Un verano en el Parque de las Ciencias.

Ética para ecologistas

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 18 de Noviembre de 2018
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 'Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la naturaleza'. Jean Jacques Rousseau

Que existe una tendencia a despreciar lo que pueda aportar la filosofía y sus diferentes disciplinas, incluyendo la ética, en el mundo moderno, es un hecho, más allá de que quede bien, de vez en cuando, reivindicarla de cara a la galería, o emplearla en una discusión, para dar más prestigio a uno u otro argumento, aunque no incorporen ninguna reflexión que se parezca lo más mínimo a una argumentación racional y lógica. Sin embargo, la filosofía y la ética siguen presentes en nuestro mundo, quizá no tanto las divagaciones más académicas, pero sí su sentido, su búsqueda, y especialmente, su necesidad. Centrándonos en una de las disciplinas filosóficas más necesarias, la ética en tanto reflexión crítica sobre los valores morales que nos sustentan, su presencia es ahora más ineludible que nunca. Si en política debatimos qué ha de pesar más en la balanza, si la pérdida de puestos de trabajo o vender armas que sabemos terminarán asesinando a inocentes, muchos de ellos niños, en una guerra de la que sabemos que existe, pero no queremos ver, es una cuestión ética, no política, a no ser que solo te importen los votos. Si discutimos sobre la implantación de coches autónomos dirigidos por inteligencias artificiales, discutimos no sobre una tecnología que ya está aquí, sino sobre qué dilemas éticos habrán de afrontar en su puesta en marcha, y qué criterios morales hemos de programar en esa máquina; si se habrá de proteger antes al conductor y sus ocupantes en un accidente, o a niños o inocentes pasajeros que puedan ser atropellados, es una cuestión ética. Igualmente una considerable variedad de dilemas morales que encontraremos en el uso de la tecnología que se está convirtiendo en omnipresente en nuestras vidas. Si hablamos de medicina o investigación médica, nos encontraremos con numerosos dilemas en torno al uso de técnicas de manipulación genética, del control del precio de los medicamentos, de la eutanasia o de cualquier otra cuestión que enfrentaremos en un futuro próximo, o están ya aquí. Tan importante como el resultado de esa práctica de investigación médica, es aprender cómo hemos de usarla,  y si hemos de hacerlo, con qué criterios éticos, cuáles han de prevalecer, y en base a qué cálculos morales.

Esencialmente, ir de ecologista hoy día es estupendo como postureo, pero nadie, o casi nadie, quiere pagar realmente el precio de asumir los costes de una ética ecologista que condicione nuestro comportamiento individual, nuestra economía, y las políticas de nuestra sociedad

Ahora que está tan de moda la palabra transversal en política, básicamente para decir poco o nada significativo, o no querer comprometerse con opciones ideológicas, la ética, sí que es en verdad transversal en innumerables actividades humanas, desde la economía a la medicina, desde la tecnología a la política.  El medio ambiente, con sus dilemas, y sus políticas a corto o largo plazo, no se libra de un debate que en el fondo es ético. En la naturaleza nada es superfluo, decía el médico y filósofo cordobés del siglo XII Averroes, y es totalmente cierto, por mucho que tan solo la veamos como un medio para un fin, nuestro dominio. Cierto, que salvo algún dirigente esquizofrénico como Donald Trump, o negacionistas del cambio climático tan estúpidos como simples, todo el mundo ahora quiere incorporar en sus propuestas y reflexiones el respeto al medio ambiente y las políticas ecologistas, pero claro, como decía la antigua dirigente del Partido Verde alemán, Petra Kelly: todos quieren volver a la naturaleza, solo que no a pie. Esencialmente, ir de ecologista hoy día es estupendo como postureo, pero nadie, o casi nadie, quiere pagar realmente el precio de asumir los costes de una ética ecologista que condicione nuestro comportamiento individual, nuestra economía, y las políticas de nuestra sociedad.

