José O´Lawlor, el único que intentó evitar la ejecución de Mariana Pineda

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El segundo mando de Capitanía General recurrió a su amigo el Duque de Wellington y al embajador de Inglaterra en Madrid para que presionaran a Fernando VII y frenaran su muerte
El miedo se había apoderado de la Corte de Fernando VII al empezar el año 1831. Consecuencia lógica del reciente triunfo de las revoluciones en Francia, Alemania e Italia y la presión inglesa para que España se convirtiera en una monarquía parlamentaria liberal. Se encargó al ministro Francisco Tadeo Calamarde (Gracia y Justicia) que pusiese en marcha una operación represiva para desbaratar posibles levantamientos y focos de revolución. Había ya constituidas muchas juntas provinciales y locales con la participación de infinidad de liberales. Se identificó como cabezas de todos ellos a Salustiano de Olózaga y a Agustín Marco-Artú, destacado ingeniero y arquitecto madrileño. La policía realista creyó que el día fijado para el levantamiento liberal era el 20 de marzo.
En Granada figuraban como cabecillas liberales a controlar y/o detener a la mínima sospecha a Luis González Torres de Navarra (Marqués de Campoverde represaliado), al Marqués de Cabriñana, Andrés Rebollo y Carlos de Monteagudo
Calomarde abrió una causa el 5 de marzo de 1831 para descabezar al numeroso grupo madrileño que capitaneaba Marco-Artú, entre los que se mencionaba a Espoz y Mina y a Torrijos (que estaban en el exilio). Se dio orden de que la operación policial fuese coordinada en la mayor parte de grandes ciudades de España, con fecha a partir del 15 de marzo. En Granada figuraban como cabecillas liberales a controlar y/o detener a la mínima sospecha a Luis González Torres de Navarra (Marqués de Campoverde represaliado), al Marqués de Cabriñana, Andrés Rebollo y Carlos de Monteagudo. Junto a ellos, infinidad de liberales o simplemente personas que poco tenían que ver con el movimiento sedicioso que se gestaba.
La operación Calomarde empezó en Madrid el 17 de marzo. Se ordenó la detención de Agustín Marco-Artú en el momento que se pensaba mantenía una reunión preparatoria del alzamiento. La policía realista rodeó la casa de Agustín y detuvo a varios de sus invitados. Dos de ellos eran el librero Antonio Miyar y la activista liberal Esperanza Planells Bardají. Marco-Antú consiguió escapar saltando por los tejados.
Un curioso personaje actuaba como alcalde de Corte (jefe de Policía) de Madrid; era José Zorrilla, padre del inmortal poeta del romanticismo
Un curioso personaje actuaba como alcalde de Corte (jefe de Policía) de Madrid; era José Zorrilla, padre del inmortal poeta del romanticismo. Dirigió los interrogatorios y acabó acusándolos a todos de delitos de lesa majestad por haberlos hallado preparando una revolución contra los derechos del Rey y del Estado. Las pruebas de cargo fueron algunos documentos de propaganda y cartas para otras juntas provinciales.
El juicio fue rápido y sumarísimo contra Miyar y Esperanza Planells. El 31 de marzo tuvo lugar el juicio y ambos fueron condenados a muerte
El juicio fue rápido y sumarísimo contra Miyar y Esperanza Planells. El 31 de marzo tuvo lugar el juicio y ambos fueron condenados a muerte. Serían ahorcados y se les colgaría un cartel con la leyenda “Por revolucionario”. Esperanza fue encarcelada en la prisión de mujeres de Madrid, pero a Antonio Miyar se le quiso utilizar como elemento disuasorio contra posibles movimientos o reacciones del pueblo, cansado ya de tanta represión de la que se llamó Década Ominosa. Antonio Miyar fue ahorcado en la plaza de la Cebada de Madrid el 11 de abril, menos de cuatro semanas después de su detención.
