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Fernando Simón y la paradoja del sabio

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 26 de Abril de 2020
Intervención de Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.
Pool Moncloa / JM Cuadrado
Intervención de Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.
'Los sabios son los que buscan la sabiduría; los necios piensan ya haberla encontrado'. Napoleón Bonaparte

El ensayista Michel Montaigne, filósofo estoico por excelencia, y ante todo una persona con una pizca de sentido común, escribió un pequeño texto en sus Ensayos con un revelador título: De cómo el alma descarga sus pasiones en objetos falsos cuando le faltan los verdaderos. Al contrario que el periodismo tan de moda hoy día que utiliza títulos sensacionalistas y falaces, dejados a medias para que entres en el enlace, leas la noticia al completo y descubras que de la misa la mitad, aquí el título ya es un spoiler del resto del texto, y bastante veraz. No se engatusa a nadie: cuando no podemos culpar a alguien o a algo concreto de las desgracias que nos adolecen, buscamos desesperados a alguien que pague por ello, por muy inocente que sea, siempre que satisfaga nuestra necesidad de desahogarnos y descargar nuestra cólera. Un concepto de otro filósofo, unos siglos anterior a Montaigne, pero igualmente sabio, la navaja de Ockham nos ayuda a explicar con sencillez nuestra querencia y credulidad por aquellas noticias falsas que esparcen odio, en lugar de esforzarnos un poco, ir contra nuestra natural querencia por la ignorancia, y tratar de averiguar qué hay de verdad en las noticias con las que nos informamos.

Si mezclamos la facilidad con la que nos tragamos los bulos junto a la necesidad de buscar a alguien que pague el pato de las tragedias y desgracias que acontecen, tenemos la tormenta perfecta que explica la cantidad de odio indiscriminado que nos azota en las redes sociales, con daños para la convivencia de nuestra sociedad que aún están por ver

Si mezclamos la facilidad con la que nos tragamos los bulos junto a la necesidad de buscar a alguien que pague el pato de las tragedias y desgracias que acontecen, tenemos la tormenta perfecta que explica la cantidad de odio indiscriminado que nos azota en las redes sociales, con daños para la convivencia de nuestra sociedad que aún están por ver. Hemos visto cómo en la sede de la soberanía popular, nuestro parlamento, algunos de los representantes de la oposición, PP y Vox, alentados por cierta prensa que se hizo eco, utilizaban para golpear al gobierno, como si la ciencia los respaldase, informes que situaban a España como el país que peor había, supuestamente, gestionado la pandemia. Lo trágico, para el nivel que se presupone a nuestros representantes, les hayamos votado o no, es que ni de la misa la mitad. El supuesto informe era una chapuza probablemente influenciada por el gobierno de Sri Lanka para hacerles quedar bien, frente a otros gobiernos, y el redactor era un simple técnico de una empresa contable que no solo no es científico, sino que ni siquiera es un experto en gestión de crisis sanitarias, admitiendo como un estudiante al que pillan trampeando un examen, que dado que no sabe español, ni ha tenido acceso a informes sobre cómo se ha gestionado la crisis sanitaria en nuestro país, está dispuesto a cambiar sus conclusiones. Un ejemplo entre muchos que estamos viviendo estos días.

El pensador francés cuenta la divertida anécdota de un caballero aquejado de gota, que doler duele una barbaridad, que suspiraba amargamente porque el médico le hubiera quitado de su alimentación las carnes saladas, pues a quién iba ahora a culpar a voz en grito cuando tuviera el tormento de un ataque, si no podía culpar al jamón, las salchichas y el resto de suculentos manjares a los que estaba acostumbrado. Montaigne lo explica con claridad; y vemos que el alma en sus pasiones, antes prefiere engañarse a sí misma, erigiéndose un objeto falso y fantástico aun en contra de su propia creencia, que carecer de un lugar al que dirigir su acción. Donald Trump, uno de los presidentes más ignorantes de la historia de los EEUU, es el ejemplo perfecto a nivel internacional; la culpa es de los chinos que fabricaron el virus, no de que se burlara meses antes de su importancia o que el sistema de salud de los EEUU solo proteja a los privilegiados. Cuando los científicos de su propio país le enmiendan la plana, y se ve obligado a rectificar, cambia ligeramente el relato y ya no dice que el virus sea creado artificialmente para jorobar a los EEUU y ganarles la guerra comercial, sino que es natural, pero lo liberaron desde un laboratorio de Wuhan. No es que los propios dirigentes de China, país con las mismas ansias totalitarias que desearía Trump para el suyo, mejoren la partida, al responder acusando a los EEUU de enviar a través del ejército estadounidense el virus a su país.

