HERMANDADES PRIMITIVAS, SIGLOS XVI a XVIII

Cofrades, flagelantes y empalados se hostiaban en Semana Santa de Granada

Ciudadanía - Gabriel Pozo Felguera. - Domingo, 29 de Marzo de 2026
Recibimos el Domingo de Ramos con un espléndido reportaje de Gabriel Pozo Felguera, que te sorprenderá, sobre los orígenes y evolución de la Semana Santa y las cofradías y hermandades en Granada, nada parecida a la que cinco siglos después se vive ahora, salvo en el postureo en algunas procesiones, y los cansinos, que pocos pueden negar. Por el mejor cronista de Granada.
Composición con las cuatro inofensivas chías que sobrevivieron en Granada a la prohibición de Carlos III y parte de una escena de flagelantes pintada por Goya en 1812.
LUIS RUIZ RODRÍGUEZ
Composición con las cuatro inofensivas chías que sobrevivieron en Granada a la prohibición de Carlos III y parte de una escena de flagelantes pintada por Goya en 1812.
  • Las procesiones del XVI se convirtieron en motivo de jolgorio, peleas entre penitentes y escándalo: el obispo Pedro de Castro acabó por prohibirlas en 1597

  • Carlos III eliminó en 1777 los desfiles sangrientos de flagelantes, picaos, aspados, comilonas en iglesias, cohetes, bailes y otras manifestaciones folklóricas

La Semana Santa primitiva de Granada (del XVI al XVIII) tuvo más folklore que religiosidad, torticeros creyentes e impetuosos cofrades; demasiados pleitos judiciales, mucha sangre y cantidad de peleas callejeras. Convivían flagelantes y picados de manda y a jornal; aspados que caminaban de perfil por las estrechas callejuelas. Tradiciones importadas de la vieja Castilla que acabaron siendo prohibidas por bárbaras y temor a grandes altercados sociales. Nunca congeniaron las ideas de los obispos ─que predicaban recogimiento y rezos─ con las exageradas manifestaciones populares de seglares, que confundían la semana de pasión con una extensión del carnaval. El exceso de autoflagelaciones y peleas callejeras entre cofradías concluyó en algunas muertes. Los excesos tuvieron que ser atajados por el arzobispo Pedro de Castro en 1597 suprimiendo casi todas las procesiones durante varios años. Dos siglos más tarde, en 1777, el rey Carlos III dio el aguijonazo definitivo a los picaos, flagelantes, antifaces y otros divertimentos que inundaban las calles cada primavera: fueron eliminados para siempre. La Semana Santa moderna granadina no tiene motivos para declararse heredera de aquellas manifestaciones atávicas del pasado. ¿O quizás alguno sí?

El Reino de Granada fue el último territorio en incorporarse a la celebración popular de la Semana Santa. Lógico tras tantos años de ocupación musulmana

El Reino de Granada fue el último territorio en incorporarse a la celebración popular de la Semana Santa. Lógico tras tantos años de ocupación musulmana. Lo hizo a marchas forzadas de la mano de cristianos viejos que la importaron de sus territorios de origen, la adusta Castilla y la baja Andalucía. Es innegable que ya en tiempos del obispo Gaspar de Ábalos (1529-42) hacen su tímida aparición las primeras cofradías o hermandades ligadas a los gremios profesionales: la Vera Cruz, la Virgen de las Angustias, la Soledad, la Cabeza… Pero la eclosión cofrade y las primeras salidas procesionales a las calles se produjo por la iniciativa y fomento traídos por el obispo Pedro Guerrero y Logroño (1546-76); aquel riojano se trajo consigo, de su tierra, una manera de entender la Semana Santa que hincaba las raíces en la edad media castellana: disciplinantes que exteriorizaban sus pecados y pedían perdón liados, empalados o aspados a cruces de palo mediante un centenar de metros de soga; hombres con el torso descubierto, la cara tapada y que se azotaban hasta destrozarse la espalda; disfraces de espantajos que iban anunciando el paso de la muerte con un tambor o una flauta (probable origen de las chías que perviven exclusivamente en Granada), etc.

Chías saliendo del Monasterio de San Jerónimo en los años sesenta del siglo pasado.

