Las promesas de año nuevo y el pensamiento utópico

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 31 de Diciembre de 2017
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'Entonces dime el remedio amigo, si están en desacuerdo realidad y deseo'. Luis Cernuda

'Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes'. Maestro Jedi Yoda

Año nuevo, vida nueva; como siempre la sabiduría popular al rescate con sus certeros consejos acerca de nuestros problemas, preocupaciones, esperanzas, y esas pequeñas distopías, esos momentos, acontecimientos, sentimientos, fuera de lugar, que chirrían como una lápida en un alegre circo, indicándonos lo lejos que estamos de aquello que tanto deseábamos, que nos revelan que algo no anda del todo bien en nuestra vida. No sabemos muy bien cuándo ni porqué todo empezó a torcerse, aunque seguramente tengamos alguna pequeña idea de esos giros en nuestro pasado en los que decidimos girar a la izquierda en lugar de a la derecha, o la derecha en lugar de a la izquierda, aunque por aquel entonces nos pareciera la dirección correcta.

Una progresiva e incómoda sensación se va apoderando de nosotros a medida que se termina el año natural. Una sensación que se esconde de nuestra mirada, y a la que apenas entrevemos, deslumbrados por el baile de colores de las fiestas previas al fin de año, pero no cabe duda de que reconocemos esas inequívocas señales de que algo no termina de encajar

Una progresiva e incómoda sensación se va apoderando de nosotros a medida que se termina el año natural. Una sensación que se esconde de nuestra mirada, y a la que apenas entrevemos, deslumbrados por el baile de colores de las fiestas previas al fin de año, pero no cabe duda de que reconocemos esas inequívocas señales de que algo no termina de encajar. Algo nos dice que no llevamos esa vida feliz que se nos prometió en nuestra infancia, que nuestros sueños y utopías de juventud quedaron en el atolladero, que las promesas  de una madurez plena, de una vida perfecta, de esa utópica y feliz placidez que acompañaría el final del camino, desaparecieron en algún momento de nuestra existencia, ya sea más caótica, o apenas controlada por una engañosa apariencia de orden, de que todo se encuentra en el lugar que debería.

Esa distancia entre la realidad impuesta, entre los deseos de una utopía que iba a alumbrar nuestro  recto camino, y la distopía que ahora lo empiedran, dificultando cada paso que damos, es lo que nos lleva a prometernos cada fin de año esos cambios en nuestra vida que volverán a poner en su lugar esas piezas que no encajan. Quién, sea su vida más o menos feliz, más o menos triste, más o menos indiferente, no suspira por algunos cambios en esos huecos entre respiración y respiración, entre cháchara insustancial y charla trascendente, cuando nos dicen que algo acaba y algo comienza, como el convencional treinta y uno de diciembre.

Si la sociedad tuviera conciencia, que no sería otra cosa que la suma de consciencias individuales, le sucedería algo parecido a lo que nos pasa a cada uno con nuestras vidas al cerrar los ojos entre las once cincuenta y nueve y las doce y un minuto, entre campanada y campanada. La sociedad no deja de ser un fiel reflejo de esa suma insatisfecha de vidas,  algunas aparentemente plenas escondidas en su  festiva y rica ostentación, otras destrozadas, abandonadas y olvidadas como esos incomodos pensamientos que tratamos de echar de nuestra limpia consciencia, pero que no dejan de mostrarse cada vez que sabemos que no hacemos algo que deberíamos hacer. Esa consciencia social colectiva reflexionaría que algo no termina de encajar en nuestra convivencia común. Ver esos rostros apresurados e infelices, ceñudos, con tanta prisa, sabiendo muy bien a donde van, pero sin tener ni idea de a donde se dirigen, no deja de ser una significativa señal. Utopía y distopía son sus manifestaciones.

Si la sociedad tuviera conciencia, que no sería otra cosa que la suma de consciencias individuales, le sucedería algo parecido a lo que nos pasa a cada uno con nuestras vidas al cerrar los ojos entre las once cincuenta y nueve y las doce y un minuto, entre campanada y campanada

La  utopía, proyección deseada de un futuro que depure un presente imperfecto, que elimine las lacras y deficiencias de una sociedad avocada al fracaso, siempre ha estado presente en la cultura del ser humano, a través del arte en sus diferentes manifestaciones, a través de la filosofía e incluso de las ciencias sociales. Ese anhelo por dibujar imaginariamente un futuro perfecto, alejado del ahogo del presente, fue impulsado por la idea de progreso y alimentado por el compromiso ético de la modernidad. Nunca tuvo mayor momento de exaltación que en la ilustrada creencia de un paraíso terrenal que estaba al alcance de la humanidad. Ya fuera por una revolución económica o cultural, social o política, todos unidos podríamos vivir en armonía y llegar al “fin de la historia”.

Aunque el concepto es más antiguo, donde lo encontramos en su actual forma lingüística es en Tomás Moro, espíritu inquieto de una época, al igual que Lutero o Erasmo de Rotterdam, que pretendían reformar el sistema sin producir cambios esenciales en las estructuras de poder del mismo, casi como esas insustanciales promesas de año nuevo que hacemos. La sociedad utópica descrita por Moro es, sin duda, sin clases sociales, tal y como se entendían éstas en la época,  pero no deja de ser menos cierto que está fuertemente jerarquizada y alienta la creación de una estirpe de inadaptados al sistema, “merecedora” de la exclusión, al no obedecer la dinámica de ese poder fuertemente estructurado. Sin embargo, en líneas generales, el humanismo, que reivindica un cierto individualismo, fue el caldo de cultivo perfecto a las construcciones utópicas político- filosóficas que impulsarían a los jacobinos en la Revolución Francesa.

