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En busca del hedonismo perdido

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 19 de Agosto de 2018
'El jardín de las delicias' (hacia 1490-1500) El Bosco.
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'El jardín de las delicias' (hacia 1490-1500) El Bosco.

                       La alegría y perfume de mi vida es la memoria de esas horas

                       en que encontré y retuve el placer como lo deseaba.

                       Alegría y perfume de mi vida para mí, que detesté

                       cualquier goce de amores rutinarios.

                                                             C. P. Cavafis, placer.

Friedrich Nietzsche, destructor de mitos de esa modernidad, de la que tan orgullosa emerge la sociedad occidental, insistía en que la filosofía tiene una tarea principal, titánica, pero a la que no podemos renunciar si algún día queremos emerger de la ruina de un nihilismo que nos acecha, perjudicar la necedad, y pocas necedades más grandes encontramos hoy día que la banalidad con la que buscamos el placer y la felicidad, mezclándolos en una algarabía sin sentido, sin saber disfrutar de las delicias de nuestra natural corporalidad, atrapados entre dos extremos; un nuevo puritanismo enganchado a falaces banderas, ya sean aparentemente progresistas, o claramente retrogradas, y un desenfreno sin control, que aúna un equívoco sentido del placer, vacío y estúpido, con una confusa noción de lo que es la felicidad. No es de extrañar que hayamos perdido el foco de un sano hedonismo, que ahora, más que nunca, tan lejos parece encontrarse de nuestro alcance, en lo colectivo, y en lo individual.

Nuestra época parece haber renunciado a la felicidad, no por el miedo a fracasar en su búsqueda, sino por temor a encontrarla

Nuestra época parece haber renunciado a la felicidad, no por el miedo a fracasar en su búsqueda, sino por temor a encontrarla. No sabríamos qué hacer con nuestra vida si así sucediera, como todos esos deseos que tanto anhelamos, por los que tanto suspiramos aparentemente, pero por los cuales no hacemos nada por conseguirlos, no fuera que por una de esas cosas curiosas que tiene la vida los lográramos, y la estupefacción de vernos felices tan de repente, se hiciera un hueco en esa pesadumbre que llamamos rutina.

Hoy día la posibilidad de ser felices nos parece una utopía, atrapados entre las ruinas de los dogmatismos absolutistas de las fervorosas jerarquías eclesiásticas, temerosas de perder privilegios y control,  y el empuje de unas ciencias, que parecen haber heredado de su contraparte religiosa un deseo de control exhaustivo de todo aquello que llamamos realidad, donde lo cuantitativo se impone a lo cualitativo, todo ello aderezado por una sociedad donde el mercado nos dice qué necesitamos para ser felices y cómo encontrar el placer prometido que llene ese vacío existencial, y esa falta de sentido que nos impone la paranoia de una civilización al borde del colapso, por incompetencia social y por ausencia de líderes comprometidos con algo más que ganar las siguientes elecciones, a cualquier precio, o coparticipes de paranoias neofascistas, adaptadas al líquido siglo XXI.

La rutina no es sino la máscara de una hipocresía que nos atrapa en roles estáticos, que nos adjudican, y que no nos creemos, pero los vestimos con desgana o con insípido entusiasmo. Una muestra más de nuestra  incapacidad manifiesta por aprender y regocijarnos con naturalidad con los mil y uno pequeños placeres que se encuentran a nuestro alcance, y a los que despreciamos, o banalizamos, sustituyéndolos por placebos insípidos, que cuestan mucho más, pero valen mucho menos. Es esa confusión la que nos lleva a enredar las cosas. El placer, atesorar momentos felices que perfumen y alegren nuestras vidas, como nos dicen esos bellos versos del poeta griego Cavafis, no tiene que ver con un descontrol superficial, como el de esas estúpidas despedidas de soltero o soltera que inunda nuestras ciudades, donde se confunde celebrar lo que supone un momento feliz, un compromiso entre dos personas que se quieren, con un desenfreno del ridículo, como si casarse fuera a suponer más una cárcel que una liberación, y se enfrentaran a ello perdiendo la dignidad. Personas aparentemente formadas, con educación y cultura, es un suponer, ejemplifican en ese doctorado de la indignidad en la que convierten su celebración, la confusión entre un placer superficial, y una felicidad que nunca alcanzarán, porque no parecen entender lo que en verdad significa. Deberían aprender de las palabras del padre de la filosofía hedonista; la excesiva quietud es desidia y la exagerada actividad es locura.

