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Un problema de hombres

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 12 de Agosto de 2018
Recreación del icono feminista de la mujer obrera.
FOTOLIA
Recreación del icono feminista de la mujer obrera.

'El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres'. Simone de Beauvoir

El feminismo es un problema de hombres, no nos engañemos, y no miremos a otro lado como solemos hacer cuando se nos cuestiona cualquier privilegio o ventaja inmerecida de la que disponemos; sea dinero, posición social, o complicidad con cualquier prerrogativa inmerecida. Y de eso se trata, de la resistencia que tenemos los hombres a perder una posición de poder, de abusos, de la que hemos dispuesto durante milenios en la mayoría de culturas y sociedades que han poblado el planeta tierra, más allá de palabras bienintencionadas, pero poco efectivas, como “yo soy feminista”, pero sigo comportándome exactamente igual, pero con más delicadeza, o demagogias del tipo “ni feminismo ni machismo, todos somos iguales”, mientras miramos displicentes con más o menos simpatías asuntos que pareciera que no nos atañen directamente. Los hombres tenemos miedo, miedo a perder todos esos privilegios de nacimiento,  seamos ricos o pobres, más o menos sensibles, de derechas o de izquierdas, caemos una y otra vez en las trampas del temor a que nos arrebaten esa natural ventaja de la que disponemos por haber nacido con algo diferente entre las piernas, y medio en broma, medio en serio, nos quejamos de perder una migaja de esos privilegios, como el multimillonario que eleva su voz indignado por tener que pagar algunos impuestos que le hagan perder unos céntimos.

El feminismo es un problema de hombres, no nos engañemos, y no miremos a otro lado como solemos hacer cuando se nos cuestiona cualquier privilegio o ventaja inmerecida de la que disponemos; sea dinero, posición social, o complicidad con cualquier prerrogativa inmerecida. Y de eso se trata, de la resistencia que tenemos los hombres a perder una posición de poder, de abusos, de la que hemos dispuesto durante milenios en la mayoría de culturas y sociedades que han poblado el planeta tierra

Cada cesión que pretendidamente hacemos es una muestra de nuestro compromiso feminista, porque lo paradójico es precisamente eso, que somos nosotros, los varones, los que por nuestra natural generosidad cedemos esos derechos, esos privilegios, de los que tanto tiempo nos hemos aprovechado, y pareciera, que son las mujeres las que deben agradecernos que estemos dispuestos a ello; a ser iguales ante la ley, a ganar el mismo dinero por el mismo trabajo, a no violarlas si no acceden a nuestros deseos sexuales, ni maltratarlas si no hacen exactamente lo que queremos, y se someten a nuestras normas sobre cómo vestir o cómo hablar, o cómo pensar, ya puestos, a ser dóciles cuando sean nuestras parejas, y atrevidas cuando queramos poseerlas, y toda una cadena de barbaridades que día a día pasan desapercibidas porque tantos siglos de dominio nos han vuelto estúpidos y ciegos ante tanta barbaridad. Si miramos más atrás hasta fuimos nosotros los que les concedimos, como un gesto de nuestra generosidad, el voto.

Caer en la trampa, hombres o mujeres, de las diferencias en nuestro carácter o comportamiento por nuestra naturaleza de género es ser cómplice de este abuso histórico. La genética no nos hace diferentes más que en características espurias, ni somos unos más inteligentes racionalmente, ni las otras lo son emocionalmente, por mucho supuesto estudio científico que pretenda acreditarlo, ni ninguna otra diferencia mínimamente significativa por género que se nos ocurra. La realidad es que la genética que importa no es la biológica, es la cultural, y la educativa, la transmisión en nuestros memes culturales, que no los genes, de los patrones que han hecho posible un machismo y un patriarcado que aún domina, incluso, en las llamadas sociedades liberales e igualitarias modernas.

La diferencia se encuentra en lo que se aprende de padres a hijos, lo que se aprende en las escuelas, lo que soportan las mujeres en muchos trabajos, en los hogares, o en sus empleos, donde se las ningunea o se las somete a la indignidad de ser acosadas, ante nuestra mirada indolente, porque es lo que consideramos natural, o porque nuestra empatía no llega a nada que no nos afecte personalmente. Y esa es una reflexión, que como las anteriores, deberíamos hacernos los hombres, en ésta que es una cuestión inequívocamente nuestra, porque somos los que con nuestra acción dominadora, perpetuadora de estos privilegios y de esos abusos, en el mejor de los casos, o siendo sujetos pasivos beneficiarios, en el mejor de los casos, la hemos permitido.