Es el mismo principio; busquemos alguien a quien culpar, a quien sea, y que la gente descargue su rabia y cólera, no sea que les dé por pensar y en un improbable ataque de lucidez descubran quienes realmente esquilmaron la sanidad pública, dejándola en un estado tan frágil y desprotegiéndonos ante la pandemia

Pareciera esperpéntico y digno de ser nominado a la comedia del año este juego de niños de las principales potencias del mundo, si no fuera por la tragedia brutal que estamos viviendo. Poco importa que los científicos lleven décadas advirtiendo que esto pasaría de forma natural dado el trato depredador que damos a las especies y entornos naturales, y dado cómo se comporta la bilogía siguiendo leyes naturales. Buscan, tal y como con acierto denunciaba Montaigne, a alguien a quien culpar, con todas las falsas certezas del mundo, no sea que su nefasto negacionismo del virus y sus consecuencias terminen por hacerles pagar su propia incompetencia. Lo mismo podría aplicarse a algunos de nuestros dirigentes políticos que desmantelaron la sanidad pública durante décadas, y apostaron, y apuestan, por la privada sin tapujos, y sin ningún atisbo de vergüenza culpan a otros, que apenas llevan gobernando unos meses, de que la sanidad pública, que en las Comunidades que gobiernan es de su competencia, no disponga de los medios para afrontar la pandemia. Es el mismo principio; busquemos alguien a quien culpar, a quien sea, y que la gente descargue su rabia y cólera, no sea que les dé por pensar y en un improbable ataque de lucidez descubran quiénes realmente esquilmaron la sanidad pública, dejándola en un estado tan frágil y desprotegiéndonos ante la pandemia.

Nada como inundar nuestra sociedad de noticias falsas que nos permitan desahogarnos, y de paso desviar la atención, insinuando maldades ajenas, de las que no hay ninguna prueba, cuando no son claramente inventadas, con tal de alimentar el odio a aquellos enemigos que hemos creado para que la gente descargue su dolor y frustración, y si de paso conseguimos algunos votos, mejor. Y cuando comienzan a desvelarse sus tejemanejes nada mejor que volver a lanzar cortinas de humo, todo vale con tal de aprovecharse de las tragedias ajenas impúdicamente. Los culpables del COVID-19 son el gobierno social comunista en clara connivencia con los chinos, que inventaron el virus en un laboratorio y decidieron mandarlo de excursión, porque desean instalar una dictadura al estilo venezolano en España, o quizá la culpa sea compartida, entre unos extraterrestres malvados en clara connivencia con Pedro Sánchez, para primero dominar bolivarianamente España, luego el mundo. Todo vale para los voceros del odio que no sienten vergüenza alguna por mentir o por difundir bulos, todo vale para los crédulos que dan rienda suelta a su frustración, dolor, rabia, ante una situación que está desbordando el mundo, y si hay que culpar a alguien, hagámoslo con aquellos a quienes ya nos caían mal, o despreciábamos, por ideas políticas, etnia, o quién sabe qué prejuicio.

Fernando Simón nos sirve de perfecto ejemplo en nuestro país de esta caza de brujas miserable. Un profesional encargado del Centro de Alertas y Emergencias del Ministerio de Sanidad, que dispone de un currículo que aquellos que le difaman no pueden ni soñar tener, con méritos científicos y de gestión suficientes para generar confianza, al margen de haber servido a gobiernos de muy diferentes ideologías, de derechas, de izquierdas y los de en medio