Con el tiempo se supo que Miyar había sido utilizado como chivo expiatorio para dar ejemplo. Ya que al cabecilla Marco-Antú no le cogieron, les sirvió el librero, ya enfermo y anciano. El fiscal no había presentado pruebas concluyentes, sólo conjeturas. Era sólo un liberal teórico, de ideas que reflejaba en libros que vendía. Nunca participó en conspiración alguna.
Operación paralela en Granada
Como aquel inicio madrileño se estaba planeando en Granada una operación paralela para reprimir cualquier movimiento sedicioso contra la Corona. También por los días de mediado marzo de 1831. La sociedad española, y la granadina, estaban muy polarizadas entre absolutistas o realistas y liberales. Los principales cabecillas tenían mucho cuidado porque se sabían vigilados; otros muchos se exiliaron a Gibraltar, desde donde coordinaban la acción. Por eso, en uno de los despachos que mantuvieron el rey Fernando VII y el ministro Calamarde, el primero le había hecho la siguiente observación: Hay que dar un escarmiento para acabar de una vez con el ejército invisible que han creado los liberales con sus mujeres.
El 18 de marzo, el jefe de policía tuvo la suerte de que una confidencia le permitiera saber que la joven militante liberal Mariana Pineda había encargado, y paralizado momentáneamente, la confección de la bandera tricolor
Los liberales de Granada continuaban paralizados por las represiones en la Serranía de Ronda contra el general Manzanares y en otras ciudades españolas. Por eso las pesquisas que entretenían en Granada a Ramón Pedrosa, alcalde del crimen de la Real Chancillería, se podrían considerar de menor enjundia; los cabecillas de la ciudad apenas se movían por miedo. Por esos días había llegado a Granada el Conde de los Andes (José de la Serna) para hacerse cargo de la Capitanía General. El 18 de marzo, el jefe de policía tuvo la suerte de que una confidencia le permitiera saber que la joven militante liberal Mariana Pineda había encargado, y paralizado momentáneamente, la confección de la bandera tricolor que sería utilizada cuando llegase la hora del pronunciamiento; se trataría de una operación envolvente capitaneada por Riego y Espoz y Mina desde las ciudades andaluzas para confluir en Madrid.
El trozo de tafetán que había encargado Mariana Pineda a dos bordadoras del Albayzín fue la única prueba de cargo y la trampa utilizada por Ramón Pedrosa para empezar a tirar del hilo de los liberales comprometidos con el inminente alzamiento
El trozo de tafetán que había encargado Mariana Pineda a dos bordadoras del Albayzín fue la única prueba de cargo y la trampa utilizada por Ramón Pedrosa para empezar a tirar del hilo de los liberales comprometidos con el inminente alzamiento. La joven viuda no era el fin en sí misma, sino el medio para conseguir implicar a los sospechosos de ser los cabecillas en Granada. Pero Mariana no abrió la boca durante los interrogatorios policiales; no accedió a recibir el perdón a cambio de denunciar a sus compañeros de ideología. Es probable que los liberales granadinos creyesen que se buscaba a un varón como cabeza de turco a ejecutar; ocurriría lo mismo que en Madrid, donde se cobraron la vida de Antonio Miyar y a las dos mujeres detenidas (Esperanza Planells y la esposa del cabecilla Maco-Artú, Eugenia Morales) acabaron por conmutarles las penas.
El resto de los dos meses y pico que duró el cautiverio de Mariana Pineda es sobradamente conocido: se le ordenó arresto domiciliario en su casa de la calle Águila, bajo vigilancia continuada, pues no era peligrosa y se esperaba que se ablandara. Pedrosa confió en que acabara “cantando”; el 21 de marzo intentó huir disfrazada; entonces se decidió encerrarla en las Arrecogidas para mayor seguridad. El juicio fue un proceso repleto de irregularidades, sin su presencia, a puerta cerrada y lleno de secretismo. Pero como Ramón Pedrosa no consiguió que colaborase con él en el desmantelamiento de la Junta granadina, se decidió cargar sobre ella toda la presión. Con la única prueba de haber encargado el bordado de una bandera con las letras Igualdad, Libertad y Ley.
