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La crueldad como virtud

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 26 de Agosto de 2018
'80 fanáticos' (2010) por Enrique Marty.
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'80 fanáticos' (2010) por Enrique Marty.

                            La crueldad es la fuerza de los cobardes (Proverbio árabe)

Vivimos tiempos atribulados, o líquidos, como los llaman algunos pensadores, tiempos en los que la crueldad ha devenido en virtud, y su práctica es parte esencial de la forja del carácter; desde las aulas infantiles a las universidades, desde los centros de trabajo a la política. Con escrúpulos éticos, con generosidad y sin crueldad, es complicado dedicarte a la actividad de la cosa pública, o al menos sobrevivir a ella, triunfar en el trabajo, sobrevivir a la banalización de la amistad propiciada por las redes sociales, y un sinfín de etcéteras más. Sin escrúpulos éticos, todo es posible, desde tener éxito en la telebasura, ostentar una responsabilidad pública, o escalar en la jerarquía de cualquier empleo donde lo que importa es la competitividad. Es decir, que ha de importarte todo, menos las personas con las que trabajas o aquellas que son tus clientes, todo por el beneficio.

Sin escrúpulos éticos, todo es posible, desde tener éxito en la telebasura, ostentar una responsabilidad pública, o escalar en la jerarquía de cualquier empleo donde lo que importa es la competitividad. Es decir, que ha de importarte todo, menos las personas con las que trabajas o aquellas que son tus clientes, todo por el beneficio

Tener éxito, ser capaz de competir, a cualquier precio, escalar posiciones a cualquier coste, es la panacea que tras edulcoradas palabras se encuentra en las ofertas de formación para ejecutivos en gran parte de los masters, ahora que tan de moda están, de las universidades privadas o públicas, financiadas por empresas interesadas en pescar jóvenes ejecutivos, convenientemente despojados de cualquier escrúpulo moral que por error hubieran podido adquirir, en su educación previa, o en su contacto con círculos sociales poco apropiados. No lo tienen tan difícil, ni la educación, ni la formación publica, que debería ser la contrapartida hegemónica de la privada, primando el bien público por encima del privado en la formación, se preocupan, más allá de buenas intenciones, por tomarse en serio que la principal labor de la educación sería formar el carácter de la persona educada. Salvo, claro está,  en esos casos de algún abnegado docente, decidido a investirse de Quijote, dispuesto a tropezarse una y otra vez con el duro armazón de los molinos de viento, y sacrificar su tiempo, a veces su dignidad, y otras su propio éxito profesional, con tal de no ver a su alumnado convertido en una mera maquina despiadada de competir, con el principal objetivo de escalar en el escalafón social. Otros se contentan, por convicción propia, o en la mayoría de los casos por inercia del sistema,  en convertir a los niños y las niñas en atribulados receptores de conceptos memorísticos, acumulados sin filtro crítico ninguno. No es tan difícil adivinar porqué una sociedad aparentemente tan avanzada, sigue prisionera de las mentiras tan burdas de la posverdad, del miedo transformado en odio al migrante, o de terapias seudocientíficas, que sin ningún aval serio, colonizan las mentes de personas letradas o iletradas,  con igual voracidad.

Sin entrar en el debate de fondo acerca de si la naturaleza humana, despojada de los filtros sociales, es la de un ángel  bondadoso dispuesto a todo por ayudar a los demás, Rousseau dixit, o la de un capullo integral, al que si no le amenazaran y constriñeran mostraría un egoísmo y crueldad a prueba de bombas, con tal de sacar beneficio, Hobbes dixit, lo cierto es que hay personas cuya disposición es más bondadosa, dispuestas a ser generosas y amables, y otras, que por el contrario son un fiel reflejo de la crueldad hobbesiana. Pero eso es la naturaleza, la materia prima, por así decirlo, no el carácter, éste es un proceso; arduo, basado en el aprendizaje, en las experiencias, analizadas por filtros críticos, por la duda, como garantía de la sabiduría práctica. Una formación sustentada por valores éticos acordes a una democracia avanzada, sostenida por los pilares de la solidaridad, la igualdad y la libertad.

Más allá de la naturaleza de nuestro temperamento, es el carácter forjado por la educación y el contexto social y familiar en el que crecemos, el que debe llevar a adoptar hábitos de conducta más allá de cualquier predisposición bondadosa o malvada que nos predisponga de nacimiento. La educación tiene un objetivo principal, formar el carácter, y éste depende de aprender hábitos que nos ayuden a responder a las situaciones y experiencias personales y sociales de nuestra vida, éticamente,  con valores críticos, siendo conscientes de la ética que hay detrás de cada decisión que nos afecta a nosotros, a los demás, o a ambos. Si la crueldad se ha incorporado, disfrazada de competitividad o sano egoísmo, al catálogo de virtudes, algo hemos debido hacer terriblemente mal.

