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La brújula moral: El placer como utilidad moral I

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 14 de Agosto de 2016
Guernica, de Picasso.
IndeGranada
Guernica, de Picasso.

               ​'El placer reconocemos como bien primero, connatural a nosotros. De él partimos para todo lo   que elegimos o rechazamos y a él llegamos'. Epicuro (341-270 a.C.)

Agotadas las neuronas, una calurosa tarde de verano, pensando en que tema podría ser interesante tratar en un próximo artículo, tenía de fondo una de esas tertulias, no recuerdo si política o del corazón, no parece haber mucha diferencia estos días, cuando oí que uno de los tertulianos espetaba a otro que sus planteamientos eran inmorales. Todo su argumento parecía reducido a eso. Y en esas que, al escuchar tal contundencia argumental, todos mis adormecidos sentidos se espabilaron de repente, a pesar de los cuarenta grados a la sombra, y pensé, ¿por qué no aprovechar para intentar escribir algunos textos que nos ayudaran un poco a clarificar y reflexionar sobre de qué hablamos cuando hablamos de moral o de ética? ¿No es acaso la lectura más adecuada para disfrutar del sol en la playa? Eso sí, acompañados por una cerveza o refresco, mientras se pasea tu mirada indulgente o irritada sobre el resto de la humanidad que comparte esa pequeña parte del paraíso contigo. Pocos lugares son tan adecuados como laboratorio de investigación moral, donde se da la convivencia con tan curiosos especímenes como somos los seres humanos, especialmente si es una playa atestada.

 Al igual que en la acalorada tertulia, en más de una ocasión al vernos enzarzados en una discusión, si la cosa se torna intensa, o en un debate, si apaciguamos nuestra natural tendencia a tener siempre razón, utilizamos con vigor la carta mágica. Empleamos la palabra moral o la palabra ética y la arrojamos sobre la cabeza de nuestro adversario con la fiereza del que piensa que al introducir esa palabra ya tenemos todo el terreno ganado. ¿Cuántas veces hemos escuchado eso de puede ser legal pero no moral? O que tal comportamiento carece de ética, o que cierta persona, a la que queremos descalificar, es una persona inmoral. 

Avisado el lector está, cada vez que vea que en el titulo aparece el encabezado de La brújula moral, acompañado de alguna otra frase o el nombre de un autor, nos adentraremos en el farragoso mundo de la ética y de la moralidad. Iremos intentando arrojar un poco de luz sobre algunas de las principales corrientes éticas y algunas de las premisas de los más destacados moralistas, que espero nos ayuden a algo más que a emplear esos términos en un debate o en una discusión con el objetivo de desarbolar al adversario. Idealmente nos servirá para reflexionar sobre nuestro propio comportamiento y sobre nuestros propios valores y el de nuestra sociedad. Y menos idealmente, qué diablos, ¡que nos sirva para desarbolar argumentalmente a aquellos que se han atrevido a quitarnos nuestro puesto en primera línea de playa!

Empezaremos por clarificar qué es Moral y qué es Ética, que a pesar de emplear ambos términos como si fueran sinónimos, no significan lo mismo. Más adelante hablaremos de una de las principales corrientes morales que más han influenciado a la sociedad y a la política de nuestro tiempo, el utilitarismo, que como veremos, no es algo homogéneo, sino que tiene a su vez interesantes matices que complican, y enriquecen nuestras reflexiones éticas.

Por ética entendemos aquella disciplina filosófica que se dedica a reflexionar sobre lo moral. Utilizando el rigor conceptual y la argumentación racional pretende ayudarnos a comprender los comportamientos de las personas en su ámbito moral, sin reducirlos a explicaciones meramente psicológicas, sociológicas, económicas, etc. Lo que no quiere decir que se ignoren en las argumentaciones las aportaciones que procedan de esos campos. La Ética es normativa, es decir, pretende ser una guía para las acciones de los seres humanos. La Moral, también es una guía para las conductas humanas, pero centrándose en proponer medidas concretas ante casos concretos. la Ética, al contrario, actúa a nivel general, examinando racionalmente las diferentes propuestas morales, pretendiendo dar argumentos que nos ayuden a inclinarnos por una u otra Moral. Si por ejemplo nos pidieran que diéramos un juicio ético sobre la legitimidad de una guerra en concreto, o sobre el aborto, en realidad nos estarían pidiendo un juicio moral. Es decir, una opinión meditada sobre la bondad o maldad de las intenciones y consecuencias de un acto. Un juicio moral siempre se hará desde una concepción moral determinada. Por tanto, lo justo sería explicitar qué tipo de moral seguimos cuando aplicamos ese juicio moral. No hay una moral, hay diferentes tipos de moral que siguen planteamientos muy distintos, a veces complementarios, a veces totalmente contradictorios.

Veamos ahora una de las corrientes morales que más han influido en nuestra sociedad, el llamado Utilitarismo. En este primer texto hablaremos de su principal fundador Jeremy Bentham, y en el siguiente nos centraremos en los importantes cambios que en su planteamiento introduce, haciéndolo más sofisticado y más inmune a las críticas, su discípulo John Stuart Mill.