Se utilizaría el garrote noble como método de ajusticiamiento. Así se haría en atención a la ascendencia hidalga de Pineda, consistente en pasearla sobre una mula con gualdrapa morada en vez de asno, vestir túnica y gorro oscuros y estar cubierto el patíbulo con telas negras
El fallo del tribunal fue condenarla a muerte. La máxima pena exigía que el rey Fernando VII firmara la sentencia final. El juicio se desarrolló entre el 22 y 26 de abril; el 6 de mayo ya la había ratificado el Rey en su palacio de Aranjuez y devuelto a Granada. Llevaba aparejada la confiscación de todos sus bienes. Se utilizaría el garrote noble como método de ajusticiamiento. Así se haría en atención a la ascendencia hidalga de Pineda, consistente en pasearla sobre una mula con gualdrapa morada en vez de asno, vestir túnica y gorro oscuros y estar cubierto el patíbulo con telas negras.
Los movimientos del gobernador O´Lauwlor
Nadie o muy pocos pensaban en Granada a principios de mayo de 1831 que Mariana Pineda acabaría en el cadalso. Ninguna de las mujeres liberales de la nobleza o burguesía detenidas hasta entonces había acabado en la horca o en el garrote; sí muchos varones. Se esperaba que hubiese tiempo a que todavía Mariana Pineda pudiese revelar nombres o que llegara el indulto desde la Casa Real. Esa fue la oferta trasmitida desde Madrid y ofrecida insistentemente por Ramón Pedrosa y la sala segunda de la Real Chancillería que la juzgó.
Los liberales granadinos habían desaparecido. Ni una sola protesta, manifestación o algarada. No ocurrió lo mismo que en Madrid unas semanas antes con el caso de Antonio Miyar y Esperanza Planells, que hubo quejas y muchas peticiones de clemencia frente al Palacio Real
Los liberales granadinos habían desaparecido. Ni una sola protesta, manifestación o algarada. No ocurrió lo mismo que en Madrid unas semanas antes con el caso de Antonio Miyar y Esperanza Planells, que hubo quejas y muchas peticiones de clemencia frente al Palacio Real. Al menos consiguieron que la condena a muerte de Planells quedara aplazada y, finalmente, se le acabara conmutando por cárcel y libertad a la muerte del monarca.
Solamente emergió un personaje en Granada que consideró una aberración condenar a muerte a una joven viuda por el solo hecho de haber encargado bordar una bandera. Demasiado castigo o aviso para todo el colectivo de liberales. Que parecían abundar mucho en la ciudad, pero nada hicieron por salvarla.
Aquella persona se llamaba José O´Lawlor y O´Brennan. Era irlandés de origen, pero emigró a España muy joven y desarrolló aquí una brillante carrera militar y administrativa. En el momento del proceso contra Mariana Pineda ocupaba el cargo de segundo en mando en la Capitanía y Gobierno Militar, también era figura representativa en la Real Chancillería. A O´Lawlor le pareció una barbaridad aquella sentencia a muerte. Pero era un altísimo funcionario público al servicio de la Corona y no podía manifestarse directamente en contra de la decisión de un órgano judicial. Habría incurrido en alta traición.
Además de ser Gobernador Militar y segundo de la Capitanía General, ostentaba el cargo de delegado-administrador de la finca el Soto de Roma que habían regalado las Cortes de Cádiz al Duque de Wellington por expulsar a los franceses de la Península en 1812. Wellington (Sir Arthur Wellesley) era uno de los militares y políticos más poderosos e influyentes de Europa en aquellos años: había acabado con Napoleón, contribuyó a reordenar el mapa europeo, había convertido al imperio británico en la primera potencia mundial y acababa de dejar la jefatura del gobierno inglés. ¿Quién mejor que el Duque de Wellington podría influir sobre Fernando VII para que no ejecutaran a una mujer en su segunda patria? (Wellington consideraba al Soto de Roma como su segunda residencia, adonde vino algunas veces).
