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El oficio de la política

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 2 de Diciembre de 2018
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'Un político piensa en la próxima elección, un estadista en la próxima generación'. James Clarke

'Las verdades eternas trasladas a la política son un primer paso hacia el totalitarismo'. Juan María Bandrés

La práctica de la política necesita de oficio, pero la política no es un oficio, a pesar de lo que algunos practican, o desean que se convierta; una elite burocratizada que pasa de un puesto político a otro como si se tratase de elegir entre bombones de uno u otro sabor. Estamos asistiendo, tristemente, a una banalización de la política, de su práctica, convertida en un carnaval de fuegos de artificio. Banalización acentuada en los momentos en que más sería habría de volverse, las campañas electorales, en las que perpetuamente estamos instalados, al parecer. No parecemos ser conscientes del daño que estamos haciendo a la democracia, con tanto espectáculo, con tanto populismo, con tanto mal teatro. Democracia que damos por hecho, sin darnos cuenta del elevado precio que hay que pagar por obtenerla, y esperemos, que no por mantenerla.

La práctica de la política necesita de oficio, pero la política no es un oficio, a pesar de lo que algunos practican, o desean que se convierta; una elite burocratizada que pasa de un puesto político a otro como si se tratase de elegir entre bombones de uno u otro sabor

La política nos atañe a todos, todos de alguna manera deberíamos ejercer de políticos, que es algo muy diferente a poner una papeleta en una urna; imprescindible, pero no suficiente, o pertenecer a un partido político; honroso, pero no suficiente, o ser un activista social; necesario, pero no suficiente. Ocuparse de la política es exigir información veraz a quien debe dárnosla, al que ejerce responsabilidades políticas. Es exigir que cumpla su palabra dada, y si no puede, o no quiere, o nos ha mentido, que con honradez explique los motivos, y ponga su puesto, que nos debe, a nuestra consideración.  Es exigir que se ocupe de los problemas de nuestra sociedad como si cada persona importase, y no sus votos, porque cada persona importa. Es exigir seriedad, diálogo y compromiso, y no demagogia, a quienes ejercen la oposición, aquellos que deben ser el control del poder institucional, ser la voz de la ciudadanía, no su manipulador. Es exigir que los medios de comunicación nos informen, separen opinión de información, y vigilen la honestidad y el contraste de la procedencia de sus informaciones, y que su labor no sea satisfacer nuestras emociones, exaltarnos o complacernos, para así vender un poco más su producto. El periodismo es un pilar de una sociedad democrática, tan esencial como las instituciones, y por tanto, el nivel de exigencia con su oficio ha de ser similar al que deberíamos tener con el político.

La política necesita ser practicada con oficio, con talento, eligiendo cuidadosamente a quienes han de cumplir la labor para la nació la política y la democracia; ser un instrumento para resolver problemas concretos de gente concreta, para planificar el futuro de nuestras sociedades, y no ponerse las anteojeras del corto plazo, para dar soluciones sencillas a problemas sencillos y soluciones complejas a problemas complejos. Se trata de dialogar, acordar, y tomar  decisiones, aunque cuesten votos, que para eso se está en política, y no estar con la mitad izquierda del cerebro pensando en cómo mantenerse en el puesto, y con la otra mitad pensando en cómo destruir al adversario, del mismo partido, o de otro.

La política necesita ser practicada con talento, eligiendo cuidadosamente a quienes han de cumplir la labor para la nació la política y la democracia; ser un instrumento para resolver problemas concretos de gente concreta, para planificar el futuro de nuestras sociedades, y no ponerse las anteojeras del corto plazo, para dar soluciones sencillas a problemas sencillos y soluciones complejas a problemas complejos

No podemos convertir la política en lo que denunciaba León Daudet, periodista francés del siglo XIX: con los enemigos hay tres soluciones: apartarse de ellos, que es de perezosos, convertirlos en amigos, que es de sabios, y eliminarlos como sea, que es de bribones, políticos, sectarios y guerreros. En política, en democracia, se comparten, o deberían compartirse unos límites; al norte con el respeto al adversario, al sur con la promesa de mantener la palabra dada, al este con no convertir la política en un oficio y sí practicarla con oficio, y al oeste con la renuncia a las verdades absolutas, que en política, matan la democracia. Y si no hay verdades absolutas, solo nos queda asumir verdades compartidas, ya que somos sociedades plurales, diferentes, que no implica que hayamos de ser desiguales.

El ser humano tiene una capacidad innata para convertir lo que debería ser un instrumento para alcanzar mayores cotas de bienestar, para avanzar en  democracia, la tecnología que nos permite estar interconectados, en un elemento de destrucción masiva de la democracia, de la política. Cada gesto, cada palabra de un político parece estar pensada, no para decirnos con sinceridad qué piensa, o argumentar con otro que podría también tener algo de razón, sino para que su asesor de comunicación pueda sacar un meme, un cartelito con una frase vacía, y con una imagen llamativa, o para un video de un minuto donde te cuenten obviedades, todas con el mismo lenguaje apto para crédulos. Se insulta para llamar la atención, para despertar las entrañas de la gente, creyendo que así se arrancan votos, todo tan vacuo que desprestigiamos la más noble de las artes, pues eso es la política. Cuando hay una cámara de por medio, y hoy día siempre hay una cámara, todo se convierte en publicidad en los discursos, se esconde lo que perjudica al producto, se embellece desmedidamente sus cualidades, y se confía en que un bello embalaje haga que la ciudadanía compre el producto. Eso no es política, es marketing.

