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Capital judicial de la tristeza

Blog - Alejandro V. García - Alejandro V. García - Martes, 9 de Mayo de 2017
La movilización para que Granada retenga el nebuloso título de capital judicial de Andalucía, aun siendo legítima, me produce una profunda melancolía que me traslada, además, al siglo XIX, a las ciudades noveladas por Galdós o Clarín, espejos provincianos de la oscuridad y el embotamiento burocrático. Hay en esa reivindicación puramente honorífica un fondo de apego a las pelusas, de frufrú de toga, de reverencia antigua y olor a legajo que me produce una enorme hipocondría. 
 

Ser la capital de los pleitos (frente a la capital de las finanzas, de la política, de las comunicaciones, del progreso, de la cultura o de la prosperidad en su más amplio espectro) es un propósito menor que incluye implícitamente la renuncia a unos ideales más altos

Y no es que la petición no sea razonable, qué va, es que es vetusta, como si en décadas y décadas de evolución los granadinos siguieran fascinados por la presencia de los oidores, el boato de las audiencias, la facundia muda de los birretes o la fortuna de las pasantías. Retener dos salas de lo Civil y no compartirlas con otras provincias es sensato, equitativo o como quieran llamarlo en relación a lo que proclama el Estatuto pero al mismo tiempo -sobre todo cuando se comprueba que semejante reivindicación se ha convertido en una cuestión de honor- es, y que me perdonen los señores letrados, jueces o fiscales, desolador. Más desolador aún si tenemos en cuenta que Granada perdió sin apenas protestas el rumbo al futuro, el tren, el AVE y el protagonismo cultural que una vez, allá por los años ochenta, rozó con la punta de los dedos.
 
Yo no soy jurista pero sospecho que lo de contar con dos salas judiciales más o menos reportará un enteca ganancia que, por añadidura, sólo se puede cuantificar quitando o poniendo en las balanzas (¡las de la justicia!) contrapesos como la honra y el orgullo. Es cierto que la reducción de las salas principales del TSJA contraviene el título con que el Estatuto nombra a Granada pero ¿de verdad alguien cree y creyó que el ampuloso epígrafe de capital judicial de Andalucía no era un embeleco?
 
Ser la capital de los pleitos (frente a la capital de las finanzas, de la política, de las comunicaciones, del progreso, de la cultura o de la prosperidad en su más amplio espectro) es un propósito menor que incluye implícitamente la renuncia a unos ideales más altos. Ser la capital judicial de la comunidad es una cualidad tan taciturna como ser el sacristán de una archidiócesis.
 
Lo extraordinario es que Granada se resignó a ese papel de florón burocrático y además se lo tomó tan en serio que ahora, cuando los propios jueces cuestionan la prodigalidad de los redactores de Estatuto, la ciudad se ha levantado con gran ruido de sables y capisayos como en una tragedia de Calderón.