En su cabeza no cabía la idea de estrangular a Mariana Pineda por el encargo de una bandera
José O´Lawlor estaba al servicio del Rey felón, pero era hombre de exquisita educación, de relaciones internacionales, casado con una mujer de origen inglés y con gustos y amistades europeas y norteamericanas. En su cabeza no cabía la idea de estrangular a Mariana Pineda por el encargo de una bandera. Aun sabiendo que también era vigilada por ayudar a escapar a liberales y esconderlos. Tenía que conseguir la suspensión de la pena capital o el perdón real.
Su estrategia no consistió en dirigirse directamente por los conductos habituales, es decir, el ministro de Gracia y Justicia y el monarca. Eligió la vía indirecta: se dirigió a su poderoso amigo el Duque de Wellington y a la embajada británica en Madrid. Ellos se encargarían de conseguir la complicidad de otros embajadores y personalidades europeas. Confiaba en que tan sólo con una carta de Sir Arthur Wellesley a Fernando VII el asunto quedaría paralizado.
Han quedado referencias de que las gestiones que inició el embajador británico en Madrid (Henry Unwind Addington) con otros colegas suyos fueron reales
Han quedado referencias de que las gestiones que inició el embajador británico en Madrid (Henry Unwind Addington) con otros colegas suyos fueron reales. Aquel diplomático se caracterizó por presenciar el periodo más duro de ejecuciones de liberales españoles (1829-33) y pedir que cesaran los asesinatos. Su correspondencia con Londres reflejó el clima de represión que se vivía aquella primavera de 1831 en Madrid. También mencionó la ejecución de Mariana Pineda, aunque sólo escribió “una mujer ejecutada en Granada”. (En la serie de documentos del Fereign Office 72/371-375 se refiere al clima de terror impuesto por Ramón Pedrosa en Granada, por orden del ministro Calomarde).
Richard Ford, el casi testigo del asesinato
Richard Ford, hispanista y viajero que llegó a Granada a los pocos días del ajusticiamiento, escribió a su amigo embajador Henry U. Addington lo que le había contado el gobernador O´Lawlor sobre el caso Mariana Pineda. Hace referencia a ello en dos cartas remitidas desde su alojamiento en la Torre de las Damas de la Alhambra, fechadas a 7 y 15 de junio de 1831. En la primera de ellas le habla del ambiente de terror y pánico que observa por los rumores de rebelión. El primer texto dice lo siguiente:
“Una ejecución me pareció particularmente brutal, dadas todas las circunstancias. Por orden expresa de Madrid, una joven, Mariana Pineda, fue estrangulada en Granada en mayo de 1831. Se le ofreció el indulto a cambio de que revelara los nombres de sus cómplices. Ella se negó y murió a manos del verdugo público"
“Una ejecución me pareció particularmente brutal, dadas todas las circunstancias. Por orden expresa de Madrid, una joven, Mariana Pineda, fue estrangulada en Granada en mayo de 1831. Se le ofreció el indulto a cambio de que revelara los nombres de sus cómplices. Ella se negó y murió a manos del verdugo público. Su supuesto crimen fue la posesión de una bandera de seda verde parcialmente bordada con los colores constitucionalistas. Su culpabilidad parece dudosa. Al menos se alegó que la bandera había llegado a su casa por un empleado del gobierno, Ramón Pedrosa, cuya propiedad ella había rechazado. Una columna cerca del Triunfo marca ahora el lugar de su sacrificio en aras de la libertad”. (Páginas 37-38 de sus Cartas).
La segunda carta daba algún matiz más sobre el asunto:
“Se ha efectuado estos días una horrenda ejecución, que habría producido una revolución en cualquier otra parte. Han dado muerte a garrote a una hermosa viuda, relacionada con las mejores familias, por el hecho tan solo de haberla encontrado en posesión de una bandera constitucional, con un lema medio bordado. Se negó a hablar de sí y de sus cómplices. El asunto se envió a Madrid y volvió de nuevo para horror y sorpresa de todos, con la orden de ejecución. ¡Una mujer ejecutada por tal delito en el año 1831! Decididamente, estas cosas se llevan en España de modo diferente” (Recogidas en Cartas de Richard Ford. Edición corregida y ampliada de 1905. Página 41).