Entre 1563 y 1580 aparecieron cofradías a mansalva, aunque no todas fueron penitenciales. Aproximadamente una cuarta parte de ellas salían por Semana Santa a procesionar, bien en la modalidad “de sangre” o “de luz”

Para mayor abundancia, Pedro Guerrero fue uno de los teólogos sobresalientes que acudieron a Trento. El concilio tridentino fomentó (en su sesión XXV) la creación y adoración de imágenes y escenas que representaran la pasión, muerte y resurrección de Cristo como ayuda a la catequización del vulgo. Por eso en Granada empezaron a florecer las imágenes patrocinadas por gremios y cofradías a partir de 1563. Por supuesto, también el incremento de cofradías; a las que ya existían radicadas en iglesias, conventos y monasterios se sumaron otras que se cobijaron en las capillas de la girola de la Catedral, recién acabadas en esas fechas. Entre 1563 y 1580 aparecieron cofradías a mansalva, aunque no todas fueron penitenciales. Aproximadamente una cuarta parte de ellas salían por Semana Santa a procesionar, bien en la modalidad “de sangre” o “de luz”. Vieron nacer a la Encarnación y Paciencia, Humildad y Columna, Oración en el Huerto, Santo Crucifijo, Sangre de Cristo, dos de Ánimas, Sangre de Jesucristo, Sagrada Pasión, Jesús Nazareno y Santa Elena, Santa Inspiración, etc.

A pesar de la juventud de aquella primitiva Semana Santa granadina, ya se detecta cierta divergencia, o malestar, entre la jerarquía eclesiástica ilustrada y el pueblo seglar

A pesar de la juventud de aquella primitiva Semana Santa granadina, ya se detecta cierta divergencia, o malestar, entre la jerarquía eclesiástica ilustrada y el pueblo seglar. Tengamos en cuenta que el Reino de Granada tenía fama en el siglo XVI de ser el menos cristiano de toda la cristiandad, así lo consideraba el Papa Pío IV al finalizar Trento. No es de extrañar, por tanto, que la adusta religiosidad castellana fuese adornada en Granada con ritos de la mezcla de razas, religiones y culturas que convivían, y chocaban, en estas tierras donde se conformaba una sociedad diferente. La consecuencia fue una semana de pasión entendida de otra manera, en la que el populacho la veía más festiva. La Semana era momento de comilonas en iglesias, exigencia de limosnas para financiarse, ocasión para aprovechar la oscuridad de los desfiles para restregarse, mucho fuego artificial, mucha fanfarria, mucho exhibicionismo del éxito social de los que engrosaban sus bolsas y demasiada competencia entre las cofradías en su lucimiento callejero.

Fue el tiempo en que reinaba la anarquía sobre recorridos y horarios

Fue el tiempo en que reinaba la anarquía sobre recorridos y horarios. Cada desfile salía por donde quería y a la hora que le apetecía. La consecuencia lógica era cruzarse en alguna calle en cualquier momento; ahí surgía la exigencia de retírate tú que yo tengo preferencia. La disputa empezaba a voces, después a ciriazo limpio. Para acabar recurriendo a las espadas.

Grabado de Jiménez Aranda que refleja una pelea entre cofrades que se han encontrado en la misma calle.

Aquella degradación cofrade ya fue detectada por el obispo Guerrero, quien trató de poner cierto orden en sus Constituciones Sinodales de 1572. Las recomendaciones y ordenanzas del arzobispo no debieron surtir demasiado efecto porque los enfrentamientos siguieron físicamente y, sobre todo, se trasladaron a la justicia de la Real Chancillería. Ya no respetaban la autoridad episcopal, de quien teóricamente dependía aquel movimiento supuestamente hijo de la fe católica.

Méndez de Salvatierra (1582) volvió a insistir en que había demasiado desorden con tanta cofradía ocupando las calles sólo en dos días (jueves y viernes), demasiada exuberancia en el ropaje de imágenes y escenas que poco tenía de pasionales

El siguiente obispo, Méndez de Salvatierra (1582) volvió a insistir en que había demasiado desorden con tanta cofradía ocupando las calles sólo en dos días (jueves y viernes), demasiada exuberancia en el ropaje de imágenes y escenas que poco tenía de pasionales. En 1587 se vio obligado a promulgar un breve que fue la primera norma escrita sobre cómo comportarse en Semana Santa. Todo era visto como una exageración de ritos: tumultos de gente, salidas nocturnas que eran aprovechadas para “ligar”, disciplinantes que llegaban a morir por excesos de sangrado y congestiones, picados que eran contratados a sueldo por cofrades ricos, procesiones con demasiados pasos en la calle (hasta ocho), enorme gasto en cera (recomendaban procesionar con luz de día), se gastaba demasiado en pagar a cuadrillas a jornal y se les daban grandes comilonas, etc.