A partir de 1789 el movimiento utópico alcanza su máxima expresión, no hay concesiones, si hay un paraíso definido por la igualdad, la justicia y la solidaridad, éste ha de construirse en el aquí y ahora, el presente es el escenario de la revolución. El socialismo utópico del XIX, con acusadas influencias románticas, escenifica a través de Fourier, uno de sus principales fundadores, ese sueño de la felicidad presente, otorgando al Estado la responsabilidad del placer del individuo; hasta el amor puede ser cuestión de las políticas sociales, permitiendo que germine en su semilla la corrupción del sueño utópico. El anarquismo, caracterizado por su furor, también de raíces románticas, máximo representante utópico junto al marxismo de pretendidas raíces científicas, caminara  a la búsqueda de ese paraíso terrenal en una dialéctica de imposible resolución con las doctrinas hijas de Karl Marx y Friedrich Engels, con el catastrófico final conocido por todos; el movimiento libertario hundido por sus contradicciones internas y abocado a quedar como imaginería del político romántico, y el llamado socialismo real enterrando el legado ilustrado y el sueño de emancipación de las clases oprimidas, bajo el totalitario y destructivo peso burocrático del partido único. Así que ahí tenemos al  capitalismo, con su desigualdad inherente, vencedor inasequible de cualquier sueño utópico, domesticado apenas en la segunda mitad del siglo XX por la socialdemocracia. Un devastador capitalismo triturador de cualquier deseo utópico de justicia social, desatado en el siglo XXI, aprovechando sus crisis endémicas y la debilidad y mutuas desconfianzas de sus adversarios, para aposentarse en una forma aún más descarnada. 

No hay sueño que no se encuentre asediado en sus límites por una pesadilla, y la utopía no es una excepción. Existe un reverso tenebroso del deseo de una sociedad perfecta, una némesis bautizada distopía, a menudo escondida en la semilla de esa misma utopía, que nos enseña lo aterrador que puede llegar a ser ese futuro cuando nuestros sueños devienen pesadilla

No hay sueño que no se encuentre asediado en sus límites por una pesadilla, y la utopía no es una excepción. Existe un reverso tenebroso del deseo de una sociedad perfecta, una némesis bautizada distopía, a menudo escondida en la semilla de esa misma utopía, que nos enseña lo aterrador que puede llegar a ser ese futuro cuando nuestros sueños devienen pesadilla. Y la historia encuentra múltiples ejemplos de ese devenir. Millones de víctimas inocentes iluminan la sangre derramada por un sueño utópico descarriado, que transformó el futuro soñado en aterrador presente.

Utopía y distopía, tesis y antítesis de ese futuro acechante. Lo más relevante, o lo más triste, o ambas cosas, es que difícilmente podemos encontrar en la historia ejemplos de utopía que no deviniera en distopía. Todos las conocemos, y no será porque como siempre, la ficción no predijera algunos de esos devenires históricos, a través de obras como 1984 de George Orwell, pensador y escritor socialista, que supo entrever la pesadilla en la que podía convertirse el sueño emancipador, si la burocracia centralizada que escondía la planificación marxista terminaba enrocándose en su obsesión por mantener el control y el poder. Y no estamos tan lejos de otros ejemplos que ya empiezan a acecharnos, como Un mundo feliz de Aldous Huxley,  donde la dictadura de una mentalidad tecnológica, tecnocrática y consumista, ahoga la libertad y la justicia en aras de una felicidad artificial. O Fahrenheit 481 de Ray Bradbury. Cierto es que aún no tenemos una brigada de “bomberos” destinada a quemar las obras maestras de la literatura y la filosofía, aunque tanto los nazis como otras aberrantes sociedades totalitarias, tuvieron y tienen sus momentos de éxtasis en la quema o prohibición de libros, pero dado el desprecio a la cultura, y la predominancia del entretenimiento banal y alienante de hoy día, tampoco importa mucho que se consume esa “quema” en la realidad, cuando se desprecia en la educación, o en el entretenimiento, cualquier cosa que huela a cultura.

La realidad, sus límites y contradicciones, siempre han inspirado los sueños utópicos, buscando escapar de los grises existenciales en busca de un poco de color; paisajes, entornos, ideas, legados, conforman los hilos en los que el futuro se enhebra. Nunca hemos de rendirnos a la desesperanzada distopía, ni como personas, ni como sociedad. Decía Cioran, filósofo de la desesperanza, en un singular momento en el que se dejó llevar por la esperanza; a pesar de todo seguimos amando, y ese a pesar de todo, vale un infinito. Aprovechemos pues, a pesar de todo, ese fin de año; sigamos soñando, con un futuro mejor,  que el deber ser pese más que el ser, dejémonos llevar por esa utopía arraigada  en lo más profundo del ser humano, inasequible al desaliento y al miedo, a la decepción y a la desesperanza. A pesar de todo, la utopía no ha muerto, sigue siendo necesaria para nuestra sociedad y para nuestras vidas. Que esos brindis del nuevo año, que esas promesas de una vida nueva, se cumplan, y si fracasamos, que no sea por dejadez. Como decía el sabio Yoda a su descreído aprendiz Luke Skywalker; hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes.

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”