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El problema con la equidistancia en política

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 7 de Junio de 2020
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'Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos'. Donald Trump, Presidente de los Estados Unidos de América.

La vileza se ha instalado en la vida política de nuestro país, y como consecuencia de ello, la vida social se ha contagiado. O quizás la una sea un reflejo de la otra, pero si hubiera que elegir dónde comenzaron a extenderse los lodos que actualmente contaminan el ambiente social que respiramos, la esfera política se llevaría el premio gordo. No es un fenómeno propio de nuestro país, el envilecimiento de la política lleva al menos una década, probablemente más, recorriendo el mundo. Si alguien nos hubiera vaticinado, hace tan solo unos años, que la extrema derecha fagocitaria de tal manera la política de nuestro país, de la Unión Europea, o del mundo, no nos lo hubiéramos creído. Estábamos orgullosos de que la transición hacia de la democracia hubiera logrado que todo extremismo quedara fuera del tablero político. Los partidos extremistas podían presentarse con normalidad a las elecciones, con sus fanáticos programas, pero no dejaban de ser algo anecdótico. Los demócratas, con algo de ingenuidad, despreciaron aquellas primeras semillas que pretendían envilecer la política, incluso alguno comenzó a aprovecharse de sus beneficios a corto plazo, sin considerar el alto precio a pagar; el insulto indiscriminado a todo persona dedicada a la política, despreciar a la política como la manera natural de gestionar y resolver nuestras diferencias, proclamar que todos los políticos son iguales ( por tanto un caudillo es la única manera de salvarnos de ellos) o el bulo descarado como arma para desacreditar al enemigo político. Se equivocaron, y hoy día lo anormal, el exabrupto convertido en odio, se ha convertido en lo normal, y lo antaño cotidiano, el respeto al adversario político, en extraordinario. Pocos debates en política caen bajo el paraguas de la racionalidad, el respeto mutuo y la propuesta.

Es relativamente fácil manipular a sectores sociales para enfrentarnos los unos a los otros, haciendo que odiemos al que no piensa igual, o que tiene otra ideología, con tal de conseguir objetivos de poder en las instituciones. Desgraciadamente, es muy diferente ser capaz luego de reconducir la situación, de restablecer esos puentes quemado

Al albur de discursos del odio estas semillas han germinado en su plenitud, e infectado gran parte del debate público y social. Las señales eran inquietantes y deberíamos haberlas reconocido con prontitud, pero la memoria es frágil, en especial cuando dejamos que la emoción desbordada, la bilis, tome decisiones por nosotros, en ambos espectros, izquierda o derecha, del ámbito político. Es relativamente fácil manipular a sectores sociales para enfrentarnos los unos a los otros, haciendo que odiemos al que no piensa igual, o que tiene otra ideología, con tal de conseguir objetivos de poder en las instituciones. Desgraciadamente, es muy diferente ser capaz luego de reconducir la situación, de restablecer esos puentes quemados. Destruir nuestra convivencia y respeto es fácil, recuperarlo es una ardua tarea, para la que además hay que estar dispuesto a sacrificar algo de ti. Mientras se respetó ese marco moral y político que establecía límites a la vileza, y no todo se permitía para acceder al poder, los quebrantos en los puentes del entendimiento se daban, pero siempre se reconducían. Hoy día, parece un milagro cuando se sacrifica parte de la ideología e intereses propios, con tal de llegar a acuerdos que faciliten salir de una situación que no deja de ser cada día más dramática. Lo hemos visto en algunos Ayuntamientos, en algunas Comunidades Autónomas o Diputaciones, también hemos visto lo contrario, o paripés, como en Andalucía, al dar la presidencia de la comisión encargada del entendimiento a la ultraderecha que despreció su puesta en marcha.

La nostalgia de la atroz dictadura que asesinó y encarceló impunemente, y nos privó de libertad durante décadas, era vista antaño como una curiosa arqueología fascista, sin más interés que recordar el tránsito del blanco y negro de un país que había avanzado al tecnicolor de la democracia y la libertad a pasos agigantados

La nostalgia de la atroz dictadura que asesinó y encarceló impunemente, y nos privó de libertad durante décadas, era vista antaño como una curiosa arqueología fascista, sin más interés que recordar el tránsito del blanco y negro de un país que había avanzado al tecnicolor de la democracia y la libertad a pasos agigantados. Craso error, pues aún perviven esas viles semillas. La sociedad española parecía haber madurado en el respeto a la libertad del otro, en la convivencia de ideologías políticas diferentes; las instituciones a todos los niveles eran un ejemplo perfecto; socialistas y comunistas gobernaban ayuntamientos y nadie creía vivir en una dictadura soviética, a veces estos socios naturales se enfrentaban agriamente, como es normal en fuerzas que compiten por espacios electorales, se llegaban a pactos entre izquierda y derecha, y el mundo parecía seguir adelante. Se era comunista, se era socialista, se era liberal, se era conservador, pero más allá de las divergencias ideológicas naturales, todos  éramos demócratas que aceptábamos unas reglas de juego éticas, políticas, al respetar un marco que sabíamos que de rebasarse entraríamos, de nuevo, en dinámicas autodestructivas.

Numerosos comentaristas políticos, periodistas y comunicadores que tienen un enorme valor social, aquellos que no han sucumbido al fanatismo que envilece, y perdido toda perspectiva, hacen llamamientos a mantener una equidistancia entre los extremismos, recuperar la centralidad y establecer unos límites en la confrontación y discusión política que no deben sobrepasarse

Ese marco se está resquebrajando. La vileza de lo visto en las últimas semanas no podría dejar un mensaje más desolador, pues los peores temores, de todos aquellos que mantienen una sensibilidad democrática, más allá de cualquier sesgo ideológico, se han hecho realidad. Numerosos comentaristas políticos, periodistas y comunicadores que tienen un enorme valor social, aquellos que no han sucumbido al fanatismo que envilece, y perdido toda perspectiva, hacen llamamientos a mantener una equidistancia entre los extremismos, recuperar la centralidad y establecer unos límites en la confrontación y discusión política que no deben sobrepasarse. Tienen razón, es esencial. Para hoy, no para mañana, hemos de parar esta deriva y esta locura.

