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Andaluz de adopción

Blog - El ojo distraído - Jesús Toral - Viernes, 26 de Octubre de 2018
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Verán ustedes: uno no decide el lugar en el que quiere nacer, al menos conscientemente, así que viene al mundo en el sitio que le toca; otra cosa es el territorio que elija cada uno para vivir, en función del trabajo, la familia o los gustos personales.

Mi llanto se escuchó por primera vez en Euskadi porque mi padre ubetense y mi madre otiveña se conocieron allí, después de haber dejado Jaén y Granada para hallar un futuro mejor. Así que soy vasco de nacimiento y podría hacer una larga lista de las cualidades y atributos de la gente de esta tierra.

Lo que sí me preocupa más es ese dedo incriminatorio que eternamente nos apunta como culpables de los males endémicos de este país. Ese, que es nuestro vecino, del mismo Estado, madrileño, catalán, vasco o gallego y que da por hecho que los andaluces somos vagos, que cobramos todos el PER, o el PFEA, que vivimos de las subvenciones, que trabajamos sin cotizar a la Seguridad Social, que somos los que más recibimos y los que menos damos, que estamos siempre preparados para una fiesta, que no hay dinero y los bares están llenos, que no sabemos hablar y que somos ignorantes y nos comemos las letras, entre otras muchas barbaridades absurdas

A los 27 años, harto de no encontrar trabajo de periodista allí, de que me pidieran carnés políticos para entrar en una redacción en condiciones, cogí mis bártulos y me fui a Madrid, un año antes de que tuviera la oportunidad de empezar como reportero de televisión en Granada. Fue el inicio de un largo recorrido que me ha llevado a vivir en Jaén, Almería, Cádiz, Sevilla y, por supuesto, Granada. Así que sé lo que digo cuando hablo de Andalucía, tanto que, permítanme considerarme también de esta tierra, un andaluz más.

No voy a entrar en las tonterías políticas que, en cada cita electoral, tenemos que aguantar los andaluces sobre si somos menos trabajadores, más fiesteros, si nuestros hijos son más tontos que los de Toledo o si hacen la siesta con dos almohadas. Es quién suelta esas estupideces el que se retrata y flaco favor, por cierto, le hace a los miembros de su partido en esta Comunidad.

Lo que sí me preocupa más es ese dedo incriminatorio que eternamente nos apunta como culpables de los males endémicos de este país. Ese, que es nuestro vecino, del mismo Estado, madrileño, catalán, vasco o gallego y que da por hecho que los andaluces somos vagos, que cobramos todos el PER, o el PFEA, que vivimos de las subvenciones, que trabajamos sin cotizar a la Seguridad Social, que somos los que más recibimos y los que menos damos, que estamos siempre preparados para una fiesta, que no hay dinero y los bares están llenos, que no sabemos hablar y que somos ignorantes y nos comemos las letras, entre otras muchas barbaridades absurdas.

Permítanme que les diga a todos ellos que no esa la Andalucía que yo conozco. Nos levantamos cada día a trabajar y, si no encontramos nada, nos lo inventamos. Recibimos sueldos más bajos por el mismo empleo y dedicamos más horas que nuestros compatriotas para cobrar lo mismo. Los agricultores tienen los rostros ajados y arrugados como la tierra de la que extraen sus productos, de sol a sol, festivos y no festivos, porque las plantas no entienden de descansos y comen y beben a diario, para que, después, los ingentes beneficios se los lleven las grandes superficies ubicadas fuera de aquí. Somos un territorio generoso, siempre abierto al visitante, dispuesto a agradar, a convertirse en el mejor lugar para descansar, para venir de vacaciones, para retirarse una vez que llega la jubilación y disfrutar de sueldos más abultados que nosotros, tanto es así que es en verano, cuando llegan los turistas, es el momento en el que menos tiempo libre tenemos. Hablamos con acento andaluz, que no es hablar mal sino hablar de otra forma, aceptada por la Real Academia de la Lengua; no utilizamos leísmos, como los madrileños, ni equivocamos la b y la v como los vascos, no colocamos el artículo antes del nombre propio, como los catalanes. Nos comemos las eses, como hacía Federico García Lorca o Antonio Machado o Pablo Picasso o, probablemente Séneca, pero solo al hablar, porque la forma oral del leguaje español lo permite igual que acepta todos los acentos de la piel de toro y de Hispanoamérica.