Caer en la trampa, hombres o mujeres, de las diferencias en nuestro carácter o comportamiento por nuestra naturaleza de género es ser cómplice de este abuso histórico. La genética no nos hace diferentes más que en características espurias, ni somos unos más inteligentes racionalmente, ni las otras lo son emocionalmente, por mucho supuesto estudio científico que pretenda acreditarlo

El feminismo es tan simple, y tan complejo, como el grito, como la rebelión de la mitad de la especie humana ante milenios de sometimiento, en lo personal, en lo político, en lo histórico, en lo religioso y en lo social. En las historias de los pueblos ninguneadas, marginadas y olvidadas, en la literatura dominada exclusivamente hasta hace relativamente poco por los hombres, sometidas a estereotipos que determinaban su comportamiento correcto o incorrecto, ya sabemos, hay cosas de hombres y cosas de mujeres, como el papel que históricamente les hicimos asumir en torno a un supuesto comportamiento decente, que básicamente era sumisión, mientras los héroes masculinos que protagonizaban los relatos campaban a sus anchas por sinuosos caminos, esperando al final obtener su recompensa, el amor incondicional de alguna mujer que le esperaba pacientemente a su vuelta al hogar. Lo más triste es seguir viendo como estos relatos siguen presentes en nuestra sociedad, en la cultura, en la política, en el mundo del entretenimiento. Vivimos en un mundo donde siempre se cuestiona la valía de una mujer que alcanza determinada jerarquía, siempre achacando el mérito de su ascenso a todo, menos al crédito que merece.

Las redes sociales, que tampoco son un medio neutro, por mucho que se nos venda ese humo, toleran en base a lo políticamente correcto a veces, escondiéndose en la libertad en otras, intolerables agresiones a la dignidad de las mujeres; sí, existe maltrato, y no, rara vez se da de mujeres a hombres, sí, existen denuncias de maltrato reales, y muy rara vez, o de manera insignificante, se descartan por falsas. Sí, las mujeres ganan menos por el mismo trabajo, y no, no es que nuestra sociedad permita, porque algunas mujeres hayan llegado a tener altas responsabilidades, que la igualdad de oportunidades respete a las personas sin tener en cuenta el sexo. Siguen siendo muy minoritarias las mujeres que en economía, en política, en el poder judicial, en deportes, en los centros de poder donde se toman las decisiones permanecen y tienen la atención que merecen. Sí, el lenguaje es machista, y su uso no es algo banal, perpetua prejuicios fuertemente arraigados en nuestra sociedad. O ¿acaso que zorra sea sinónimo de puta, y zorro de hombre astuto es causalidad? Esta naturaleza del lenguaje sigue permitiéndose en aras a la natural evolución de la lengua,  y hay miles de ejemplos como ese que subsisten, y que no son sino otro clavo más en el machismo que sigue colonizando nuestra cultura, y no, no es algo anecdótico, es sustancial. Somos lenguaje, cada lengua no solo crea el mundo simbólico en el que vivimos, sino es que es la lengua, con toda su semántica y significados, las que marca los límites de lo aceptable, y lo que no, de lo correcto y lo que no lo es. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo decía el filósofo del lenguaje Ludwig Wittgenstein, si el uso de nuestro lenguaje es machista, difícilmente dejaremos de comportarnos como tales.

El feminismo es tan simple, y tan complejo, como el grito, como la rebelión de la mitad de la especie humana ante milenios de sometimiento, en lo personal, en lo político, en lo histórico, en lo religioso y en lo social

Mis ideas políticas, de izquierda, de tendencia igualitaria, me han llevado siempre a proclamar mi feminismo, mi compromiso con esa causa, como imagino que muchos hombres, independientemente de compartir mi ideología, pero conscientes de la gravedad de nuestros abusos durante tanto tiempo. Algunos, desgraciadamente más de boquilla que sintiendo que es una causa igualmente suya, pero cuando realmente he entendido, como se entienden las cosas en lo concreto, y no en lo abstracto, su necesidad acuciante, es al ver crecer a tres niñas, a tres sobrinas, Laura Mei, Anais e Irene son sus nombres; fuertes, independientes, inteligentes, curiosas, aprendices de adolescente las tres, y verlas sometidas a las desigualdades y las presiones de una sociedad que sigue siendo machista, a un mundo que las va a juzgar con reglas diferentes a las que yo he tenido que seguir, porque son mujeres, y es su ejemplo, su tenacidad, su resistencia, su atrevimiento, el que me ha dado el coraje para una reflexión que huya de la abstracción del feminismo político defendido por un hombre, entender que el feminismo es un modo de vida,  de hombres y mujeres, en el día a día, más allá de leyes necesarias que lo consoliden, y lo alienten. Son ellas, mis sobrinas y millones como ellas las que lideraran ese cambio definitivo, con su tenacidad y con su voluntad, nos guste o no a los hombres, y lo que nos queda, lo que me queda, es acompañarlas, y hacer lo que debo, lo que debemos, sacrificar un poquito de ese enorme ego masculino que tanto adoramos, y entender que suyo es el futuro, y que no es algo que les demos, o les permitamos, es lo que por mérito propio, merecen.

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”