Un verano en el Parque de las Ciencias.

El miedo y sus preposiciones

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 12 de Mayo de 2019
'Silla eléctrica', Andy Warhol, 1964.
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'Silla eléctrica', Andy Warhol, 1964.
Mil razones para actuar, un solo motivo para abstenerse, el miedo y sus preposiciones. 

Vencidos por la ley de la gravedad de nuestras pesadillas,

las razones para actuar se estrellan a la velocidad de nuestros suspiros de resignación.

Las preposiciones, de, ante, por, y otras tantas, singularizan las fronteras de nuestros miedos, son tan numerosas como las excusas que nos damos para evitar enfrentarnos al angustioso temor que, en tantas ocasiones, paraliza nuestra vida. El psicólogo J. B. Watson, uno de los fundadores de la psicología conductista, en sus Diarios de psicología experimental afirmaba que existen tres emociones humanas fundamentales: el miedo, la rabia y el amor. Más allá de que podamos estar de acuerdo  o no con el reduccionismo conductista, que simplifica de tal manera la psique humana, no podríamos negar que el miedo es una de las emociones más presentes en nuestra conducta, con tantas causas posibles y con efectos tan devastadores para nuestra vida. El reto de enfrentarnos a nuestros miedos, los propios, y los causados por la crueldad y el egoísmo ajenos, es el principal obstáculo para poder disfrutar de una vida, sino plena, al menos no tan condicionada por trabas, que reales o imaginarias, tanto daño nos hace.

Sin embargo, todo lo que puede tener de bueno esa emoción tan básica, lo pueden torcer las otras dos emociones que la acompañan, la rabia y el miedo, que no se quedan atrás, y también influyen en nuestras emociones, y al contrario que el amor, no nos impulsan para bien

El amor nos hace creer que todo es posible, que no hay obstáculo que no podamos superar, cegados por la amable ilusión de que el espíritu humano todo lo puede. Pero más allá de las lógicas desilusiones que seguramente acompañarán los delirios de su seducción, su legado marcará nuestro corazón para siempre. Sin embargo, todo lo que puede tener de bueno esa emoción tan básica, lo pueden torcer las otras dos emociones que la acompañan, la rabia y el miedo, que no se quedan atrás, y también influyen en nuestras emociones, y al contrario que el amor, no nos impulsan para bien. No podemos olvidar que esos enemigos invisibles a los que cada día nos enfrentamos, que devienen de una pésima gestión de nuestros deseos y sentimientos, son tan grandes como el miedo y la frustración que nos producen. Sófocles, el trágico dramaturgo griego de la edad de oro ateniense en el siglo V. a. C nos recordaba que para quien tiene miedo todo es ruido. Al igual que creamos los dioses a nuestra imagen y semejanza, así nuestros miedos crean a su propia imagen aquello que aparentemente tanto tememos, mientras más grande es el miedo, más pavoroso nos parece el enemigo.

El miedo nos deja expuestos, debilita la fuerza de la razón que hay en nosotros, y nos convierte en dúctiles marionetas, fáciles de de manipular por aquellos que sin vergüenza explotan nuestros temores, en beneficio propio. Los populismos que campan a sus anchos a lo largo del mundo, les demos el nombre que les demos, lo utilizan como su principal argumento político. No es nada nuevo, el escritor y diplomático francés del siglo XV, Émile Chartier, decía que el hombre que tiene miedo sin peligro, inventa el peligro para justificar su miedo. La base del crecimiento del populismo es inventar amenazas que no son tales, con tal de debilitar cualquier atisbo de voluntad crítica que resida en nosotros. Nos inundan con decenas de amenazas, excusas  para que tengamos miedo, tan irreales como los escrúpulos morales de los que las inventan.

La vacuna contra el fanatismo es la misma que deberíamos emplear contra ese miedo con el que pretenden abofetear nuestra inteligencia; la educación

La vacuna contra el fanatismo es la misma que deberíamos emplear contra ese miedo con el que pretenden abofetear nuestra inteligencia; la educación. Emerson, que como todos los buenos poetas, hereda en su talento esa sutileza de la que tanto carecen aquellos que desprecian toda moral que no se someta a sus reglas del odio, escribía que el miedo siempre viene de la ignorancia. Y la ignorancia solo tiene una cura, abrir los ojos, atender con nuestros oídos a otras voces, emplear la razón, ser tan tolerantes y comprensivos con los demás como nos gustaría que fueran con nosotros. Nuestro sarcástico poeta de la olvidada edad de oro de las letras españolas, Quevedo, con su fino ingenio, nos recordaba que el valiente tiene miedo del contrario; el cobarde tiene miedo de su propio temor, y el temor no hace que no suceda lo que recelamos. Podemos sucumbir a todos esos imaginarios miedos con los que nos atizan un día sí y otro también, que en el mejor de los casos nos paralizan, y en el peor, despiertan nuestra rabia y nos convertimos en peleles que son incapaces de compadecer cualquier lágrima ajena, pues el miedo destierra nuestra compasión, simplifica nuestros corazones, y proscribe cualquier atisbo de empatía de la que la naturaleza nos dotara. La única certeza que tenemos si nos rendimos al miedo, es que crearemos un mundo imaginario donde sea esa la principal emoción que nos domine, ajenos a aquellos mundos reales donde nos esperan confiadas sonrisas y alegrías, si nos atrevemos a buscarlas. Y si cedemos, la soledad y la tristeza serán las gemelas de nuestro corazón. Quién desearía vivir así.