Se publicó que el embajador plenipotenciario Addington se dirigió por escrito a Fernando VII para frenar la ejecución. No se sabe si sus cartas llegaron a tiempo al palacio de Aranjuez donde se refugiaba la familia real para apartarse de las tensiones de Madrid. O simplemente las arrojó a la papelera
Se publicó que el embajador plenipotenciario Addington se dirigió por escrito a Fernando VII para frenar la ejecución. No se sabe si sus cartas llegaron a tiempo al palacio de Aranjuez donde se refugiaba la familia real para apartarse de las tensiones de Madrid. O simplemente las arrojó a la papelera.
Aquellas opiniones inglesas sobre el régimen de Fernando VII ayudaron a que Gibraltar se convirtiera en refugio de liberales andaluces y se ayudara a Torrijos a organizar su alzamiento de finales de 1831.
Pero todas las presiones llegaron tarde; nunca se pensó que el empeño de Calamarde y su esbirro en Granada, Ramón Pedrosa, iba a ir tan rápido. El 26 de mayo fue ejecutada Mariana Pineda en el cadalso del Triunfo. Quizás tanta premura obedeciera precisamente a que ya debió correrse el rumor por las embajadas de Madrid de que se estaban fraguando presiones para evitar aquella muerte tan absurda.
Nunca se llegó a saber si el Duque de Wellington promovió alguna acción para salvar la vida de Mariana Pineda.
Nunca se llegó a saber si el Duque de Wellington promovió alguna acción para salvar la vida de Mariana Pineda. En los archivos estatales españoles no hay rastros de una misiva a Fernando VII y en el archivo del Sir inglés no se ha buscado. Lo más probable es que no moviera un dedo tras recibir la petición de su amigo y administrador de intereses en España, O´Lawlor. El momento para el inglés era doloroso y fácil de entender: estaba sumido en un retiro tras haber fallecido su esposa Catherine Sarah Dorothea (Kitty Pakenjam de soltera) el 24 de abril de 1831. Justo los días en que se estaba juzgando a Mariana Pineda en Granada.
Dos años más tarde, en 1833, cuando vino como embajador inglés a España el Conde de Clarendon (George W. Villiers) habría asegurado que los gobiernos de Inglaterra y Francia se sintieron aterrados por aquella brutal condena a muerte de una joven viuda con dos hijos pequeños
Dos años más tarde, en 1833, cuando vino como embajador inglés a España el Conde de Clarendon (George W. Villiers) habría asegurado que los gobiernos de Inglaterra y Francia se sintieron aterrados por aquella brutal condena a muerte de una joven viuda con dos hijos pequeños. Dieron órdenes de influir sobre Fernando VII, pero también llegaron tarde.
Un irlandés muy granadino, olvidado por la Historia
José O´Lawlor y O´Brennan fue un “irlandés-granadino” que ha pasado muy de puntillas para los historiadores. A pesar del gran papel que tuvo en la milicia y la administración española. Vivió muchos años en Granada, donde tuvo casas y fincas; su familia administró los bienes de los Wellington en esta provincia hasta después de mediado el siglo XIX. Nació en Irlanda en 1768, en el seno de una familia católica. Muy cerca de donde también nació Arthur Wellesley. Su familia fue perseguida en los enfrentamientos político-religiosos con los protestantes ingleses y se dispersaron por América y Europa a finales del XVIII. José O´Lawlor fue enviado adolescente a España. Entró como cadete en la Brigada Irlandesa del Colegio de Artillería.
