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'Pecar o no pecar ¿esa es la cuestión?'

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 4 de Diciembre de 2022
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'No hay más que dos especies de hombres: la de los justos que se creen pecadores, y otra la de los pecadores que se creen justos'. Blaise Pascal

'La única diferencia entre el santo y el pecador es que el santo tiene un pasado y el pecador un futuro.' Oscar Wilde

Si nos atenemos a la etimología original de pecado, esa palabra santa y maldita a la vez, con la que tanto aterrorizan a los infantes las religiones, al hablar de cometer un pecado, peccatum, sencillamente nos referimos a una falta o error. En el caso de los regímenes absolutistas dirigidos por clérigos o simplemente tiránicos, cometer pecado no solo nos aterroriza por la salvación de nuestra alma, sino que tenemos la posibilidad de terminar en la cárcel, torturados o condenados a muerte. Lo que también sucede en regímenes democráticos cuando los fanáticos pretenden imponer su moral y su concepción de pecado a las leyes, y pretenden castigar lo que consideran actos impuros, llámese homosexualidad, la interrupción voluntaria del embarazo o cualquier otra cosa que su Dios les haya susurrado al oído que debe ser castigada.

Las religiones cargaron a esta palabra con un peso extra, al vincular la falta a la desobediencia a un ser omnipotente y divino que nos dicta desde su reino lo que debemos hacer, lo que no debemos hacer, lo que debemos pensar, lo que no debemos pensar, cómo comportarnos y cómo no comportarnos, que se dice pronto

Cometer errores, si atendemos al significado original de peccatum, es algo tan natural al ser humano como llorar al nacer. Sin faltas o errores ni aprenderíamos a mejorar, ni nos daríamos cuenta de lo falible que somos, en cuanto a nuestra voluntad, o en cuanto a nuestra destreza para seguir las normas que nos dictan. Las religiones cargaron a esta palabra con un peso extra, al vincular la falta a la desobediencia a un ser omnipotente y divino que nos dicta desde su reino lo que debemos hacer, lo que no debemos hacer, lo que debemos pensar, lo que no debemos pensar, cómo comportarnos y cómo no comportarnos, que se dice pronto. Además, por si fuera poco, podemos pecar de manera voluntaria o involuntaria, si por casualidad no atendimos suficientemente a las soflamas y dogmas de los sacerdotes y clérigos que ejercen de intérpretes de la palabra divina, o se nos ocurre ir a Qatar a ver el mundial y cómplices de la relajada moral occidental caemos en alguna de las numerosas conductas que allí se castigan lapidariamente.

O bien en hipócritas que llevan una vida pública y otra privada. O bien en psicópatas o sociópatas más o menos dañinos que creen castigar a los demás, por incumplir los preceptos que les enseñaron de pequeños

Nietzsche, como buen profeta que sospechaba que algo iba terriblemente mal en las sociedades modernas, ya nos advirtió que el pecado ha sido hasta ahora el acontecimiento más grande en la historia del alma enferma: en el pecado tenemos la estratagema más peligrosa y más nefasta de la interpretación religiosa. Aun así, continuamos sin hacerle mucho caso, e inculcando a pequeños y adolescentes dogmas caducos que les llenan de innecesaria culpa y les cargan de remordimientos, cuando no les convierten en carne de terapia en su vida adulta. O bien en hipócritas que llevan una vida pública y otra privada. O bien en psicópatas o sociópatas más o menos dañinos que creen castigar a los demás, por incumplir los preceptos que les enseñaron de pequeños. Si lo tomamos con humor, que falta nos hace, cuando el auge de lo rancio moral parece apoderarse de las derechas, extremas y no tanto, al menos pecar tiene su gracia, y nos da un regustillo irónico ante la embobalicada mirada moral de los ortodoxos que condenan nuestra conducta. Cierto que pecar da más gusto, si sabemos que estamos yendo contra alguna estúpida norma de comportamiento nacida hace milenios en alguna sociedad de criadores de ovejas (con el máximo respeto a los pastores de ovejas) que se sintieron iluminados por alguna experiencia supuestamente mística en los ardores del desierto. Y si nos acusan de impuros morales siempre podemos recurrir a la sabiduría del escritor norteamericano del XIX Ralph Waldo Emerson y decirles que lo que otros consideran pecado, nosotros lo consideramos experiencia. Y ya sabemos que sin experiencias en imposible avanzar en la vida. Además, dada la egocéntrica naturaleza humana, prisioneros del pecado, siempre optaremos por confesar antes los pecados ajenos que los propios, tal y como solemos ver, no ya en los confesionarios sacerdotales, sino en los nuevos confesionarios públicos que las redes sociales han creado, donde con gusto y saña tendemos a señalar los pecados, errores y faltas ajenos, como si nosotros fuéramos santos y no cometeríamos los mismos pecados o similares si tuviéramos ocasión.  

