentimos por la banalidad de la mayor parte de libros de autoayuda, no viene con un manual de instrucciones que nos diga cuando cambiar es lo correcto, o cuando debemos resistir y modular lo posible las alteraciones que los cambios pretenden imponernos. En el ajedrez, usualmente hay un movimiento óptimo entre todas las inmensas posibilidades, pero en la vida no solo hay multitud de movimientos posibles, sino que en ocasiones a mitad de la partida las reglas cambian, por no decir que en otras están amañadas, y todo ello mientras aun sigues inmerso en el juego. ¿Cómo afrontar, más allá de volverte un estoico acérrimo, el cambio?

El estoicismo, al que nunca hemos abandonado, como refugio de última instancia ante la que nos cae en ocasiones, como la presente, nos aconseja que cambiemos de actitud ante los cambios desagradables, y racionalmente veamos qué se puede hacer para que duren lo menos posible, y si no está en nuestras manos, al menos tratemos de cambiar la queja por lo que no se puede hacer, por aquello que sí se nos permita

La experiencia es una guía útil, pero si no queremos que nos pase como al pavo inductivista de Russell, más nos vale prestar atención al consejo de David Hume; porque aunque un hombre haya visto siempre que tras la noche llega el día, no puede deducirse que siempre vaya a ocurrir así, o que eso haya ocurrido desde siempre; la experiencia no concluye nada universalmente. La disciplina del cambio no es una guía, es una actitud, al igual que nos disciplinamos para adquirir conocimientos que nos produzcan certezas, debemos aprender disciplinadamente a tener que cambiar nuestras decisiones a medida que cambian las circunstancias, tan sencillo de aconsejar como complejo a la hora de llevarlo a cabo. Sin certidumbres, con el papel del azar como compañero irremediable, al menos trabajemos desde la escuela nuestra capacidad adaptativa, tratemos de dirigir los cambios que se nos imponen para mejorar nuestra situación, no para empeorarla, que por evidente y básico que nos parezca el consejo, no siempre nos paramos a evaluar qué ventajas nos produce un cambio, qué desventajas. El vértigo nos atrapa, y nos embriagamos creyendo que vamos bien, sin reflexionar más allá de lo inmediato. El estoicismo, al que nunca hemos abandonado, como refugio de última instancia ante la que nos cae en ocasiones, como la presente, nos aconseja que cambiemos de actitud ante los cambios desagradables, y racionalmente veamos qué se puede hacer para que duren lo menos posible, y si no está en nuestras manos, al menos tratemos de cambiar la queja por lo que no se puede hacer, por aquello que sí se nos permita, y encontremos si no regocijo, al menos alivio en esas pequeñas cosas. No siempre la felicidad comienza al final de la desdicha, a veces, a pesar de ella, es posible encontrarla, o al menos alivio. En la difícil conjugación de  esos dos sentimientos tan antagónicos, felicidad y desdicha, nos jugamos mucho. Ni podemos renunciar a la primera, ni desgraciadamente podemos evitar siempre la segunda.

No hacen falta grandes propósitos, grandes metas, como si mañana despertáramos siendo un ser radicalmente diferente, aptos para afrontar cualquier desafío

La búsqueda de sentido, de propósito, a las cosas que hacemos, por pequeños que nos parezcan, por poco placer que nos ocasionen, si estamos inmersos en una tragedia mayor, nos puede ayudar a adaptarnos a esos cambios tan drásticos que nos desorientan, que nos hacen perder cualquier faro que antaño nos iluminara. No hacen falta grandes propósitos, grandes metas, como si mañana despertáramos siendo un ser radicalmente diferente, aptos para afrontar cualquier desafío. Eso solo sucede en Hollywood y en los libros de Pablo Coelho, no en la realidad. Todo cambia, excepto el cambio, decía el dramaturgo inglés Israel Zangwill, incluso nosotros mismos; perdóneme no le he reconocido, he cambiado mucho, ironizaba Oscar Wilde. Más nos vale aceptar lo inevitable, todo cambia, incluso nosotros, lo aceptemos o no, nos guste o no, que ir penando por la vida arrastrados por olas que no podemos controlar, quejándonos siempre de que las cosas no van cómo preveíamos. Rara vez van, qué le vamos a hacer, pero si sabemos adaptarnos, y no tanto quejarnos, puede que aprendamos en medio de tanto naufragio hacía dónde se dirigen las corrientes que te permiten llegar a la orilla, y con suerte, podremos evitar ahogarnos, al menos un día más. Algo es algo. Y en estos tiempos, tampoco estamos para mucho más.

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”