La arquitectura del deseo

Blog - La soportable levedad - Francis Fernández - Domingo, 11 de Marzo de 2018
Poker Night (from A Streetcar Named Desire) (1948), de Thomas Hart Benton.
http://curiator.com
Poker Night (from A Streetcar Named Desire) (1948), de Thomas Hart Benton.

'Yo soy un filósofo discípulo de Dioniso, preferiría ser un sátiro antes que un santo'. Prólogo a Ecce Homo, Friedrich Nietzsche.

'El destino tiene dos maneras de herirnos: negándose a nuestros deseos y cumpliéndolos'. Henri-Frédéric Amiel.

'Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la vida, la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan más'. Ernesto Sábato.

Si lo que predomina en las estanterías de recuerdos almacenados de nuestra vida es la mala literatura, no se debe tanto a la falta de talento, como a la falta de estilo a la hora de abordar la realidad de nuestros deseos. Poderosa es la imaginación sobre la que dibujamos los planos que erigen la arquitectura de nuestros deseos, frágil es la voluntad de acción sobre las que los cimentamos. El miedo al cuerpo, el peso de las supersticiones que enlodan nuestra fértil imaginación, los “qué dirán” que nos amenazan desde el muro de mediocridad con el que las sociedades biempensantes frenan el gozo, nos encadenan, y preferimos la gris comodidad de una vida plana a la incómoda verdad de una vida más plena,  negándonos en nuestro adocenado camino vislumbrar la belleza de aquello que (deberíamos) ser.

Durante milenios numerosos filósofos, sacerdotes, profetas, e hipócritas anacoretas, incapaces de aceptar la carne en la que vivimos, han postulado anegar la pasión, el deseo, enterrarlo en las alcantarillas del subconsciente. Han preferido rendirse al temor, que aprender a vivir, y para ello, nos han endulzado su amarga medicina con cuentos sobrenaturales de otra oportunidad, libres de la supuesta dictadura de la carne

El deseo, esa fuerza pasional, a veces tan ofuscada como un niño al que arrebataron su juguete preferido, a veces tan clarividente como una epifanía, que nos invade cada vez que cerramos los ojos y suspiramos. Se podría decir que si los suspiros alimentaran nuestra voluntad, no habría deseo que no estuviera a nuestro alcance. Deseamos lo particular y lo general, deseamos una vida mejor y un mundo mejor, en el mejor de los casos, en el peor, si nos dieran una cerilla incendiaríamos el universo, tan solo para verlo arder en la misma hoguera que nuestros frustrados deseos. Deseamos lo mejor o lo peor, invadidos por la pasión, guiada por el amor o por el odio. Incluso la razón, en ocasiones, tiene voz en el asunto, como una hermana mayor acomplejada por su falta de autoridad. Durante milenios numerosos filósofos, sacerdotes, profetas, e hipócritas anacoretas, incapaces de aceptar la carne en la que vivimos, han postulado anegar la pasión, el deseo, enterrarlo en las alcantarillas del subconsciente. Nos han hablado de las virtudes del ascetismo, de encontrar la redención en la renuncia. Han preferido rendirse al temor, que aprender a vivir, y para ello, nos han endulzado su amarga medicina con cuentos sobrenaturales de otra oportunidad, libres de la supuesta dictadura de la carne.

El deseo, semánticamente, podríamos definirlo como “ese impulso que, más allá de la necesidad en cuanto tal, nos conduce, o traslada a una realidad que nos representamos como una fuente posible de satisfacción”. Lo que caracteriza al deseo es la autoconciencia, la conciencia de sí mismo, un impulso que ya no se oculta en los lodos de la conciencia. El subconsciente encarnado. Para Paul Ricoeur, el maestro francés de la hermenéutica, “el deseo es esta especie de impulso espiritual que del cuerpo asciende al querer, y que impide que el querer sea poco eficaz, aguijoneándolo de antemano”. Es, por así decirlo, la gasolina que alimenta el motor de nuestra voluntad, de nuestro querer; para ser, para vivir, para existir.  

