Entrenando el oído #2: orientarse y perderse en paisajes electrónicos

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 14 de Enero de 2026
El alemán Efdemin, ante un mural promocional de su último disco.
El alemán Efdemin, ante un mural promocional de su último disco.

Quien repase los archivos de mi blog encontrará que, en general, la electrónica me gusta, pero no tiene tanto peso en mis hábitos de escucha como el rock, el pop y el hip hop. Por lo general, mis listas de discos del año han incluido al menos dos LPs de electrónica, ya fuera más pura o fusionada con otros estilos. Este 2025, sin embargo, apenas se podría rescatar el Pirouette de Model/Actriz, que claramente está influenciado por el techno y la EBM, pero que se encuadra más en las coordenadas del punk o el rock. Cuando empecé a diseñar la lista y me di cuenta de esta escasez, quise ponerle arreglo escuchando dos álbumes lanzados a finales de año que estaban recibiendo muy buenas críticas. No obstante, al ver que no estaba consiguiendo entrar en ellos, me acordé de aquel artículo de hace unos meses donde conté que, aprovechando los meses de verano, había vuelto a un par de discos de metal extremo que no había podido apreciar adecuadamente porque, al estar menos acostumbrado a esos sonidos extremos, necesitaba hacer un esfuerzo extra de atención para disfrutarlos de verdad. Aquellos dos álbumes acabaron ocupando posiciones de honor en mi lista de discos del año, lo que me demostró la utilidad de ese ejercicio de buscar el momento oportuno para escuchar ciertos estilos que se salen de mi dieta habitual.

Una vez más, ha merecido la pena esa paciencia: dos discos que, en primera escucha, me habían dejado desconcertado y provocado cierto rechazo al final se han convertido en pequeñas obsesiones

Así pues, decidí esperar a las vacaciones de Navidad, cuando hubiera pasado esa obsesiva fase de escribir las listas de lo mejor del año, que también tengo comprobado que me cierra a nuevas experiencias. Una vez más, ha merecido la pena esa paciencia: dos discos que, en primera escucha, me habían dejado desconcertado y provocado cierto rechazo al final se han convertido en pequeñas obsesiones. Especialmente el primero de ellos: Poly, el quinto álbum de estudio del alemán Phillip Sollmann, alias Efdemin, publicado en Ostgut Ton, el sello de la mítica sala Berghain. El entusiasmo con el que hablaba de él el bueno de Ferraia, la altísima posición en los tops del año tanto de la redacción como de los lectores de Hipersónica y, sobre todo, la recomendación de mi amiga Raquel (que, como conté en otro artículo, está profundizando cada vez más en la electrónica y desarrollando un gusto exquisito) me convencieron de que tenía que seguir intentándolo a pesar de que, de entrada, me había parecido algo aburrido, tirando a árido.

Fue a la tercera o cuarta escucha cuando algo hizo clic en mi cabeza; llevo desde entonces escuchándolo sin parar

Fue a la tercera o cuarta escucha cuando algo hizo clic en mi cabeza; llevo desde entonces escuchándolo sin parar. La clave fue que dejé de buscar la inmediatez a la que estoy acostumbrado en el techno. Y es que la obra de Efdemin se encuadra en el minimal techno con ciertos toques ambient; es decir, que no tiene la contundencia y vigor rítmicos habituales en el género. Más bien, construye ritmos sutilmente infecciosos a base de ir trenzando unos patrones rítmicos sencillos y repetitivos con pads de sintetizadores y otros elementos vaporosos hasta crear paisajes sonoros hipnóticos, en los que es fácil sumergirse. Como me dijo la propia Raquel, es un disco que te borra los pensamientos: una vez que te dejas arrastrar, sus canciones te van envolviendo con una sorprendente y relajante calidez, como una vuelta al útero materno. Así, su hora de duración se pasa volando, y de hecho sientes el impulso de volver una y otra vez: he llegado a escucharlo tres veces de principio a fin sin darme cuenta de lo que estaba haciendo.

Aunque para poder llegar a ese punto, tuve que irme acostumbrando al lenguaje del álbum para después, estando ya inmerso en su sonido, sentir el impacto de “Microphase”. La séptima pista del álbum es seguramente la más expansiva y bailable, con ese sintetizador tan acid y ese ritmo de caja y bombo tan clásico y constante. La fuerza con la que te golpea, después de más de media hora de estar enfrascados en el minimalismo, tiene la fuerza de una conversión. A partir del momento en que experimenté esa iluminación, sentí como si los secretos del disco se abrieran ante mí. El tracklist reserva para su segunda mitad los cortes más poderosos a nivel individual; el rol de “Drift”, “Poly” y “Signal to Noise” es más bien el de introducirnos en ese estado de trance desde el que el resto de los temas nos golpean. De este modo, la belleza palpitante de “Rauris” y la potencia contenida de “Trophic Cascade” resultan más efectivas. A su vez, “Aachen” destaca por el contraste entre ese drone titilante que se mantiene de fondo en todo momento y la fuerza de sus ritmos hipersintéticos.

