Elegía a MF DOOM (1971-2020)

Blog - Un blog para melómanos - Jesús Martínez Sevilla - Miércoles, 13 de Enero de 2021
MF DOOM, circa 2003.
IndeGranada
MF DOOM, circa 2003.
'Only in America could you find a way to make a healthy buck

and still keep your attitude on self-destruct'


MF DOOM, 'Rhymes Like Dimes'

El domingo se cumplieron cinco años de la muerte de David Bowie. Recuerdo perfectamente el momento en que me enteré de la noticia. Estaba en Guatemala, donde llevaba unos meses trabajando. Mi novia había venido de visita por navidad y eran sus últimos días en el país. Era por la mañana, acababa de levantarme y al mirar el móvil vi la noticia y noté cómo algo dentro de mí se desplomaba. No era la primera vez que la muerte de alguien famoso me afectaba, pero sí fue la primera vez que al enterarme sentía ese desgarro, como si te hubieran arrancado un pedazo, que acompaña a la muerte de alguien cercano. Apenas pude explicarle a mi novia, que me miraba con preocupación sentada en la cama, lo que había pasado. Me faltaban las palabras.

Ese último disco, lanzado días antes de su fallecimiento, no solo es una de sus mejores obras: es un acto artístico y humano envidiable. En un acto tan teatral como lo había sido toda su carrera, Bowie decidió enfrentarse cara a cara a su propia muerte a través de su música. Convertir nuestra inevitable desaparición en algo bello mientras aún estamos aquí, y dejar esa belleza para los que se quedan, es la forma más extrema de sublimación

En los días siguientes, escuchar Blackstar (2016) supuso un enorme consuelo. Ese último disco, lanzado días antes de su fallecimiento, no solo es una de sus mejores obras: es un acto artístico y humano envidiable. En un acto tan teatral como lo había sido toda su carrera, Bowie decidió enfrentarse cara a cara a su propia muerte a través de su música. Convertir nuestra inevitable desaparición en algo bello mientras aún estamos aquí, y dejar esa belleza para los que se quedan, es la forma más extrema de sublimación. Es el caso límite de la teoría que propone G, un personaje de Cosas vivas (2018), la estupenda novela de Munir Hachemi: la de que “el cuento” y, añado yo, el arte en general, es una “forma de olvidarse por un momento de la muerte, [una] forma de entrar en ella o simplemente [una] forma de mirar hacia otro lado mientras la vida sigue pasando”. Pero como bien exponen estas palabras, hacer arte para mirar a la muerte a los ojos es solo una de las modalidades posibles. Por eso también me consoló escuchar otros discos de Bowie, como el plastic soul de Young Americans (1975) o los extraños y futuristas sonidos de Low (1977); los discos de su edad de oro como artista, en los que la muerte parecía una lejana ficción.

Cuando, minutos antes de acabase 2020, mi hermano me comunicó la muerte de Daniel Dumile, más conocido como MF DOOM, sentí un dolor similar al de cinco años antes, unido a una gran confusión. ¡Ni siquiera había cumplido los cincuenta, su cumpleaños habría sido el 9 de enero! ¿Y cómo es posible que llevara muerto desde octubre y no se hubiera hecho público? Es probable que pasen años hasta que sepamos los detalles de su muerte: también el villano enmascarado, como Bowie, ha muerto como vivió, envuelto en el misterio. De modo que al día siguiente empecé a escuchar sus discos clásicos para digerir la noticia. Solo me hicieron falta unos segundos de la cálida “Doomsday” para reconciliarme un poco con el mundo. Había olvidado lo agradable y pegadiza que era esa canción, y también (casualidades de la vida) que había escuchado mucho ese disco precisamente en mis meses en Guatemala. Las viejas sensaciones volvieron de golpe. Pero cuando llegaron esas palabras del estribillo en que, mencionando la trágica pérdida de su hermano, DOOM anuncia lo que dirá su lápida (“On Doomsday, ever since the womb/‘Til I'm back where my brother went, that's what my tomb will say/Right above my government; Dumile/Either unmarked or engraved, hey, who's to say?”), no pude evitar un escalofrío.

