'Vida y muerte de Juan José Oliver Tello: periodista y poeta silenciado (I)'

La vida de Juan José Oliver Tello (1902-1936) fue plena y vibrante. Y también misteriosa. Sobre su existencia y su obra un manto de desconocimiento se extiende. Tanto es así, que hasta su familia ignora muchos de los actos y los hechos que jalonan su vida. Son muchas las sombras que aún se ciernen sobre su figura. Son muchos los interrogantes que aún ocultan quién fue realmente este hombre. En una época efervescente, como lo fue el principio del siglo XX, Juan José Oliver Tello tuvo una presencia notoria en los ambientes culturales de Granada y provincia, y asistió, participó y fue protagonista de los hechos infames que desencadenaron la fatídica Guerra Civil Española. Y de una manera involuntaria, víctima de unos acontecimientos que le sobrepasaban, se vio arrastrado, involucrado, envuelto, sin poderlo remediar, en la ola de violencia que se desató tras el golpe de Estado del 18 de julio del 36.
La vida de Juan José Oliver Tello llama mucho la atención porque fue periodista, editor, escritor y poeta
Pero la vida de Juan José Oliver Tello llama mucho la atención -porque fue periodista, editor, escritor y poeta- y hiere profundamente en el sentimiento -porque tiene un final injusto, cruel y triste (como tantos otros finales de personas inocentes que fueron víctimas de la represión en la Guerra Civil sin motivo aparente). Tan injusto, cruel y triste fue su final que su historia merece ser conocida y explicada, más allá de las lagunas que las certezas de su existencia puedan presentar. Quizá algunas de esas lagunas puedan ser despejadas al añadirse información desconocida -pero intuida- a la que esta investigación no ha podido acceder ni descubrir. Hacer pública esta historia, darla a conocer, es también un modo, una tentativa, de que las sombras que la sobrevuelan puedan despejarse y desvelarse, pues quizá alguien conozca alguna información que ni su familia ni esta investigación ha podido encontrar. ¿Y si por casualidad pueda haber alguien que lea este artículo y sepa algo que nos ayude a descifrar los misterios que ensombrecen su vida y su obra? Si esto pasara estaríamos eternamente agradecidos, pues es de agradecer toda la luz que pueda iluminar toda la oscuridad que nos circunda.
Por eso, para nosotros-as, que dedicamos mucho de nuestro tiempo y energía en iluminar las sombras de la ignorancia, resarcir la memoria de Juan José Oliver Tello se nos presenta como una obligación moral ineludible, pues es una memoria que se intentó borrar consciente e impunemente, sin ningún motivo concluyente, sin ninguna justificación coherente, de la faz de la tierra. Tanto su familia -que ha tenido que sufrir el peso de su olvido, el dolor de su ausencia y el estigma social durante tanto tiempo- como la sociedad democrática -para seguir avanzando hacia un ideal de justicia y civilización- lo necesita y lo merece. Por este motivo, resarcir la memoria de las personas ejecutadas injustamente y arrojadas a las fosas comunes del olvido se impone como un imperativo humanitario que debemos cumplir, por dignidad y por decencia: no puede haber paz y perdón, evolución democrática ni verdadera cohesión social si las heridas de la represión y la dictadura no quedan sanadas, si las ejecuciones ilegales de la guerra no se aclaran, si aún los muertos se van pudriendo lentamente en la indiferencia y el silencio.
No quedan rastros concisos del lugar donde fue ejecutado el 17 de septiembre de 1936 junto a otras seis personas
Juan José Oliver Tello murió fusilado el 17 de septiembre de 1936 junto a otras seis personas -tres mujeres y tres hombres, con sus nombres y apellidos, también conocidos, pero que no vamos a citar en este artículo- al pie de un gran árbol que había junto a una acequia a las afueras de Cúllar Vega, pasada la iglesia del pueblo. Hoy en día la acequia está cubierta, el árbol no existe y se ha urbanizado el lugar. No quedan rastros concisos del lugar donde fueron ejecutados pues la zona ha cambiado mucho.
