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Que no me toquen los Ramones

Blog - El camino equivocado - Guillermo Ortega - Jueves, 20 de Octubre de 2016
storeramones.com

Todo iba bien, de verdad que sí. El nuevo compañero de trabajo y yo charlábamos sobre música y me agradaba saber que sus gustos coincidían con los míos. Que conocía y había trabajado más o menos a fondo a Creedence, Kinks, Neil Young y gente así. En un momento dado me dio por preguntarle por gente algo más alternativa, aunque sin pasarme. La idea era entrarle de forma progresiva, con tiento, y si terminábamos desembocando en el rock escandinavo de los ochenta, pues ahí llegaríamos. 

Hice algunas pesquisas de tanteo (Bowie, Costello, Talking Heads…) y el hombre, aunque con menor entusiasmo, también me dio su voto afirmativo. Vale, me dije, es clasicote pero las cosas que le gustan están francamente bien; con lo que, si no una alma gemela, podría considerarlo un aliado puntual. De esos que te respaldan, por ejemplo, cuando en la redacción defienden a Cómplices o a Ismael Serrano. En las redacciones dejan entrar a cualquiera. 

Pero, inopinadamente, todo se fue al garete. Fue justo en el momento en que, suponiendo que estaba ante un fan de las guitarras contundentes y los ritmos simples y directos (porque todo lo anterior así me lo hacía sospechar), le confesé que era un seguidor acérrimo de los Ramones. Y entonces él dijo que ahí sí que no podía estar de acuerdo, que era un grupo ruidoso, macarra y punk, que sus componentes no sabían ni cantar ni tocar, que todas sus canciones le parecían iguales…

Lo paré en seco, claro. Hay cosas que las personas decentes no debemos tolerar. Y que nos toquen a los Ramones es una de ellas. Una de las más importantes, añadiría. No se lo dije con esa nitidez porque tampoco era cuestión de enemistarme de él como persona, pero de una manera elíptica le dejé claro que hasta ahí habíamos llegado. 

O sea, que su animadversión hacia los Ramones se basaba en que era un grupo ruidoso, macarra y punk.  ¿Y si así fuera qué pasa, qué tiene eso de malo? Macarras lo eran, eso por supuesto. No lo ocultaron jamás. ¿Pero eso a mí qué más me da, es que voy a salir con ellos el sábado por la noche a liarla? No, me conformo con escucharlos a todo trapo y a disfrutar de su macarrería (si es que tal palabra existe). Porque los Ramones cumplieron con creces la máxima de Johnny Thunders de que para hacer rock and roll basta con tocar un mínimo y tener sangre en las venas. Los Ramones la tenían, voto a tal. Y toda la actitud del mundo, que de eso también sabía lo suyo el señor Thunders.

¿Hacían punk? Bueno, es cierto que se les catalogó en ese movimiento, contra el que en principio no tengo nada, aunque albergo mis dudas sobre si el punk fue verdaderamente un estilo musical o más un modo de ser. Pero en el caso de que fueran punks, eran de los de verdad, no de esos de postal sobre los que cantaron La Polla Records. Ellos estaban tocando en el CBGB y en otros garitos malolientes mucho antes de que Malcolm McLaren convirtiera los imperdibles en la ropa en tendencia. Paradojas de la vida, ahora esa misma industria textil se ha aprovechado vilmente del logo de los Ramones y los lucen estampados en sus camisetas miles de fulanos que jamás han prestado atención a sus canciones. 

En cuanto a lo de que cantaran y tocaran mal… Es que me enervo, en serio. Hace falta tener mucha personalidad para cantar como lo hacía Joey, la misma que para soltar los trallazos de guitarra que soltaba Johnny. Ese raca-raca-raca no es tan fácil, y lograrlo además, con esa calidad de sonido, todavía menos. Casi nunca introdujo un punteo, ni falta que hacía. Y detrás había una auténtica factoría del ritmo, un bajo y una batería que valían su peso en oro.

Serían cazurros, pero desde luego nada incultos en el terreno musical. Tenían un gusto extraordinario. Asimilaron lo mejor de géneros variopintos como el rock and roll, el surf, el pop o el sonido Motown y lo adaptaron con prodigiosa maestría a su propio estilo, le dieron su sello.

Ni hicieron siempre lo mismo. A quien me diga que les suenan igual ‘Blitzkrieg bop’ y ‘Sheena is a punk rocker’ le recomendaré que se lave bien los oídos y las escuche de nuevo. Tampoco se negaron a evolucionar; no le dijeron que no a Phil Spector cuando les propuso ser su productor, y de ahí salió un disco que tiene hasta sus violines y sus vientos y en el que Joey, por cierto, canta francamente bien. 

Sin perder nunca su esencia, después consiguieron sonar más sombríos, como en ‘Somebody put something in my drink’. Puede que porque para entonces las enfermedades, las drogas y las broncas lo hicieran inevitable. Se adentraron también en el mundo de la psicodelia, con un disco de versiones llamado ‘Acid eaters’ que es para enmarcar, como casi todo lo suyo.

Todo eso por no hablar de su directo, esa atronadora máquina de picar que en poco más de una hora despachaba treinta canciones sin más respiro que el que se tomaba el vocalista para gritar su inolvidable: “One, two, three, four!…” con el que empalmaba un tema al siguiente. No le decían nada más a su público. “Si alguien quiere escuchar hablar a alguien, que se vaya a una conferencia”, objetaban. Ahí se estaba para otras cosas. Pensar que tuve la oportunidad de verlos y me los perdí me solivianta, y más sabiendo que fue por torpe, lento y flojo: cuando fui a por las entradas, ya se habían agotado.

Fue una banda inolvidable, única e irrepetible, aunque no inimitable porque ha tenido y tiene copiones en todo el planeta. Los Ramones crearon escuela, musical y estéticamente, y hoy se les puede seguir escuchando sin ese sonrojo que sí te producen otras formaciones de su época. Ellos han envejecido estupendamente porque fueron grandes, muy grandes, tan grandes como la Muralla de China. Eso es tan cierto como que lo que sostenía aquel compañero de trabajo era un esparpucho tremendo. 

 

Guillermo Ortega Lupiáñez (Algeciras, 1966) es licenciado en Periodismo. Empezó a trabajar en 1990 en el desaparecido Diario 16 y después pasó a Europa Sur y Granada Hoy. También lo hizo durante un breve periodo en la Ser y colaboró en El Mundo, Ideal y ABC. Durante algo más de un año fue columnista en Granadaimedia. Ha sido encargado de prensa en los grupos municipales de UPyD y Ciudadanos en Granada y ahora trabaja en prensa del PP. Ha publicado cuatro libros: Cuentos de Rock (2008), Los Cadáveres Exquisitos (2012), Horas Contadas (2014) y La vida sí que es una pelea (2016).