Trabaron tanta amistad que Wellington lo nombró su hombre de confianza en España y, por tanto, administrador de la finca del Soto de Roma que le regaló España
Inició su carrera militar al servicio del general Ricardos en las luchas del Rosellón, contra Francia. Era un alto oficial en el ejército español cuando empezó la guerra contra la ocupación francesa (1808-12). Fue el representante y enlace del gobierno español con los ejércitos ingleses que desembarcaron en Portugal a las órdenes del general Juan Moore. Se encargó de negociar con el general Arthur Wellesley su paso a España para dirigir todos los ejércitos y expulsar a los franceses. Le destinaron a ser ayudante y traductor del mando inglés. Trabaron tanta amistad que Wellington lo nombró su hombre de confianza en España y, por tanto, administrador de la finca del Soto de Roma que le regaló España. También fue cargado de honores por Inglaterra (Compañero Honorario de la Orden del Baño).
José O´Lawlor ya había estado en Granada antes de la guerra de la independencia en calidad de veedor de la Corona
José O´Lawlor ya había estado en Granada antes de la guerra de la independencia en calidad de veedor de la Corona. Se encargaba de supervisar los gastos de la administración. Pero no fue hasta 1814 cuando fue ascendido a mariscal de campo, nombrado gobernador militar y seguidamente segundo cabo de Capitanía general del Reino de Granada y Costa. Precisamente porque así lo había pedido Wellington a Fernando VII, para que se hiciera cargo del Soto. Eso abarcaba también la zona de Málaga, a la que se desplazaba con asiduidad. En Málaga conoció a Dionisia Caballero y Crooke, otra descendiente de británica asentada en España a finales del XVIII. Se casó con ella en 1817 y fijaron su residencia en Granada. Aquí nacieron un hijo y cinco hijas. Así mismo, le encargaron la vice-dirección de la Sociedad Económica de Amigos del País.
Esta pareja dio origen a una saga de descendientes que emparentaron con la nobleza española y algunos llegaron a ocupar cargos muy importantes en la administración española
Esta pareja dio origen a una saga de descendientes que emparentaron con la nobleza española y algunos llegaron a ocupar cargos muy importantes en la administración española. Los más conocidos fueron Fernando O´Lawlor y Caballero (1829-1884), general, magistrado de prestigio y diputado (1886-90), senador vitalicio hasta 1908. Dionisia contrajo matrimonio con el gaditano Salvador Bermúdez de Castro y Díez, I Duque de Ripalda y I Marques de Lema. De ellos nacería más tarde Salvador Bermúdez de Castro y O´Lawlor (1863-1945), político que llegó a ser ministro de España y alcalde de Madrid. La segunda hija se llamó María del Carmen (nacida en 1822), fue la segunda esposa de Fernando Pérez del Pulgar y Ruiz de Molina (Marqués del Salar). Obtuvo el título de hidalgo con residencia Chauchina por la Sala de Hidalgos de la Real Chancillería, en 1833.
La familia y la casa O´Lawlor-Caballero se convirtió en uno de los principales focos de atención entre los años 1817 y 1834. Además de la residencia oficial como segundo gobernador-capitán general, adquirieron una casa en la Plaza de la Pescadería; la malagueña tenía un salón en el que organizaba recitales y recibía a las amistades de la mejor aristocracia granadina del momento. No es nada extraño que la familia O´Lawlor acogiera en alguna ocasión a la pareja formada por el militar Manuel de Peralta y Valte-Mariana Pineda, incluso que asistieran a alguna de aquellas veladas sociales. Todavía a finales del XIX, cuando empezó a publicarse la revista La Alhambra, los cronistas recordaban que las hijas O´Lawlor llamaban la atención por llenar de vida los patios y jardines de la rancia nobleza con sus inocentes travesuras.
No había viajero inglés o británico que no recalase en casa de O´Lawlor para conversar con él sobre los atractivos de Granada y recibir información
No había viajero inglés o británico que no recalase en casa de O´Lawlor para conversar con él sobre los atractivos de Granada y recibir información. Precisamente el año 1831 pasó por Granada el viajero e hispanista Richard Ford; estuvo en contacto con esta familia y llevó de ellos un grato recuerdo. En su libro de viaje dedicó unas cuantas frases al general O´Lawlor: “… un caballero irlandés al servicio de España”… ”O´Lawlor puso todo en buen orden (el Soto de Roma), de lo que resulta que la finca está muy bien cuidada… sólo una persona de autoridad y sobre el terreno lo hubiera podido hacer”.
