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Demasiado corazón

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 14 de Junio de 2020
'En la cama: el beso' (1892), por Henri de Toulouse-Lautrec.
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'En la cama: el beso' (1892), por Henri de Toulouse-Lautrec.
'Todo lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal'. Friedrich Nietzsche

Todo amor es una ilusión y toda ilusión es fuerza creadora e impulsora de vida, pero a su vez que crea, tiene un inusitado potencial destructor. Las ilusiones, por muy necesarias que sean, no dejan de ser una fuerza ciega que crea mundos propios sometidos a leyes ajenas a las de ese mundo natural que llamamos realidad. Todo lo que en la vida se somete a las leyes de la pasión creadora, de las ilusiones o del amor, necesita un contrapeso que nos evite levitar en exceso por las aceras de nuestra vida, y convertirnos en una mala parodia de Mr. Wonderful. Nietzsche, El pensador alemán era muy consciente de la necesidad de ese impulso vital, pero también de lo imprescindible de una ciencia refrigeradora que evitara consecuencias malignas y peligrosas de un calentamiento.

Esa necesidad de desborde de nuestros sentimientos, en todas sus amplias manifestaciones, nos embauca con el arte del ilusionista que atrapa nuestra mirada, distrayéndonos con el movimiento de una mano, presos de nuestro sentido de la maravilla, mientras que con la otra, oculta el truco que realiza ante nuestros propios ojos

El ser humano en su ambiente social adopta un perspectivismo natural, todo queda sometido a la lente de su propio interés, de la ceguera que le impide ver, o que le hace obviar, todo aquello que prefiere no ver. De ahí, la necesidad de un equilibrio, de una brújula que ayude a integrar las contradicciones a las que ineludiblemente lleva este perspectivismo. La ciencia, en su búsqueda de la verdad natural, aunque también cae en el perspectivismo, como posteriormente resaltarían diferentes corrientes de filosofía de la ciencia en el siglo XX, es imprescindible, pues permite exonerar al mundo de la gran pasión, muestran que nos hemos subido a esa cima de la sensación sin el debido fundamento (Fragmentos póstumos, Friedrich Nietzsche). La frialdad de la razón científica puede resultar amarga para el dulzor de las pasiones, del amor y de las ilusiones, pero sin ella corremos el riesgo de caer en un metafórico coma diabético por el exceso de azúcar de las ilusiones. Hemos de encontrar un equilibrio entre esa búsqueda de conocimiento y vivir apasionadamente. Esa necesidad de desborde de nuestros sentimientos, en todas sus amplias manifestaciones, nos embauca con el arte del ilusionista que atrapa nuestra mirada, distrayéndonos con el movimiento de una mano, presos de nuestro sentido de la maravilla, mientras que con la otra, oculta el truco que realiza ante nuestros propios ojos.

Ese dilema entre la fuerza ciega de las pasiones y la fría lucidez de la ciencia, o del conocimiento de la razón, no implica, al menos para Nietzsche, que ésta última nos permita poseer la verdad absoluta, ni mucho menos. La ciencia (y la racionalidad) es consciente, en un uso adecuado de sus características, de la relatividad del saber, no pretende conocer la totalidad de las cosas, trabaja a partir de pequeñas verdades. La importancia de su uso para equilibrar la balanza de la vida, es que por el contrario, las pasiones tienen una tendencia a la búsqueda del absoluto, o todo o nada. Cuando estamos enamorados, en pleno encantamiento, lo queremos todo de la otra persona; atención, cariño, cuidados, y todo aquí y ahora. Si no es así, no es amor verdadero. Ese amor, por llamarlo de alguna manera, que confunde el deseo de compartir, con la ambición por poseer y controlar, es una de las fuerzas más destructivas de la naturaleza humana.  Ese amor romántico que tanto nos venden y que pretende que hay que elegir entre todo o  nada, no es amor, es una parodia. El amor no es una canción romántica, es una negociación tensa entre verdad e ilusión, en la que nadie gana, para que ninguno pierda. Más allá de lo personal, en la política, cuando pensamos únicamente devorados por la pasión, actuamos cegados por los sentimientos, sin que estos pasen por el filtro de la razón; las consecuencias son conocidas, el desvarío se apodera de todos nosotros, los bulos de apoderan de los hechos, y todo hecho se convierte en opinión.

Este autocontrol no implica, y menos aún en un pensamiento de un profundo trasfondo vitalista, de un amor por la vida y por la pasión, como es la filosofía nietzscheana, renunciar a amar o a tener pasiones, ilusiones o sueños, pues son fuerzas creadoras de nuestra naturaleza, pero sí asegurarnos que hay alguien al mando con cierto grado de sentido común, y la razón posee algo más que la pasión

Por tanto, no solo en el amor, en las pasiones que dejamos que se desboquen en cualquier ámbito se produce el mismo ciclo autodestructivo. Moderar, guiar, modular, o cualquier adjetivo similar que deseemos emplear para frenar esa tendencia, es imprescindible para evitar ahogarnos en un vitalismo desencadenado. Este autocontrol no implica, y menos aún en un pensamiento de un profundo trasfondo vitalista, de un amor por la vida y por la pasión, como es la filosofía nietzscheana, renunciar a amar o a tener pasiones, ilusiones o sueños, pues son fuerzas creadoras de nuestra naturaleza, pero sí asegurarnos que hay alguien al mando con cierto grado de sentido común, y la razón posee algo más que la pasión.  