Juan José Oliver Tello murió fusilado el 17 de septiembre de 1936, casi un mes después que Federico García Lorca, víctima de las purgas sistemáticas que llevaron a cabo, de forma muy conciente, grupos radicales fascistas que se dedicaron a perseguir, detener, encarcelar y ejecutar a toda persona que tuviera algo que ver con los ideales republicanos y, muchas veces, sin siquiera tenerlos. Solo por ser señalado por individuos que le guardaban rencor o, simplemente, envidia.
De madrugada se presentaron en su casa y llamaron a la puerta. El sonido de los golpes presagiaba terribles acontecimientos. Les abrió su suegra. "¿Qué quieren?". "Buscamos a Juan José, se tiene que venir con nosotros". "¿Por qué?". "Ya lo sabe. Venimos a llevárnoslo". Tras los pasos del padre, que avanzaba por el pasillo hacia la puerta, apareció su hijo Santiago, de cuatro años, que se había despertado.
"¿Dónde vas, papá?". "No te preocupes, ahora vuelvo". Años después, el propio Santiago -fallecido hace unos cuantos años ya- recordaba nítidamente el traje que vestía su padre esa noche cuando salió de su casa por última vez. Él era el mayor de tres hermanos. Los otros dos tenían dos años y faltaban dos meses para que naciera el tercero.
Todo esto lo cuenta de viva voz Juan José Oliver Yáñez, de 92 años, el único de los hermanos que todavía vive, el hijo que entonces tenía dos años, que ha crecido sin recuerdos reales de su padre, y que sigue luchando por dar digna sepultura a sus restos. "Hasta que no entierre el cuerpo de mi padre en un lugar digno. Hasta que no saque sus restos de esa fosa común no tengo pensado morirme. Aunque soy consciente de que ya me queda poco tiempo". Es contagiosa la energía que desprende este hombre que aún acude a su huerto cada mañana y recoge cada estación una cosecha nueva. Es complicado pensar que tenga la edad que tiene. Pudiera parecer que una fuerza sobrehumana se encarnara en él.
"Hasta que no entierre el cuerpo de mi padre en un lugar digno. Hasta que no saque sus restos de esa fosa común no tengo pensado morirme. Aunque soy consciente de que ya me queda poco tiempo"
Cuando sacaron de su casa a Juan José Oliver Tello, lo subieron a la parte trasera de una camioneta, en donde ya había varias personas, y se dirigieron a los juzgados de Alhendín, localidad donde residía. Allí estuvieron varias horas encarcelados, hasta que rayando el alba, los volvieron a montar en la camioneta y se dirigieron al lugar elegido para la ejecución. A las afueras de Cúllar Vega los fusilaron sin miramientos. Su delito y su condena: ser simpatizantes de la legalidad constitucional democrática de la República o, incluso, tener ideales de izquierda o, incluso, no tenerlos y ser solo víctimas de la vorágine que se había desatado. Sobre esta afirmación habría que presentar algunas dudas, pues todavía no está clara del todo que así fuera. Hasta donde llega nuestra investigación, Juan José no estaba afiliado ni militaba en ningún partido político. Hay que reconocer, como ya veremos más adelante -porque la historia se complica a partir de aquí- que en los artículos que escribía y publicaba en diversos periódicos y revistas -pues nuestro protagonista era, entre otras cosas, escritor-, como, por ejemplo El Defensor de Granada, su tendencia temática se enfocaba a la denuncia de la situación en la que vivían los ciudadanos más humildes de las zonas rurales, que eran explotados como mano de obra barata por los caciques y terratenientes poseedores de las tierras y los medios de producción. Pero la línea argumental de estos artículos no era radical ni revolucionaria, sino más bien lógica y de sentido común: luchar por la dignidad y el trabajo de los más desposeídos y necesitados. Según se deduce de sus escritos su tendencia ideológica se circunscribe a lo que hoy sería una democracia cristiana (hay muchos escritos religiosos), liberal (sus textos tienden al progresismo) y republicana (se deduce de sus colaboraciones): prepondera una idea de justicia social en donde los más humildes tuvieran la posibilidad de mejorar sus vidas e intentar salir de la miseria. Cabe recordar en este punto que la tasa de analfabetismo en esa época en las zonas rurales del sur de España rondaba el 60%. A nadie le sorprenderá que una de las misiones de la República y sus acólitos radicara en alfabetizar a la mayor parte de la población que fuera posible, ya que era uno de los factores clave en el retraso estructural que sufría España frente a los países vecinos de Europa. Volveremos a esto y lo justificaremos con textos originales de nuestro autor.
