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¡Quién soy yo para juzgar a nadie!

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 9 de Marzo de 2018
Un niño con el móvil de su padre, el inicio de este hermoso relato.
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Un niño con el móvil de su padre, el inicio de este hermoso relato.

¿Alguna vez les ha pasado que el niño les coge el teléfono móvil y la lía? Por supuesto, la culpa nunca es del pequeño sino de los adultos que se lo dejamos. Ayer mi hijo de 6 años me pidió ver Youtube en el aparato mientras íbamos en el coche y aunque antes de que llegara a mi vida me pasé años criticando a los infames padres que permitían que sus chiquillos jugaran con ellos, la memoria de pez me hizo olvidar mis propias indicaciones y se lo cedí unos minutos. Al bajarme del vehículo, trasteé el móvil y comprobé que me había activado un servicio de pago y mi primer impulso fue el de enfadarme con él y castigarle, pero esta vez, afortunadamente, caí en la cuenta de que yo había sido el responsable por dejar a un niño tan pequeño un aparato que es imposible que domine aún, por su edad. Así que simplemente le recordé que no podría volver a dejárselo porque no estaba preparado para tenerlo y le expliqué lo que había ocurrido. Inmediatamente después llamé a mi compañía de telefonía y una grabación me explicó que tendría que aguardar más de 5 minutos. Pese a la prisa que gastaba y mientras hacía las compras decidí aguardar paciente ese tiempo. No fueron 5 minutos sino 15. Cuando una voz humana me preguntó qué era lo que quería ni le respondí. En parte porque estaba hablando con una dependienta en ese momento, y por otro lado porque pensé que seguía siendo la grabación. Le expliqué al buen hombre mi problema y me dijo que era un asunto que requería de otra sección, así que iba a comprobar si algún agente de dicho sector podía atenderme. Mientras tanto, parece que consideró que me aburría y me quiso dar conversación.

            –Por cierto, ¿tiene otro teléfono en una compañía distinta?

Me sorprendió la cuestión y estuve a punto de responderle con otra pregunta cualquiera: «¿Y usted? ¿Tiene coche?», pero me pareció un pelín borde y además pensé que podía tener que ver con mi problema en cuestión, así que le dije que no. A pesar de mi contestación, el hombre comenzó a calentarme los oídos con publicidad durante más de 5 minutos y el motivo por el que debía de contratar ese servicio.

            –¿Pero si no tengo otro teléfono?

            –Ya, bueno, por si acaso.

            Vamos, que por si acaso me endosó un rollo patatero antes de decirme que los agentes estaban ocupados pero que me iban a atender enseguida:

            –¿Sabe que el paquete de televisión está de oferta?

            –No me interesa.

            –Es que, se lo digo porque por 80 euros al mes puede ver todas las series, el fútbol, el cine que quiera.

            –Ya veo todo lo que quiero, el resto no me interesa. ¿Le importaría pasarme a su compañero? Es que tengo un poco de prisa.

            De nuevo volvió a enrollarse como si no le hubiera dicho nada. Finalmente, se debió de percatar de que no le respondía.

            –Ya le puedo pasar a otro agente. Le pediría que cuando le llamen para valorar mi atención me ponga buena nota, un 8 como mínimo.

            –Vale, vale.

Pese a la osadía del hombre, entiendo que se juega bastante con ello, yo siempre les digo a todos que sí para tardar menos, después nunca cojo el teléfono cuando me llaman o cuelgo cuando me piden que evalúe al empleado que me ha atendido.

El buen señor me pasó a una chica con un acento bastante cerrado de algún país hispanoamericano que no acerté a distinguir y me preguntó qué quería antes de que le reiterara paciente mi problema. Ella me respondió con un discurso que no acabé de comprender, tal vez porque hablaba muy rápido, pero sí oí que había dado de baja ese servicio. Ante la prisa que tenía, sólo corroboré, preguntándole de nuevo, que ya me habían desactivado ese pago y le di las gracias.

            –¿Señor, está contento conmigo?

            La inesperada pregunta casi me hace caer de culo.

            –¿Cómo?

            –No, digo que si se ha sentido bien durante mi llamada.

            –Sí…bueno…No sé, solo hemos hablado treinta segundos, aunque teniendo en cuenta que llevo 20 minutos al teléfono y que me habéis tratado de vender publicidad varias veces en ese tiempo…No sé yo… ¿Oiga? ¿Oiga?

Nadie al otro lado. Se ve que cuando intuyen que les vas a criticar, cortan la comunicación para que deje de grabarse. Y no les puedo culpar si consideran que una opinión negativa del cliente puede hacer peligrar su puesto de trabajo.

A los dos minutos me volvieron  a llamar de la compañía. Cuando lo cogí, pensando que la última señorita que me atendió iba a disculparse por colgar, un  contestador me pidió que valorara la atención del primer empleado. Por supuesto, colgué sin hacerlo.

Estoy en contra de que me juzguen por una primera impresión, estoy harto de que los dueños de esas compañías de telefonía exploten a sus trabajadores y les pidan que nos endosen todos los productos y además les obliguen a ser tan amables que no haya ninguna queja contra ellos. De hecho, imagino que unas cuantas malas puntuaciones les costarán el puesto, cuando en realidad normalmente con quienes estamos enfadados es con la compañía y no con esos teleoperadores que solo cumplen su función.

He visto cómo muchos amigos se sentían poderosos por poder poner una pésima nota a un empleado de telefonía porque no le había solucionado el problema que tenía, cuando era la propia compañía la que no permitía esa solución.

Así que desde aquí les digo a las compañías de telefonía que no vuelvan a solicitarme que califique a uno de sus trabajadores si antes no admiten que juzgue a la empresa en general, a sus responsables, que ya estoy cansado de que seamos siempre los curritos los que carguemos con las responsabilidades y las culpas de quienes deciden por nosotros sin siquiera darnos margen de maniobra para adoptar una determinación sobre cualquier asunto.

        

 

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).