El obispo Salvatierra se topó con la oposición ciudadana y del Concejo, que le cuestionó autoridad y reaccionó exagerando aún más las manifestaciones ciudadanas.

La primera supresión de Pedro de Castro

La década final del XVI fue sumamente convulsa en Granada desde el punto de vista socio-religioso. El nuevo tiempo se inició con la llegada del arzobispo Pedro de Castro (1590), un hombre que aunaba también la vertiente de fino jurista por haber sido presidente de las dos Chancillerías españolas. Nada más llegar a la diócesis se fajó en combatir lo que consideraba relajación y abusos de las costumbres; detectó mucha falta de respeto a la Iglesia; relajación de composturas y hábitos sociales; el clero, frailes y monjas llevaban una vida disoluta, exigiendo limosnas en demasía, cobrando misas a diario y holgando en las despensas; echó manos de los alcaides del crimen para reprimir liberalidades y descomposturas; empezó a excomulgar a rebeldes; impuso infinidad de multas a poderosos que abusaban; expulsó a supuestas religiosas que vestían como si fuesen monjas sin serlo, etc.

Francisco de Goya recogió en sus óleos y aguafuertes los estertores de los últimos flagelantes y empalados que salieron en las procesiones a finales del siglo XVIII.

Todo esto estaba ocurriendo justo cuando Granada parecía la nueva Jerusalén: estaban empezando a aparecer huesos de santos martirizados en el Monte Valparaíso y unas planchas de plomo con el supuesto quinto Evangelio escrito en caracteres salomónicos. Con gentes de fuera viniendo a participar en aquella religiosidad tan espectacular y sorprendente. El lío en la ciudad debía ser monumental.

En medio de aquel barullo se encontraban las cofradías de sangre, las que no dejaban de exigir limosnas para sufragar sus espectáculos callejeros y sus actividades festivas y estomacales

En medio de aquel barullo se encontraban las cofradías de sangre, las que no dejaban de exigir limosnas para sufragar sus espectáculos callejeros y sus actividades festivas y estomacales. Entre las muchas existentes, eran diez las que tenían la condición de penitenciales de Pasión, las que centraban sus actividades en torno a la muerte de Jesús por Semana Santa. Todas llenas de excesos en el fondo y la forma de manifestarse. Por eso les llegó el turno de pasar por el aro de la reforma arzobispal. Fue en el año 1597. El obispo Pedro de Casto, ayudado por su inseparable y fiel secretario Justino Antolínez de Burgos, decidió poner coto a tanto espectáculo cofrade; suprimió la mayoría de ellas y a las demás las ató cortas.

Podemos hacernos una idea de la forma de vivir y actuar en las cofradías primitivas de finales del XVI a través del informe justificativo que elaboró el que también fue vicario general, deán de la Catedral y primer abad del Sacromonte; Antolínez de Burgos dejó escritos varios párrafos que merece la pena conocer, porque retratan a la perfección aquel momento cofrade que se vivía en la ciudad: “Había muchas cofradías de disciplina. Tenían poca o ninguna renta, y su mayor aprovechamiento eran limosnas. Gobernábanlas (como suele) gente seglar; no daban buenas cuentas, hacían gastos excesivos y, aunque no se los pasaban los visitadores, no se podían cobrar por ser gente pobre. Tenían mil pleitos sobre cobrar las luminarias de los cofrades, que es cierta cantidad de maravedíes que han de dar a la cofradía cada año; y, por no la dar, dejaba de decir las misas que tiene obligación por cada cofrade que muere”.

Y proseguía detallado el desorden interno en su gobierno y las tundas de hostias que se daban en las calles cuando se cruzaban

Y proseguía detallado el desorden interno en su gobierno y las tundas de hostias que se daban en las calles cuando se cruzaban: “Eran continuas las pendencias y rencillas en la elección de oficiales, y no querer obedecer en los cabildos al superior. No eran menores las disensiones que entre estas cofradías había en la Semana Santa, porque, forzosamente, como eran tantas y salían en dos días, se habían de encontrar, y tenían muchas pendencias sobre el pasar por una calle; porque la menos antigua pretendía que, habiendo llegado primero a ella, había de pasar; la otra, que se le había de guardar su antigüedad y que hasta que ella pasase no había de llegar la más moderna; y, concurriendo a un tiempo dos o tres era milagro no matarse cien hombres”.

