Recicla, para respirar un aire más limpio

Hannah Arendt y la irresponsabilidad política. (y II) ¡La política!

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 26 de Febrero de 2017
Hannah Arendt.
youtube.com
Hannah Arendt.

'Resulta fácilmente concebible que la época Moderna-que comenzó con una explosión de actividad humana tan prometedora y sin precedentes-acabe con la pasividad más mortal y estéril de todas las conocidas en la historia'. Hannah Arendt.

Si a la ciudadanía, a la gente, le privamos por activa o por pasiva, por acción o por omisión, de espacios para participar e integrarse en la esfera pública, causaremos un daño irreparable a la convivencia plural y democrática que debería encontrarse en el núcleo de nuestras sociedades. Al emplear este término siguiendo a la filósofa alemana, nos referimos a espacios de debate y toma de decisión, sobre todos aquellos aspectos decisivos que afectan al presente y al futuro común. Espacios públicos que deben existir en varios niveles; a nivel institucional, con nuestros representantes elegidos en votaciones democráticas, ya sean diputados, senadores, concejales,  etc. Representantes que más allá de ser elegidos, tienen la obligación de mantener sus promesas públicas de carácter político, y por ello han de existir mecanismos formales e informales para que den cuenta de ello. En la propia vida de los  partidos políticos, donde se ha de garantizar un funcionamiento plural, democrático y participativo. En estamentos de la sociedad civil donde las personas defiendan sus intereses, sea en la sanidad, en la  educación, en la cultura, o en cualquier otro ámbito. Si eso no sucediera, si hubiera un colapso o un cortocircuito que pusiera en jaque la legitimidad de la representación política, y no existiera el democrático contrapeso de una participación cívica que vertebrara a la sociedad y exigiera sus derechos, su derecho a tener derechos en palabras de Hannah Arendt, dejaríamos de ser individuos y nos convertiríamos en masa. Se produciría un proceso de deshumanización; seres humanos perfectamente intercambiables los unos con los otros, como cromos, sin iniciativa ni personalidad propia. La pluralidad, ingrediente principal que nos caracteriza, queda destruida por la masa que dejamos nos dirija, sin crítica ni pensamiento. El reino de la libertad queda desolado.

 Hannah Arendt era muy consciente de las dificultades que en las sociedades contemporáneas existían para evitar la alienación política y caer en la profesionalización y la burocratización que había llevado al desencanto con los partidos tradicionales en los EEUU, en los años sesenta y setenta del siglo anterior. Algo no muy diferente de lo que se ha producido en nuestras sociedades hoy día, y que varias décadas después llamamos crisis de la representación política. Si a ésta unimos la crisis económica y financiera, nos encontramos con el aumento de la desigualdad social, la perdida de libertades y derechos, el aumento de los nacionalismos excluyentes, la xenofobia, y el incremento de los populismos. Hay tres alternativas; la conservadora que actúa como si no hubiera pasado nada, ya se arreglaran las cosas por sí mismas, o no, pero mientras los mercados sigan funcionando y los de siempre tengan beneficios, no hay problema. La populista, entendiendo como tal, a todos los movimientos que ofrecen soluciones simplistas y tramposas a las clases más afectadas por estas crisis, y otras alternativas que llamaremos progresistas, que de manera bienintencionada intentan repensar otras maneras de entender la democracia; ya sea de forma más directa que representativa, más horizontal que vertical, más participada que dependiente de burócratas o líderes, menos jerárquica y menos burocratizada. Con mayores controles económicos y financieros, mayor garantía de derechos sociales, igualdad y libertad. Lo cierto es, que pretender quedarse como estamos, a ver si las cosas se arreglan solas, suele ser garantía de que o bien tú no tienes nada que arreglar porque todo te va bien, o que te da igual que se arreglen o no.

Pretender quedarse como estamos, a ver si las cosas se arreglan solas, suele ser garantía de que o bien tú no tienes nada que arreglar porque todo te va bien, o que te da igual que se arreglen o no

Hannah Arendt estudió en profundidad los movimientos populares, más revolucionarios o menos, que se enfrentaron al exceso de burocratización de las instituciones y de los partidos políticos, con las consecuentes perdidas de referencia para la mayor parte de la sociedad y la cancelación de espacios de participación política más allá de una votación en urna de vez en cuando. Las reflexiones de esta pensadora fueron demoledoras en su estudio histórico, pues nos advirtió que el problema de muchos de estos movimientos llamados a recuperar la confianza de la ciudadanía en la política, era que terminaban por perder su impulso inicial y su capacidad transformadora, al caer en manos de lo que llamaba revolucionarios profesionales, que burocratizaban y aniquilaban las ilusiones despertadas. Un aviso que no deberíamos echar a la papelera de la historia, haciendo caso omiso de sus advertencias.