El filósofo australiano  Peter Singer, uno de los pensadores más comprometidos con el activismo ecologista, critica la escasa visión que se tiene en política sobre el valor que supone respetar al medio ambiente, debido al enfoque a corto plazo que impone la perspectiva economicista. Qué beneficio supone mantener, por ejemplo, un bosque virgen, si su valor en productos derivados permitiría que un determinado número de familias vivieran de ellos durante 20 o 30 años. Qué más da que las siguientes generaciones no dispongan de ese bosque virgen. Y ese es el problema, que la visión economicista lo ve todo como recurso, si lo hace con los seres humanos, cómo no va a hacerlo con la naturaleza, incluyendo a los animales. Pero la naturaleza, no puede ser ni observada, ni vivida como un mero recurso. Puede que tuviera sentido en el pasado cuando el hombre dependía de ella para sobrevivir, ahora la destruye sin necesidad, en la mayoría de los casos, o por mera riqueza de unos pocos. Incluso aunque a corto plazo salvara a unos muchos, condenando a generaciones futuras sin esos recursos, ¿es de verdad esa la postura éticamente aceptable? Singer destaca que hoy día lo ético debería ser apreciar la naturaleza por su belleza, intangible, pero incalculable, por su valor en tanto nos proporciona una gran cantidad de conocimientos científicos aún por descubrir. Belleza y conocimientos que estamos devastando y destruyendo a pasos agigantados. Y por qué no valorar, también éticamente, el valor recreativo y de ocio que tiene. Toda sociedad verdaderamente concienciada del valor que tiene la naturaleza, más allá de ser un mero recurso económico, la aprecia, incluso aunque nunca la visite. La Amazonia está amenazada, ahora más que nunca, acaso eso ¿no debería preocuparnos?,  aun que no nos afecte directamente, o no vayamos a ir nunca a visitarla. El riesgo de estar a un paso de destruir algo para todas las generaciones futuras, que no tiene precio, ni valor, porque lo que aporta al planeta es incalculable, es enorme. Incluso desde nuestro antropocentrismo es estúpido.

Pero la naturaleza, no puede ser ni observada, ni vivida como un mero recurso. Puede que tuviera sentido en el pasado cuando el hombre dependía de ella para sobrevivir, ahora la destruye sin necesidad, en la mayoría de los casos, o por mera riqueza de unos pocos. Incluso aunque a corto plazo salvara a unos muchos, condenando a generaciones futuras sin esos recursos, ¿es de verdad esa la postura éticamente aceptable?

Somos capaces de dotar al arte, por el mero hecho de estar hecho por humanos de un valor incalculable, y optamos por protegerlo, y salvaguardarlo para que futuras generaciones puedan disfrutar de ese valor intangible del que le dotamos. La naturaleza es capaz de producir, como poco, el mismo valor estético, y la misma sensación de bienestar que el arte. Sin embargo, no la protegemos con el mismo mimo, dedicación, ni recursos que un cuadro o un monumento ¿por qué? Nos horroriza que la guerra y el fanatismo destruya nuestra herencia cultural, al destruir legados arqueológicos de miles de años, de valor incalculable como patrimonio de la humanidad, pero acaso la Amazonia u otros pasajes igualmente sublimes de nuestra Naturaleza no pertenecen también a toda la humanidad, y hemos de protegerlos, incluyendo a sus habitantes nativos, especies amenazadas o ya extinguidas, o los mares contaminados, con sus recursos esquilmados. La Naturaleza  ¿acaso no merece ser considerada patrimonio de la humanidad porque no la hemos fabricado? ¿Tan solo tiene valor para nosotros aquello que sea fabricado o reconvertido en mercancía y por tanto pueda ser poseído? 