Después de la mencionada “Microphase” llega la juguetona “Irrlicht”, que consigue evocar la naturaleza con sonidos artificiales, mientras que la fantástica “Radical Hope” transmite euforia tanto en sus pasajes más impetuosos como en los más serenos. “Lost Somewhere in the Day”, a su vez, es la canción más larga del tracklist, y en su desarrollo constante alcanza una complejidad rítmica admirable. Por último, “Below the Surface” es un cierre más suave y delicado después de ese acelerón final, que nos permite aterrizar y despedirnos… salvo que le volvamos a dar al play. Hacía tiempo que no sentía este enganche con un disco de electrónica. Seguramente esto se deba al subgénero particular, que requiere otros tiempos y otros tipos de escucha; y es que últimamente solo había estado oyendo estilos más directos y bailables, de atractivo más evidente, pero que tienen menos capas y, quizás por eso, no me llevan a este nivel de obsesión.

Daniel Lopatin tiene una llamada para ti. Foto de Aidan Zamiri

El proyecto principal de Daniel Lopatin es legendario a estas alturas, aunque lo cierto es que no he seguido su trabajo con demasiada atención

Es probable que esa misma razón explique mi atasco con el otro LP que había intentado escuchar: Tranquilizer, el undécimo álbum del estadounidense Oneohtrix Point Never. El proyecto principal de Daniel Lopatin es legendario a estas alturas, aunque lo cierto es que no he seguido su trabajo con demasiada atención. Sin embargo, Tranquilizer ha sido recibido como su mejor trabajo desde Replica (2011), por lo que me sentí impelido a darle una oportunidad. De entrada, claro, sus sonidos aún más abstractos que los de Efdemin se me hicieron impermeables; tuve que abstraerme de las prisas y la atención dividida del día a día para entender lo que Lopatin propone. El disco ha sido compuesto usando una colección de samples muy especial: famosos por su utilización en múltiples bandas sonoras durante el cambio de siglo, se conservaban en el Internet Archive, pero fueron eliminados por una petición de copyright. Afortunadamente, usuarios anónimos los recuperaron tiempo después; Lopatin decidió que tenía que usarlos para crear un disco que hablase de uno de los grandes temas de nuestros días: la fragilidad de la memoria colectiva en internet.

Las composiciones recogidas en Tranquilizer se mueven, por tanto, en unas coordenadas sonoras y emocionales particulares: predominan las texturas brillantes y ligeras, que están como suspendidas en un sereno fondo ambient, pero que a menudo quedan compensadas por las irrupciones repentinas de glitches y percusiones disruptivas

Las composiciones recogidas en Tranquilizer se mueven, por tanto, en unas coordenadas sonoras y emocionales particulares: predominan las texturas brillantes y ligeras, que están como suspendidas en un sereno fondo ambient, pero que a menudo quedan compensadas por las irrupciones repentinas de glitches y percusiones disruptivas. “Measuring Ruins” es ejemplar en este sentido, y su título sin duda refleja esa sensación de decadencia y descomposición del entorno digital de la que hablábamos. Pero no es este un disco derrotista: “Fear of Symmetry”, por ejemplo, transmite tristeza, pero no abatimiento. Sus loops de piano mutilados nos llevan más bien a un estado contemplativo, cuya serenidad se ve frecuentemente descentrada por esos glitches que se disparan en múltiples direcciones. De hecho, las canciones más destacadas, para mí, son las que transmiten un mayor optimismo. “Lifeworld” o “D.I.S.” tienen, desde luego, un poso melancólico, pero también poseen una innegable y luminosa belleza. “Storm Show”, con sus samples de trinos de pájaros y agua en movimiento y sus diferentes fases, da la sensación de contar una historia sobre la pervivencia de la naturaleza en los márgenes de nuestra destructiva utopía tecnológica. “Waterfalls”, por su parte, despide el álbum en su punto más resplandeciente, con su mezcla de sonidos orientales, clavecín y piano eléctrico.

Quizás Lopatin, como otras personas, esté pensando en ese renacimiento de los espacios colectivos semi-privados en respuesta a la mierdificación del internet abierto. Eso es lo que permitió la recuperación de esta colección de samples, y para cada vez más gente son un refugio para escapar de las trampas de las plataformas diseñadas para hacer dinero capturando nuestra atención, generándonos adicción y enchufándonos publicidad por todos lados. No es casual, pues, que para apreciar este disco sea necesario salirse de esa corriente que nos empuja al scroll-and-swipe y a poner música de fondo mientras hacemos varias cosas a la vez. Para poder entrar en el estado de flujo que generan Tranquilizer o Poly, hace falta otra disposición. Ahora que la obsesión con Efdemin me ha llevado a interesarme por gente como Kangding Ray, autor de la banda sonora de Sirat, o K-LONE, mi reto es encontrar momentos para dedicarles ese tipo de escucha sin necesidad de que sean vacaciones. Deseadme suerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

(Osuna, 1992) Ursaonense de nacimiento, granaíno de toda la vida. Doctor por la Universidad de Granada, estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Aficionado a la música desde la adolescencia, siempre está investigando nuevos grupos y sonidos. Contacto: jesus.martinez.sevilla@gmail.com