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Cuento de Navidad para el indiferente

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 22 de Diciembre de 2019
Fotograma 'A Christmas Carol' (1938).
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Fotograma 'A Christmas Carol' (1938).
'Celebraré la Navidad de todo corazón y procuraré hacer lo mismo durante todo el año. Viviré en el pasado, en el presente y en el futuro'.

Cuento de Navidad,
Charles Dickens

La indiferencia está de moda, entre los descerebrados y los que desgraciadamente no siéndolo han perdido el rumbo. La indiferencia ante el racismo, ese odio aberrante al que no tiene el color de piel como el nuestro. Siempre y cuando sea pobre, claro está, si es rico hay que rendirle pleitesía. La indiferencia ante el odio al que no vive la sexualidad como dicen los cánones de esa moral pública que pretenden imponernos las arcaicas jerarquías eclesiásticas. Jerarquías que esconden bajo hipócritas excusas la inmoralidad propia, barriendo bajo la alfombra aberrantes delitos contra menores inocentes, mientras se atreven a condenar públicamente conductas que para ellos son impúdicas, como amar a otra persona del mismo sexo, poniendo una diana de odio a quienes no comparten su manera de entender la vida.

La indiferencia está de moda, ante el odio a las mujeres que han decidido decir basta al dominio y la violencia machista, y que alzan la voz para pedir algo tan especial como que las traten en todos los ámbitos de la vida, privada y pública, con los mismos derechos que los hombres. La indiferencia está de moda, ante el odio al inmigrante, que huye de la guerra y la miseria, porque nosotros si tuvimos derecho a emigrar para ganarnos la vida, pero el resto de la humanidad no...

La indiferencia está de moda, ante el odio a las mujeres que han decidido decir basta al dominio y la violencia machista, y que alzan la voz para pedir algo tan especial como que las traten en todos los ámbitos de la vida, privada y pública, con los mismos derechos que los hombres. La indiferencia está de moda, ante el odio al inmigrante, que huye de la guerra y la miseria, porque nosotros si tuvimos derecho a emigrar para ganarnos la vida, pero el resto de la humanidad no. Emigraciones masivas de españoles en tiempos en los que gobernaba nuestro país un dictador surgido de la sangre entre hermanos, y al que tanta nostalgia y respeto tienen sus herederos portavoces del odio. Y emigraciones de muchos jóvenes que hoy día no encuentran un hueco en nuestra sociedad tan indiferente al odio, no porque otros se hayan apropiado de sus trabajos, pues las estadísticas son claras como el agua, los emigrantes vienen a hacer aquellos trabajos que los nuestros no quieren, mal pagados y con unas condiciones laborales indignas, y de paso llenar las vacías arcas de nuestra seguridad social. La triste realidad que los voxeros del odio no reconocen, es que  nuestros jóvenes han tenido que emigrar porque aquí no encontramos dinero para ciencia, para educación, para emprender e innovar, pero sí para pagar con el dinero público la caza recreativa, o la tauromaquia, como sucede en Andalucía donde controlan con mano de hierro al gobierno conservador.

Cómo podemos ser tan crueles de promover el odio a niños y a niñas que tan solo quieren sobrevivir en un mundo que los desprecia, que les ha robado el futuro que todo niño debería tener, viviendo en una pesadilla continua, mientras 'voxeros' ricos incitan al odio contra ellos, para ganarse un puñado de votos y hacernos olvidar su carencia absoluta de dignidad moral