Spinoza se preguntaba  en su Ética si el deseo no sería la fuerza vital que definía la esencia de lo que significa ser humano, “el deseo es el apetito con conciencia de sí mismo. Es la esencia misma del hombre es cuanto es concebida como determinada a hacer alguna cosa por una afección cualquiera dada en ella”. Con su claridad geométrica el filósofo holandés, como tantos otros pensadores perseguido por los poderes reaccionarios de su tiempo, excomulgado y acosado, definió qué eran esas afecciones que nos definían; maneras en las que somos afectados, tanto por las imágenes que evocamos desde nuestro pasado, como por aquellas que anhelamos o tememos de nuestro futuro, y que  se dejan acompañar por la alegría o la tristeza con la misma intensidad que si estuvieran presentes en este momento. Con lucidez, nos avisa  del destructivo poder de los celos que emponzoñan cualquier deseo “si alguien imagina que la cosa amada se une a otro con el mismo vinculo, o con uno más estrecho, que aquel por el que solo él la poseía, será afectado de odio hacia la cosa amada, y de envidia hacia este otro”. Y por tanto, si la voluntad del amor ha de prevalecer sobre el odio, ésta ha de ejercer mayor presión, su fuerza vital más focalizada pues “un afecto solo puede ser reprimido y suprimido por otro afecto contrario y más fuerte que el que ha de ser reprimido”.

Sí, en los deseos, el amor puede triunfar, la generosidad puede prevalecer, sobre el odio y la devastadora pasión que desea triunfar a cualquier precio, incluso al de destruir lo antaño amado, pero para ello no basta la razón, su guía, debemos encontrar la fuerza de voluntad en la propia pasión, generosa, abierta, comprensiva, respetuosa a los deseos ajenos, a sus propios espacios de libertad, por muy forasteros que resulten a los nuestros

Sí, en los deseos, el amor puede triunfar, la generosidad puede prevalecer, sobre el odio y la devastadora pasión que desea triunfar a cualquier precio, incluso al de destruir lo antaño amado, pero para ello no basta la razón, su guía, debemos encontrar la fuerza de voluntad en la propia pasión, generosa, abierta, comprensiva, respetuosa a los deseos ajenos, a sus propios espacios de libertad, por muy forasteros que resulten a los nuestros.

En esta laberíntica búsqueda de la arquitectura del deseo, no podemos olvidar a Friedrich Nietzsche, filósofo del cuerpo, que evocando parte del análisis hegeliano en la fenomenología del espíritu nos dice “en último término lo que amamos es nuestro deseo, no aquello que deseamos”. Quizá porque lo único que nos pertenece realmente es la frágil imagen de lo que anhelamos, construida más por nuestros sueños. Quizá porque tenemos miedo que el deseo tenga más que ver con aquello que nosotros incorporamos, que con su referencia real, o quizá simplemente somos demasiado egoístas para amar algo tan ajeno a nosotros mismos. El pensador alemán propone aceptar que somos cuerpo, somos carne; mi cuerpo soy yo, soy un cuerpo hermoso, y es, a través de ese cuerpo donde expresamos nuestra voluntad de poder. Podemos superar las limitaciones del hombre, o la mujer, encadenados a la banal cotidianidad que se nos impone, que nos limita. En nuestras manos está ser un héroe, ser una heroína,  convertirnos en superhombre o en supermujer, que no es sino ir más allá del costumbrismo amargo que pretende convertir lo que es veneno en medicina. Aceptar la verdad de la carne, aceptar que cada momento es único, y que debemos vivirlo como si siempre deseáramos vivirlo de nuevo, ese es el eterno retorno, que debería guiar nuestras acciones. Pitágoras de Samos, seiscientos años antes de nuestra era, proclamaba que el hombre es mortal por sus temores, pero inmortal por sus deseos.