En occidente, en nuestra tradición cultural existe un veneno, que es la consideración de que el fin justifica los medios, y el fin es el bienestar de la raza humana. Debería hacernos pensar, que durante siglos se justificara racionalmente la esclavitud de unos seres humanos, en base a que servían al bienestar de otros, más elevados en su raciocinio. El propio Aristóteles lo justificaba así en sus escritos. Hoy día nos parece un argumento aberrante, salvo a algún energúmeno que aun quedará por ahí. Considerar a la Naturaleza como recurso es propio de un antropocentrismo ético, que destruye y esquilma tan solo para beneficiar a corto plazo a las generaciones actualmente vivientes. Incluso desde dentro de ese antropocentrismo deberíamos pensar un poco en el bienestar de nuestros hijos, por el simple hecho de que ellos no podrán hacer nada por los suyos, porque les estamos dejando sin esta opción. Quizá el antropocentrismo sea inevitable, pero nadie pide que se valore más una vida sintiente no humana, a una humana, pero sí que se dignifique éticamente el trato que les damos, sea animal o vegetal.

Existe una corriente del pensamiento ecologista, llamada profunda, que ha intentado plantear principios éticos que sustituyan a aquellos que únicamente tienen a la especie humana, y su bienestar, en su mirada. Pensadores como George Sessions, Lawrence Johnson, Richard Sylvan y otros como Aldo Leopold que definió esta ética con este principio: Algo es correcto cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es incorrecto cuando tiende a lo contrario. Arne Naess y George  Sessions establecen tres principios para defender éticamente una ecología profunda: 1. El bienestar y florecimiento de la vida humana y no humana sobre la Tierra tienen valor en sí mismos. Estos valores son independientes de la utilidad del mundo no humano para los propósitos humanos. 2. La riqueza y diversidad de las formas de vida contribuyen a la realización de estos valores y son valores en sí mismos. 3. Los seres humanos no tienen derecho a reducir esta riqueza y diversidad excepto para satisfacer necesidades vitales.

Existe una corriente del pensamiento ecologista, llamada profunda, que ha intentado plantear principios éticos que sustituyan a aquellos que únicamente tienen a la especie humana, y su bienestar, en su mirada

Detrás de los principios del ecologismo profundo se manifiesta una profunda reverencia a todo aquello que puede considerarse vida, independientemente de si son especies animales o no. Uno de los problemas que afronta esta ética ecologista es el mismo que el de la ética que pretende extrapolar la moralidad del respeto de la vida humana al respeto al resto de especies sintientes. Hasta qué punto es posible atribuirles a los ecosistemas intereses morales, ya  que no sienten dolor, no manifiestan deseos, afectos, miedo, como si lo hacen los animales, humanos o no. Naess y Sessions apuntan para solucionar este problema, el aporte a la diversidad, complejidad y riqueza que estos sistemas, sin contaminar o destruir, nos aportan, incluyendo el principio de la vida, los microorganismos que habitan en ellos y que merecen ser protegidos, para salvaguardar nuestro planeta, su pasado, su presente y su futuro.

Peter Singer insiste en una idea; desde un punto de vista cultural, incluso ético, es una barbaridad, por ejemplo, despedazar un fresco de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina, para venderlo y obtener beneficio, aunque se haga para obtener dinero para los más desfavorecidos. Es indiscutible el beneficio a corto plazo para el bienestar de estas personas necesitadas,  es algo tangible, pero provocaría a largo plazo que la humanidad perdiera un patrimonio intangible, de incalculable valor, como son las obras de arte. La ética está obligada a entrar en estas profundidades, debates que no son de blanco o negro, pero esenciales para los seres humanos. Con la naturaleza podemos hacer la misma reflexión ética, despedazar un ecosistema para un beneficio a corto plazo, aunque sea para familias que lo necesitan, es injustificable si el daño para las generaciones futuras es invaluable. Una obra de arte destruida no puede repararse, ni un yacimiento arqueológico, pero los ecosistemas complejos tampoco, las especies extinguidas no pueden recobrarse, ni esos microorganismos que desaparecen y empobrecen nuestro medio ambiente.

Singer apunta, que más allá de dotar de un valor ético intrínseco a la Naturaleza, el valor para todos los seres sintientes que la pueblan, humanos o no, es un argumento más que suficiente para sostener los principios de una ética ecologista. EL grado del egoísmo de nuestro presente será la brújula moral con la que nos juzgaran las generaciones venideras. ¿Será eso suficiente para comportarnos éticamente con el medio ambiente?

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”