La indiferencia está de moda, ante los el odio a esos menores no acompañados, menas, despreciativamente los llaman, como si con ese epíteto les deshumanizaran, convirtiendo en caricaturas a seres humanos, a niños y adolescentes que solo han conocido hambre, abusos, violencia en sus cortas vidas.  Les acusan de violar, robar, contaminar los barrios de los nuestros, de la buena gente que no roba, asesina, viola. La realidad es bien distinta, los delitos cometidos por estos niños y niñas son ínfimos comparados con los que cometen los nuestros, pero qué importa, si el miedo y el odio permite que los indiferentes dejen que los manipulen con burdas emociones. Cómo podemos ser tan crueles de promover el odio a niños y a niñas que tan solo quieren sobrevivir en un mundo que los desprecia, que les ha robado el futuro que todo niño debería tener, viviendo en una pesadilla continua, mientras voxeros ricos incitan al odio contra ellos, para ganarse un puñado de votos y hacernos olvidar su carencia absoluta de dignidad moral. Cómo podemos creer que estos niños y niñas que podrían ser nuestros hijos, sobrinos, nietos, en otras circunstancias, recordemos nuestra guerra civil, abandonan sus hogares para venir aquí a robarnos, cuando lo único que quieren es una mínima oportunidad de ser niños, de tener infancia y adolescencia, de tener sueños y un futuro que no sea rodeado de dolor y pena. ¿Alguien puede creer que si en sus hogares no tuvieran un mínimo de dignidad vital lo abandonarían? Sí es así, su miseria moral es tan grande como mínima su inteligencia.

Si resumimos lo que se encuentra en la base de todos esos odios, en una sola palabra, sería fácil: Se odia a la libertad, se odia a aquel que desea expresarse, ser, vivir, sin estar sometido, sin estar de rodillas, sin ser despreciado por su manera de vivir, por su color de piel o procedencia, por ser pobre y no un rico privilegiado, por ser mujer y querer vivir sin miedo a ser libre...

Si resumimos lo que se encuentra en la base de todos esos odios, en una sola palabra, sería fácil: Se odia a la libertad, se odia a aquel que desea expresarse, ser, vivir, sin estar sometido, sin estar de rodillas, sin ser despreciado por su manera de vivir, por su color de piel o procedencia, por ser pobre y no un rico privilegiado, por ser mujer y querer vivir sin miedo a ser libre y poder hacer o decir lo que quiera, cuando quiera. Lo único que pretenden es vivir con los mismos derechos y libertades que ese hombre miserable que se ve amenazado por mujeres libres, y es incapaz de mirar a los ojos si no es abusando de prepotencia. Esos hombres que guardan su épica para enfrentarse y amedrantar a los débiles, mientras hincan la rodilla y rinden pleitesía a los poderosos.

El odio crece, y nuestra indiferencia ante sus portavoces es una herida que hace sangrar todo lo que debería importarnos como sociedad; hospitalidad y  acogimiento ante los que sufren, solidaridad ante los desheredados de la vida, libertad e igualdad para aquellas mujeres a las que se la coartan, justicia para los parias a los que nadie ve. La asistencia es un derecho, no un regalo decía Antonio Gramsci, enfrentándose a los fascistas que pretendían amedrentarlo en la Italia previa al alzamiento de Mussolini. Confundir caridad, algo tan propio de predicar en las Navidades, con solidaridad, hospitalidad y justicia ante los hijos abandonados por esos dioses consumistas que adoramos, es un error gravísimo, y está en la base misma de la inmoralidad que consume no ya a los que predican el odio, sino a los indiferentes a ese odio.

El odio crece, y nuestra indiferencia ante sus portavoces es una herida que hace sangrar todo lo que debería importarnos como sociedad; hospitalidad y  acogimiento ante los que sufren, solidaridad ante los desheredados de la vida, libertad e igualdad para aquellas mujeres a las que se la coartan, justicia para los parias a los que nadie ve..

Qué nos decimos como sociedad si no extendemos a los trescientos sesenta y cinco días del año ese Cuento de Navidad que nos hartamos de recitar en estas fechas; de amar y no odiar, de perdonar y no odiar, de abrazarnos y no herirnos, de proteger a los débiles, no por caridad, sino por justicia, porque es lo correcto, porque eso es abrazar una moralidad que nos una, no aquella hipócrita que nos separa, y a la que solo recurrimos para pretender quedar bien, con migajas, con nuestros familiares, dioses, o conocidos de ese altar de las vanidades que son las redes sociales.

