+ ciencia y + conciencia

Aprovechando los últimos rescoldos del espíritu navideño, de buenos deseos y propósitos, quizás con ingenuidad infantil, escribo esta carta a los Reyes Magos andaluces, Melchor y Gaspar, (la poca confianza que tenía en el Baltasar andaluz la he ido perdiendo, muy especialmente en los temas de salud, que es lo que siempre pido y en los ambientales, que es lo que a mí mas me interesa). Voy a concentrar mis pretensiones en una única petición: más ciencia y más conciencia frente a los retos que enfrentamos como sociedad, sobre todo para abordar la emergencia climática.
El año pasado la crisis climática ha vuelto a golpear con fuerza al planeta y en España lo hemos sufrido especialmente. Cuando aún no nos hemos recuperado de la devastadora DANA de finales del 2024 en el levante español, hemos vuelto a ser azotados con nuevas lluvias torrenciales, y hemos visto como las olas de calor y las temperaturas extremas siguen acumulando récords históricos.
Además hemos asistido a catastróficos incendios forestales que han afectado con crudeza al norte de la península y que han arrasado 393.079 has según los datos aportados por el Programa Copernicus de la UE. Casi de dos de cada cinco hectáreas quemadas en la UE corresponden a territorio español. 2025 se ha situado junto a 2023 y 2024 entre los tres años más cálidos de la historia, desde que se dispone de datos oficiales y las proyecciones para el próximo lustro son tan claras como aterradoras: estamos ya en el límite del umbral de superación de los 1,5 ºC respecto a la era preindustrial. La emergencia climática no es ya un pronóstico sino una evidencia que debe suponer el fin de la ignorancia.
En este escenario, la supervivencia de nuestra civilización, tal y como la concebimos, ya no depende de creer o no en el cambio climático. Hemos entrado en la era de las consecuencias y no hay margen para postergar la acción climática y ecosocial que depende de una fórmula matemática y humana: necesitamos más ciencia y más conciencia.
La ciencia ha cumplido sobre todo hasta ahora una primera misión: el diagnóstico. Ya no hablamos de hipótesis futuras, sino de registros presentes
La ciencia ha cumplido sobre todo hasta ahora una primera misión: el diagnóstico. Ya no hablamos de hipótesis futuras, sino de registros presentes. En el último año, hemos sido testigos de cómo los fenómenos extremos que se preveían con los modelos proyectivos han dejado de ser anomalías para convertirse en la norma. En España, por ejemplo, el impacto de estos eventos ya afecta directamente a 141 riesgos detectados en salud, economía y biodiversidad. Como afirmó el presidente del gobierno español, en la cumbre del clima celebrada en noviembre en Brasil, "el cambio climático no sólo mata, sino que empobrece". Algo que para la Unión Europea ha supuesto, en solo tres años, pérdidas que se calculan en más de 44.000 millones de euros. Retrasar la acción climática no hará más que incrementar las consecuencias y elevar los costes de reparación y restauración. Porque como señaló el científico argentino Bernardo Houssay, "la ciencia no es cara, cara es la ignorancia".
Hace décadas que la ciencia no para de advertir a la humanidad, para muchos ha llegado el tiempo de que la ciencia pase de la advertencia a un mayor compromiso, a la acción. Para ello se requiere gobiernos, desde la escala local a la internacional, que sean conscientes y tengan conciencia de la encrucijada en la que nos encontramos y de la necesidad de realizar una transición ecológica, justa y la descarbonización de nuestra economía apoyada en la transición energética, la economía circular y la restauración de la naturaleza.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ha sido taxativo: para mantener vivo el objetivo de 1,5 °C, las emisiones deben haber alcanzado su pico máximo en 2025 y reducirse casi a la mitad para 2030. Estamos acercándonos peligrosamente al ‘ahora o nunca’. Ignorar la ciencia a estas alturas no es escepticismo, es negligencia. Ignorar la necesaria conciencia es, sencillamente, una claudicación moral que no podemos permitirnos ni dejar como pesada hipoteca para las generaciones venideras.
Ciencia más conciencia es, a la vez, el mejor regalo que podemos hacer para toda esa chiquillería que espera ilusionada la llegada de los Reyes Magos, aunque este ‘juguete’ no se encuentre en la lista de ninguno de los grandes almacenes. Y, en el actual contexto político y social mundial, se requiere del concurso de la magia para lograr que se aplique esta combinación para un futuro mejor.
