Querida tristeza

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 13 de Mayo de 2018
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'Soy de los que más exentos están de esta pasión. Y no la aprecio ni estimo, aunque el mundo, como por convenio, haya dado por honrarla con especial favor. Con ella se engalanan la sabiduría, la virtud, la conciencia moral: estúpido y monstruoso ornamento'. Michel de Montaigne, De la tristeza, Ensayos.

Querida tristeza, gozas de un prestigio que no te mereces, elevada al altar sagrado de nuestros falsos dioses, te rezamos continuamente, alentados por un mundo que te respira con cada miseria que la fracasada naturaleza humana inventa a cada instante. Tanto falso prestigio has alcanzado durante siglos, que de ti se han apropiado como musa para sus divagaciones, filósofos, artistas, embaucadores vestidos con toga, y lo que es peor, políticos, cuya pesimista y brutal visión del mundo, que inspiraste con tu desencanto, casi nos destruye.

Querida tristeza, decía el novelista estadounidense Truman Capote, que algo de miserias humanas sabía, que solo las palabras le  permitían refugiarse de tu acoso, de tu tormento. Temes a las palabras, porque prefieres el silencio, prefieres la soledad, alimentas el odio, buscas desdibujar la realidad, devaluarla, nos obligas a huir del presente, lo más real que tenemos, para apesadumbrarnos con las heridas del pasado, como si nunca pudieran cerrarse y dejar de supurar. Nos obligas a mirar constantemente de reojo al futuro, inundándolo con fraudulentas expectativas destinadas al fracaso, o a un éxito que terminas convirtiendo en fracaso por no cumplir las estúpidas expectativas de no se sabe quién, pero siempre alejadas de tus propios deseos. Todo porque temes la verdad de las palabras, que nos anclan al presente; Desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan solo ahora la hemos de gozar, profetizaba nuestro granadino poeta Lorca, intuyendo quizá, el amargo castigo que le deparabas por pasarse la vida huyendo de ti, e iluminando con sus cantos poéticos, los grises de la miseria y la desesperación de una España que se desmoronaba poco a poco en el abismo del odio.  

"La vida es amable, tiene pocos días y tan solo ahora la hemos de gozar", profetizaba nuestro granadino poeta Lorca, intuyendo quizá, el amargo castigo que le deparabas por pasarse la vida huyendo de ti, e iluminando con sus cantos poéticos, los grises de la miseria y la desesperación de una España que se desmoronaba poco a poco en el abismo del odio

Querida tristeza, te confieso que he pecado contra tu santo sacramento de la soledad, busco y encuentro alegrías en ilusiones, falsas o no, en mentiras o verdades, siempre que me traigan compañía. Me alimento de cualquier sonrisa que pueda conseguir, prestada o robada, qué más da. Derramo lágrimas cuando han de ser derramadas, dejo un espacio al llanto cuando no queda más remedio, pero nunca dejo que te apoderes de mi voluntad, ni disfrazo mis alegrías con tus compungidas pretensiones de serenidad. Descartes dudaba de todo, incluso de ti, que con tu arrogancia nos impones verdades que nos hieren, ausencias de las que no podemos huir, en su ética decía preferir la ilusión de una falsa alegría a una tristeza verdadera. Hay que sobrevivir aunque sea alimentándonos de ilusiones que se desvanecen al mismo ritmo que nuestra civilización se ensimisma y aísla. Siempre pragmático,  el exsoldado y filósofo francés,  en sus recomendaciones para ayudarnos en este mundo hostil sobre cuyas ruinas quieres reinar.

Querida tristeza, abusas de nosotros, y quieres convencernos que estamos destinados a la soledad, alimentada por el dolor que nos aísla, la angustia que nos atrapa y su enamorada, la desesperación. Quieres hacernos creer que esas pasiones son la norma y no la excepción, y que la alegría y el placer, sus enemigos, son cantos de sirena que nunca debemos escuchar. Nos mandas a falsos gurús a que nos guíen, con sus estupideces de preescolar sobre una vida feliz, cuando solo nos necesitamos a nosotros mismos, no hay mejor médico para la tristeza que tú mismo, decía Voltaire, tu pasión por la vida, y la felicidad. No hay mayor perfección entre las afecciones que nos componen como seres humanos que la de la felicidad, renunciar a ella, advertía Spinoza, nos convierte en algo inferior, menos humano. Los italianos, siempre tan astutos, para rehuir tus trampas, dignos herederos de los pueblos mediterráneos que siempre han querido desterrarte en su saber vivir, te conocen mejor que nadie, por eso aparte del significado de tristezza, equivalente al de otros términos similares de lenguas herederas del latín, llaman maldad a la tristizia. Desocultan tu verdadero nombre. Michel de Montaigne en sus ensayos, guía de supervivencia en tiempos convulsos, te califica de indigna y vil, siempre desatinada, siempre perjudicial.

El pensador francés en su diatriba contra la tristeza, cuenta, buceando en los escritos de Heródoto, la trágica historia de Psamenito, jerarca de Egipto derrotado y preso por el rey Cambises de los persas. Obligado a ver a su hija convertida en sirvienta y forzada a cumplir los caprichos de sus captores, mantuvo su entereza, al igual que hizo al ver a su hijo ejecutado, sin embargo, en el momento que vio a un viejo criado de confianza que siempre estuvo a su lado, sufrir las vejaciones de los persas, no pudo más y sucumbió al dolor abrumado por la tristeza. Sorprendido por su previa entereza, y su repentino derrumbe ante algo aparentemente menor, el rey persa interrogó por el motivo a Psamenito, ante lo que él respondió: Ello se debe a que esta última pesadumbre puede manifestarse con lágrimas, pero las dos primeras exceden con mucho cualquier posibilidad de expresión. En tantas ocasiones nos golpea la tragedia con tal dureza, que preferimos mantener la compostura y aguantar las lágrimas, en parte paralizados por temor a venirnos abajo, en parte pasmados ante algo que nos supera de tal manera, que si logramos salir del pozo en el que nos hunde, la triste melancolía, la sustituye borrando cualquier posibilidad de encontrar la alegría. Es en esos momentos donde tu reinado se asienta, negándonos lo más natural que hay en el ser humano, lo único que nos aleja de esa bestia en la que tu abuso nos convierte, la felicidad, la búsqueda de una sonrisa, generosa e inesperada, llena del pequeño placer, de por fin darnos cuenta, que aún, a pesar de todo, la vida continua.   

