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En la inopia

Blog - Alejandro V. García - Alejandro V. García - Miércoles, 16 de Noviembre de 2016

Después de leer las declaraciones exculpatorias de Santiago Pérez, secretario del PP de Granada, sobre su partido y el enredo de la Operación Nazarí (“no tengo constancia”, “desconozco que hubiera ocurrido” y, ¡tatachín!, el presidente Sebastián Pérez estaba ensimismado, papando sus propias moscas y vivía ajeno a los insectos que revoloteaban en densas nubes sobre los compañeros imputados) me siento ufano porque yo, que no sé nada de la vida interior del PP, es de decir de su mística, llevaba años sospechando -y de hecho lo escribí y pagué por ello un caro peaje- del entramado de intereses que unía en una sola familia a Torres Hurtado y a los responsables del urbanismo municipal con los más conspicuos constructores de la ciudad. Y lo sospeché no porque estuviera dotado de una sensibilidad especial para navegar en silencio por los despachos en donde bullía la olla podrida de la corrupción sino porque las evidencias eran claras, las conexiones irreprochables y, en fin, porque la noticia estaba, como se suele decir, en la calle, en la puta calle por decirlo con la vehemencia que exige el caso.

Gracias a que el PP acumula una espesa experiencia en los asuntos de corrupción, los directivos de provincias, como Santiago Pérez, pueden recurrir al argumentario general y copiar la estrategia para escurrir el bulto. Santiago Pérez no ha hecho otra cosa en sus declaraciones que plagiar, a otra escala, las disculpas utilizadas en Génova para desligarse de las tramas de corrupción y tratar de tender a la desesperada un cordón sanitario entre los acusados y los mandatarios del partido.

¿Ninguno de los Pérez sabía nada de las connivencias entre el alcalde y los constructores? ¿A nadie le pareció raro el trato especial que recibían? ¿No les alcanzó la sospecha cuando el presidente de los constructores Enrique Legerén se plantó en Urbanismo para exigir que la estación del AVE se construyera en unos terreno suyos y de sus amigos juntos a la Azucarera? ¿O cuando los patinazos del palacio de hielo? ¿No le extrañó la irresistible ascensión de García Arrabal? ¿Nada de esto perturbó a Sebastián Pérez cuando aceptó ocupar una concejalía denominada sarcásticamente de transparencia?

Las fotografías de la fastuosa inauguración del centro comercial Serrallo van a ser a la Operación Nazarí lo que la boda del hijo de Aznar a la Gurtel. Estaría muy bien revisar aquella fiesta de la vanidades e ir reconociendo los rostros de los invitados entre la lista de imputados por la corrupción urbanística de Granada.

Pero los Pérez (perdón por la cacofonía) estaban en otra cosa. Y lo siguen estando porque el secretario del partido, ahora que el escándalo ha estallado y ha pringado tantas solapas ilustres, dice que aún no sabe si Jacobo de la Rosa, el funcionario de Urbanismo que prendió la espita, es o no militante del PP y, si lo fue, si es verdad que advirtió personalmente, y en más de una ocasión, a Sebastián Pérez de lo que corría por las tripas municipales. Y escribo tripas porque el propio Santiago Pérez ha dicho que ninguno de los dos estaba en “los entresijos del ayuntamiento”, es decir, entre las mollejas y el intestino delgado que es la zona anatómica del Consistorio donde se escondía la confabulación. Igual Sebastián Pérez estaba en el riñón depurando las aguas turbias.

Claro que esa ignorancia también la compartió durante muchos meses el adalid de la honradez del partido Ciudadanos, el exconcejal Luis Salvador, que no dudó en hacer alcalde a un tipo presa de las moscas y ahora acusado de ocho delitos.