Ahora bien, el problema con la equidistancia en política, tan sensatamente reclamada, es que simplemente establecer un término medio entre dos posiciones no establece la justicia de una posición. La centralidad no es ponerse en el centro de dos posiciones, sino ver cuál de las dos posee más argumentos racionales, cuál está apoyada por datos verídicos, no inventados, cuál beneficia a la mayoría, cuál respeta las leyes que todos nos hemos dado, cuál apuesta por la tolerancia y no por el odio o desprecio al otro, cuál de ellas se sostiene en datos científicos y no conspiranoicos, etc. Estar en medio, pedir equidistancia, o ponerse de lado, cuando un extremo es una barbaridad, y el otro no,  ni es lo justo, ni lo acertado. Si una posición miente, y la otra no, no hay equidistancia posible. Dar veracidad a una mentira flagrante en un extremo, y no aceptar lo que es verdad en el otro, con tal de hacer posible ese entendimiento, no es equidistancia, es injusticia.

No fue lo mismo el bando republicano, elegido en una democracia, por muchos errores que cometieran, que los rebeldes fascistas que se levantaron en armas contra un régimen democrático legalmente establecido, y lo sustituyeron por una dictadura y una represión brutal en nuestro país, durante más de cuarenta años

No fue lo mismo el bando republicano, elegido en una democracia, por muchos errores que cometieran, que los rebeldes fascistas que se levantaron en armas contra un régimen democrático legalmente establecido, y lo sustituyeron por una dictadura y una represión brutal en nuestro país, durante más de cuarenta años. No hay equidistancia en permitir utilizar con tal desprecio el dolor de una familia por intereses políticos, como hizo un diputado del PP.  No es equidistancia permitir que se califique de terroristas a aquellos que militaron en movimientos democráticos durante la dictadura, a los que  por el hecho de repartir panfletos se les encarceló y en numerosos casos fueron torturados. Pablo Iglesias, pudo haber estado más o menos fino, incluso equivocarse, en su intervención respondiendo a Cayetana Álvarez de Toledo, pero hay una diferencia notable entre el irónico uso del título nobiliario que posee la portavoz popular, y calificar a un vicepresidente del gobierno, legítimo y democrático, como hijo de terrorista, cuando su padre fue represaliado por defender la democracia en un régimen totalitario.

 ¿Acaso el que fuera presidente de Sudáfrica, encarcelado  27 años, premio Nobel de la Paz sería considerado un perverso terrorista por enfrentarse al brutal régimen racista?

Es tan paradójica y triste la situación que estamos viviendo, que no sabría decir qué pudiera pensar la portavoz del Partido Popular, Cayetana Álvarez de Toledo, de Nelson Mandela, pues su organización era considerada terrorista por el gobierno del Apartheid sudafricano ¿Acaso el que fuera presidente de Sudáfrica, encarcelado  27 años, premio Nobel de la Paz sería considerado un perverso terrorista por enfrentarse al brutal régimen racista? No se puede ser equidistante entre Trump y aquellos que salen a las calles a denunciar el racismo que sigue matando en los EEUU, o tantos otros ejemplos que podríamos esbozar. Trump dice que todos esos movimientos antifascistas que se han rebelado contra un crimen racista por parte de la policía, han de ser declarados terroristas y perseguidos ¿acaso la equidistancia se encuentra en ponerse en medio entre Trump y los que se rebelan ante el racismo?

La equidistancia es saber que hay normas democráticas que nos unen, que no hay espacio para el fanatismo, el racismo, el odio y la intolerancia, que la libertad de expresión implica aceptar la pluralidad y diferencia de ideología, te guste más o menos

La equidistancia es saber que hay normas democráticas que nos unen, que no hay espacio para el fanatismo, el racismo, el odio y la intolerancia, que la libertad de expresión implica aceptar la pluralidad y diferencia de ideología, te guste más o menos. No hay equidistancia posible entre aquellos que comprenden y respetan este marco democrático y de libertades, y aquellos que no lo hacen. La canciller alemana Ángela Merkel nos dio una lección hace unas semanas explicando con claridad que no hay equidistancia posible con la extrema derecha, ni colaboración, ni permisividad. Sus discursos de odio e intolerantes no caben en nuestra democracia. No sabríamos decir, tampoco, cómo calificaría la portavoz del PP el discurso de Merkel, quizá la calificaría de peligrosa comunista o algo parecido, quién sabe, dado el vértigo de locura política en el que estamos.

Erradicar el extremismo fanático en política sí, proceda de donde proceda. Eso implica aceptar las reglas democráticas de mayorías y minorías, a un gobierno constituido legítimamente, votado por los representantes de la ciudadanía, nos guste o no, aceptar el marco legal democrático y legal en el que convivimos, rechazar cualquier discurso racista, intolerante y que promueva el odio, trabajar juntos cuando proceda, como en esta situación dramática, para arrimar el hombro, aún a coste de renunciar a parte de tus principios ideológicos con tal de encontrar puntos de encuentro. Todo eso sí, pero no confundamos la equidistancia con los que respetan las formas y el fondo de nuestra democracia,  y los que continuamente exudan odio e intolerancia en sus discursos, para los cuales la democracia es una excusa, no un fin.

Puedes leer un compedio de sus artículos en La soportable levedad, de venta en la Librería Picasso.

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”