Nuestro deber, en tanto que queremos perfeccionarnos como seres humanos, combatirte, y para ello hemos de combatir la hipocresía, que nos vende virtudes contaminadas por la tristeza, abstractas, fuera de la vitalidad, de la felicidad, del cuerpo. Los deseos joviales, los pequeños placeres que la naturaleza nos permite disfrutar, nos reportan alegría y favorecen nuestra preservación, y como señalaba el pensador holandés, tan solo si cumplen con ese deber, podemos llamar al deseo algo bueno

Querida tristeza, El sabio Spinoza nos enseña que tres afectos básicos nos definen; el deseo (cupiditas), la tristeza (tristitia) y la alegría (laetitia). El deseo es la fuerza motora detrás de todas nuestras pasiones, de nuestra voluntad. La alegría nos perfecciona, y la tristeza vuelve la cara a la perfección que es nuestro deber ser, contaminando la belleza que hay en nuestra naturaleza. La perfección que alimenta la alegría es lo que nos permite obrar, alimenta nuestra vitalidad, interactuar con el mundo, con los demás, compartir. Tú, sin embargo, querida tristeza, nos haces imperfectos, odias la compañía, la rehúyes en el mejor de los casos, la conviertes en odio en el peor.

Es, pues, nuestro deber, en tanto que queremos perfeccionarnos como seres humanos, combatirte, y para ello hemos de combatir la hipocresía, que nos vende virtudes contaminadas por la tristeza, abstractas, fuera de la vitalidad, de la felicidad, del cuerpo. Los deseos joviales, los pequeños placeres que la naturaleza nos permite disfrutar, nos reportan alegría y favorecen nuestra preservación, y como señalaba el pensador holandés, tan solo si cumplen con ese deber, podemos llamar al deseo algo bueno.

Querida tristeza, Spinoza define el odio como la tristeza acompañada de la idea de una causa exterior, y al amor como la alegría acompañada de la idea de una causa exterior. De vosotras dos, hermanas irreconciliablemente enfrentadas deriva todo;  la esperanza, esa alegría inconstante surgida de una imagen de una cosa futura o pasada de cuyo resultado dudamos. O el temor, tristeza inconstante surgida de la imagen de una cosa dudosa. El amor nos lleva a conservar aquello que amamos, el odio a destruirlo o alejarlo. Y tú, querida tristeza,  eres el motor principal del temor, del odio, de la soledad.  ¿Te extraña que quiera abandonarte?

Querida tristeza, sé que en la búsqueda de la alegría y sus derivados he de extremar el cuidado, pues tenéis a pesar de las diferencias una estrecha relación, y es fácil que el amor se trasforme en odio, cuando la alegría que dirige el amor se deja confundir por las voces que le susurras al oído y transforman la alegría en rabia, indignación, celos, o envidia

Querida tristeza, sé que en la búsqueda de la alegría y sus derivados he de extremar el cuidado, pues tenéis a pesar de las diferencias una estrecha relación, y es fácil que el amor se trasforme en odio, cuando la alegría que dirige el amor se deja confundir por las voces que le susurras al oído y transforman la alegría en rabia, indignación, celos, o envidia. Spinoza nos recuerda que tanto tú, como la alegría, sois sumamente contagiosas; la alegría contagia la risa en los demás, la tristeza el llanto, y de ahí su sentencia que resume toda su ética: Por bien entiendo aquí todo tipo de alegría, y todo cuanto a ella conduce. Por ello nos aconseja encontrar el coraje, la voluntad,  en esforzarnos en encontrar la alegría. Y así, poder perfeccionarnos, convertirnos en un ser humano más pleno. La ética de Spinoza es hedonista, sí, pero no por ello nos hace esclavos de las pasiones, pues es en la comprensión de su papel en nuestra naturaleza, donde aprendemos a controlarlas, para evitar que ellas nos controlen. Ése es uno de los principales peligros que acechan a la alegría y al amor, y que pueden convertirlos en odio y tristeza.

Finalizo, querida tristeza, pidiéndote perdón si mis palabras te han incomodado, bien sabes que durante gran parte de mi vida has sido una compañera fiel, pero ha llegado el momento de que nuestros caminos se separen. Aún no he encontrado a tu íntima enemiga y hermana, la alegría, más que en contados momentos en los que juntos hemos disfrutado de nuestra compañía,  pero he decidido que no voy a renunciar a ello, es mi naturaleza, y he de seguirla. Nuestra relación, monógama, ya no tiene sentido, te deseo lo mejor, e imagino que tarde o temprano nos encontraremos en el arduo camino que aún me queda, pero, aunque compartamos algún café, de vez en cuando, he de decirte que nunca más volveremos a pertenecer el uno al otro. La vida ha de seguir, a pesar de todo, y a pesar de todo, porque la vida sigue, la alegría se encuentra en cualquier esquina que un día de estos doblaré y la encontraré, cara a cara.

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”