Articular la participación política es imprescindible para Hannah Arendt. Es una necesidad que tiene que ver con la condición humana, que no es otra que la pluralidad de los seres que compartimos un lugar, la tierra. Debemos recuperar la dignidad de la política, tal y como la entendían los griegos en su época más clásica, y evitar las tentaciones o las huidas a la vida contemplativa, que nos desarraiga de nuestra verdadera condición. Nuestra pensadora haría suyas sin pensárselo dos veces las palabras de Pericles en su discurso fúnebre tras el primer año de guerra con Esparta en el 431 a.C: Los individuos pueden ellos mismos ocuparse simultáneamente de sus asuntos privados y de los públicos; no por el hecho de que cada uno esté entregado a lo suyo, su conocimiento de las materias políticas es insuficiente. Somos los únicos que tenemos más por inútil que por tranquila a la persona que no participa en las tareas de la comunidad. Somos nosotros mismos los que deliberamos y decidimos conforme a derecho sobre la cosa pública, pues no creemos que lo que perjudica a la acción sea el debate, sino precisamente el no dejarse instruir por la discusión antes de llevar a cabo lo que hay que hacer.

La condición humana, analiza Arendt, tiene tres actividades esenciales; la labor, el trabajo y la acción. De todas ellas, la que verdaderamente importa es la acción; nos permite directamente relacionarnos con los demás, a través de ella no intervenimos únicamente en el mundo, sino que hacemos mundo. Solo tiene dos herramientas al alcance de cualquier ser humano; hechos y palabras. Podríamos estar hablando de un representante político que en un parlamento propone una ley que concede derechos sociales, pero también, e igualmente importante, de un ciudadano que en una asamblea cívica, alerta y critica los problemas de convivencia y de exclusión social que hay en su barrio. O la acción de ponerse delante de un tanque o de unos antidisturbios para evitar que se actué violentamente contra personas indefensas que tan solo desean llamar la atención sobre sus derechos. Pero, para que hechos y palabras tengan eco es necesario que exista ese espacio público, donde se vean los hechos y se oigan las palabras. Al igual que en el teatro no se puede actuar si no hay un escenario, la democracia no se puede ejercer sin ese espacio público.  Lo que caracteriza el totalitarismo o las semillas del mismo, que crecen en sociedades democráticas, es precisamente la imposibilidad de la creación y de un mantenimiento activo de esos espacios de participación política por parte de la ciudadanía.  Lo que anquilosa a los partidos políticos y repercute en la calidad democrática de nuestra sociedad, es cuando en los mismos no se crean suficientes espacios dignos para el debate, la participación y la toma conjunta de decisiones. Los hombres son libres tan pronto como actúan, ni antes ni después, ser libre y actuar es lo mismo. Arendt no se está refiriendo a la libertad clásica del liberalismo político que se refiere a lo que uno hace para sí, ni se refiere a la libertad respecto a otros individuos o el estado, se refiere a una libertad para; una libertad que se ejerce en compañía de otros, asociándose e introduciendo debates y soluciones tangibles que afectan a nuestra convivencia. Acciones que siempre son de cara a otros, pues esto es, y no otra cosa lo que es la política, o lo que debería entenderse como tal.

El deber de aquellos que ya disfrutan de estas posibilidades es garantizar que en ella encuentren su protagonismo, y su espacio, los sujetos sociales que se encuentran excluidos, como en el pasado las mujeres, u hoy día sucede con los inmigrantes, o algunos grupos minoritarios que no terminan de encajar y se encuentran anclados en la marginación. Inclusión y no exclusión, por tanto. La acción es imprevisible, pues se encuentra en su naturaleza, y nos enfrentamos al problema de cómo establecer relaciones de confianza entre lo que decimos y lo que luego hacemos en ese espacio compartido. La solución se encuentra en las promesas. Promesas que en caso de ser violadas, debe tener consecuencias, un contrapeso del ejercicio publico institucional de la política que debería ser imprescindible, pues de lo barato que les salen a algunos políticos el incumplimiento de las promesas viene gran parte de la crisis de la representatividad política. De ahí procede la crisis de credibilidad y confianza de la democracia representativa.