Bentham (1748-1832), filósofo inglés, pensaba que la historia de la ética era la historia de un error, al centrarse en los conceptos de bondad y maldad, que le resultaban vacíos en su abstracción. No fue el primero, ni evidentemente sería el último en recurrir al binomio placer/dolor como guía para nuestro comportamiento moral y como brújula para distinguir el bien y el mal. Como principal antecesor se encuentran los planteamientos de Epicuro, en la antigua Grecia, aunque había matices diferentes entre ambos planteamientos, más allá de los lógicos tras haber pasado la civilización europea por el rígido yugo de la moral católica y protestante durante siglos. En Bentham se encuentra un componente social, y de igualdad y justicia que se encuentra alejado del planteamiento mucho más individualista del filósofo griego. La clave se encontraba en el Principio de la Mayor Felicidad. De hecho, Bentham como reformador que era, pretendía que las leyes británicas se adecuaran a ese principio. La búsqueda de la mayor felicidad para el mayor número posible de personas. Ese debía ser el principio rector de la moral, y de las leyes que se adecuaran a ella. Pero ¿qué es la felicidad?, nuestro filósofo lo tenía claro, la felicidad es placer y ausencia de dolor. Así de sencillo, la naturaleza nos proporciona esa guía. Intentamos hacer unas cosas porque nos proporcionan placer, y evitamos hacer otras porque nos proporcionan dolor. Tan feliz, valga la redundancia, se encontraba este hombre de su descubrimiento, que pensaba que todo placer era medible cuantitativamente, y de hecho a su método para calcularlo lo llamó Felicific Calculus, que, aunque parezca un hechizo de Harry Potter, no lo es. Llega a dar cincuenta y ocho sinónimos de placer.  Las bases eran bien simples; primero valora el placer de una determinada actividad, luego cuánto durará, la intensidad y lo probable que sea que dé lugar a más placeres. A ese cálculo has de restarle el dolor que pudiera causarte tal actividad. Y lo que quede es el valor de esa actividad. La felicidad que te proporciona. Ese valor es lo que el pensador llamaba su utilidad, de ahí el nombre de utilitarismo, puesto que cuanto más placer cause una actividad, más felicidad causará, y más útil será para la sociedad en su conjunto, que es de lo que se trata. Por tanto, a la hora de escoger y valorar que actividades o actos realizar, haz el cálculo, y elige, sencillo ¿o no?

Y ahora que sabemos cómo medir nuestros actos, ¿hay algún tipo de placer de más calidad que otro? Pues no para Bentham, da igual mientras te produzca placer y por tanto te haga feliz. Vamos, que es lo mismo ir a un concierto de la Sinfónica de Viena, que, a un partido de tu equipo de fútbol favorito, mientras el cálculo sea favorable en la escala de placer producido.  La clave es el cálculo de las consecuencias, al contrario que con las éticas deontológicas, aquellas que parten de principios sin importar las consecuencias. Para Kant, cuya ética es un ejemplo de planteamiento deontológico, nunca se debía mentir, fuera cual fuera la circunstancia. Para el utilitarismo una mentira no es necesariamente algo bueno o malo, depende de las consecuencias y el contexto. Si obtenemos mayor felicidad, una vez calculada las posibilidades de tal acto, mentir es apropiado. Sin ir a ejemplos radicales, el pensador pensaba por ejemplo en un amigo que está muy contento con una compra que ha realizado, tan ilusionado que prefieres contarle una mentira piadosa y decirle que tiene razón, a decirle lo que en verdad piensas, que es una compra desastrosa.

Una de las aportaciones políticas más importantes del utilitarismo fue su planteamiento radical, resumido en las propias palabras de nuestro filósofo; “Cada uno cuenta por uno, nadie por más de uno”. Por tanto, la igualdad era el elemento preponderante a la hora del cálculo de acciones para conseguir una sociedad más feliz, más moral. Tanto vale la felicidad de un obrero como la de un aristócrata, algo muy radical para la época, al igual que el hecho de ser uno de los precursores en los derechos de los animales. En tanto que estos pueden sentir placer y dolor, también en su trato ha de calcularse nuestro comportamiento con ellos y procurar causar el menor dolor posible. Kant lo hubiera rechazado al no ser seres provistos de habla y razonamiento, pero para Bentham, lo más importante era su capacidad sintiente.

Es evidente, que el planteamiento del filósofo británico es problemático en muchos de sus aspectos, especialmente porque al no introducir elementos cualitativos a la hora de calcular el placer, y por tanto la felicidad, podríamos estar toda la vida enganchados a una maquina artificial encargada de producirnos estímulos placenteros que nos hicieran felices, y, ¿qué tipo de vida sería esa? No todo método para obtener placer es igualmente valido, tal y como afirmará su discípulo Stuart Mill, que refinará el utilitarismo y lo llevará a cotas que pondrán en valor lo mejor de esta corriente moral, su capacidad de reformismo social. De hecho, en su Deontology Bentham identifica implícitamente la mayor felicidad del individuo con la que ha de encontrarse en la búsqueda de la mayor felicidad para el numero más amplio posible de personas. Si hay contradicciones en la sociedad entre la felicidad de un individuo y el bienestar social de todos, es porque la sociedad no está bien organizada y hay que reformarla. ¿No es cierto?

 

 

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”