Las mata la indiferencia

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 26 de Noviembre de 2017
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'La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes'. Antonio Gramsci.

A las mujeres las están matando. Todos los días, a todas horas, se ejerce violencia contra ellas en algún lugar del mundo; sea en las avanzadas democracias occidentales de las que nos enorgullecemos tanto, sea en países del llamado tercer mundo, donde su papel unido a la pobreza, las ha convertido en mercancía, y su vida, vale tanto como el uso que de ellas puedan dar. Se las importa al primer mundo como si fueran otro producto más, esclavas del siglo XXI, ante la impasibilidad indiferente de nuestra mirada. Se ejerce en cualquier en cualquier esquina de la geografía mundial, donde con la excusa de que han de asumir el rol de sumisas que se espera de ellas, si se rebelan, incluso si no lo hacen, todo lo que les pase está justificado. Hace poco, el eurobarómetro nos alertaba que en nuestra Europa, bandera de los avances igualitarios en el mundo, el 44% de sus ciudadanos cree que el papel de la mujer se encuentra al cuidado del hogar, y el 43%   piensa que el papel del hombre es llevar dinero al hogar. Patrones arcaicos que ayudan a que persista el machismo que es caldo de cultivo esencial para ejercer la violencia contra las mujeres, si eso sucede en este paraíso del progreso que es Europa, fácil imaginar el papel que a las mujeres se les asigna en el resto del  mundo, libre o no.

A las mujeres las están matando. Todos los días, a todas horas, se ejerce violencia contra ellas en algún lugar del mundo; sea en las avanzadas democracias occidentales de las que nos enorgullecemos tanto, sea en países del llamado tercer mundo, donde su papel unido a la pobreza, las ha convertido en mercancía, y su vida, vale tanto como el uso que de ellas puedan dar

Por muchas leyes que se proclamen, por mucha batalla por la igualdad real en salarios, o en derechos, por mucha política de escaparate o seria, en aras de la igualdad y de la lucha contra la violencia machista hacía las mujeres, sin la voluntad real de cambiar las cosas, sin que entre todos penalicemos lo que las mata, más allá del machismo homicida, que es la indiferencia; ese no tomar partido, ese no sentirnos afectados por este drama. Sin odiar la indiferencia ante esta monstruosidad, sin apelar y cabrearnos no ya con los asesinos machistas o los que de alguna manera les justifican, sino con esa indiferencia equidistante, tan cómoda, tan bárbara, instalada en nuestras sociedades, nunca habrá solución. Mata la voluntad del asesino machista, sí, pero su parte de culpa la tiene también la indiferencia de los que asisten impávidos a esta atrocidad.   

Todos nos escandalizamos del auge del extremismo terrorista islámico, sus barbaros atentados en nuestros países, o en nuestros vecinos europeos, copan páginas, espacios de radio o de televisión de los medios de comunicación. Se producen encendidos discursos de nuestros políticos clamando por la justicia y la necesidad de perseguir a los culpables, cueste lo que cueste. Cierto, que menos repercusión tienen estos mismos asesinatos si se producen en otros países que nos importan menos, si las víctimas no son occidentales, no interesan tanto, aunque el número sea considerablemente mayor. Las locuras de Trump o del dictador loco de Corea del Norte también se llevan su cuota de protagonismo, parece que un día sí y el otro también, el mundo está a punto de acabarse en un arrebato de locura. No hablemos ya del tema de Cataluña y las omnipresentes banderas de unos y de otros en las que nos envolvemos  y que adornan los balcones de nuestras ciudades como si España estuviera jugando otra final de un Mundial de Fútbol o el Barcelona hubiera ganado algo. No hablemos de la sangre derramada en las páginas de los periódicos porque Messi aun no haya renovado por el Barcelona o porque Cristiano Ronaldo lleve menos goles en La Liga que yo aciertos en una quiniela de la segunda división albanesa.

Y mientras tanto, a la vez que asistimos preocupados e iracundos ante estos acontecimientos, algunos muy graves, algunos otros estúpidos, las mujeres siguen muriendo ante la indiferencia generalizada. En España; 71 mujeres en 2007, 84 en 2008, 68 en 2009, 85 en 2010, 67 en 2011, 57 en 2012, 57 en 2013, 59 en 2014, 64 en 2015, 53 en 2016, y en lo que llevamos de 2017,  50 mujeres asesinadas y cinco niños y niñas

Y mientras tanto, a la vez que asistimos preocupados e iracundos ante estos acontecimientos, algunos muy graves, algunos otros estúpidos, las mujeres siguen muriendo ante la indiferencia generalizada. En España; 71 mujeres en 2007, 84 en 2008, 68 en 2009, 85 en 2010, 67 en 2011, 57 en 2012, 57 en 2013, 59 en 2014, 64 en 2015, 53 en 2016, y en lo que llevamos de 2017,  50 mujeres asesinadas y cinco niños y niñas: Matilde, Estefanía, Toñi, Blanca, María Ángeles, Virginia, Aramis( bebé de un año), Cristina, Carmen, Laura, Ana Belén, Ana ( de 18 años, asesinada junto a su madre), Margaret, María José, Leidy, Gloria, Dolores, Erika, Ana María, Paula, Daniel ( 5 años, asesinado junto a su madre y su hermana), Yurena, Viky, Andrea, Rosa, Raquel, María del Rosario, Eliana, Ana, Susana, Beatriz, Valentina, Encarnación G., Encarnación B.,  Fadwa, Donna, María del Carmen, Irina, Raquel, Ana Belén G., Marisela, Catalina, María Sofía, Rosa María, Noelia Noemí, Felicidad, Sharita ( bebé de 15 meses asesinado junto a su madre), Ana Belén J., María , María Dolores, Jessica. Estos son los nombres de alguna de las víctimas que llevamos este año que se nos va, desgraciadamente, es probable que la lista se incremente.

