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En defensa de la democracia liberal

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 24 de Noviembre de 2019
'El abrazo' (1976), de Juan Genovés.
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'El abrazo' (1976), de Juan Genovés.
'En la democracia las revoluciones nacen principalmente del carácter turbulento de los demagogos'. Aristóteles, Política, libro VIII, capitulo IV.

Resulta curioso que un enunciado, como el que da título a este texto, que hace tan solo unas pocas décadas podría ser asumido mayoritariamente, no solo por los partidos políticos, sino por una abrumadora parte de la sociedad, hoy día se encuentre tan discutido como menospreciado. Nadie parece argüir en favor de la democracia liberal. Nada extraordinario en tiempos tan dados a los extremos y tan confusos sobre lo qué significan las palabras, pero muy preocupante para todo aquel que mantenga que la democracia y la libertad están tan intrínsecamente unidas, como la equidad y la justicia. Esto probablemente sea debido al lodazal terminológico en el que nos movemos políticamente, donde nada parece ser lo que te dicen que es, y donde nada parece significar lo que debiera significar. Unos simples ejemplos de nuestra desoladora situación nacional deberían ayudarnos a situar el debate, junto a una posterior aclaración terminológica, bastante simple, de lo que significa defender una democracia liberal, y lo que no. 

En aras a la honestidad, no solo es culpa de los populismos de extrema derecha o de los nacionalismos extremos, que se han aprovechado del desconcierto en importantes sectores sociales de los estragos de la crisis del capitalismo financiero, sino de la falta de respuesta de aquellos partidos, a izquierda o derecha del espectro político, comprometidos con la democracia liberal

En aras a la honestidad, no solo es culpa de los populismos de extrema derecha o de los nacionalismos extremos, que se han aprovechado del desconcierto en importantes sectores sociales de los estragos de la crisis del capitalismo financiero, sino de la falta de respuesta de aquellos partidos, a izquierda o derecha del espectro político, comprometidos con la democracia liberal. Estos partidos, más viejos, o más nuevos, han fallado a la hora de dar solución a los problemas derivados tanto de las crisis económicas, como de la falta de respuestas de la democracia representativa a las aspiraciones de una democracia más participativa, con mayor implicación de la ciudadanía en los asuntos que les competen.
 
Vayamos con los ejemplos: despertarme oyendo a una responsable de la CUP menospreciando los derechos individuales, de libertad del ciudadano, al supeditarlos a los intereses generales. Supuestamente de la nación, de la patria, e imagino que en el cóctel ideológico de su partido, la lucha de clases. No hay nada reprochable en que defienda esos posicionamientos ideológicos, pues precisamente es el marco de la democracia liberal el garante de los derechos de libertad de expresión y políticos. Es la democracia liberal la que les garantiza defender aquello que crean oportuno; independencia, revolución comunista, dictadura del proletariado, o que los donuts rellenos de crema y chocolate sean considerados patrimonio nacional (catalán en su caso). Lo sorprendente es que partidos que antaño presumían de pedigrí democrático, en tanto defensores de una democracia liberal, en el sentido real que tiene este término; sufragio universal, igualdad ante la ley, separación de poderes, judicial, legislativo y ejecutivo, y otras minucias propias de la democracia, conquistadas con no poca sangre y no pocos esfuerzos, sean compañeros de viaje de personas que defienden estos posicionamientos, que permitan que les chantajeen y controlen, porque cometen el mismo error que ellos, del que hablaremos más adelante, olvidarse que en democracia, los derechos son de las personas, no de la nación, o patria o cualquier otro ente abstracto.
 

No hay interés nacional que permita subyugar los derechos de cada individuo, su libertad. Se olvidan que en democracia, aún más importante que defender a la mayoría, es garantizar que no se opriman a las minorías

No hay interés nacional que permita subyugar los derechos de cada individuo, su libertad. Se olvidan que en democracia, aún más importante que defender a la mayoría, es garantizar que no se opriman a las minorías. El mismo error que comete su compañero de viaje, el presidente de la Generalitat Quim Torra, que asume únicamente desde su cargo institucional la defensa de aquellos que piensan igual que él, cuando la esencia de la democracia liberal, es que una cosa es que las posiciones políticas e ideológicas se plasmen en políticas concretas, y otra muy diferente, no ser el gobernante de todos, especialmente de aquellos que no piensan como tú, a los que has de seguir garantizando sus derechos, su libertad, sus políticas, y actuando como garante de la ley democráticamente elegida. O se es gobernante, de todos, independientemente de que te hayan votado o compartan tus políticas, o se es activista para cambiar el sistema, derribarlo o lo que sea. Ambas cosas no son compatibles. 

Vox es un partido con todos los derechos democráticos para concurrir y participar en una democracia liberal como la nuestra, pero al igual que en el caso de la CUP, eso no implica que aquello que defiende sea, ni constitucional, ni propio de los derechos y valores de una democracia liberal