El deseo es fuego que alimenta la hoguera que calienta nuestras vidas, pero por mucho que a veces hayamos de quemarnos, también hemos de utilizar la sabiduría de la razón en dialéctica lucha con la pasión, para guiarnos adecuadamente, para calentarnos y no arder hasta convertirnos en cenizas

El deseo es fuego que alimenta la hoguera que calienta nuestras vidas, pero por mucho que a veces hayamos de quemarnos, también hemos de utilizar la sabiduría de la razón en dialéctica lucha con la pasión, para guiarnos adecuadamente, para calentarnos y no arder hasta convertirnos en cenizas, pues el deseo encierra un hambre que nunca puede ser saciada, cada vez que un deseo se muere, sus cenizas alimentan al siguiente. Un deseo encadena la necesidad de otro, más poderoso, más vigoroso, que nos permite olvidarnos del anterior, pero ese hambre, ese vacío, sigue ahí. Ceder ante la tentación de deseos imposibles es una enfermedad de la inteligencia, en las palabras de uno de los míticos siete sabios de la Grecia preclásica, Bías de Pirene.

Hay deseos que se consumen y arden en la luz de nuestras pasiones, otros se pierden para siempre en los abismos de nuestros corazones, pero algunos escapan al destino del recuerdo o del olvido, se mueven en las sombras, ni plenamente vivos, ni plenamente muertos, siempre acechando en el crepúsculo de nuestros sueños, esos son los deseos que realmente nos inquietan, quién sabe, quizá los únicos que merezcan la pena, y no esos deseos que se alimentan del tedio, que nos impulsan actuar una y otra vez con más hastío que fuego, como un actor descreído de su papel. Ese es el juego de la vida en el que irremediablemente hemos de enredarnos, el amor buscando reconocimiento, el deseo ansiando saciar su hambre infinita, alimentados ambos por la pasión. ¿Y la razón? Tan sólo el faro que el amor, el deseo y la pasión necesitan, si no quieren perderse en el mar de la sinrazón, asumiendo ser copiloto de nuestro cuerpo, que, queramos o no, conduce la pasión que motivan los deseos.

 

 

 

 

Nací en Córdoba, hace ya alguna que otra década, esa antigua ciudad cuna de algún que otro filósofo recordado por combinar enseñanzas estoicas con el interés por los asuntos públicos. Quién sabe si su recuerdo influiría en las decisiones que terminarían por acotar mi libre albedrío. Compromiso por las causas públicas que consideré justas mezclado con un sano estoicismo, alimentado por la eterna sonrisa de la duda. Córdoba, esa ciudad donde aún resuenan los ecos de ése crisol de ortodoxia y heterodoxia que forjaría su carácter a lo largo de los siglos. Tras itinerar por diferentes tierras terminé por aposentarme en Granada, ciudad hermana en ese curioso mestizaje cultural e histórico. Granada, donde emprendería mis estudios de filosofía y aprendería que el filosofar no es tan sólo una vocación o un modo de ganarse la vida, sino la pérdida de una inocencia que nunca te será devuelta. Después de comprender que no terminaba de estar hecho para lo académico completé mis estudios con un Master de gestión cultural, comprendiendo que si las circunstancias me lo permitirían podría combinar el criticado sueño sofista de ganarme la vida filosofando, a la vez que disfrutando del placer de trabajar en algo que no sólo me resultaba placentero, sino que esperaba que se lo resultase a los demás, eso que llamamos cultura. Y ahí sigo en ese empeño, con mis altos y mis bajos, a la vez que intento cumplir otro sueño, y dedico las horas a trabajar en un pequeño libro de aforismos que nunca termina de estar listo. Pero ¿acaso no es lo maravilloso de filosofar o de vivir? Tal y como nos señala Louis Althusser en su atormentado libro de memorias “Incluso si la historia debe acabar. Si, el porvenir es largo.”