Ramón López Rodríguez, militante de CNT muy activo que "creía en la movilización social, en una sociedad igualitaria y en la utopía de un mundo mejor"
Buenas tardes.
Mi intervención en este acto será breve. Soy sobrina de Ramón López Rodríguez, hija de su hermana menor. Ramón nació en Baza y, siendo aún un niño, emigró con su familia a Granada. Vivía en el Albaicín con sus padres y sus hermanos. Era un gran deportista, un apasionado de la sierra y de la naturaleza, cerrajero de profesión y militante de la CNT. Fue fusilado el 27 de enero de 1937 en las tapias del cementerio de San José de Granada.
He dicho que mi intervención sería breve porque, desgraciadamente, no hay mucho más que contar. Cuando lo asesinaron contra estas tapias sólo tenía veinte años. Quienes lo mataron le quitaron la posibilidad de seguir escribiendo la historia de una vida que apenas había empezado.
Años antes de su muerte había perdido a su madre y su padre volvió a casarse. Ramón dejó siete hermanos; él era el segundo hijo de la familia y nunca llegó a conocer a la hermana más pequeña, mi madre, que nació después de que él fuera asesinado. Lo mataron sin juicio y sin causa militar, como a tantos miles de víctimas de la represión de aquellos años.
Desconocemos qué pudo justificar semejante barbarie, si es que existe alguna justificación posible. En casa apenas se hablaba de ello, sus hermanos contaban que Ramón no estaba metido en política; nunca supimos si lo decían porque realmente lo creían o porque el miedo les obligó a guardar silencio. Solo recientemente hemos sabido, por documentación que nos facilitaron, que llevó a cabo una intensa y continuada acción política, reparto de pasquines, huelgas y otras actividades por las que fue detenido un par de veces. Era un militante anarquista muy activo que creía en la movilización social, en una sociedad igualitaria y en la utopía de un mundo mejor.
Tras su ejecución lo tiraron a una fosa común, y digo "tiraron" con toda la dureza de la palabra, porque lo trataron como si su vida no valiera nada. Privaron a su familia del derecho a enterrarlo, a despedirse de él y a tener un lugar donde llorarlo. No tenemos la esperanza de recuperar sus restos porque encima de esa fosa, tras estos muros, se construyeron posteriormente unos nichos…..una muestra más de que la crueldad humana, a veces, parece no tener límites.
Mi abuelo, su padre, murió pocos años después, oficialmente de pulmonía. Pero quienes lo conocieron decían que, en realidad, murió de pena, que desde el asesinato de su hijo nunca volvió a ser ni su sombra, que se lo llevaron por delante el dolor y la tristeza. La pérdida de Ramón también marcó para siempre la vida de sus hermanos, especialmente la de los mayores.
En nuestra familia siempre ha estado muy presente. Todos hemos crecido escuchando hablar del tito Ramón, al que un día se llevaron y nunca volvió: cariñoso, deportista, enamorado de la montaña, al que fotografiaron vestido de Tarzán para unas pruebas cinematográficas (o tal vez publicitarias, no sabemos bien). Esa anécdota siempre se recordaba con una mezcla de ternura y tristeza, porque esa fotografía, tomada poco antes de su muerte, es la única imagen que conservamos de él como adulto.
Hace unas semanas leí una entrevista a la cantautora Rosa León en la que decía: “Tengo la sensación de que se nos viene un fascismo encima, cósmicamente, y creo que la gente no está siendo consciente de lo que está pasando. Estoy atónita, no pensé jamás que yo iba a vivir una situación política como la que estoy viviendo. Jamás lo pensé una vez que se murió Franco”.
Sus palabras me hacen reflexionar sobre la importancia que tiene la memoria para evitar repetir los mismos errores del pasado.
Quiero terminar agradeciendo, en nombre de toda mi familia, a todas las personas que hacen posible este acto año tras año. Gracias por brindarnos la oportunidad de rendir homenaje a Ramón y a tantas otras víctimas, y gracias por su esfuerzo para mantener viva la memoria histórica.
Muchas gracias.































