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Cosas que harías por la música

Blog - El camino equivocado - Guillermo Ortega - Jueves, 13 de Octubre de 2016
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Cosas que has hecho, para ser exactos. De algunas te sientes orgulloso, de otras te arrepientes. Es probable que de muchas digas ahora, con la perspectiva que da el tiempo, que eran locuras. Entonces igual también te lo parecieron, pero locuras necesarias. Porque actuaste movido por una pasión que hoy, estás seguro, sigues sintiendo, aunque quizás atenuada porque los años te han vuelto más perezoso, más cómodo. Pero que sabes que mantienes porque ha sobrevivido a aquellas cosas que acaban con la simple afición de muchos: la vida en pareja, los hijos y ese tipo de circunstancias por las que, por otra parte, sientes todavía más pasión. Son pasiones compatibles, si quieres que lo sean. 

Muy épico me estoy poniendo; en realidad quería poner ejemplos muy simples, porque tampoco es que haya hecho nada del otro mundo. No me he dejado el sueldo en la edición china de un single ni he recorrido medio planeta para perseguir a un ídolo. Me he traspuesto hasta Cartagena o Madrid, pero reconozco que mezclando un poco música, turismo y juerga.

Sin más, aquí van algunas de ellas:

Perder el metro aposta y pegarme una caminata de casi tres horas: Sucedió en Madrid, en 1986. En lo que llamaban Rockódromo, en la Casa de Campo, actuaba el inmensísimo James Brown. Gratis, además. Perdérselo habría sido un crimen. Fue, lo he contado en otra entrada de este blog, uno de los conciertos de mi vida. Sentía ese tipo de felicidad absoluta que NADA te puede estropear. Por eso, cuando a la una y media de la mañana escuché el sonido del último metro de la noche haciendo señales de que iba a salir de la estación, ni me inmuté. El concierto terminó dos horas más tarde y, por más que oteé en el horizonte, no encontré a nadie con coche que me pudiera acercar a Malasaña, que era donde vivía. El trayecto se prolongó casi tres horas, pero se me pasaron volando porque en mi cabeza seguía reviviendo la barbaridad que acababa de presenciar. 

No ir a un concierto de Van Morrison alegando resaca: La historia también se sitúa en el Rockódromo, un año después. Ese año, lo más destacado de la programación era un concierto de Frank Zappa y otro de Van Morrison con The Chieftans. Uno era el viernes y el otro, el sábado. El caso es que no calibré bien el asunto y del recital de Zappa (en el que también tocaron Mermelada y Burning, ahora que lo recuerdo) salí con una papa muy gorda. Al día siguiente yo era un guiñapo y no me dio la gana levantarme de la cama para encalomarme otra vez en la Casa de Campo y escuchar al León de Belfast. Por más que intenté convencerme de que no era ésa la forma en la que quería verle en acción, por lo de actuar acompañado de The Chieftans y su rollo celta, sabía que era una excusa de lo más endeble. Debí haber sacado fuerzas de flaqueza y no lo hice. Es algo que me habría atormentado de por vida (bueno, es una forma de hablar, ya me conocen) de no ser porque, en 1998, finalmente vi a Van The Man, en el teatro Cervantes de Málaga. Y no con The Chieftans sino con su banda. Con su extraordinaria banda, añado, en la que estaban Pee Wee Ellis y Georgie Fame, entre otros. *

Gastarme 2.700 pesetas (de 1988) en un elepé cuando apenas si tenía para comer: En la capital del Reino había un montón de tiendas de discos estupendas, ya lo he contado también. Una de ellas se llamaba Record Runner y allí lo vi. Lo miré, él me miró y quedamos enamorados al instante. Era el ‘Marquee moon’, el celestial debú de Television. Lo quería. Lo necesitaba. Ya, ya, ya, ahora. El hecho de que se tratara de un ejemplar raro, en vinilo de 180 gramos, no me arredró. Ni siquiera lo hizo su estratosférico precio: 2.700 pesetas. Que serían 17 euros de hoy, pero es que estamos hablando de hace 28 años, no es lo mismo. Por contextualizar, diré que por entonces el paquete de Fortuna costaba 104 pesetas en el estanco. Lo recuerdo bien porque estaba tan tieso que no lo compraba en otro sitio. Los diez últimos días de cada mes eran un sinvivir. No llegué a pasar hambre física, como, según confesión propia, le pasó a mi amigo Luis Angulo, pero tampoco me faltó mucho. Y en esas circunstancias, no se me ocurrió otra cosa que gastarme 2.700 del ala en un disco. Pa matarme. 

