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El camino equivocado (4)

Blog - El camino equivocado - Guillermo Ortega - Domingo, 4 de Diciembre de 2016
Cuarto capítulo de 'El camino equivocado', la inédita novela corta de Guillermo Ortega que, por entregas, te ofrecemos en una experiencia con pocos precedentes. La ilustración de este capítulo es de la gran artista María Bullón. Un relato que engancha.
María Bullón
En el tecer capítulo, conocimos con todo detalle las noches de Malasaña, sus bares incónicos, su fauna irrepetible; músicos y cantantes de una movida ya mítica y que nuestro protagonista vivió con su banda de amigos.

Las andanzas de nuestro protagonista le llevó, en el segundo capítulo a toparse con Almodóvar y a profundizar con sus entrañable grupo de amigos, en aquel Madrid de mediados de los ochenta.

Pero los verdaderos acontecimientos eran los conciertos. Porque la música, en vivo, era algo más que música. Había una especie de liturgia detrás que se seguía casi siempre de la misma forma. Esos nervios las horas previas a ver en persona a un ídolo, esas copillas de calentamiento para afrontar el bolo con el obligatorio punto de entusiasmo, esa sensación de que la magia se ha apoderado de todo cuando suenan los primeros acordes, esos codos en ángulo recto para ganar sitio hasta las primeras filas, ese mantenerlos así para que nadie arrebatara la tan batallada posición... Definitivamente, un día de concierto era un día grande.

Juntos, Cana, Puchón y yo vimos algunos memorables. Inolvidable fue el de Johnny Thunders, un yonqui irrepetible que se hizo perdonar tras un arranque patético. El hombre se presentó en formato de cuarteto: él como cantante y guitarra solista, un guitarrista, un bajista y un baterista. En un momento dado, al ex New York Dolls le dio por lo acústico y, a la tercera canción en ese plan, el público empezó a amuermarse. Vacilón por naturaleza, Thunders preguntó entonces si querían otro tema acústico o preferían volver a la electricidad. La respuesta, que llegó en forma de grito unánime, era obvia. Quien conociera al interfecto, debió prever también su reacción: “¿Queréis una eléctrica? Pues otra acústica”, dijo. Y ante el tremendo abucheo del despechado personal, el tipo optó por largarse. 

Pero el escenario no quedó vacío. Siguieron allí sus compinches, que en realidad, limitados por su condición de base rítmica, bien poco podían hacer. Debió ser que el líder les ordenó que esperaran, así que los muchachos, que a veces se miraban desconcertados, estuvieron sus buenos diez minutos improvisando, manteniendo al personal medianamente entretenido, pero sin poder evitar que los primeros murmullos de insatisfacción se convirtieran al cabo de bien poco en rugidos, insultos y otras numerosas demostraciones de desagrado.

Cuando ya se intuía un motín a la vuelta de la esquina, Johnny Thunders volvió. Hecho una furia, se lió a dar guitarrazos, empalmó seis o siete de sus mejores temas, regaló decenas de poses y derrochó rock and roll en estado puro. Alguien, puede que él mismo, dijo que para hacer rock and roll hacía falta tocar un mínimo y tener sangre en las venas. Y otro, o quizás él mismo también, incidió en lo mismo afirmando que el rockero debía ser cien por cien actitud “y porque más no se puede, por definición”. 

Es de suponer que el tal Thunders, en ese intervalo en el camerino, se debió meter entre pecho y espalda (bueno, es una manera de hablar, como podría haber dicho en las venas) algo bien sabroso, pero el caso es que cuando salió de nuevo, se comió literalmente el escenario y dejó a todo el mundo con la boca tan abierta como un buzón de correos. Fue una auténtica pasada. Recuerdo haberme pasado el resto de la noche cantando a gritos en las calles con Puchón el 'Born to lose' y el 'Chinese rocks'  mientras rasgábamos al aire cuerdas de guitarra inexistentes, tan felices como despreocupados por el ruido que estuviéramos armando, bastante más ebrios de satisfacción que de whisky.

También fue extraordinario el de The Blasters, una banda que ni siquiera conocía y que me animé a ver sólo porque Cana se puso pesadísimo. “Que tienes que venir, tío, que no te vas a arrepentir, que te van a encantar”, insistía el hombre. Y yo, supongo que porque estaría tieso, inventaba sobre la marcha excusas, a cual más pobre, hasta que al final cedí. Y menos mal, porque todavía, haciendo un esfuerzo de imaginación, puedo retrotraerme a ese par de horas fantásticas en las que el grupo incendió la sala Astoria a base de un rock and roll tan puro como el agua que se bebe en el mismo manantial. 

A esos tipos embutidos en cuero negro no les hacían falta adornos ni fuegos artificiales. Sus guitarras afiladas, su prodigioso sonido y su autenticidad fueron las únicas armas que necesitaron para arrasar. Por entonces, recuerdo, el rasgo que más valorábamos en un artista para darle nuestro visto bueno era ese: su autenticidad. Supongo que influía el hecho de que devorábamos publicaciones como Ruta 66, que machacaba mucho sobre ese particular. The Blasters, de eso no me cupo ninguna duda, eran Auténticos. Y la A no es una errata. De hecho, no pongo la palabra entera en mayúscula por el qué dirán. Aún a día de hoy, se me ocurren pocos conciertos en los que haya disfrutado y aprendido tanto.

En todo caso, los únicos que aspirarían a quitarle el trono serían James Brown, Neil Young y The Kinks. Por culpa de James Brown, o gracias a él, perdí el último metro desde la Casa de Campo hacia el centro; preferí patear luego casi tres horas porque ese hombre y su prodigiosa banda me estaban conduciendo al éxtasis, y eso no ocurre muy a menudo.  Neil Young  era un huracán ahí arriba, una fiera que agarraba la guitarra como a un tronco y que se lanzaba a un baile frenético y arrítmico (después supe que el hombre arrastraba ciertas dificultades para esos menesteres desde que tuvo la poliomelitis) secundado por un grupo impecable y amparado por un volumen brutal que para sí habrían querido las cientos de bandas de heavy patatero de aquel entonces. Y The Kinks, más que por cómo lo hicieron, me encandilaron por lo que tenían entre manos: un cancionero de auténtico ensueño, la envidia de cualquier creador de música.

No todas las actuaciones que vimos fueron perfectas, claro. Y entre las menos afortunadas tengo que incluir por fuerza la de unos sosainas que respondían al nombre de La dama se esconde. Que ya el nombre me debería haber echado para atrás, pero en fin, yo qué sé, el caso es que elegí voluntariamente ir a verlos. Como dijo aquel torero: una mala tarde la tiene cualquiera. Me equivoqué, qué se le va a hacer.

Si te has perdido alguno de los dos capítulos anteriores o quieres volver a disfrutarlos:

El camino equivocdo (1)

El camino equivocado (2)

El camino equivocado (3)

El próximo domingo 11 de diciembre, capítulo 5

 

Guillermo Ortega Lupiáñez (Algeciras, 1966) es licenciado en Periodismo. Empezó a trabajar en 1990 en el desaparecido Diario 16 y después pasó a Europa Sur y Granada Hoy. También lo hizo durante un breve periodo en la Ser y colaboró en El Mundo, Ideal y ABC. Durante algo más de un año fue columnista en Granadaimedia. Ha sido encargado de prensa en los grupos municipales de UPyD y Ciudadanos en Granada y ahora trabaja en prensa del PP. Ha publicado cuatro libros: Cuentos de Rock (2008), Los Cadáveres Exquisitos (2012), Horas Contadas (2014) y La vida sí que es una pelea (2016).