La educación tiene un objetivo principal, formar el carácter, y éste depende de aprender hábitos que nos ayuden a responder a las situaciones y experiencias personales y sociales de nuestra vida, éticamente,  con valores críticos, siendo conscientes de la ética que hay detrás de cada decisión que nos afecta a nosotros, a los demás, o a ambos. Si la crueldad se ha incorporado, disfrazada de competitividad o sano egoísmo, al catálogo de virtudes, algo hemos debido hacer terriblemente mal

Michel de Montaigne, que analizó como pocos en el siglo XVI las paradojas de la naturaleza humana, tenía bien claro, en un preciso ensayo sobre la naturaleza humana, titulado “De la crueldad”, que la virtud, en tanto elemento central de los valores que jerarquizan nuestro comportamiento, y que forman el carácter, no tiene nada que ver con lo que llama temperamento, esa naturaleza innata a cada persona; Alguien que, por ser de natural benévolo y bonancible, menospreciara las ofensas recibidas, haría algo bellísimo y digno de encomio; mas alguien que, afrentado y ultrajado hasta lo vivo por una ofensa, se armara de las armas de la razón contra ese frenético deseo de venganza, y tras ardua lucha acabara por dominarlo, haría sin duda mucho más. No sabemos qué pensaría el pensador francés si se acercara por un instante a ese nido de mala educación y brutalidad que son las redes sociales, donde bajo el anonimato, o escondidos detrás de la impersonal pantalla de un ordenador, hacemos de la crueldad la principal de nuestras virtudes, como si no mirar cara a cara a nuestro interlocutor, o interlocutores, nos diera carta libre para demostrar que Hobbes tenía toda la razón del mundo, y que nuestro hábitat natural es la opresión, pues no sabemos vivir en libertad con los demás.

La clave se encuentra, pues, en la forja del carácter, en ese esfuerzo diario de aprendizaje de la virtud, de las virtudes, que nos permite sublimar cualquier inclinación natural, y ejercer el filtro crítico de la conciencia, eso que se llamó tan ampulosamente raciocinio, y que rara vez ejercemos. Problema diferente, propio de nuestro tiempo, es que hayamos asumido que la crueldad, convenientemente disfrazada y con otros nombres, es parte del desarrollo personal, una virtud que explorar si queremos sobrevivir en un mundo donde la moralidad se ha puesto al revés, y explotar al otro, con tal de conseguir beneficios, es parte natural del orden social de las cosas.

Hoy día disfrazamos la crueldad hacía el otro, de tal manera, que hasta parecemos personas de bien, nos escondemos detrás de eufemismos similares a la ironía del escritor y poeta alemán del XIX, Heinrich Heine, que proclamaba que no había nada de malo en perdonar a nuestros enemigos, pero nunca antes de que los cuelguen. O si volvemos la mirada a hechos históricos, Julio César, de quien se alababa su bondad al haber mandado estrangular previamente a la crucifixión a unos piratas que con anterioridad le habían capturado. No es posible que no nos demos cuenta de la hipocresía con la que nuestros políticos enarbolan banderas que criminalizan y tratan con crueldad a hombres, mujeres y niños cuyo único delito es huir de la pobreza extrema, de la brutalidad de la guerra, de violaciones y torturas. Nos vanagloriamos de salvarlos del mal, para luego devolverlos al infierno del que huyen, o abandonarlos a su suerte.  Hemos convertido en enemigos a personas inocentes, y los tratamos como tales, eso sí, con la nobleza occidental de perdonarlos antes de colgarles, o asfixiarles antes de crucificarles, para que no sufran tanto.

Hoy día disfrazamos la crueldad hacía el otro, de tal manera, que hasta parecemos personas de bien, nos escondemos detrás de eufemismos similares a la ironía del escritor y poeta alemán del XIX, Heinrich Heine, que proclamaba que no había nada de malo en perdonar a nuestros enemigos, pero nunca antes de que los cuelguen

Nos hemos acostumbrado con tal facilidad a la crueldad tan presente en las pantallas de nuestra vida, tan aséptica, tan alejada de nuestra vida, mientras no nos afecte a nosotros personalmente, que convivimos con la crueldad como otra virtud más, y la blanqueamos bajo banderas como los nuestros primeros. A saber quiénes son los nuestros. Si ves cualquier programa en la televisión que colonice las franjas horarias de la mañana a la noche lo que importa es tu ego a cualquier precio, o poder disfrutar de cualquier lujo independientemente del sudor y la sangre de quienes hayas tenido que pasar por encima para disfrutarlo. Los males y sufrimientos ajenos los vemos con la misma pena que perdernos un partido de futbol de nuestro equipo favorito, quizá esto último nos irrite más.

 Signo no menos relevante de nuestros tiempos es la crueldad que ejercemos impunemente contra los animales, Montaigne que vivía en un siglo, supuestamente, más cruel que el nuestro, escribía; Un natural sanguinario con los animales denota una propensión innata a la crueldad. Cuando se hubieron habituado en Roma a los espectáculos de los sacrificios de animales, pasaron a los hombres y a los gladiadores. La propia naturaleza, me temo, ha puesto en el hombre algún instinto de inhumanidad. No hay crueldad en un animal, tan solo instinto de supervivencia. En cambio nosotros, los orgullosos homo sapiens nos erigimos engreídos sobre sacrosantos camposantos de cadáveres creados por nuestra connatural crueldad, al menos en otros tiempos éramos conscientes de que la crueldad, por mucho que se practicara, era un terrible vicio a desterrar, hoy día, edulcorada, enmascarada, santificada, la hemos puesto en el altar de las virtudes a practicar. Solo somos humanos, después de todo, no dioses, ¿por qué culparnos por los males y la crueldad que imperan en el mundo?

 

  

 

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”