¿Qué podemos hacer pues con el miedo? Se encuentra tan arraigado en nuestra naturaleza que no podemos eliminarlo, ni desprendernos de la angustia que nos produce

¿Qué podemos hacer pues con el miedo? Se encuentra tan arraigado en nuestra naturaleza que no podemos eliminarlo, ni desprendernos de la angustia que nos produce. Séneca nos recordaba en sus píldoras llenas de sabiduría que la buena suerte libra a muchos de su castigo, pero a nadie del miedo. Si hay un premio de la lotería que sabemos que nos tocará una y otra vez en nuestra vida es el miedo, pero como toda emoción, disponemos de las herramientas, aplicando un poquito de sentido común, guiado por la mano de la criba de la razón, para convertir en estimulo, lo que antaño era una abrumadora carga. Si el miedo, lo cogemos a tiempo, despertará nuestro ingenio, y no nuestro odio. El polémico autor francés Celine, que no por ello dejaba de ser un brillante escritor, con buenos consejos, lo resumía con esta sencilla formula: Para salir de las dificultades es necesario tener miedo. No hace falta otra arma o virtud. EL hombre que no tiene miedo está perdido. Un día u otro caerá. Solo estamos seguros en nuestra vida de una cosa, que tarde o temprano llegará el invierno a ella, y que con nuestro último halito nos lamentaremos de los miedos que nos hayan paralizado, y que no hayamos convertido en retos, porque abandonada la falsa seguridad de la certidumbre, no nos queda más remedio que aprender a amar a la incertidumbre que acompañará nuestro devenir, con sus aporías, y sus callejones sin salida, pero también con maravillosas sorpresas que nos alentarán y darán calor cuando el helado invierno pretenda alcanzarnos al finalizar nuestro viaje.

 Mientras, aquellos sabios que aprenden a vivir despojados de todo lo innecesario, y que aprenden a valorar esos intangibles que nada cuestan, menos miedo tienen, más felices por tanto son. Mientras más generosos y menos egoístas seamos, más posibilidades tendremos de vencer al miedo, de llenar nuestra vida de felicidad, de sonrisas, de alegrías

No hay cosa de que yo tenga tanto miedo como de tener miedo, palabra de Montaigne, que deberíamos grabarnos en el frontispicio de nuestro deambular diario; la prudencia, la mesura, cualidades que nunca deberían abandonar nuestro comportamiento para el ensayista francés, son las primeras en desvanecerse cuando el temor nos acongoja, cuando el miedo nos despoja de cualquier mesura. Mientras más poseemos, nos advierte en sus Ensayos, es cuanto más arraiga el egoísmo en la posesión de bienes, y el miedo a perderlos. Bienes, que por mucho que lo desearíamos, no podemos llevar con nosotros en el último viaje que todos estamos destinados a emprender. El delirio consumista, el ansia por poseer objetos que no necesitamos incrementa exponencialmente las posibilidades de que nos atenace el miedo. Mientras, aquellos sabios que aprenden a vivir despojados de todo lo innecesario, y que aprenden a valorar esos intangibles que nada cuestan, menos miedo tienen, más felices por tanto son. Mientras más generosos y menos egoístas seamos, más posibilidades tendremos de vencer al miedo, de llenar nuestra vida de felicidad, de sonrisas, de alegrías. Montaigne nos recuerda que  ceder a  la angustia y  al temor que despierta el miedo, es peor que la propia muerte.

Saña, que si antaño se apropiaba de crueles turbas manipuladas para satisfacer los temores de unos pocos, buscando expiación en la crueldad ejercida contra inocentes, hoy día vemos que ese espíritu de la turba sobrevive en la crueldad de las redes sociales

También nos advierte el pensador francés, de ese miedo que afecta a las masas, del pánico, del terror que puede contagiarse como el más virulento virus entre las multitudes, que nos despoja de nuestra individualidad, de nuestro raciocinio, de nuestra compasión, y nos convierte en despojos humanos dominados por el odio y la crueldad, causando daños a nuestros semejantes sin ningún atisbo de arrepentimiento, pues nos despojamos de culpa, al convertirnos en una cruel masa desprovista de cualquier conciencia. Saña, que si antaño se apropiaba de crueles turbas manipuladas para satisfacer los temores de unos pocos, buscando expiación en la crueldad ejercida contra inocentes, hoy día vemos que ese espíritu de la turba sobrevive en la crueldad de las redes sociales, al albur de mentiras destinadas a inflamar nuestros miedos linchamos a todo aquel que no piense como nosotros, enmascarados por el anonimato y el frío espacio de lo virtual, no somos capaces de darnos cuenta que detrás de aquellos a los que con tanta crueldad zaherimos hay personas que sangran, como nosotros, que sufren como nosotros, que temen como  nosotros.

El miedo y sus preposiciones forman parte de nosotros, como también las herramientas para convertirlo en un acicate ante los retos, un estímulo para el atrevimiento

El miedo y sus preposiciones forman parte de nosotros, como también las herramientas para convertirlo en un acicate ante los retos, un estímulo para el atrevimiento. En nuestra mano se encuentra no ceder a sus exigencias, y no permitir que se convierta en rabia y odio, dejándonos llevar y causando daños que siempre repercutirán en nuestro propio miedo, como un boomerang lanzado al aire sin ningún control. La libertad, a la que tememos más de lo que deberíamos, es la que nos permite eludir las constricciones y limites que nos acosan al rendirnos temerosos ante aquello que no controlamos. La vida, las decisiones que hemos de tomar y que hacen que ésta merezca la pena ser vivida, nunca vienen con una red de seguridad, nadie sabe qué ocurrirá, lo que sí que es seguro, es que si nos paralizamos, nada sucederá.

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”