Una vez fueron ejecutados, dejaron los cuerpos debajo del árbol hasta que estuviera cavada la fosa. Después los subieron a la camioneta y los llevaron al cementerio de Cúllar Vega. Allí, en una de las lindes del campo santo, los enterraron en una fosa común que aún permanece sin abrir
Años después de la ejecución sumaria -me cuenta Juan José Oliver Yáñez, su hijo de 92 años- su madre, por un encuentro casual con una señora en un hospital de Granada, supo -años después le confesó la madre al hijo- que alguien fue testigo de aquel fusilamiento: un campesino que pasaba por allí aquella mañana en dirección a su huerta. Según le relató a su madre, vio a un hombre, muy bien vestido, trajeado y con sombrero, que identifica como su padre, momentos antes del asesinato, que iba andando hacia el improvisado patíbulo y diciendo en voz alta: "Pero, ¿por qué?¿por qué?". Una vez fueron ejecutados, dejaron los cuerpos debajo del árbol hasta que estuviera cavada la fosa. Después los subieron a la camioneta y los llevaron al cementerio de Cúllar Vega. Allí, en una de las lindes del campo santo, los enterraron en una fosa común que aún permanece sin abrir.
Juan José Oliver Yáñez, su hijo, en la actualidad con 92 años, me lo cuenta sobre el terreno con profunda emoción. En su intento -ya casi desesperado- de hallar y dar digna sepultura a los restos de su padre, moviendo cielo y tierra, remando contra corriente, a través de permisos judiciales y con ayuda de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, pudieron realizar una búsqueda haciendo una prospección dirigida por expertos en la materia. Juan José les advirtió de antemano que, según le dijo su madre, los cuerpos no estaban en ese lugar, sino en otro, a unos treinta metros. El resultado de ese sondeo fue que no encontraron los cuerpos arrebatados. Según parece, el lugar donde se encuentran es otro. El gran problema -que resulta ser el motor de esta historia- es que el lugar exacto donde Juan asegura se localiza esa fosa común, se halla justo debajo de una pared de nichos que posteriormente fue construida allí en los años ochenta.
Sobre la fosa en la que estaría enterrado se levantó una pared de nichos en los años ochenta que dificultan la excavación
Este hecho dificulta no solo la prospección del terreno, sino la emisión de una orden judicial por parte de un juez dando permiso para excavar esa fosa común. El hecho de que se pueda dañar el muro de nichos ya entraña en sí mismo un problema complicado de resolver. Es entendible que los familiares de los fallecidos que ahí reposan tengan reticencias a que se excave en ese lugar por la posibilidad de que puedan ser dañados. El problema no radica en el permiso de los familiares, sino en el permiso del juez, que es el único que tiene potestad para promulgar esa orden. Hasta ahora, abordar ese escollo ha sido infructuoso. Ante esa conyuntura, el propio Juan José Oliver Yánez, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, la Universidad de Granada, el Ayuntamiento de Alhendín y el de Cúllar Vega han realizado estudios de localización por georradar y han realizado estudios para apuntalar con pilares artificiales los nichos. Según ese estudio, el problema se salvaría situando unos pilares artificiales que sostengan el muro de nichos mientras se realiza la excavación. Esta simple actuación sería suficiente para realizar la obra sin que la estructura fuera dañada. Pero, ante la desesperación y el sufrimiento, Juan José no se resigna a perder esta batalla y todavía sigue luchando por recuperar el cuerpo de su padre y sacarlo de su fosa y enterrarlo dignamente. Para él, este hecho se ha convertido en la máxima motivación y responsabilidad que vertebra su vida: encontrar los restos de su padre asesinado injustamente. Parece ser que la solución está más cerca que nunca, ya que todas las partes implicadas están de acuerdo. Solo falta subir el último escalón.