Pero el atractivo de su música se descubre a través de la escucha atenta: rimas de una complejidad increíble, juegos de palabras y dobles sentidos prácticamente en cada frase, un sentido del humor muy peculiar, una capacidad sobrehumana para convertir cualquier sonido en un beat

No es precisamente por hacer canciones accesibles por lo que más se recuerda a DOOM. La primera vez que escuché su obra maestra más reconocida, Madvillainy (2004), producto de su colaboración con Madlib, me pareció extrañísima. Canciones breves, sin estribillos, a veces sin letra, con beats repetitivos y en algunos casos desconcertantes (¿qué demonios es “Shadows of Tomorrow”?). De hecho algunos cortes solo incluían una voz como de noticiario hablando de las fechorías de unos villanos. Pero el atractivo de su música se descubre a través de la escucha atenta: rimas de una complejidad increíble, juegos de palabras y dobles sentidos prácticamente en cada frase, un sentido del humor muy peculiar, una capacidad sobrehumana para convertir cualquier sonido en un beat (en “Hoe Cakes” usa samples de su propio beatboxing como percusión). Recuerdo la sonrisa que se me dibujó en la cara la primera vez que pillé la broma que hace en “Great Day”: después de decir “spit so many verses sometimes my jaw twitches”, la rima fácil sería decir “bitches” (zorras); él lo sabe, y prepara el verso siguiente para que acabe en esa palabra (“one thing this party could use is more...”, algo que le vendría bien a esta fiesta son más...), pero en su lugar pausa, carraspea y dice “booze!” (¡bebidas!). Por supuesto, a continuación se pone a rimar con “booze”, porque es así de bueno.

Este tipo de juegos son los que le gustaban: en “Tick, Tick...”, usa un sample de “Glass Onion”, de The Beatles, y lo acelera y frena a su antojo, mientras su colega MF Grimm intenta seguir el ritmo cambiante de la música. En “America's Most Blunted”, Madlib y DOOM componen una descacharrante oda a la marihuana, que acaba con ambos riéndose a carcajadas porque han deletreado mal la palabra. Como explicó hace años Ta-Nehisi Coates en un artículo sobre él en The New Yorker, lo que impulsaba a Dumile a nivel creativo era un espíritu adolescente, juguetón, que le remitía a otra época tanto a nivel personal (la simplicidad de la vida en la infancia) como en el hip hop (antes del éxito comercial del género, cuando se trataba simplemente de divertirse con los colegas uniendo rimas con ritmos). No en vano los personajes que creó para rapear a través de ellos están inspirados en tebeos, series animadas y películas de su infancia: DOOM y su protegido, Viktor Vaughn, están basados en el villano de Marvel, el Doctor Victor Von Doom, mientras que King Geedorah, su líder alienígena, es un dragón espacial de tres cabezas sacado del universo de Godzilla.

Eso explica también el uso, a veces excesivo para quien solo quiere escuchar algo de su música de vez en cuando, de samples extraídos de sus viejas cintas VHS en los que se explica el origen de DOOM y se glosan sus maldades. El conjunto de todas estas rarezas explica seguramente que MF DOOM nunca triunfase a nivel comercial, pero está claro que es algo que no le interesaba. A mediados de los noventa, su prometedora carrera en el grupo KMD junto a su hermano Subroc se fue al garete cuando este murió atropellado y, acto seguido, su sello se negó a publicar su segundo disco, Black Bastards. Dumile abandonó el hip hop durante unos años. Para cuando volvió con Operation: Doomsday (1999) se escondía detrás de una máscara, usaba un nombre distinto (en los años de KMD se hacía llamar Zev Love X) y estaba decidido a hacer música en sus propios términos. Ni siquiera se ha tomado muy en serio lo de los conciertos: ha llegado a mandar a otra gente disfrazada con su máscara a actuar en su lugar. Lo que quería era grabar música, y su público objetivo era gente como él, gente que “siente de forma tan rara como él rima”: fans del hip hop, el soul y el jazz de antaño, en cierto modo gente instalada en la nostalgia, que querían seguir oyendo música como la de sus años mozos, y con su mismo sentido del humor. También, por desgracia, con los mismos valores, incluidos algunos cuestionables: “BATTY BOYZ”, de su último disco en solitario, BORN LIKE THIS (2009), es brutalmente homofóbica, y su rechazo de la pose de macho no fue tan completa como para eliminar un fondo machista en algunas de sus letras.