Sí, nos gusta la siesta, y los científicos reconocen que es necesaria y mejora el rendimiento, pero, por desgracia, la mayoría de los andaluces no tiene tiempo de hacerla. Y también nos gusta reír y ponerle al mal tiempo buena cara, porque estamos acostumbrados a las adversidades, a que se nos ningunee, a que se nos desprecie, a que se nos utilice como diversión para luego criticarnos por ello.

Permítanme que les diga a todos ellos que no esa la Andalucía que yo conozco. Nos levantamos cada día a trabajar y, si no encontramos nada, nos lo inventamos. Recibimos sueldos más bajos por el mismo empleo y dedicamos más horas que nuestros compatriotas para cobrar lo mismo

Estamos dotados para el arte, tenemos grandes bailaores, guitarristas, pintores, escultores, modistos, poetas y cantantes, pero también contamos con personalidades admiradas en todos los sectores de la sociedad: presentadores de televisión, científicos, médicos, arquitectos o ingenieros. Personas como Emilio Herrera, nacido en Granada y precursor del traje espacial que hoy en día usan los astronautas, o como Miguel Lorente, almeriense y uno de los forenses más reputados del país, y podemos presumir de arquitectos de la talla de Aníbal González, que diseñó la plaza de España de Sevilla y ayudó a convertir a la ciudad en una de las más visitadas del país.

Nuestro nivel cultural se forja en universidades como la pública de Sevilla y la de Granada, ambas consideradas históricas, por sus más de 500 años de antigüedad. La de la capital nazarí, además, es la cuarta en cuanto al número de alumnos, está entre las diez mejores del país y entre las 50 mejores del mundo en ingeniería informática, es el primer destino de Europa dentro del programa Erasmus y se sitúa en el primer puesto del Estado en los estudios de traducción e interpretación.

Estamos dotados para el arte, tenemos grandes bailaores, guitarristas, pintores, escultores, modistos, poetas y cantantes, pero también contamos con personalidades admiradas en todos los sectores de la sociedad: presentadores de televisión, científicos, médicos, arquitectos o ingenieros

La lista de cualidades de Andalucía y su gente sería interminable, pero para que no me acusen de falta de autocrítica también diré que tenemos un gran defecto: la infravaloración. Pensamos que no somos lo suficientemente buenos, nos falta seguridad y aplomo a la hora de defendernos y, por eso, a veces lo hacemos por medio de un ataque que no nos engrandece: criticando los errores de los demás territorios. Nos falta mirarnos al espejo sin complejos para decirnos que nos queremos, que nos gustamos tal y como somos, sin comparaciones con el resto. Y eso incluye valorar a los nuestros, ensalzar las virtudes, dejar de lamentarnos. Hasta que no nos queramos más seguiremos enfadándonos cuando nos digan que nuestros hijos están atrasados con respecto a los del resto del país o que no sabemos hablar.

La lista de cualidades de Andalucía y su gente sería interminable, pero para que no me acusen de falta de autocrítica también diré que tenemos un gran defecto: la infravaloración. Pensamos que no somos lo suficientemente buenos, nos falta seguridad y aplomo a la hora de defendernos y, por eso, a veces lo hacemos por medio de un ataque que no nos engrandece: criticando los errores de los demás territorios

Porque lo peor no es que, desde fuera, sin el conocimiento oportuno y con muchas ganas de enfrentar unos territorios con otros, nos digan que no valemos tanto como los demás; lo más grave es que yo mismo he escuchado a andaluces que empiezan repudiando ese tipo de críticas que llegan desde el exterior y acaban considerando que están fundamentadas, que hay verdad en ellas. Los mismos gerentes andaluces que viven en Madrid, a veces, son los que menosprecian a los trabajadores que se han formado en nuestra tierra, los propios empresarios de esta Comunidad son los que, en ocasiones, dan más valor a los masters que se han estudiado en Barcelona o en Valencia.

Y hay algo que está bien claro: si uno no es capaz de valorarse, nadie lo va a hacer por él. Lo dice un andaluz de adopción nacido en Euskadi, que ama a las dos tierras por igual y que se siente privilegiado de disfrutar de los valores de ambas.

             

           

           

Nací en Ordizia (Guipúzcoa) porque allí emigraron mis padres desde Andalucía y después de colaborar con periódicos, radios y agencias vascas, me marché a la aventura, a Madrid. Estuve vinculado a revistas de informática y economía antes de aceptar el reto de ser redactor de informativos de Telecinco Granada. Pasé por Tesis y La Odisea del voluntariado, en Canal 2 Andalucía, volví a la capital de la Alhambra para trabajar en Mira Televisión, antes de regresar a Canal Sur Televisión (Andalucía Directo, Tiene arreglo, La Mañana tiene arreglo y A Diario).