Un verano en el Parque de las Ciencias.

La cabra

Blog - De repente - Alejandro V. García - Viernes, 15 de Mayo de 2015
De repente, como un rayo terroso poblado de cuernos, apareció el viernes un cabra loca por la Ronda Sur, saltando en sentido contrario, huyendo o buscando quién sabe qué, dando testarazos, sorteando automóviles en medio de frenazos y pitidos angustiosos de los conductores.

Las cabras son así: repentinas y avenadas (como cabras). El animal aparecía y desaparecía, retaba a los captores que lo perseguían, los aguardaba, aceleraba, les dedicaba una finta, los burlaba; al poco dejaba de saltar y meditaba un poco, poniendo cara de circunstancias, como si se acordara con nostalgia del Ángel Ganivet y el macho cabrío de la fuente de la Alhambra, pero cuando los policías se acercaban aprovechando su repentina reflexión filosófica (su hondo pensamiento caprino y regeneracionista) ensayaba un giro inesperado y ponía otra vez asfalto de por medio.

La cabra dio un largo paseo, incluso paseó por la calle Torre de la Pólvora, husmeó la sede del PSOE (quizá para saludar a Paco Cuenca) pero lo que vio, por las razones que sean, no le satisfizo. Las cabras son así de volubles y tornadizas.

La persecución duró una hora. Agobiada por los laceros y desfallecida de hambre y sed, cuando bajaba por el Camino Bajo de Huétor, la cabra entró en una pizzería a por una ración de margarita con refresco y fue prendida. Hace meses, un jabalí más refinado se escondió en unos de esos bares da tapas finas del entorno de la calle Ganivet (¡de nuevo el autor de 'Granada la Bella'!) después de otra correría.

Granada, después de doce años de gobierno de Torres Hurtado, se ha borrado de casi todos los títulos salvo de uno: ciudad de tapas, es decir, ciudad con sus miserias tapadas unas veces con un barquito de ensaladilla rusa y otras con un cuscurro con habas frita y un huevo de codorniz. La tapa es en cierto modo el símbolo de la apariencia, de la ocultación, del simulacro y la trivialidad. Por eso hay tantas tapas, tan variadas, tan múltiples, tan asfixiantes y tan quita hambres.

Y por eso, cada cierto tiempo, entre los granadinos mansos que pueblan las barras, las ánades de otras geografías que consumen de madrugada paellas con caracoles y los borregos de las despedidas de soltero se cuela un animal montés que exige su ración.

En la ciudad de las tapas de Torres Hurtado, los consumidores del zoológico de las apariencias ponen a prueba la calidad del turismo.