Nietzsche cree en la época en la que dos de sus principales obras salen a la luz, Aurora y Humano, demasiado humano, que el mundo de la vida ha de complementar esos dos ámbitos; el de la ciencia, y otro, compuesto por una esfera de disciplinas no científicas: el arte, la moral, la política, la religión. Sin olvidar que las pasiones también producen un conocimiento, una verdad igualmente útil a la vida. No podemos cometer el error de convertir el freno que la razón, la verdad de la ciencia, produce en nuestras pasiones, en un exceso de celo. Volviendo a la metáfora del amor, si un exceso de ilusiones puede matarlo, convertir todo en una fría negociación entre socios puede volverlo inútil.

El impulso creador de las pasiones es similar a un fuego que puede devorarlo todo: Mientras habita en nosotros el genio, nos sentimos valientes, nos encontramos fantásticos, y no nos cuidamos de la vida, de la salud y del honor, escribe en Aurora. Atravesamos el día más libremente, como un águila. El poder de las ilusiones, del amor, de las pasiones es embriagador, nos hace creer que somos invencibles, dueños del mundo, pero toda embriaguez pasa, y hay un ineludible precio que pagar: de pronto nos abandona, y con la misma prontitud se apodera de nosotros un miedo intenso. Ya no nos entendemos a nosotros mismos, sufrimos por lo vivido y por lo no vivido (…). Nos sentimos como lastimeras almas infantiles, que temen ante un crujido y una sombra. Disfrutar de la embriaguez de la vida es tan necesario como respirar, aprender cuando hacerlo, en qué momentos y con quienes, y en qué grado, para no consumirnos en sus llamas, también lo es.

No hemos sido conscientes que la ola de un simple virus puede devolvernos inseguridades y miedos que creíamos superados. Nunca nos preparamos para las pandemias porque eran cosas que solo sucedían en los países pobres que veíamos en las pantallas, nunca podrían llegar a nuestras casas

Es difícil, en estos momentos de sufrimiento y desconcierto ante la pandemia, no atribuir a nuestras sociedades opulentas el mismo destino que sufrimos individualmente los seres humanos que nos dejamos embriagar en exceso por pasiones, deseos e ilusiones autodestructivas; embriagadas estas sociedades por su superior dominio técnico del mundo, por el poder de sus ejércitos y destructivas armas, por su dominio financiero, nos creíamos intocables, sufriendo de la misma locura embriagadora que nos hace actuar al límite. No hemos sido conscientes que la ola de un simple virus puede devolvernos inseguridades y miedos que creíamos superados. Nunca nos preparamos para las pandemias porque eran cosas que solo sucedían en los países pobres que veíamos en las pantallas, nunca podrían llegar a nuestras casas. La soberbia ciega siempre nos devuelve las lecciones más duras, tanto a las sociedades y culturas de nuestro mundo, como a los seres humanos. No dejamos de ser gigantes con pies de barro al albur de una catástrofe natural que desnude todas nuestras debilidades. O títeres de pasiones desbordadas, que no encauzadas adecuadamente, pueden llevarnos a precipicios. No todo es posible por la fuerza de las pasiones, ni todo tiene solución, por mucho encanto y deseo que pongamos, lo diga quien lo diga.

Quizá, cuando  amaine la tormenta que ahora estamos sufriendo, una calma invada nuestras sociedades, que padecían de la locura de la inviolabilidad, y sepamos ver aquello dónde no equivocamos, fortalecer nuestras debilidades y desistir de  falsas ilusiones, fortalecer nuestros impulsos y pasiones, mejor dirigidos en esta ocasión

Esta fragilidad del ser humano es la que inspiraría a Nietzsche algunas de sus concepciones filosóficas más fructíferas; aprender a descorrer el velo de falsas ilusiones, de falsas verdades, de esos encantamientos que nos desnudan nos permite alcanzar una serenidad, que por momentos, puede emparentarse con la calma estoica del que refugiado en su fortaleza interior puede resistir el tormentoso y azaroso envite de la realidad, cuando ésta se tuerce: el que padece fuertemente mira desde su estado hacia las cosas de fuera con tremenda calma(…) este desengaño supremo a través del dolor es el medio y quizás el único medio de arrancarlo de allí. Quizá, cuando  amaine la tormenta que ahora estamos sufriendo, una calma invada nuestras sociedades, que padecían de la locura de la inviolabilidad, y sepamos ver aquello dónde no equivocamos, fortalecer nuestras debilidades y desistir de  falsas ilusiones, fortalecer nuestros impulsos y pasiones, mejor dirigidos en esta ocasión. O puede, que este sea un sueño más provocado por la febril y dramática situación en la que nos encontramos. Nietzsche creía en la voluntad del ser humano para trascender el hilo de ilusiones que le rodean y convertirse en algo más, una fuerza que trascienda sus limitaciones. No estaba tan seguro de que nuestras sociedades tan anquilosadas en prejuicios y mentiras pudieran hacerlo.

Si nuestras sociedades no aprenden de lo que estamos viviendo, no despiertan de ese infantilismo tan arrogante que nos ha envuelto durante tantos años, y maduramos a un mundo que es diferente, todo irá a peor. No siempre se aprende de las tragedias. Un pensamiento Nietzscheano resulta vital, el eterno retorno; si fuéramos a repetir por toda la eternidad momentos tan angustiosos como el que estamos viviendo, actuemos de tal manera que nos sintamos orgullos, por nuestra generosidad, por nuestra solidaridad, por creer que podemos trascender a ese egoísmo infantil tan propio. Cuando todo acabe que la mirada atrás sea de orgullo, no de vergüenza.

 

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”