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La ira, la moral y la justicia

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 1 de Abril de 2018
Dibujo de un 'pescaito', que se popularizaron en la búsqueda de Gabriel.
La Sexta
Dibujo de un 'pescaito', que se popularizaron en la búsqueda de Gabriel.

'No hay pasión que quebrante tanto la equidad de los juicios como la ira'. Michel de Montaigne, Ensayos, Sobre la ira.

Son tiempos bíblicos, tiempos donde la ira desequilibra la balanza de la justicia, tiempos donde la ira es el máximo instrumento del político ávido de poder, que pretendiendo liderar la indignación, la rabia, que incendia las masas, con o sin razón, banaliza las conquistas del Estado de Derecho, y convierte la demagogia en el arma de destrucción masiva de la libertad, la democracia o la justicia. Su uso vale para todo; la ira ha impulsado la elección de un presidente demente en la principal potencia del mundo, la ira aliada con la desinformación masiva es el nuevo marketing preferido por esos expertos en comunicación política, que prometen conseguir resultados, sin importar las cicatrices y heridas, algunas de muerte, que se produzcan en democracias, asentadas, o frágiles.  La ira ha llevado al caos económico, político y social a uno de los territorios más prósperos de Europa, Cataluña. La ira, manipulada tras un aberrante crimen, se utiliza como cortina de humo para ocultar todos los problemas, incluido el anterior, que corroen nuestra convivencia. Todos sufrimos esa nostalgia de los tiempos bíblicos del ojo por ojo. La ira es un arma, una emoción, que puede venir causada por motivos justos, o no, ése es precisamente el problema de enarbolarla como estandarte para la aplicación de la justicia, que no tenemos ningún control sobre ella, ésta nos mueve, nuestra mano no la guía, es ella la que nos guía la mano; ella nos tiene sujeto, no la sujetamos nosotros. Y siempre que se enarbola termina escapándose de nuestro control. De ello nos advierten tanto Séneca, como Montaigne, en sus sabios escritos, aconsejándonos evitar  a toda costa que la ira se convierta en el motor de nuestras vidas, o de nuestras sociedades, especialmente en la concepción que tengamos de la Justicia, en sentido moral o en sentido legal.

Vivimos en una sociedad, la española, con uno de los índices de criminalidad más bajos de Europa, y con uno de los códigos penales más exigentes de esa misma Europa a la que tanto nos gusta mirarnos a los ojos. Nuestras cárceles están desbordadas, y su funcionamiento lo más alejado posible de la reinserción que refleja la Constitución como uno de sus objetivos. Aunque cualquiera lo diría, si se dedica a ver la televisión, pública o privada, en las horas matinales, o vespertinas, que en pleno horario infantil, dedica interminables horas a analizar la historia negra reciente de nuestro país

Vivimos en una sociedad, la española, con uno de los índices de criminalidad más bajos de Europa, y con uno de los códigos penales más exigentes de esa misma Europa a la que tanto nos gusta mirarnos a los ojos. Nuestras cárceles están desbordadas, y su funcionamiento lo más alejado posible de la reinserción que refleja la Constitución como uno de sus objetivos. Aunque cualquiera lo diría, si se dedica a ver la televisión, pública o privada, en las horas matinales, o vespertinas, que en pleno horario infantil, dedica interminables horas a analizar la historia negra reciente de nuestro país. Todo por conseguir un espectador más, pegado al sillón, embadurnándose con el barro del morbo e incendiando su ira ante los atroces delitos  que suceden a cada hora en nuestro país, o eso pareciera, por el tiempo dedicado a ellos. Es un milagro que podamos salir a la calle sin una escolta privada que nos sigua a todos lados, poco falta para que además de esos insoportables anuncios de las alarmas en la casas, se unan las de guardaespaldas privados,  con precios acordes a la clase media, claro. Si no, no hay negocio.

Solo hace falta el sentido común contrapuesto a la ira, para darnos cuenta del erróneo camino al que nos dirigen. Miremos a los EEUU para darnos cuenta que la dureza de las penas, incluida la de muerte, tienen pocos resultados a la hora de disminuir la criminalidad. Y poco caso hacemos a las estadísticas que nos dicen que en delitos verdaderamente graves, y tras muchos años en prisión, la reincidencia en el mismo tipo de delito es insignificante. Y sin embargo, la ira, el deseo de venganza, justificada en tanto sentimiento primario, ante un crimen atroz, se convierte en la principal bandera política de la reforma de la Justicia en nuestro país. No importa que los jueces, que algo deben saber de esto, en su mayoría hayan declinado aplicarla durante el tiempo que lleva en marcha, salvo algún caso muy aislado. No importa que haya serias dudas de su constitucionalidad, nada importa, sino alimentar la ira, para ocultar los verdaderos problemas que arrastra la aplicación de la Justicia en España o los muchos problemas sociales que incendian nuestra convivencia, el desplome de las pensiones o el inexistente futuro para la juventud. Todo ello pretende obviarse con la panacea de endurecer el ya de por sí rocoso sistema judicial. Nada se dice por el contrario de la falta de medios, o el interminable retraso de la Justicia, que es la mayor de las injusticias.