“Seguiánse otros inconvenientes sobre querer llevar una cofradía más disciplinantes que otras; porque, como no los tenía, los alquilaban; y se averiguó quebrantaban muchos el ayuno; y, en conclusión, bastaba decir que eran cofradías, pues en ellas no se guarda (como comunidad sin cabeza) el santo y principal motivo para que fueron constituidas”.[i]

Procesión de flagelantes de finales del XVI y principios del XVII, estampa muy habitual en el paisaje granadino.

La decisión del obispo Pedro de Castro fue suspender la Semana Santa y a siete de las diez cofradías penitenciales que salían el jueves y viernes santos por las calles

La decisión del obispo Pedro de Castro fue suspender la Semana Santa y a siete de las diez cofradías penitenciales que salían el jueves y viernes santos por las calles (sólo quedaron la Vera Cruz, las Angustias y la Soledad). Pero ahí se topó con la oposición de priores de conventos donde radicaban o los padrinos políticos que actuaban como valedores. Pedro de Castro hizo careos y averiguaciones al estilo judicial entre los cofrades y consiguió que se denunciaran unos a otros. Decidió judicializar el asunto poniéndolo en manos de la Justicia y del corregidor de la ciudad. El asunto acabó llegando hasta el despacho de Felipe II, que respaldó la decisión del arzobispo. Finalmente, sólo se salvaron de la supresión las tres mencionadas y con posterioridad también se perdonó a las de las Ánimas (de Santo Domingo) y la de los Nazarenos (los Mártires).

Resurgimiento en 1616 e impulso en el Barroco

Las salidas de Semana Santa quedaron muy mermadas durante los siguientes años. Sólo se les permitía salir de vez en cuando a procesionar en caso de epidemias o sequía graves, pero no desfiles semanasanteros, sino como rogativas. Regresaron en la primavera de 1606 para unas plegarias por sequía y, sobre todo, a partir de 1611 con la llegada del nuevo obispo y su petición a las hermandades para que colaborasen en las obras de la Catedral. En abril-mayo de 1616 hubo una terrible seca. La sede arzobispal estaba vacante, el consistorio presionó para que salieran en rogativa todas las cofradías con sus respectivos pasos. Cuenta Jorquera en sus Anales que “… se originó una grande subida del pan, causando algún hambre… y se mandó saliesen todas las cofradías de sangre, saliendo todas como si fuese Semana Santa, con mucha gente de azote… Salió también de sangre la cofradía de la Paciencia de Cristo, que solía ser de los negros, que había mucho tiempo que no salía…”.

Flagelación de Cristo, de Juan de Sevilla, en el crucero de la Catedral de Granada.

El obispo-presidente del Gobierno hizo borrón y cuenta nueva a partir de entonces, con lo cual la semana santa barroca entró en una fase mucho más “civilizada” y tranquila de lo que había sido hasta entonces

Tras aquellos años de altibajos en salidas de cofradías del primer tercio del siglo XVII, con la llegada del barroco, se empezaron a tallar nuevas imágenes que anunciaban el resurgir del movimiento procesional. A ello contribuyó una decisión del nuevo obispo Miguel Santos de San Pedro; fue un arzobispo nombrado en 1631 y que nunca estuvo en Granada, pues era presidente del Consejo de Castilla (presidente del Gobierno); gobernaba a través de su vicario general, Juan Palacios: mandó retirar los miles de demandas que había cruzadas entre hermandades y cofradías, arrastradas muchas de ellas desde décadas atrás. El obispo-presidente del Gobierno hizo borrón y cuenta nueva a partir de entonces, con lo cual la semana santa barroca entró en una fase mucho más “civilizada” y tranquila de lo que había sido hasta entonces.

Retrato del arzobispo Miguel de Santos, el que “tranquilizó” las cofradías desde Madrid. Dcha., penitentes en Asís, de José Jiménez Aranda.
Jesús de la Humildad pintado por Alonso Cano en 1643, conservado en la iglesia de San Ginés de Madrid. Dcha., libro de reglas de la Cofradía de Jesús de la Humildad (1742) que tenía sede en el Convento de la Merced.

