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Cumbre

Blog - De repente - Alejandro V. García - Miércoles, 8 de Julio de 2015

De repente Torres Hurtado ha dado de nuevo la vuelta a España. Torres Hurtado, solo con su verbo, sin sombrero, luciendo el maillot de su sonrisa, con el culo bien pegado al sillín, con esa parsimonia propia de los días de calor irrespirable y sin la ayuda esta vez de Ciudadanos, recorrió kilómetros y kilómetros a solas y luego coronó el Tourmalet del esperpento. Allí en la cumbre le esperaba la recompensa a su esfuerzo: una aclamación a medio camino entre la indignación y el sobresalto que también conmovió y sacó al país de su ardiente modorra. 

¿Qué había pasado, qué clase de hazaña hizo que la gente suspendiera sus apasionadas discusiones sobre la deuda griega o el recuento concentrado de los días de vacaciones y lo escuchara a Él? Una frase, solo una frase tan escueta y cortante que, según los filólogos municipales, no tenía ni verbo,  solo filos agudos: “Las mujeres, cuanto más desnudas, más elegantes, y los hombres, cuanto más vestidos, más elegantes”.

La pronunció rodeado de los mejores estudiantes de Selectividad de Granada que habían acudido con sus atónitos padres y abuelos a admirar la  ilustración del sabio de la tribu y a recibir su enhorabuena. Y en efecto, todos se quedaron fríos, sin necesidad de desprenderse -ellas- de sus faldillas ni de ajustarse -ellos- los pantaloncicos nuevos. O sea, se quedaron helados pero comodicos.  ¿Dónde había aprendido el anciano de la tribu esa máxima que era a la vez oráculo y diagnóstico y síntesis perfecta de lujuria y el recato? ¿En qué alta institución pedagógica se habría estudiado aquel hombre, en qué academia, en qué ateneo preparó su Selectividad aquel monstruo de la anfibología, y en qué universidades prolongó sus conocimientos hasta alcanzar aquella cima de perspicacia?

La reacción a las palabras del alcalde fue inmediata: habló la consejera de Igualdad, se lamentó el Instituto de la Mujer y los secretarios de los partidos, y hasta el segundo alcalde de Granada, cómo, mostró su estupor.

Pero el primer alcalde no rectificó, qué va. Bueno, dijo que para entender su disparate faltaba el contexto: la ola de calor que no sólo ablanda el asfalto y agosta los sembrados, sino reseca los fluidos gástricos, los pulveriza, los eleva por el esófago como motas de polvo pegajoso, atraviesan el velo del paladar, se cuelan por los vericuetos cerebrales, se deslizan por la duramadre y chafan los pensamientos como si fueran hollejos de uva.

Al final del proceso solo hay dos salidas: O se transforman en caspa o en imprudencia estúpidas.