Debemos ser conscientes de que la naturaleza ha empezado a dar respuesta a nuestra falta de respuesta colectiva. Ahora, ya, necesitamos, que la ciencia dé un paso más allá de las revistas científicas y de los debates académicos. Se requiere una ciencia volcada en la mitigación y la adaptación URGENTE. Necesitamos una transferencia del conocimiento que se transforme en soluciones tecnológicas que sean, ante todo, escalables y justas.
Tenemos que tomar conciencia de que la transición hacia sistemas energéticos de emisión cero no puede esperar a la próxima década
Tenemos que tomar conciencia de que la transición hacia sistemas energéticos de emisión cero no puede esperar a la próxima década. La ciencia debe liderar la implementación masiva de redes eléctricas inteligentes, el perfeccionamiento del hidrógeno verde y tecnologías de captura de carbono que sean viables fuera de los laboratorios. No basta con saber por qué el Ártico se derrite; la urgencia actual es diseñar el modelo agrícola, industrial y urbano que nos permita alimentar a 8.000 millones de personas sin ‘incendiar el hogar’ que habitamos.
Todo ello requiere dar un salto mental. Debemos pasar de la ‘consciencia climática’, (darnos cuenta, por ejemplo, de que los veranos son más largos y los incendios más devastadores), a la ‘conciencia climática’. Este cambio está asociado a nuestro modelo de producción y consumo, a nuestro comportamiento individual y colectivo, a nuestra forma de vida. Y esa toma de conciencia conlleva el compromiso ético de transformar esa percepción en acciones políticas y ciudadanas firmes que no se pueden seguir postergando.
Este reto de una conciencia ética que reclamo de la ciencia pasa, por consiguiente, por una descontaminación mental previa y necesaria, porque la tecnología, la innovación y el desarrollo, son papel mojado si no van acompañadas de un cambio en la conciencia colectiva. El principal obstáculo hoy no es la falta de conocimiento, sino la persistencia de estructuras económicas que priorizan el beneficio inmediato sobre la habitabilidad del futuro. Se requiere una conciencia política que trascienda los ciclos electorales y una conciencia ciudadana que entienda que la sostenibilidad no es una opción estética, sino un contrato de supervivencia.
La ciencia nos ofrece el mapa y las herramientas para no caer al precipicio; la conciencia nos da la voluntad de dar el paso en la dirección correcta
La emergencia climática de 2026 nos sitúa ante un espejo incómodo. La ciencia nos ofrece el mapa y las herramientas para no caer al precipicio; la conciencia nos da la voluntad de dar el paso en la dirección correcta. Si no somos capaces de unir ambas facetas, el saber y el deber, la historia no nos recordará por nuestra falta de medios, sino por nuestra incapacidad de usar la inteligencia para salvarnos a nosotros mismos. Es hora de que el conocimiento científico se encuentre, de una vez por todas, con la valentía ética.
Como señaló Mariano Barbacid “no son los países ricos los que más invierten en ciencia, son los países que más invierten en ciencia los que acaban siendo ricos”. La Revolución Verde, la de verdad, (no la propagandística del gobierno andaluz), la asociada a la necesaria transición ecológica, es la mejor oportunidad que podemos aprovechar para situarnos a la vanguardia del nuevo modelo de desarrollo y tiene su base en el desarrollo científico y en la transferencia de ese conocimiento a todas las esferas de una nueva economía en sintonía con la ecología.
Cierro esta peculiar carta a los Reyes Magos concretando esta petición en dos cuestiones relacionadas con esta universal solicitud de ‘más ciencia y más conciencia’.
La primera se refiere al deseo de continuidad para el Observatorio de Cambio Global de Sierra Nevada, amenazado por la falta de apoyo de la Junta de Andalucía. En este caso tenemos la ciencia, un proyecto pionero reconocido nacional e internacionalmente, pero carecemos de la necesaria conciencia de su importancia y de su contribución a la conservación de nuestros espacios naturales y del papel que juegan para mantener los servicios ecosistémicos (de abastecimiento, de regulación y culturales) que aportan a nuestro bienestar.
La segunda se refiere al Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática, una iniciativa que impulsa el Gobierno de España, un Acuerdo que debe trascender los ciclos políticos y las diferencias territoriales, con el fin de reforzar la capacidad de adaptación, mitigación, respuesta y recuperación ante los fenómenos climáticos. En este caso tenemos la conciencia política y la implicación de los agentes económicos y sociales, fundamentadas en el conocimiento científico, pero se necesita un gran consenso parlamentario y la cooperación de todas las instituciones, que encuentra la obstrucción de la polarización política de una oposición repartida entre el negacionismo y el retardismo climático.


