El barroco se puede considerar el primer momento de esplendor para el mundo cofrade y semanasantero de Granada. También coincidió con el impulso devocional a la Inmaculada, la erección de la Columna en el Triunfo e infinidad de cruces por la ciudad. Fue el momento de aparición de la Cofradía del Entierro y las Tres Necesidades; también se sumaron la Hermandad de los Trece, el Nazareno de la Victoria, San Francisco de Paula y Nuestra Señora de la Aurora. Se empiezan a representar los textos evangélicos. Se abrieron las vías sacras desde San Ildefonso hasta el convento de Fajalauza, la del Santo Sepulcro de los Rebites, la del Cerro de San Miguel y la del Camino del Monte.  Aquella era tranquila propiciada “manu militari” por el arzobispo-presidente del Consejo de Castilla fue la que perduró durante algo más de un siglo y medio, hasta prácticamente el final del antiguo régimen y el pleno dominio de los ilustrados que rodeaban al rey Carlos III.

Pero no podemos olvidar que poco a poco las cofradías y sus salidas procesionales se fueron contaminando y deteriorando a partir de mediado el siglo XVIII

Pero no podemos olvidar que poco a poco las cofradías y sus salidas procesionales se fueron contaminando y deteriorando a partir de mediado el siglo XVIII. Empalados y flagelantes suponían el atractivo principal de los espectáculos callejeros de jueves y viernes santos. Con la contaminación añadida de la política o las quejas sociales. Toda esta mezcla iba a desembocar en la definitiva gran crisis de 1777, que fulminó la mayoría de las cofradías y los ritos sangrientos que se habían normalizado desde mediado el XVI.

La crisis de 1777 y desaparición de la sangre

La situación del mundo cofrade se mantuvo estable en Granada prácticamente hasta finales del tardobarroco, hasta la llegada de Carlos III. Granada era una ciudad que se mantenía estancada en el umbral de los cincuenta mil habitantes. A pesar de ello, contaba en 1765 con 114 cofradías y hermandades no penitenciales y 11 de carácter penitencial[ii]. La inmensa mayoría no procesionaban o lo hacían exclusivamente el día de su onomástica. De las once de Semana Santa, casi todas ellas mezclaban hermanos de sangre con hermanos de luz.

El año 1766 marcó un antes y después para la ofensiva que emprendió la Corona y también las altas jerarquías religiosas contra el desorden de las procesiones

El año 1766 marcó un antes y después para la ofensiva que emprendió la Corona y también las altas jerarquías religiosas contra el desorden de las procesiones. Los tumultos protagonizados por el pueblo de Madrid durante el Motín de Esquilache, y secundado tímidamente por otras ciudades, ocurrió durante el periodo de Semana Santa. El motivo real o la mecha la encendieron las necesidades básicas de alimentación, pero los gobernantes quisieron verlo parapetado en las hermandades y cofradías. El empeño ─como casi dos siglos atrás─ de las autoridades civil y eclesiástica fue reprimir las prácticas religiosas populares. Una tarea que no se les presentaba tan fácil. La Semana Santa era hasta entonces un púlpito al que se subía la nobleza, la incipiente burguesía y el clero de medio pelo a lucir sus vanidades. Todo era boato barroco; el recogimiento y la religiosidad interior eran lo de menos. Incluso algunos se ufanaban de no ser muy creyentes, pero mataban por ocupar cargos prioritarios en sus cofradías.

Molestaba mucho la generalización del limosneo practicado por las cofradías. A los hermanos se arriban todo tipo de necesitados que presionaba para obtener su óbolo destinado supuestamente a la cofradía. Se prodigaban infinidad de rosarios callejeros para recaudar fondos. Pero sobre todo lo que más molestaba a religiosos era el protagonismo que habían adquirido los seglares. Y, por ser tardobarroco, todo eran adornos, farfollas y hojarascas que había que pagar. El resultado era un excesivo endeudamiento de las cofradías. Los cofrades descuidaban la labor asistencial de los gremios que motivaron su fundación.