Personas aparentemente formadas, con educación y cultura, es un suponer, ejemplifican en ese doctorado de la indignidad en la que convierten su celebración, la confusión entre un placer superficial, y una felicidad que nunca alcanzarán, porque no parecen entender lo que en verdad significa

El ser humano moderno necesita una metafísica del regocijo, acostumbrados a estar ocupados con las nimiedades que llamamos esenciales en la vida, como la cantidad de dinero que acumulamos para gastar en cosas que ya tenemos, pero son más nuevas o tienen algún funcionalidad más, que tampoco necesitamos, pero que nos permiten presumir mucho, olvidamos el regocijo que debería producirnos seguir vivos un instante más, tan solo eso, rodeados de amigos, cada mañana la amistad recorre la tierra para despertar a los hombres, de modo que puedan hacerse felices mutuamente, decía Epicuro. Se nos ha olvidado disfrutar con mesura, pero con pasión, de la realidad material de la somos parte, sí, material, no espiritual, algo que durante milenios la represión de las religiones monoteístas se ha ocupado de ocultar. No hay mayor espiritualidad que ser plenamente conscientes de nuestra carnalidad, de la que proceden pasiones, deseos, voluntad, alegrías y tristezas, en resumidas cuentas, aquello que llamamos vida, y aquello para lo que estamos hechos. Sin embargo, confundimos perder el control de nuestros apetitos naturales con el placer, cuando es el control, la plena voluntad de saber cuándo y cómo disfrutar del sexo, de la compañía de otra persona, de la comida, de la bebida, de la naturaleza, de la amistad, de la conversación, del silencio cómplice, e incluso de la soledad, de desterrar el ensordecedor ruido de ambiciones que absorben toda nuestros sentidos, todo nuestro tiempo, lo que nos enseña el camino a la felicidad, a un placer que nunca es culpable, desanclado de cualquier atadura espiritual,  y que nos ata al único mundo que vamos a conocer, al que pertenecemos,  el único que merece la pena conocer, el aquí y ahora de nuestra carnalidad. Somos carne, decía Nietzsche, somos voluntad, decía Schopenhauer, somos deseo, decía Spinoza, la felicidad, encaminada por un buen uso del placer , se logra si somos capaces de controlar con nuestra voluntad los deseos naturales de nuestra carnalidad, en un uso libre, individual o compartido, sin cadenas, sin imposiciones, o así debiera ser.

El hedonismo, el placer y la felicidad consustancial a una vida plena, acorde con nuestra naturaleza, que buscamos para nuestro futuro, que dilapidamos en el presente, es fácil encontrarlo en el pasado, si respetamos la sencilla clasificación epicúrea de los deseos; en lo alto de la pirámide los placeres naturales y necesarios, que garantizan la vida: disponer de comida, de bebida, tener un techo donde dormir, y una manta para abrigarnos cuando tengamos frio

El hedonismo, el placer y la felicidad consustancial a una vida plena, acorde con nuestra naturaleza, que buscamos para nuestro futuro, que dilapidamos en el presente, es fácil encontrarlo en el pasado, si respetamos la sencilla clasificación epicúrea de los deseos; en lo alto de la pirámide los placeres naturales y necesarios, que garantizan la vida: disponer de comida, de bebida, tener un techo donde dormir, y una manta para abrigarnos cuando tengamos frio. A partir de esos mínimos, jugar con pequeños aderezos, que nos permitan disfrutar de una comida con más o menos picante, o una bebida que nos divierta más, o un techo un poco más cómodo, llevar eso al lujo y el despilfarro, es un inútil ejercicio que ni va a hacernos más felices, ni va a producirnos más placer. Ser conscientes que hay placeres naturales, pero que no son necesarios, si agradables, pero es su falta de necesidad, la que debería llevarnos a no perseguir ese más y más absurdo, que nunca nos va a llenar, porque es un abismo imposible de rellenar, aunque todos los océanos de deseos cubrieran nuestros apetitos. Honremos lo bello y la virtud, y todo lo semejante, si no adiós, y hasta más ver, insiste Epicuro. Si nos destruimos buscando esos placeres, que no son imprescindibles ni necesarios, qué sentido tiene.

Una tercera categoría de deseos aparece, y es una necedad no comprender lo absurdos que son, y su prevalencia en nuestra sociedad,  en una  búsqueda banal del placer y la felicidad; los deseos no naturales y no necesarios;  Tener el último modelo de móvil, tener un coche de lujo, comer en el restaurante más caro, pero más insípido, obsesionarnos por tener miles de amistades en las redes sociales, por presumir de nuestra falsa popularidad, o todas esas cosas que ansiamos, no porque realmente las necesitemos o las queramos por nosotros mismos, sino porque el placer lo encontramos en la envidia o admiración que esperamos despertar en los demás.

La amistad lo es todo, la amistad con aquellos que te rodean y son tu familia, tu hermandad, sean de sangre o no, y que nos esperan cada nuevo amanecer para disfrutar de esos placeres que ni cuestan dinero ni producen servidumbres, libres, y qué decir de nuestra carnalidad, del sexo, tan mal entendido, tan vilipendiado, tan ocultado, tan aterrador para las religiones, Epicuro vuelve a darnos una regla bien sencilla;  Si te complaces en los placeres de Venus, y no violas las leyes ni las buenas costumbres, y no dañas a tu cuerpo adelgazándote, y no te arruinas, haz lo que te dé la gana. Básicamente, nos viene a decir, a quién le importa lo que hagas, y con quién lo hagas, siempre y cuando sea un ejercicio de libertad y placer con(sentido).

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”