Todas las víctimas inocentes, sea por la causa que sea, son una tragedia, una perdida absurda, incomprensible, pero aún más lo es que cuando durante tanto tiempo continua esta sangría de asesinatos que coinciden en el mismo motivo; el odio causado por no poder controlar una vida ajena, por creerse con derecho a dominar hasta la muerte, la vida de alguien. Cada una de estas víctimas deja un reguero de dolor, un vacío, que nunca podrá llenarse, en sus allegados y en todos los que la conocieron, pero también estos proyectos de vida, de sentido, tan bruscamente destrozados, deberían apelar directamente a otros, a los indiferentes, a los que de vez en cuando dedican unos minutos a esta barbaridad y pasan a otra cosa, como si hasta la siguiente victima ya no importara, a los que dedican horas y horas de enojado disgusto a cuestiones abstractas, muchas de ellas absurdas, como si la vida les fuera en ellas. Estas vidas sí que importaban, importan, y su perdida dañó irreversiblemente otras tantas. ¿Acaso tenemos que esperar a sentirnos directamente concernidos para matar la indiferencia que contribuye a permitir el caldo de cultivo que da lugar a estos crímenes?

¿Qué reacción tenemos ante estas muertes  causadas por unos asesinos que se creyeron con derecho, por su papel de machos dominantes, a controlar la vida de sus parejas y acabar con ella? Poco más que alguna línea en algún periódico o algún espacio en alguna radio o televisión, como si fuera un suceso más, y siempre y cuando algún otro tema de esos que sí nos hierve la sangre, como el nacionalismo o los deportes, no copen las noticias. Nos sentimos ligeramente contrariados al leer las noticias de estos crímenes  a los que miramos de reojo, como si nunca fueran con nosotros, la indiferencia muy pronto vuelve a instalarse  en nuestras inocentes consciencias tras la incómoda lectura de estos asesinatos.

¿Qué mata a las mujeres?  Sí, las mata el machista asesino, pero también las mata que tras unos segundos de dolor por la pérdida ajena, seguimos como si no fuera con nosotros, indiferentes. Mata a estas mujeres, y a sus hijos, la indiferencia, la de aquellos familiares que no hacen nada sabiendo que alguien cercano sufre violencia

¿Qué mata a las mujeres?  Sí, las mata el machista asesino, pero también las mata que tras unos segundos de dolor por la pérdida ajena, seguimos como si no fuera con nosotros, indiferentes. Mata a estas mujeres, y a sus hijos, la indiferencia, la de aquellos familiares que no hacen nada sabiendo que alguien cercano sufre violencia. Las mata la indiferencia de los que en nombre de la justicia y las leyes no aplican la suficiente diligencia en protegerlas. Las mata la indiferencia de los que escatiman hasta el último céntimo de los presupuestos para detener esta sangría que nos destroza como sociedad e instala una inmoral indiferencia en ella. Mata la indiferencia del vecino que ve a una mujer víctima de malos tratos y no hace nada, a quién oye gritos en la pared y se dice que no va con ellos. Mata la indiferencia cuando vemos en la calle que se maltrata a una mujer y miramos a otro lado porque no es asunto nuestro. Mata la indiferencia al leerlo en la prensa o escucharlo en algún otro medio de comunicación, como si  fuera un suceso más que no nos atañe. Mata la indiferencia al no exigir a los políticos, a los jueces, a los fiscales, a las instituciones sociales, compromiso, vigilancia, justicia, para proteger a las víctimas. Mata la indiferencia cuando no salimos a la calle indignados porque se justifique un ataque, una violación a una mujer, por su forma de vestir, o por su vida, o por el alcohol que haya consumido. Mata nuestra indiferencia ante una educación y unos valores que siguen impregnados de una cultura patriarcal que da derecho al varón, al macho, a controlar el lugar que debe ocupar una mujer. Mata que desde la infancia y la adolescencia, donde la educación marca la diferencia, no sea éste tema una prioridad absoluta. Mata la indiferencia al renegar de nuestra responsabilidad colectiva, e individual en lo que está sucediendo. Mata la indiferencia al reírnos indiferentes ante esos programas de televisión, de entretenimiento, donde se veja continuamente a las mujeres. Mata nuestra dejadez, el no poner nuestra vida al servicio de aquellas personas que no pueden protegerse a sí mismas. Sin esa indiferencia ¿tanta locura hubiera sido posible? Mata quien no toma partido, quien se declara inocente en base a que ellos no tienen la culpa y no son machistas. Mata que no sepamos asumir que la culpa la tenemos todos los indiferentes. O matamos nosotros, los indiferentes, a la indiferencia o las mujeres seguirán muriendo, porque en las palabras de Gramsci, tan llenas de rabia como deben, se encuentra la clave de lo que también mata a las mujeres: La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes.

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”