Para empeorar la situación, se llegó a la de indecencia por falta de compostura en los cultos y procesiones. Los desfiles se habían convertido casi en una pasarela de moda donde exhibir trajes, joyas y cuerpos

Para empeorar la situación, se llegó a la de indecencia por falta de compostura en los cultos y procesiones. Los desfiles se habían convertido casi en una pasarela de moda donde exhibir trajes, joyas y cuerpos. Donde ofrecer y buscar pareja. Incluso se incrementó el número y peligro de los flagelantes que querían mostrar su virilidad ante la dama pretendida. Como un torero que se jugaba la vida en la plaza para regocijo de su amada. Para mayor inri, se gastaba demasiada cera para intentar alumbrar las oscuras calles de la ciudad, lugares propicios para profanaciones y escándalos. El pecado sexual rondaba por todos los rincones.

De manera paralela, buena parte de la ruina de hermandades procedía de sus derroches

De manera paralela, buena parte de la ruina de hermandades procedía de sus derroches: las cofradías competían por llevar mayor número de disciplinantes y empalaos, para lo cual contrataban a pobres necesitados. Habían introducido innumerables soldados romanos “de lata” que se convertían en dianas de niños. Como después se hizo con los jornaleros a costal. Sus recorridos por las callejuelas se convertían en una juerga y griterío, la mayoría de las veces acompañados de cohetería. Introdujeron infinidad de adornos, elementos exóticos y figurantes ridículos. Los días del entorno de la semana de pasión los convertían en verbenas dentro de las iglesias: se organizaban comilonas, bailes, sorteos y todo tipo de diversiones en las naves, capillas de los templos, atrios y cementerios anexos. La rivalidad entre las cofradías se dilucidaba siempre a voces entre cofrades, peleas y denuncias en la Chancillería.

Aunque esta foto es 1913 en la puerta de Fajalauza, bien pudiera corresponder con un desfile lleno de romanos y personajes descontextualizados del siglo XVI. MARTÍNEZ RIOBOÓ.

Estuvieron varios años denunciándose por cuestión de coincidencia en el itinerario y préstamos de penitentes; el asunto llegó hasta el Consejo de Castilla

Fue famoso el pleito entre las dos cofradías del entierro, llamadas la Soledad y Entierro de Cristo (en el convento de carmelitas calzados) y Entierro de Cristo y Nuestra Señora de las Tres Necesidades (de San Gil); estuvieron varios años denunciándose por cuestión de coincidencia en el itinerario y préstamos de penitentes; el asunto llegó hasta el Consejo de Castilla. Unos recorridos que discurrían por las calles estrechas de ambas márgenes del Darro, con paso obligado ante la Real Chancillería y puerta de la Catedral.

En febrero de 1777, a instancias del obispo de Plasencia, José González Laso, el rey Carlos III dictó una Cédula por la que puso fin a la mayoría de las excentricidades, abusos y exageraciones que se habían acumulado en toda España. A partir de esos momentos y hasta principios del siglo XIX los siguientes monarcas volvieron a actualizar la cédula de prohibición, porque rebrotaban de vez en cuanto. Las principales consecuencias fueron las siguientes:

1. Quedaban prohibidos los penitentes de sangre o disciplinantes (con los picados paralelos), así como los empalados de las procesiones de Semana Santa. También en otras ocasiones festivas. Se consideraba que era un desprecio a lo prudente en lugar de ejemplo de edificación. Además, solían darse casos de enfermedades graves y muertes por tanta congestión de golpes o pérdidas de Sangre. (En el caso de Granada, se cumplió prácticamente a rajatabla la desaparición de la sangre, solamente recibieron autorización las chías por no suponer ningún peligro para la salud).

2. Se suprimieron las procesiones de noche “por ser una sentina de pecados, en que la gente joven y toda la demás viciada se vale de la concurrencia y de las tinieblas para muchos desórdenes y fines reprobados”.

3. No se podía bailar los días de fiesta delante de ninguna imagen a la que se le pretendiera dar culto. Esto afectó mayormente a los danzantes que salían en Corpus. Ni tampoco organizar bailes dentro de iglesias, atrios y cementerios. Los bailes deberían hacerse en plazas públicas, que finalizarían con alguna ofrenda o limosna.

4. Se autorizaba al obispo o al correspondiente presbítero a enjuiciar la ofensa y aplicar multas.

Cédula impresa en seis cuartillas por la Real Chancillería, copia de la de Carlos III, que acabó con las procesiones de sangre en 1777 en Granada. ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL.