De Mariana Pineda escribió que había sido una víctima del ensañamiento de Fernando VII contra el ejército invisible femenino tramado por liberales en la clandestinidad. Víctima de la barbarie española
También el Marqués de Custine, llegado a Granada pocas semanas más tarde del ajusticiamiento de Mariana Pineda, contactó con O´Lawlor para que le permitiera residir en la Alhambra, junto a Ford y su esposa Harriet. Por él se conocieron los detalles del empeño de Calomarde y Ramón Pedrosa con la joven viuda ante la frustración por no desvelar ni desentrañar la estructura de liberales en la clandestinidad. De Mariana Pineda escribió que había sido una víctima del ensañamiento de Fernando VII contra el ejército invisible femenino tramado por liberales en la clandestinidad. Víctima de la barbarie española. Por cierto, describió Granada como una de las ciudades más bellas de Europa, empeñada en imitar la moda y costumbres de París. Para desgracia nuestra.
A la muerte de Fernando VII, José O´Lawlor presentó renuncia a todos sus cargos en la administración del Estado y se centró en la gestión de sus bienes y los del Duque de Wellington. Sabemos que para 1834 ya era propietario de una finca en Benalúa de las Villas (Cortijo de los Espinares) y varias hazas de riego en la Vega, con derecho de aguas de la Acequia Gorda. También la familia tuvo casas en la calle Cerrajería y Tablas.
De no haber sido por él, en vez de un centenar de liberales ajusticiados, probablemente hubieran sido muchos más
En enero del año 1834 el general O´Lawlor y su esposa ya se habían trasladado a vivir a Madrid, aunque continuaron regresando esporádicamente durante la década siguiente. En Granada quedaron la mayor parte de sus descendientes. Pocos años más tarde, en 1848, fue ennoblecido por la reina Isabel II nombrándole senador vitalicio. Se comentaba por Madrid que fue en recompensa por la mesura y equilibrio que mostró en Granada durante la dura represión de la Década Ominosa, ensangrentada por su padre felón. De no haber sido por él, en vez de un centenar de liberales ajusticiados, probablemente hubieran sido muchos más. La Regente consiguió alinearlo con la causa liberal, a pesar de haber prestado la mayor parte de su vida servicio al monarca más absoluto y sanguinario. O´Lawlor fue ascendido a teniente general y tomó posesión de prócer en el Senado el 17 de octubre de 1849; duró muy poco tiempo su vida política, ya que falleció el 19 de octubre de 1850. También por orden de Isabel II fue retratado por su pintor de cámara, Vicente López Portaña.
1836, el desenterramiento y culpables desaparecidos
El año 1836 la situación política y social de España había cambiado radicalmente. Fernando VII llevaba tres años muerto y su viuda María Cristina hacía de regente en nombre de su hija menor Isabel II. Los liberales se habían hecho con el poder. Lo primero que hizo fue congraciarse con ellos para protegerse de los carlistas que le querían arrebatar la corona. Accedió a investigar y revisar los principales crímenes cometidos por su marido en el arrebato del año 1831. Presionada por el nuevo ministro de Gracia y Justicia, Álvaro Gómez Becerra; a su vez éste obedecía órdenes del presidente del Gobierno, Mendizábal.