Pero la cuestión es que su talento era tan vasto que no hay que compartir todo ese background personal para disfrutar de su música. No hay más que ver lo que hace en MM...FOOD (2004). Todas las canciones de ese álbum hacen referencia a algún tipo de comida, y se pasa casi cincuenta minutos haciendo juegos de palabras, hablando a un cierto nivel de la comida pero a otro de mil cosas distintas. En “Beef Rap”, por ejemplo, explota el hecho de que beef en inglés significa “carne de ternera”, pero también refiere a un pique entre dos raperos, y recomienda abandonar esa “dieta” porque te puede matar, como por desgracia sucedió en los noventa con 2Pac y Notorius B.I.G. Por otra parte, las fuentes de las que bebe a nivel musical son una maravilla: el alucinante sample de Isaac Hayes en “Dead Bent” o su reinterpretación de la melodía de una canción de los Jackson 5 al final de “THAT'S THAT” son una delicia para cualquier fan de la música negra estadounidense.

Pero si aun así el estilo de DOOM resulta demasiado excéntrico e infantil para alguna gente, hay muchos raperos a quienes este ha influido y que pueden ofrecer otras cosas. Ahí está por ejemplo Earl Sweatshirt. Su último LP, 'Some Rap Songs' (2018), uno de mis discos de rap favoritos de la última década, toma elementos del estilo de DOOM y los lleva a rincones mucho más oscuros

Pero si aun así el estilo de DOOM resulta demasiado excéntrico e infantil para alguna gente, hay muchos raperos a quienes este ha influido y que pueden ofrecer otras cosas. Ahí está por ejemplo Earl Sweatshirt. Su último LP, Some Rap Songs (2018), uno de mis discos de rap favoritos de la última década, toma elementos del estilo de DOOM y los lleva a rincones mucho más oscuros. Están las rimas complejas, los beats repetitivos con samples extraños, las canciones breves, pero en lugar de crear un mundo que le permita volver a la adolescencia, lo que intenta es huir de ella. Thebe Kgositsile, nombre real de Sweatshirt, triunfó como miembro del colectivo de hip hop Odd Future siendo aún menor de edad, y lleva desde entonces intentando reconstruir su identidad más allá de los focos. En Some Rap Songs, le acompañamos en un tortuoso camino marcado por las adicciones, la depresión y la pérdida de su padre. Pero no os preocupéis: hay luz al final del túnel.

Todo esto, en fin, para decir lo siguiente: el legado de un artista se mide principalmente a través de dos indicadores, a saber, el impacto que tiene su obra en quienes la reciben y el que tiene en otros creadores. Los grandes artistas dejan huellas en la memoria que después se pueden seguir, volviendo a lugares insospechados que nos despiertan emociones que habíamos olvidado; y conectan a otros artistas entre sí, permitiéndonos comprender mejor lo que hacen, por qué lo hacen y cómo y por qué nos afecta. MF DOOM pasa holgadamente ambas pruebas. Animo a quien no lo conozca a asomarse a alguno de sus discos, y a quien lo conozca a revisitarlo, para crear recuerdos nuevos o refrescar los viejos. Descanse en paz.

¡Ah! Y una cosa más: “just remember ALL CAPS when you spell the man name”.

And that's that!

 

 

Imagen de Jesús Martínez Sevilla

Investigador en formación, trabaja en la Universidad de Granada. Le interesa hacer ciencia social comprometida, por lo que estudia la salud mental desde perspectivas despatologizadoras y transformadoras. Además, milita en colectivos de la ciudad. En sus ratos libres, escribe sobre música pop. (Osuna, 1992).