La fascinación por cometer pecado suele tener que ver con los deseos insatisfechos de una sociedad llena de dogmas estúpidos, especialmente las dominadas por morales religiosas

La fascinación por cometer pecado suele tener que ver con los deseos insatisfechos de una sociedad llena de dogmas estúpidos, especialmente las dominadas por morales religiosas. Si reflexionamos sobre ello, nada mas cierto que las palabras de Oscar Wilde: hay pecados cuya fascinación está más en el recuerdo que en su comisión. Si no hubiera existido el placer de lo prohibido probablemente ninguno de nuestros deseos hubiera ido por allí.  Al fin y al cabo, pocas cosas son más ciertas que el proverbio persa que afirma que hay cuatro cosas de las que siempre tenemos mucho más que lo que deseamos: pecados, deudas, años y enemigos.

Más pecamos por ausencia, en ese sentido esencial de ignorar al prójimo, que por acción

Una tradicional proclama del poeta Fray Luis de León nos devuelve a los orígenes del término al afirmar que el principio del pecado es la soberbia. Frase que se antoja más certera, cuando por pecado entendemos aquellos errores que cometemos propulsados por la soberbia, antes que el delito de no cumplir las normas morales que un Dios iracundo grabó en tablas de piedra.  Si prescindimos de normas morales, y recurrimos al significado laico de pecado que nos insta a reflexionar sobre las faltas a los demás, más nos valdría atenernos a las palabras del dramaturgo Bernard Shaw que nos advierte que el peor pecado que podemos cometer contra el prójimo no consiste en odiarle, sino en mirarle con indiferencia. Ésta es la esencia de la humanidad. Más pecamos por ausencia, en ese sentido esencial de ignorar al prójimo, que por acción. No se trata en numerosas ocasiones de no hacer directamente daño, sino de cómo miramos a otro lado cuando hay tanto que podríamos hacer por las desdichas ajenas, pero siempre excusamos nuestra conciencia moral en que no es asunto nuestro, como si tan solo hubiéramos de poner en la balanza moral el mal que nos afecta directamente.

Sin embargo, ningún dogma religioso nos advierte del peligro del infierno existencial de caer en la hoguera del aburrimiento, cuando debiera ser el undécimo mandamiento también escrito en piedra

Uno de los mayores pecados que cometemos en los tiempos modernos es el aburrimiento con el que desempeñamos nuestras funciones preestablecidas. Sin embargo, ningún dogma religioso nos advierte del peligro del infierno existencial de caer en la hoguera del aburrimiento, cuando debiera ser el undécimo mandamiento también escrito en piedra. Precisamente el filósofo británico Bertrand Russell advierte del pecado de dejar adocenar nuestra mente. Los momentos más felices, más allá de momentáneas intoxicaciones placenteras que se nos olvidan al instante, o un poco más allá, proceden de mantener afiladas nuestras facultades, sean las que sean las que poseamos, y estar experimentando con el siempre necesario asombro y una dulce ironía el mundo en el que vivimos. Volviendo a Emerson, si vamos a pecar, hagámoslo experimentando los mil y uno sabores que la vida nos ofrece antes de caer en el olvido.

El sentimiento de culpa por ir contra preceptos morales religiosos, por pecar, es una pesada losa para el desarrollo de una sociedad adulta. Se nos infantiliza

La educación religiosa que se da a los infantes, basada en crearles un sentimiento de culpa por incumplir los mandatos de una religión, es terriblemente perniciosa para su maduración, incluida la ética. Ese sentimiento de culpa que espera una especie de castigo metafísico ajeno, coercitivo por parte de una imaginaria figura todopoderosa, impide la reflexión de una autoconciencia crítica, social, donde la empatía por los demás, ante su sufrimiento directo por nuestras acciones, o indirecto por nuestras dejaciones, es la clave. El sentimiento de culpa por ir contra preceptos morales religiosos, por pecar, es una pesada losa para el desarrollo de una sociedad adulta. Se nos infantiliza. Russell decía que el sentimiento de haber pecado tiene algo de abyecto, algo que atenta contra el respeto a sí mismo. Para luego recordarnos que, si perdemos el respeto por nosotros mismos, nuestra vida siempre carecerá de rumbo. Si no nos despegamos de la superstición que supone creer que existe el pecado jamás podremos tomar pleno control de nuestra vida, pues jamás nos respetaremos a nosotros mismos.

La solución es la razón critica que hurgando en los principios éticos decide cuál es la actuación correcta y cuál no

La solución es la razón critica que hurgando en los principios éticos decide cuál es la actuación correcta y cuál no. No por las restricciones sociales, legales o políticas del régimen bajo el cual vivamos, que estarían más o menos justificadas en una democracia, y difícilmente justificadas en una tiranía, sino porque nuestras acciones sobre los demás, o nuestra elusión de las mismas, sean decisiones tomadas bajo nuestros propios términos. Reflexionando racionalmente sobre aquello que la vida y la experiencia nos ha enseñado es lo correcto y rechazando lo que nos ha mostrado que no lo es. No se trata tanto de pecar o no pecar, es la pregunta equivocada. Pues la respuesta a la pregunta sobre el pecado es que éste no existe más que en la conciencia culpable de falsos profetas que quieren controlar nuestra vida por tradición, poder, estupidez, o autoengaño. Renunciar al concepto del pecado no implica renunciar a una moral laica, crítica y guiada por la razón, pero sin duda sí que requiere mucho más esfuerzo pensar por nosotros mismos y aceptar la responsabilidad de nuestros actos, que hacer caso a los dogmas que pretenden imponernos.

 

 

 

 

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”