Muchos crímenes que no entran en el delito legal de nuestro ordenamiento, sí en el moral de cualquier sociedad mínimamente avanzada, tienen que ver en sus orígenes con problemas sociales, o de geopolítica, o económicos, y sin embargo, siempre que no nos afecte personalmente esa situación, la ira no aparece. Criminalizamos a migrantes que huyen de la guerra, o el hambre, niños mueren cada día, en guerras que vemos en los telediarios, o intentando huir de ellas, en las costas de nuestras playas, y sin embargo es la tristeza, o la indiferencia, y no la ira, el sentimiento que nos invade. Tan desoladora y brutal es la muerte de un niño o de una niña, causada por la perversa voluntad de un asesino, que por la banal indiferencia que sentimos cuando desoímos los llantos de esos infantes sin infancia, su frágil carne destrozada por bombas en sus propias casas, o ahogados por el mar en su huida de la brutalidad de la guerra, pero al no ser de los nuestros, qué más da ¿no? Seguimos vendiendo armas a países que las utilizan para dudosos usos, pero el dinero es el dinero.

Tan desoladora y brutal es la muerte de un niño o de una niña, causada por la perversa voluntad de un asesino, que por la banal indiferencia que sentimos cuando desoímos los llantos de esos infantes sin infancia, su frágil carne destrozada por bombas en sus propias casas, o ahogados por el mar en su huida de la brutalidad de la guerra, pero al no ser de los nuestros, qué más da ¿no? Seguimos vendiendo armas a países que las utilizan para dudosos usos, pero el dinero es el dinero

Otros crímenes tienen que ver con la simple maldad humana, y, desgraciadamente, poca incidencia va a tener en evitar futuros crímenes cometidos por un psicópata, el castigo que le demos al abyecto causante del crimen. Cómo no va a ser natural la ira que sentimos, es parte de la naturaleza humana, pero de ahí a confundir el ansia de venganza con justicia, hay un abismo. Más allá de un sistema judicial propio de un país democrático, hay una moral propia de un país democrático, y cuando la ira es la que motiva un cambio en las reglas del juego, todos salimos perdiendo, en tanto Estado de Derecho, en tanto sociedad con referentes morales. Podemos reclamar que los criminales abyectos se pudran en la cárcel, o por qué no, condenarlos a muerte, tal y como argumentan los grupos de opinión que la apoyan; ¿por qué el Estado ha de hacerse cargo de la manutención de estos seres que han cometido un crimen atroz?

La respuesta es sencilla, porque no somos criminales, somos mejores que ellos, porque eso es lo que nos diferencia, no nos movemos en tanto sociedad por el deseo de hacer daño al criminal, debido a la ira; la sociedad se define por su capacidad moral para no dejarse llevar por el ojo por ojo, por el deseo de venganza, o por la ira que nos inunda. Porque ante la inmoralidad, solo cabe una respuesta, aceptar un orden moral mayor. Ni la sociedad estará más segura con medidas como la prisión permanente revisable, ni endurecer innecesariamente las ya largas penas de prisión van a evitar el dolor de las víctimas, ni el deseo de venganza va a hacernos mejorar moralmente como sociedad, ni desgraciadamente va a llenar el vacío que provoca a los familiares la perdida tan desoladora e injusta de un ser querido.

La dignidad, la entereza, la serenidad, en la más difícil de las circunstancias, como lo es, un crimen abyecto, es la mayor prueba de madurez moral que una persona, o una sociedad puedan demostrar. En el trágico y reciente caso de Gabriel, la familia ha mostrado esa dignidad, esa entereza y esa serenidad, desgraciadamente, ni parte de los políticos, ni parte de la sociedad española parece haber estado a la altura moral requerida. Si hemos de tener debates en torno a la Justicia, en torno al derecho, en torno a la moralidad, evitemos cualquier momento en el que la ira nos ciegue, mantengamos la serenidad, la entereza, la dignidad. Analicemos qué falla en nuestra sociedad, en nuestra educación, en nuestra convivencia, en nuestro sistema legal, incluida la reinserción y los medios para su aplicación,  en la duración de las penas, pero nunca optemos por el camino fácil, por la ira que desencadena el deseo de venganza, de devolver daño con daño, de qué nos serviría, más allá de la espuria y momentánea satisfacción que produce la venganza.  

 

 

 

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”