Vender discos para poder ir a conciertos: Esta práctica, ahora afortunadamente en desuso, se remonta a la noche de los tiempos. Empezó cuando todavía no era ni siquiera mayor de edad, fíjense bien. El caso es que a mí eso de ir a los conciertos me atrajo siempre, pero no en todas las ocasiones mis padres estaban en disposición de costearme tales vicios, o bien soltaban la pasta para la entrada, pero no para los gastos que de toda la vida han conllevado las actuaciones en directo. Si yo tampoco disponía de cash (lo cual era lo normal, porque los adolescentes suelen tener agujeros en los bolsillos), las opciones eran pegar sablazos, con escasa posibilidad de éxito porque entre mis amigos eran pocos los que ganaban dinero y los de ese grupito estaban ya muy quemados, o deshacerme de material discográfico del que entendía que podía prescindir. Así perdí un doble elepé de Jimi Hendrix (que el otro día, por cierto, vi en Marcapasos y por poco se me escapa una lágrima) o el ‘Disraeli Gears’ de Cream, que, lo descubrí años después, es un disco excelente. También otras referencias que, sinceramente no he echado de menos, como dos trabajos de los insoportables Rainbow. Anécdota al canto: con 16 años, viviendo en Ceuta, traté de colocarle a un compañero de clase el ‘War’ de U2 y me dijo que no, alegando que a esa gente no la conocía ni Cristo. Ahora a lo mejor habría fardado de tener una copia comprada en su año de edición. 

Grabar cintas a la chica que te traía por la calle de la amargura: Vale, no he sido el único que ha recurrido a esa estrategia, pero a lo que voy es a que no es algo que hiciera sólo por esas chicas, sino que lo hacía también por la música. Es decir, que grabar esas selecciones también era muy satisfactorio para mí. La típica historia de que el regalo, muchas veces, hace más ilusión a quien lo da que a quien lo recibe, ya saben. Como escribió Nick Hornby en ‘Alta fidelidad’, la grabación de una cinta para regalar es un proceso complicado, con miles de reglas. Era difícil hasta elegir el nombre genérico de la grabación; si la destinataria no lo entendía o ponía pegas, estabas listo. No me acuerdo de todos los que he grabado, pero sí de uno en el que todas las canciones estaban interpretadas por artistas femeninas y que titulé: ‘¡Mujeres…Bah!’. Para mi suerte, la receptora pilló la ironía y se percató de que no me estaba cachondeando de nadie sino más bien todo lo contrario: rindiendo tributo. 

*Más sobre este mismo asunto: allá por el año 1992, Van Morrison tocó en Granada, en un concierto incluido en la programación del Womad. Yo vivía en Málaga y estaba dispuesto a desplazarme con mi amigo Andrés, hasta el punto de que ya me había buscado la vida para que la por entonces desconocida para mí Enka Tripiana (que después, cuando años más tarde trabé amistad con ella, se me reveló como la chica excelente que ya intuía al otro lado del teléfono) nos acreditara como prensa especializada. Pero a última hora no fuimos. ¿Adivinan por qué? Andrés alegó que estaba resacoso y que no podía ni moverse. Cuidao que… 

 

Guillermo Ortega Lupiáñez (Algeciras, 1966) es licenciado en Periodismo. Empezó a trabajar en 1990 en el desaparecido Diario 16 y después pasó a Europa Sur y Granada Hoy. También lo hizo durante un breve periodo en la Ser y colaboró en El Mundo, Ideal y ABC. Durante algo más de un año fue columnista en Granadaimedia. Ha sido encargado de prensa en los grupos municipales de UPyD y Ciudadanos en Granada y ahora trabaja en prensa del PP. Ha publicado cuatro libros: Cuentos de Rock (2008), Los Cadáveres Exquisitos (2012), Horas Contadas (2014) y La vida sí que es una pelea (2016).