Pero, ¿quién era realmente este hombre? ¿Quién era en realidad Juan José Oliver Tello? ¿A qué se dedicaba? ¿Qué hacía? ¿Cómo conocí su historia? ¿Cómo me vi implicado en esta investigación cuyo objetivo es revelar los misterios que rodean su existencia? Un día, por casualidad, a raíz de una conversación que tuve con su bisnieto, a quien también conocí casualmente, tuve noticia de que su bisabuelo fue fusilado en la Guerra Civil y que su abuelo, Juan José Oliver Yáñez, tenía mucha información y que le encantaría poder compartirla conmigo. A los pocos días quedé con él y tuve el placer de conocerlo. En ese encuentro me contó, a grandes rasgos, los sucesos de los que él tenía conocimiento.
Me explicó todo lo que a él le contaron que le sucedió a su padre aquella noche, pues por entonces solo tenía dos años. Me habló de las posibles causas por las que fue asesinado, quienes fueron los acusadores y quienes fueron los ejecutores. Me recitó de corrido los nombres de las otras personas que junto a su padre fueron asesinados. Me habló de su infancia, huérfano. Del dolor callado de su madre, que nunca quiso darle muchas explicaciones sobre lo sucedido. Del estigma social que tuvo que sufrir en su pueblo por ser el hijo de un fusilado. De lo mucho que tuvo que luchar para salir adelante. De sus años de trabajador inmigrante en Alemania. De la incomprensión de sus vecinos por su empecinamiento por resarcir la memoria de su padre. De sus esfuerzos, ya en democracia, para promover la promulgación de una ley que dignificara la memoria de los ajusticiados injustamente. De sus discusiones con quienes le decían que mejor no remover el pasado y mostraban indiferencia ante la barbarie. De la continua batalla por encontrar y abrir la fosa común donde yacía su padre.
Tenía conocimiento de que su padre escribía porque su madre le contaba historias de cómo su marido pasaba noches enteras redactando textos, pero nunca tuvo ninguna muestra física de ello ni fue consciente de la envergadura de la figura de su padre en la vida social y cultural de la Granada de la época
Después me entregó una carpeta llena de fotocopias y me contó que eran algunos de los escritos que su padre había publicado en algunas revistas y periódicos de la época. Este descubrimiento para mí resultó una sorpresa y me animó a comenzar una investigación sobre el escritor Juan José Oliver Tello e iniciar un análisis crítico de sus textos. Según me explicó Juan José Yáñez, él tenía conocimiento de que su padre escribía porque su madre le contaba historias de cómo su marido pasaba noches enteras redactando textos, pero nunca tuvo ninguna muestra física de ello ni fue consciente de la envergadura de la figura de su padre en la vida social y cultural de la Granada de la época.