Somos tan necios, que adoramos descargar nuestras frustraciones disparando al pobre pianista que tan solo pretende poner algo de serenidad y racionalidad cuando todo se ha ido al garete. Fernando Simón nos sirve de perfecto ejemplo en nuestro país de esta caza de brujas miserable. Un profesional encargado del Centro de Alertas y Emergencias del Ministerio de Sanidad que dispone de un currículo que aquellos que le difaman no pueden ni soñar tener, con méritos científicos y de gestión suficientes para generar confianza, al margen de haber servido a gobiernos de muy diferentes ideologías, de derechas, de izquierdas y los de en medio. Nombrado por Aznar y responsable de emergencias sanitarias con el propio Rajoy. Sin embargo, como pone de manifiesto el nefasto tweet del dirigente del Partido Popular Rafael Hernando, uno entre muchos, ha sido objeto de calumnias, burlas, menosprecio, por cierta clase política llena de ignorantes que presumen de certezas, expertos en todo que no saben nada. A este hombre tranquilo se le ha mancillado por algo tan criminal como no tener certezas de cómo se iba a comportar el virus, y manifestar dudas acerca de los plazos de su evolución, pedir prudencia sobre posibles medicamentos que actúen para frenarlo o todo aquello sobre lo que la comunidad científica lleva tiempo advirtiéndonos que estas cosas llevan su tiempo. Los científicos, los epidemiólogos, ante el aluvión de preguntas, muchas de ellas con más afán de enlodar que de informar, siempre responden lo mismo; no tenemos certezas porque este es un virus nuevo y nos falta información, hace falta tiempo y solo hay una manera de aprender; investigar, cometer errores, porque así es como funciona la ciencia. Se trata de andar con el máximo de precaución posible, y darnos cuenta que el conocimiento para vencer al virus tan solo podremos adquirirlo admitiendo nuestras dudas, y desgraciadamente equivocándonos. Hemos de dar por hecho que el ensayo y error, tomar algunas medidas que luego tendremos que dar marcha atrás, es el único camino posible, por muy difícil que sea de aceptar, y por mucho que prefiramos que nos tranquilicen con falsas certezas y seguridades. Esa es la paradoja del sabio, por la que tanto odio se ha esparcido contra Fernando Simón: la búsqueda de la sabiduría tiene como punto de partida la duda, y las certezas que se vayan alcanzando en el camino, son a su vez el punto de inicio de nuevas incógnitas. La  ignorancia parte de creer que ya tenemos toda la verdad, y que la certeza, que casualmente es la que satisface nuestros prejuicios, es la correcta.

El crimen esencial que parece haber cometido este hombre es el típico de cualquiera que trate de conseguir una pizca de sabiduría, admitir los límites de su conocimiento, tener dudas sobre aquello de lo que no disponemos de suficiente información, y no engañar ofreciendo certezas, porque no las hay

Fernando Simón se ha encontrado haciendo malabares con los datos proporcionados por las comunidades autónomas, que recordemos han tenido plena competencia en materia sanitaria hasta hace un suspiro, y siguen de hecho siendo responsables de su gestión en grandes áreas, y de comunicar los datos. El crimen esencial que parece haber cometido este hombre es el típico de cualquiera que trate de conseguir una pizca de sabiduría: admitir los límites de su conocimiento, tener dudas sobre aquello de lo que no disponemos de suficiente información y no engañar ofreciendo certezas, porque no las hay. Todo lo contrario de personajes como los voceros del odio, perfectos ejemplos de ignorantes con presuntas certezas, perfectamente diseñadas para culpar a alguien de todos nuestros males, comenzando, pero no únicamente, con el virus.

Reverenciamos las noticias falsas que nos permiten odiar y golpear con dureza todo aquello que nos disgusta o repele, por ser de diferente ideología, o simplemente por ser del pueblo o barrio al que siempre le hemos tenido algo de repelús, cualquier motivo es válido para descargar nuestra rabia. ¿Por qué si no nuestro empecinamiento por leer y reenviar masivamente noticias compartidas en cualquier red social, o reenviadas por WhatsApp, que, aplicando una pizca de sentido común sabríamos que como poco son dudosas, si no meridianamente falsas? La respuesta sencilla, Ockham dixit, suele ser la acertada, y no es otra que el subidón que sentimos de adrenalina al encontrar a quién culpar, por el COVID-19, y de paso, porque la chica que nos gusta no nos hace ni caso.  

La solución es sencilla, y fácil de aplicar, si tuviéramos una pizca de sentido común y nos importara una pizca el bien común: mejor ser un sabio con dudas que un ignorante con certezas.

Puedes leer un compedio de sus artículos en La soportable levedad, de venta en la Librería Picasso.
Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”