Asistir solidariamente, abrir nuestras puertas a los desheredados de la tierra, palabras bíblicas que solo parecen importar unos pocos días al año, no es simplemente dar migajas de caridad, es actuar políticamente, éticamente, activamente, creando un sistema social que trabaje por esos derechos, para dar una oportunidad de mantenerse con vida, con la mínima dignidad, a aquellos que no pueden por sí mismos. La asistencia no es caridad, es justicia, al igual que lo son todas esas acciones que protejan al débil, que deberían ser un derecho, no un regalo, porque la justicia, la igualdad, la libertad y la solidaridad no debieran ser algo que dependa del albur y del capricho de aquellos que poseen todo, sino el logro de una sociedad que trabaja al unísono, que cree que el bienestar de todos importa más que la ambición de unos pocos, que no abandona a nadie, que no permite que nadie por su falta de recursos de nacimiento, por tropiezos en el camino, se quede atrás.

Palabras aparte merecen aquellos que enarbolan banderas patrias, escudándose en la defensa de un cristianismo, cuya legitima y original esencia desde luego no practican, para alzar la voz de los nuestros primero. Quiénes son los 'nuestros', habría que comenzar por ahí...

Palabras aparte merecen aquellos que enarbolan banderas patrias, escudándose en la defensa de un cristianismo, cuya legitima y original esencia desde luego no practican, para alzar la voz de los nuestros primero. Quiénes son los nuestros, habría que comenzar por ahí. Aquellos que roban vestidos de etiqueta y evaden millones y millones de euros para exprimir más a los que nada tienen. Aquellos que violan amparándose en manadas a jóvenes cuyo único delito es querer sentirse libres y protegidas en las calles. Aquellos que desde el pulpito de su bienestar económico pontifican sobre lo que hacer, cómo vestirse, cómo vivir o a quién amar. Los nuestros son todos los seres humanos, o deberían ser, no por el espíritu navideño, sino porque como decía Bertrand Russell una de las mayores ilusiones de la humanidad, y que más daño nos ha hecho, es creer en la superioridad moral de unos, por pertenecer a un país, a una etnia, a un sexo, sobre todo aquel que no encaja en sus prejuicios. Hemos de preocuparnos por nuestras familias, por nuestros seres queridos, y darles prioridad, por supuesto, es humano, porque esos sí son los nuestros, pero eso no tiene nada que ver con un patriotismo tan hipócrita como vacío.

Aprende que la empatía, acompañar y ayudar al que lo necesita, no es la hipócrita caridad de unos pocos días, es algo que sentir, y por lo que actuar, todos los días del año. Ese debiera ser el Cuento de Navidad para el indiferente de hoy... día

El protagonista de Cuento de Navidad de Charles Dickens, Ebenezer Scrooge, indiferente al sufrimiento que le rodea, aprende guiado por el fantasma de su socio, Jacob Marley, el desperdicio para su vida que supone la indiferencia. Aprende que la empatía, acompañar y ayudar al que lo necesita, no es la hipócrita caridad de unos pocos días, es algo que sentir, y por lo que actuar, todos los días del año. Ese debiera ser el Cuento de Navidad para el indiferente de hoy día, visitado por un fantasma que le mostrara su alegría de vivir y compartir de niño, cuando no diferenciaba ni color de piel, ni pobreza y riqueza  a la hora de elegir sus amigos, pues solo existían niños y niñas con los que jugar y sonreír a la vida. Que un fantasma de su presente le visitase y le mostrara la cruel realidad de las mujeres sometidas a la violencia machista, de los niños y niñas que sufren, de los inmigrantes que solo desean mantener a sus familias como él mismo. Y un fantasma del futuro le mostrara que nadie estamos libres de la pobreza, la enfermedad o cualquier otro golpe de la vida, de tener que emigrar o necesitar la solidaridad, la ayuda de extraños, que se sientan hermanados a nuestro dolor. Qué mejor Cuento de Navidad que el indiferente cambie y se diga a sí mismo: celebraré la Navidad de todo corazón y procuraré hacer lo mismo durante todo el año. Viviré en el pasado, en el presente y en el futuro.

Imagen de Francis Fernández

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”