Otro ejemplo en el otro extremo ideológico, con protagonistas diferentes, pero con el mismo problema; permitir que partidos extremistas chantajeen y controlen a partidos que defienden, supuestamente, una democracia garantista de todos los derechos, incluido el de la igualdad entre hombres y mujeres. Vox es un partido con todos los derechos democráticos para concurrir y participar en una democracia liberal como la nuestra, pero al igual que en el caso de la CUP, eso no implica que aquello que defiende sea, ni constitucional, ni propio de los derechos y valores de una democracia liberal. Cada día nos sorprenden con una barbaridad nueva; renegar de los derechos que protegen a los menores, utilizar la mentira y la manipulación para criminalizar a niños inocentes, sean de dónde sean, negarle a la mujer el derecho a la igualdad y mandarlas a coser, donde se encuentra su verdadera vocación según ellos, menospreciar la violencia machista que las mata, y que acumula ya más víctimas que el terrorismo de ETA, renegar del derecho constitucional a un estado descentralizado en las Comunidades Autónomas, y la barbaridad del día que en este momento se les esté ocurriendo. Pueden defender sus planteamientos precisamente por la democracia liberal que tan poco les gusta, pero su pretensiones son cristalinas, si tuvieran poder político para llevarlas a cabo; como cuando quieren cerrar empresas privadas de comunicación que no les ríen las gracias, o prohíben que periodistas de medios que denuncian sus mentiras puedan informar de sus actividades. Creer en la democracia y la libertad, no parece que crean, ahora, mientras los tribunales no digan lo contrario, al igual que la CUP, tienen pleno derecho a defender sus posturas intolerantes, de tinte autoritario y de extrema derecha. El problema siguen siendo quienes les acompañan en su viaje, colaboran con ellos, y les permiten tomar decisiones que afectan al sentido mismo de la equidad y libertad que presupone una democracia liberal.
 

La izquierda, desde la más purista, y perdón por la expresión, hasta la más posibilista, juega un papel determinante en estos tiempos políticos, y no darse cuenta, unos y otros, de lo esencial que es ante las acometidas que pretenden derribar principios básicos democráticos de convivencia y de libertad, que han de aunar esfuerzos

La izquierda, desde la más purista, y perdón por la expresión, hasta la más posibilista, juega un papel determinante en estos tiempos políticos, y no darse cuenta, unos y otros, de lo esencial que es ante las acometidas que pretenden derribar principios básicos democráticos de convivencia y de libertad, que han de aunar esfuerzos. Es un error histórico que de producirse tendrá gravísimas consecuencias. Iñaki Gabilondo nos recordaba, en su alocución diaria en la SER, las palabras de un sociólogo portugués, Boaventura de Sousa, nada complaciente con las renuncias políticas de la izquierda más socialdemócrata, y referente de las nuevas izquierdas, que han surgido en Europa en las últimas décadas. Este pensador reclamaba a estas nuevas  izquierdas que abandonen dogmatismos, infantilismos y sectarismos, pues la amenaza a los principios democráticos es tan grave como en la década previa al auge de los fascismos en el siglo XX. No se pueden cometer los mismos errores, y ahora es el momento de defender esa democracia liberal tan denostada, argumentaba.

Defender la democracia liberal no implica, ni es lo mismo que defender el salvaje capitalismo financiero que nos devora, ni el liberalismo económico, ni tampoco es renunciar a la igualdad entre hombres y mujeres, o a la redistribución de la riqueza, la búsqueda de la equidad y oportunidad para todos, independientemente de la procedencia social, y económica, garantizar un estado del bienestar que proteja a los más desfavorecidos, que no abandone a nadie, que tengamos una educación universal publica y una sanidad igualmente universal y publica

Defender la democracia liberal no implica, ni es lo mismo que defender el salvaje capitalismo financiero que nos devora, ni el liberalismo económico, ni tampoco es renunciar a la igualdad entre hombres y mujeres, o a la redistribución de la riqueza, la búsqueda de la equidad y oportunidad para todos, independientemente de la procedencia social, y económica, garantizar un estado del bienestar que proteja a los más desfavorecidos, que no abandone a nadie, que tengamos una educación universal publica y una sanidad igualmente universal y publica. Tampoco implica no trabajar para establecer fórmulas de democracia más participativa que complementen la representativa. No son incompatibles ambas fórmulas democráticas, aunque algunos lo pretendan. Y tantas otras cosas, junta a éstas, que es posible no solo defender, sino llevar a cabo en el marco de una democracia liberal, porque la democracia liberal es precisamente eso, un marco de juego, garantista de los derechos de todos, mayorías y minorías, para que nadie se aproveche de nadie, para que nadie explote a nadie, para que todos seamos iguales ante la ley, para que ningún poder gubernamental pueda negarnos nuestros derechos y libertades, en aras a un supuesto interés general, nacional o patriótico. Cuando Boaventura de Sousa habla de que ha llegado la hora de defender la democracia liberal, habla de esto, de saber que hay que marcar un límite a los abusos que extremos políticos de un lado y otro, pretenden imponer, debilitando la democracia liberal, derecho a derecho, hasta que un día nos despertemos y hayamos pasado de una democracia a una tiranía, y nos preguntemos, cómo hemos llegado aquí. No es tan difícil, sucedió, y volverá a suceder si no tenemos clara las prioridades que han de estar en nuestra primera línea de defensa y no abandonamos esos sectarismos, infantilismos y dogmatismos que nos impiden ver lo frágil que son esos derechos.

Una pequeña coda al texto; no podemos olvidar que es la revolución francesa con sus tres pilares: libertad, igualdad y fraternidad es la base de lo que entendemos por democracia liberal, y esos tres pilares son esenciales para nuestra convivencia. Abraham Lincoln en su discurso en Gettysburg describió la democracia como el gobierno del pueblo, para el pueblo, por el pueblo. No es que pretendiera, al estilo más simple de la voluntad general de Rousseau que la mayoría tuviera derecho a imponer a la minoría su voluntad, sino que aunque la perspectiva política del gobernante sea la mayoritaria, ésta no puede convertirse en tiranía contra las minorías, de ahí ese para el pueblo, el pueblo son todos, mayorías, minorías y los de en medio, y todos cabemos, siempre que exista un marco democrático que lo permita, que respetemos, que cuidemos, que defendamos con el mismo vigor, con el que otros, que no creen en la democracia liberal, pretenden acabar con ella. 

 

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Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”