De sobrevivir a vivir: la historia de Marian Cabrera y la urgencia de educar para prevenir el suicidio. Nuevo Habladurías 11+1

Hace casi catorce años, Marian Cabrera perdió a su hijo Enrique, de 15 años, por suicidio. “Fue un colapso vital”, explica. “No era un túnel: era un agujero profundo”. La muerte de un hijo no solo rompe el presente; dinamita la proyección de futuro, la identidad, la idea misma de quién se es y hacia dónde se camina.
El tiempo de sobrevivir
Los primeros meses están envueltos en lagunas de memoria. Recuerda haber hecho cosas —viajes, encuentros, conversaciones— que hoy no puede reconstruir. “Estaba en la superficie de mi vida”, dice. Funcionaba, pero no vivía.
Sobrevivir, en su definición, es hacer lo imprescindible: levantarse, trabajar, comer, dormir. Mantener el cuerpo en marcha sin esperanza ni ilusión. Sin futuro. Durante casi dos años, esa fue su rutina. Quería salir del dolor, pero no sabía cómo volver a desear la vida
Sobrevivir, en su definición, es hacer lo imprescindible: levantarse, trabajar, comer, dormir. Mantener el cuerpo en marcha sin esperanza ni ilusión. Sin futuro. Durante casi dos años, esa fue su rutina. Quería salir del dolor, pero no sabía cómo volver a desear la vida.
En ese tiempo, la red afectiva fue decisiva. Amigos que no huyeron, que escucharon sin juzgar. Familia que sostuvo aunque cada miembro viviera el duelo a su ritmo. “Por fuera me veían fuerte. Por dentro estaba deshecha”.
La culpa: el peso invisible
Marian Cabrera no sintió vergüenza social. Desde el primer momento dijo con claridad: “Mi hijo se ha suicidado”. Pero la culpa la acompañó durante años. Como madre, pensaba que debería haber hecho más.
Con el tiempo entendió algo doloroso pero liberador: su hijo tomó una decisión. No fue una negligencia, no fue una falta de amor. Fue un acto que, en aquel momento, nadie supo prever.
Con el tiempo entendió algo doloroso pero liberador: su hijo tomó una decisión. No fue una negligencia, no fue una falta de amor. Fue un acto que, en aquel momento, nadie supo prever.
En retrospectiva, identifica señales que interpretó como rasgos propios de la adolescencia: timidez, retraimiento, abandono de actividades, perfeccionismo extremo y ansiedad académica. Descubrió después que, en un cuadernillo tutorial del instituto, ante la pregunta por una solución a sus problemas, había escrito: “Morirme”. Nadie lo leyó.
Ese detalle resume una de las grandes lecciones de su historia: no basta con que existan espacios; alguien debe estar formado para mirar y escuchar.
El punto de inflexión
El cambio no fue épico ni inmediato. Llegó cuando tocó fondo. “Me vi deseando morirme”, recuerda. Y en ese momento se dijo: “No puedes hacer a otros el sufrimiento que tú estás padeciendo”. Decidió darse una oportunidad.
A los seis meses acudió al Teléfono de la Esperanza, donde participó durante una década en grupos de ayuda mutua. Más tarde completó tres años de formación para acompañar a otras personas. Ese proceso le permitió reconectar consigo misma y recuperar algo esencial: el sentido
Ahí comenzó el paso de sobrevivir a vivir.
Primero, buscando ayuda. A los seis meses acudió al Teléfono de la Esperanza, donde participó durante una década en grupos de ayuda mutua. Más tarde completó tres años de formación para acompañar a otras personas. Ese proceso le permitió reconectar consigo misma y recuperar algo esencial: el sentido.
“Las personas no pueden vivir sin sentido; si no, solo sobreviven”, afirma.
Reconstruir la identidad
Marian Cabrera temió no volver a ser la misma. Hoy sostiene lo contrario: “Soy la misma, pero con más experiencia”. La reconstrucción vino de lo cotidiano y de lo inesperado: el apoyo constante de su entorno, la evolución de su otro hijo y su nueva familia, la perseverancia en su matrimonio, el redescubrimiento de la creatividad a través de las manualidades, el interés por el patrimonio cultural, la colaboración con asociaciones.
Y, sobre todo, la prevención. Convertir el dolor en acción fue una de sus primeras decisiones conscientes: ayudar a evitar que otras familias pasaran por lo mismo
Y, sobre todo, la prevención. Convertir el dolor en acción fue una de sus primeras decisiones conscientes: ayudar a evitar que otras familias pasaran por lo mismo.
Educar para prevenir
Profesora durante años, Marian Cabrera es contundente: el sistema educativo necesita más formación en salud mental. “Somos licenciados en nuestras materias, no en detectar sufrimiento emocional”, explica.
Propone medidas concretas:
- Formación obligatoria anual en salud mental para el profesorado, similar a la de riesgos laborales.
Insiste en que informar no induce al suicidio; al contrario, protege. El silencio, en cambio, aísla
- Coordinadores de bienestar emocional en los centros.
- Programas sólidos de educación emocional, con la misma naturalidad con la que hoy se aborda la educación sexual.
- Implicación activa de las familias, superando el miedo a “hablar del tema”.
- Insiste en que informar no induce al suicidio; al contrario, protege. El silencio, en cambio, aísla.
Mensajes urgentes
A los jóvenes les dice: desear la muerte no es lo mismo que planificar el suicidio. Hablad. Con amigos, sí, pero sabiendo que, ante el riesgo real, hay que buscar ayuda adulta. Profesores, orientadores, psicólogos, asociaciones especializadas están ahí para acompañar.
A los padres les recuerda que son los primeros educadores. Negar el problema no lo elimina. Formarse es una forma de cuidar
A los padres les recuerda que son los primeros educadores. Negar el problema no lo elimina. Formarse es una forma de cuidar.
A la sociedad le pide menos miedo y más responsabilidad colectiva. Cuando voluntarios reparten folletos informativos en la calle, muchas personas esquivan la mirada. “No me va a pasar”, piensan. Pero el suicidio es un problema social, no privado.
Volver a vivir
Catorce años después, Marian Cabrera puede decir algo que al principio le parecía imposible: se vuelve a vivir. Con alegría. Con felicidad. Y también con pena. La herida no desaparece, pero deja de ser una hemorragia constante.
Su testimonio desmonta dos mitos: que del dolor extremo no se sale y que hablar del suicidio lo agrava. Al contrario, hablar con rigor, sin sensacionalismo, con formación y empatía, salva vidas
Su testimonio desmonta dos mitos: que del dolor extremo no se sale y que hablar del suicidio lo agrava. Al contrario, hablar con rigor, sin sensacionalismo, con formación y empatía, salva vidas.
Porque cada conversación que abre una puerta puede ser la diferencia entre un pensamiento pasajero y una decisión irreversible. Y, como recuerda Marian Cabrera, la muerte es lo único que no tiene solución. Todo lo demás, con ayuda, sí.




