Por avatares del azar, un buen día un señor desconocido se presentó en su casa y le entregó los textos de los que hablamos, aquellos que me entregó cuando me contó la historia de su padre. Eran noticias en periódicos, artículos taurinos, poemas de amor, reseñas sobre arte, entrevistas, artículos de opinión, análisis poéticos e, incluso, novelas costumbristas publicadas por capítulos. Estos textos fueron publicados en periódicos tan importantes como El Defensor de Granada, el más vendido de la época, y en revistas como Reflejos y Granada Gráfica. Por lo visto, el señor que le proporcionó los textos era el hijo de un antiguo colaborador periodístico de su padre que los había conservado durante todo este tiempo y que, a raíz de una noticia que leyó casualmente sobre la muerte de Juan José Oliver Tello en una publicación en internet, los fotocopió y se los llevó a Juan José Oliver Yáñez. Luego se fue y nunca más ha vuelto a saber nada de este señor. Es sorprendente cómo teje el azar sus delicados hilos para construir los entresijos de la Historia.
El hijo de un antiguo colaborador de su padre conservó noticias publicadas por Oliver Tello en periódicos, artículos taurinos, poemas de amor, reseñas sobre arte, entrevistas, artículos de opinión, análisis poéticos e incluso novelas costumbristas publicadas por capítulos
Este descubrimiento, estos textos, este misterioso pasado que confluía en la figura de Juan José Oliver Tello me sirvió de acicate para iniciar una investigación cuyo fin era indagar más profundo en su enigma, conseguir más información para despejar sombras y hacer pública la historia de este hombre. Por pura casualidad me había topado con una gran tragedia y no podía más que dedicar mi energía en aclarar las dudas que se cernían sobre ella. Al principio analicé los textos que tenía, que me dieron mucha información, y fui rescatando hechos a través de la memoria de su hijo, que me contó muchas cosas al respecto, me dio nombres, fechas, me contó anécdotas que fui ordenando para tener una visión clara y conjunta de lo sucedido. Pero al unir todas las piezas que tenía me di cuenta que había muchas lagunas que no podía explicar. La historia se convirtió, entonces, en un gran puzle, complejo y confuso, que arrojaba más preguntas que respuestas, pues existían vacíos que no sabía rellenar. Durante ese tiempo me sentí frustrado al no encontrar los elementos que cohesionaran el relato.
Fue, entonces, cuando decidí intentar suerte para descubrir más información que pudiera añadir a la que ya tenía y así ir rellenando los huecos que me planteaba la historia. Indagando en los archivos de la hemeroteca, sorprendentemente, fui encontrando más textos: noticias, artículos, reseñas, fotografías, colaboraciones y anuncios que tenían como protagonista a nuestro autor. Cuando uní toda esa información a la información que ya tenía pude rellenar muchos de los huecos y de las dudas que se me planteaban. De hecho, descubrí tanta información que pude despejar muchas de las incertidumbres que albergaba Juan José Oliver Yánez sobre su padre. Y pude darle una visión más clara de lo que había sido su vida y desvelarle algunos hechos que su familia desconocía, como por ejemplo su viaje a Argentina. El poder descubrirle estos hechos ha sido para mí un gran regocijo, pues significa que tanto esfuerzo ha merecido la pena: ver la cara de sorpresa de Juan al ir desvelándole hechos que no conocía de su padre ha sido para mí la mayor satisfacción que pudiera recibir.
A partir de este punto pasaré al análisis de toda la información que se desprende del estudio de los textos. Por ahora disponemos de 50 textos que provienen de dos procedencias: 20 que fueron entregados a Juan y él me los entregó a mí, y 30 que he ido encontrando en la hemeroteca durante la investigación. Aun así, aunque se hayan despejado muchas incógnitas, todavía quedan muchas más por aclarar, ya que las piezas que conforman este complejo puzle aún no están completas. Se constata y se intuye que debe haber muchos más textos y obras literarias que no se han encontrado y que darían más nitidez a este análisis, pero, aún así, con el material que disponemos podemos hacernos una imagen clara de quién era Juan José Oliver Tello. Ese análisis será el cometido de la continuación de esta historia en la segunda parte de este artículo que será publicado en breve.

























