Se ordenó una investigación reservada para depurar a los que habían enviado a Mariana Pineda al cadalso. Ya conocemos que Ramón Pedrosa fue deportado a las Islas Filipinas en calidad de primer responsable
Se ordenó una investigación reservada para depurar a los que habían enviado a Mariana Pineda al cadalso. Ya conocemos que Ramón Pedrosa fue deportado a las Islas Filipinas en calidad de primer responsable. Aquellas averiguaciones resultaron muy complicadas porque la documentación secreta del tribunal que juzgó a Mariana Pineda había sido destruida en la reforma judicial del Estatuto Real, 1834. Había demasiados intereses de oidores por borrar su rastro; toda la culpa recayó en el alcaide del crimen por los especiales poderes que le había asignado el ministro Calomarde. A lo más que se llegó fue a conocer que a Antonio Miyar no lo habían condenado por unanimidad de los nueve miembros de la Audiencia de Madrid, sino que cuatro de ellos salvaron su voto. Es decir, que dentro de aquel tribunal la división era el reflejo de la sociedad polarizada del momento.
En la misma minuta cruzada entre el ministro de Justicia y la Regente se pedía también información sobre los miembros del tribunal granadino que salvaron su voto y, por tanto, también saber quiénes de ellos habían votado a favor de ejecutarla
En la misma minuta cruzada entre el ministro de Justicia y la Regente se pedía también información sobre los miembros del tribunal granadino que salvaron su voto y, por tanto, también saber quiénes de ellos habían votado a favor de ejecutarla. Porque todos los jueces por entonces se afanaron en pregonar que ellos no habían tenido nada que ver. Hubo algunas represalias y apartamientos de los jueces más significados, pero a ninguno se le pudo demostrar su crueldad con Mariana Pineda. El abogado y padre de la tercera hija de Mariana Pineda, José Peña y Aguayo, aseguró en su libro Vida y muerte de Dª Mariana Pineda que buena parte de abogados y oidores de la Chancillería de Granada ocultaban su corazón liberal bajo las togas. O sea, que había muchos liberales ocultos pero asustados.
El caso de Mariana Pineda fue el único que acabó en condena a muerte de una liberal declarada culpable en 1831. Ya conocemos el de Esperanza Planells; condenada a morir a garrote, con un cartel de “Por traidora” en el cuello. Su sentencia debería haber sido cumplida el 11 de abril, antes que Mariana Pineda, pero se fue retrasando hasta serle permutada a final de 1831. La tercera mujer condenada a muerte por liberal en la “tanda” de la granadina fue María Teresa Panigo y Cañas, detenida y acusada en Málaga en octubre de 1831 y juzgada por un tribunal en Granada. Tampoco a ella se le aplicó la máxima pena. Fue una destacada malagueña defensora del liberalismo. Pero en este caso era una mujer de la élite malagueña, de 54 años. Fue la esposa de Antonio Buch, mítico luchador contra los franceses en la guerra, y cargo público en el Trienio Liberal (secretario de la junta de Sanidad de Barcelona, gobernador de Valladolid un año y en 1823 acabó con el mismo cargo en Granada).
Tanto Planells en Madrid como Panigo en Málaga recibieron mucho apoyo social y presiones en las ciudades donde vivían cuando fueron juzgadas y condenadas. La malagueña acabó refugiándose en Gibraltar hasta 1833.
Al menos la abundante literatura que generó su férrea convicción y fiel a sus ideas liberales la han elevado a la categoría de heroína por excelencia de Granada.
Hace dos siglos que mayo es el mes de Mariana Pineda en Granada. El de 1831 porque fue el que llenó de zozobra y miedo al Reino, una oscuridad que perduró todavía varios años más. En mayo de 1836 se decidió buscar sus restos en el cementerio del Armengol y dignificar su figura. La iniciativa partió del Ayuntamiento de la capital. Los detalles de aquel negro acontecimiento se hubieran perdido con la destrucción de los documentos oficiales… de no haber sido por la biografía escrita por su último amante y padre de su hija, José de la Peña y Aguayo (1804-53): Vida y muerte de Dª Mariana Pineda.
Desde entonces, unas épocas con mayor efusividad y otras con menos (dependiendo del aire político) Mariana Pineda supone un día festivo para Granada. Al menos la abundante literatura que generó su férrea convicción y fiel a sus ideas liberales la han elevado a la categoría de heroína por excelencia de Granada.
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