La desafección y la pérdida de credibilidad en la representación política, no puede resolverse en la destrucción de la representatividad, sino en señalar sus defectos y carencias, y corregirlos

El espacio público debe complementarse con el privado, pues éste último también nos alivia de una sobreexposición a los demás. Nuestra filosofa no conoció la era de internet, ni de las redes sociales, pero sin duda si lo hubiera hecho estaría alarmada por ese espacio donde lo privado se mezcla con lo público sin pudor alguno, pero también estaría encantada con las posibilidades de cara a la participación, si lo usamos adecuadamente. Las sociedades modernas se encuentran atrapadas en una encrucijada que pone en peligro su convivencia; la economía predomina sobre la política, la gestión sobre la acción, lo público desaparece en aras de la esfera privada. La política, ese reino de la libertad, entendida como la posibilidad de acción conjunta deja de tener sentido, entonces ¿qué podemos hacer?

Empecemos por algo sencillo ¿no?; devolver a la política la dignidad perdida; y para ello hemos de recuperar ese espíritu de revolucionarios y pensadores como Maquiavelo, Montesquieu, Tocqueville o los Padres Fundadores de la revolución estadounidense; la felicidad como clave de la participación política. Y las claves para recuperar esa felicidad de la política las comparte Arendt con esa heterogénea corriente de la teoría política que se ha venido a llamar Republicanismo Cívico: 1. Importancia del bien común, que no es la mera suma de intereses individuales, y se alcanza a través del ejercicio de la política. 2. El ciudadano como político, el político como ciudadano, aun a riesgo de pagar cierto precio personal, se ha de ejercer la acción y la palabra en el espacio público. 3. Libertad común, no una libertad contra, sino con los demás. 4. Autonomía de la política; respecto a la economía, respecto a las esferas privadas. 5. Autogobierno del pueblo; implementar las fórmulas de control, participación y decisión en todos los ámbitos institucionales y civiles de la sociedad.

La desafección y la pérdida de credibilidad en la representación política, no puede resolverse en la destrucción de la representatividad, sino en señalar sus defectos y carencias, y corregirlos. ¿Cómo? ¡Con más política! ¡Con más democracia!, llamémosle directa u horizontal o como queramos. Convirtiendo a cada ciudadano, a cada ciudadana, en político, en política. Entender la política como un quehacer y una responsabilidad colectiva, no individual. Y para ello el concepto clave es el de responsabilidad. La culpa es individual siempre, no colectiva, pero la responsabilidad si es tanto individual como colectiva. Somos primero responsables de nuestra acción o de nuestra omisión, ante nosotros mismos, y en segundo lugar con todos aquellos con los que compartimos un espacio público común. Arendt llama responsabilidad vicaria a la colectiva, a aquellas acciones que sabemos son injustas, que se hacen en nuestro nombre como miembros de una sociedad y ante las que no ejercemos ni la acción ni la palabra, refugiados en la cobardía de lo privado, esperando que no nos toque nunca a nosotros o nuestros seres queridos. A la individual y a la vicaría, se une la responsabilidad moral y política, que es la que debe empujarnos a no ser irresponsables y mantener con firmeza los principios de pluralidad y libertad colectiva. Sin asumir estas responsabilidades somos los individuos que se borran en la masa totalitaria; dócil, conformista, sacrificando su dignidad, sus principios, su honor por la aparente seguridad personal, o de los suyos. Esa es la banalidad del mal. Aceptar ser presas de ese engranaje que oprime al otro, al diferente, sin darnos cuenta que un día puede sucedernos como en La Metamorfosis de Franz Kafka, y despertarnos convertidos en un bicho, en lo diferente, porque ya no encajamos en los intereses mayoritarios del régimen, y entonces ¿qué?. Vivimos tiempos de irresponsabilidad política, individual y colectiva, y va siendo hora que aceptemos nuestra responsabilidad, individual, colectiva, moral y política, sea cual sea el precio a pagar, pues será siempre menor que el de la docilidad y mansedumbre de la irresponsabilidad ¿no?

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”