La solución no es obviar la política, o despreciar a quien la practica con oficio, talento y buen saber hacer, que los hay. Si desprecias la política, tienes un problema, pues ella se ocupara de ti, que es muy diferente a preocuparse por ti. El historiador  Arnold Toynbree lo expresaba con naturalidad y sencillez; el mayor castigo para quien no se interesa por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan. La política no es un oficio, pues eso corrompería su sentido, su alcance, al convertir al político en parte de un gremio, únicamente preocupado por sus propios intereses y en constante competición con otros gremios que venden productos similares, enzarzados en disputas comerciales, atentos únicamente a sus intereses, y no a los intereses de todos, que es lo que debería ser. El escritor Robert Louis Stevenson, con ironía, escribía que la política es quizá la única actividad para la cual no se considera necesaria preparación. El error es confundir preparación, que no es sino tener oficio, saber hacer, dominar las herramientas del arte de la política y ser versátil en su uso, con quienes convierten la política en su oficio, su forma de vida, como si tuvieran una carrera profesional, y hubieran aprobado una oposición, con un tribunal amañado, todo hay que decirlo. Políticos que dado su apego a la ideología que presuntamente comparten, nula o  tan frágil como el puesto que ambicionan mantener o alcanzar, podrían intercambiarse de partido político unos y otros como si intercambiasen cromos, de hecho lo hacen. Triste es aquel político que hace suyas, con seriedad, las irónicas palabras de Winston Churchill: El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después porque no ha ocurrido. Todo centrado en la habilidad de persuadir, no de convencer y argumentar, dialogar y ceder para acordar, que no es lo mismo. Siempre dejando de lado razones absolutas, pues en la vida, como en la política, solo hay una razón absoluta, la certeza de nuestra mortalidad, todas las demás pasan por el filtro de la provisionalidad.

La solución no es obviar la política, o despreciar a quien la practica con oficio, talento y buen saber hacer, que los hay. Si desprecias la política, tienes un problema, pues ella se ocupara de ti, que es muy diferente a preocuparse por ti

Un político debe estar preparado e informado sobre su campo de acción, que no es igual a ser un experto, pues eso deformaría la práctica de la política, convirtiendo en una especie de oposición tecnocrática, lo que ha de estar al alcance de todo el mundo. Una cosa es conocer aquellas materias sobre las que ha de tomar decisiones, especialmente sus costes humanos, y sus consecuencias, y otra pretender que una persona que sepa mucho de esas materias tomará una decisión pensando en el bien común, en base a presupuestos ideológicos y éticos. La tecnología, como la burocracia, no es neutral, ni política, ni ideológicamente. Dejar que sean ellas las que tomen las decisiones, en base a abstractos algoritmos, o estructuras jerarquizadas, donde nadie es responsable más que de su pequeño cortijo, no es política, es otra forma de totalitarismo, pues pretenden despolitizar a la ciudadanía. Hacerles creer que solo pueden opinar aquellos expertos que presuntamente son más listos que ellos. Los expertos, que por cierto, nunca llegan a las mismas soluciones, pues éstas están determinadas por su propia ideología, elección de metodología, ética, quiénes les pagan, creencias, etc. Lo que han de proporcionar los expertos son alternativas, soluciones posibles,  y es la ciudadanía, soberana en la toma de decisiones, la que a través del arte de la política, con políticos responsables y conscientes de su función como instrumentos ocasionales, y prescindibles, del ciudadano, deben tomar las decisiones acordes con el programa con el que se han presentado, y someterse luego a la aprobación o no, de aquellos que le han elegido para ejercer esa responsabilidad.

No se puede ejercer el oficio de la política sin empatía, si un político carece de ella, y la finge, ya sea porque nunca la tuvo, ya sea porque con los años se ha ido volviendo más indiferente a los padecimientos, al sufrimiento, al dolor de la gente, y ha terminado por verlos solo como depositarios de votos, encerrado en su burbuja, entonces, es culpa de toda la sociedad que siga ejerciendo como político. Antonio Gramsci los define a la perfección: Ignoran la realidad, que está formada por hombres que viven, trabajan, sufren, mueren. Son diletantes: no tienen simpatía alguna. Son retóricos llenos de sentimentalismo, no hombres que sienten de manera concreta. Obligan a sufrir innecesariamente, al mismo tiempo que se derriten ante himnos alados de virtud, a la fuerza del sacrificio del ciudadano.

La política tendrá sentido mientras quienes la practiquen puedan ser definidos por su buena voluntad, empatía, por ser fieles a unos principios éticos, que no dogmáticos, dispuestos a perder su poder, que nunca deben dar por sentado, y devolverlo a quienes en verdad pertenece, y democratizar la democracia, más, porque no se trata del derecho a votar, para que se elija un político u otro, esencial, pero no suficiente.  Lo que se encuentra en el centro de la democracia, no es votar de vez en cuando, es el derecho a participar en la vida política, todos los días del año, que debe ser un oficio al alcance de todos, precisamente porque no lo es.

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”