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No se puede llevar 'to palante'

Blog - El camino equivocado - Guillermo Ortega - Jueves, 6 de Octubre de 2016
bandofhorses.com

Era una expresión que solía utilizar mi madre, que también soltaba de vez en cuando su sombrío “el mucho andar trae el poco andar”, que te mortificaba cuando lo escuchabas nada más despertar y con una resaca tamaño XXL.

Pero en los dos casos tenía razón. No ahondaré en la segunda pero sí en la que pongo como titular por su relación con la música, que resulta ser un territorio inabarcable. Cuanto más intente uno profundizar, más desbordado se encontrará. Es imposible estar totalmente al día y, además, tener un conocimiento exhaustivo de lo que ha pasado en los sesenta años anteriores. Se puede rascar en la superficie, pero poquito más.

De hecho, a veces hay que orillar cosas, dejarlas ahí a la espera de su oportunidad, si es que les llega alguna vez, y concentrarse en lo que más te interese en ese momento. Que no tiene por qué coincidir con lo que está de actualidad. 

Eso me ha ocurrido en varias etapas de mi vida. La primera vez, en la segunda mitad de los ochenta. Pasó entonces la natural tempestad que a uno le sacude cuando tiene veinte años y es una auténtica esponja que lo absorbe todo y caí en la cuenta de que, en cierto modo, estaba empezando la casa por el tejado, en el sentido de que oía muchas novedades pero apenas había escarbado en las raíces.

Así que me puse a escuchar rock and roll clásico a saco, me sumergí en la música negra hasta llegar a géneros hasta entonces nunca explorados, como el góspel o el doo wop, y de camino descubrí a clásicos que por una razón u otra me había saltado, como Van Morrison (que sólo conocía como vocalista de Them), Byrds o Lovin’ Spoonful

Tanto me metí en la negritud que, a principios de los noventa, era un devorador de blues tradicional, el de Muddy Waters, Howlin’ Wolf o Elmore James. Hubo un tiempo en el que prácticamente no escuchaba otra cosa y, al hilo de eso, he de decir ahora, sin acritud o con ella, que terminé hasta los mismos huevos de los doce compases. Si es que se me permite el tecnicismo. 

Mientras tanto, aparecía en el mundo real el brit-pop, al que sí me sumé por su relación con el power-pop y hasta con el glam (vía Suede) y también el grunge, que me habría pasado casi desapercibido de no ser por mi amigo italiano Andrea y su mítico bar Tenax. Gracias a él conocí asimismo a Pavement, Sonic Youth o Dinosaur Jr.

Pero en esa época aparecieron en España grupos que no escuché jamás. Y en algunos casos sigo sin hacerlo. Lo crean o no, a mí no me parece haber oído en mi vida a Porretas, Platero y Tú, Reincidentes o Ska-P. Hace sólo unos cuantos años, y  únicamente por la insistencia de algunos colegas de Granada, como Diego, le di una primera oportunidad a Extremoduro. Que me temo será la única, porque ‘So payaso’ me pareció una porquería.

Como yo seguía a mi aire, para el caso alimentándome de música jamaicana en el sentido contrario a las agujas del reloj temporal y llegando hasta los años cincuenta y el mento, siguieron ocurriendo a mi alrededor cosas que me pasaron desapercibidas. Sí que conocí a Los Planetas, que me parecieron otra porquería, y a algún grupo hispano aislado, tipo Sexy Sadie o Australian Blonde, aunque después de grabarme alguna cosilla suya llegué a la conclusión de que podía vivir perfectamente sin sus servicios.

En ese plan entré en el siglo XXI, donde la tónica ha seguido siendo pillarme los discos que me han venido en gana, sin mirar su fecha de edición. He estado más o menos al tanto de las novedades gracias a las revistas, pero eso rara vez me ha hecho engancharme a un nuevo sonido. Si acaso, tal cosa ha ocurrido cuando he puesto bien la oreja escuchando la radio o incluso viendo la MTV. Así descubrí a India Arie, por ejemplo, y ella me llevó a otras divas negras de nuevo cuño. 

Y así sigo, descubriendo por mi cuenta algún nuevo artista, del estilo que sea, que me toca la fibra por un motivo u otro (Band of Horses, Veruca Salt, Michael Kiwanuka…), tanteando en Radio 3 a ver si salta la chispa, aunque por desgracia allí me he topado con mucho más indie nacional del que puedo soportar, o fiándome de voces autorizadísimas como la del amigo Salvador, gracias al cual conocí (y vi en directo) a gente tan estupenda como Richmond Fontaine, The Model Rockets o Astrid) o por supuesto la de mi primo y compadre Juanjo, la persona que más y mejor me ha nutrido y me nutre de música de la güena a lo largo de mi vida. No es que no quiera ponerla, es que la lista de sus aportaciones sería interminable, de verdad. A veces tengo la impresión de que él, y sólo unos pocos más como él, sí que puede llevarlo to palante.

 

 

 

Guillermo Ortega Lupiáñez (Algeciras, 1966) es licenciado en Periodismo. Empezó a trabajar en 1990 en el desaparecido Diario 16 y después pasó a Europa Sur y Granada Hoy. También lo hizo durante un breve periodo en la Ser y colaboró en El Mundo, Ideal y ABC. Durante algo más de un año fue columnista en Granadaimedia. Ha sido encargado de prensa en los grupos municipales de UPyD y Ciudadanos en Granada y ahora trabaja en prensa del PP. Ha publicado cuatro libros: Cuentos de Rock (2008), Los Cadáveres Exquisitos (2012), Horas Contadas (2014) y La vida sí que es una pelea (2016).