A partir de aquella real cédula quedó en manos de la justicia ordinaria y eclesiástica la represión de la sangre y las torcidas costumbres en la Semana Santa española

A partir de aquella real cédula quedó en manos de la justicia ordinaria y eclesiástica la represión de la sangre y las torcidas costumbres en la Semana Santa española. Pero como la vigilancia y aplicación se dejó en manos de curas, fue muy dispar la manera de entender la norma, según de qué ciudades y pueblos se tratase. Se suavizaron aquellas representaciones tan bárbaras llenas de sangre; no obstante, en poblaciones que no eran de realengo o poco vigiladas se mantuvieron todavía durante algunos años ─o reaparecieron de manera ocasional─ los flagelantes y aspados paseando por sus calles. Son los que todavía perviven en poblaciones de Valverde de la Vera (empalaos) y San Vicente de la Sonsierra (flagelantes y picaos).

El único vestigio de flagelantes que quedó en España es el de San Vicente de la Sonsierra (Rioja). Hasta 1777 fueron comunes en prácticamente todas las ciudades y pueblos de España.

La Semana Santa primitiva y sangrienta murió a partir de 1777 en Granada. Para la historia quedaron sus flagelantes, picaos, cirineos, prójimos, aspados y empalados

De aquella Real Cédula de 20 de febrero de 1777 se reimprimió una versión en la Real Chancillería de Granada que fue repartida por toda su demarcación cada vez que se aproximaba la Semana Santa. Ante aquel cúmulo de prohibiciones no quedó más remedio que ir finiquitando cofradías; en 1783 cerraron la mayoría de las gremiales y las que no contaban con aprobación eclesiástica. La Semana Santa granadina languideció, de manera que los franceses (que ocuparon el Reino entre 1810-12) no tuvieron que afanarse en reprimirlas por su peligro de concentración humana; se las encontraron moribundas o muertas. La única que quedaba activa y en condiciones de procesionar era la de las Angustias, la que fue más estable desde su fundación a mediados del XVI hasta que dejó de salir en Semana Santa a partir de 1887.

La Semana Santa primitiva y sangrienta murió a partir de 1777 en Granada. Para la historia quedaron sus flagelantes, picaos, cirineos, prójimos, aspados y empalados.

Vaivenes en los siglos XIX-XX y consolidación actual

Todo el siglo XIX se puede considerar de transición, altibajos y largos periodos de desaparición de las cofradías y sus recorridos de Semana Santa. La única que tuvo cierta continuidad fue la de las Angustias. Fue el siglo más convulso de España en términos políticos, sociales y religiosos. Las fechas claves desde entonces, hasta su “resurrección” de hace un siglo, se pueden resumir en los siguientes hitos:

  • 1808-14. Desaparecen prácticamente
  • 1856-68. La recta final del reinado de Isabel II, con sucesivos gobiernos moderados, se produjo un resurgimiento un tanto discontinuo. Hubo dos novedades importantes: la salida del Entierro desde San Gil (trasladado a Santa Ana a partir de 1869 en que fue demolida aquella iglesia) y la proliferación de Chías; si antes solían salir dos, la morada y la negra, en 1858 hay noticias de prensa de doce en la calle. (Hoy salen cuatro).
Periódico La Alhambra, de 1858, que da noticia de la salida de una docena de chías.
  • 1887. Las Angustias deja de salir como paso de Semana Santa al ser declarada patrona de la diócesis de Granada.
  • Principios del XX. Continuaba una Semana Santa un tanto decaída.
  • 1909. Empieza la recuperación.
  • 1913-15. Comienzan los desfiles antológicos de todas las cofradías existentes. Estuvieron haciéndolo hasta 1924.
Diversas escenas de procesiones entre 1915 y 1927, cuando se fraguó la Semana Santa moderna: Cristo yacente por la Gran Vía; Vía Sacra con las Angustias por el cerro Aceytuno; paso sobre ruedas saliendo de Santa Paula; Vía Crucis del Albayzín; y Semana Santa Antológica en Plaza Nueva.
  • 1924-31. Con la Dictatura de Primo de Rivera se empiezan a poner las bases de lo que podemos calificar como Semana Santa moderna granadina. Hay una eclosión en cuanto a nacimiento o renacimiento de varias cofradías, que en muchos casos retoman imágenes del barroco para procesionarlas. Se alternan los pasos de costaleros bajo trabajadera, varales externos y carros rodantes. Se establece un recorrido céntrico unificado, empiezan a aparecer sillas para espectadores en la calle Reyes Católicos y se habla de un recorrido común y oficial para casi todas. Se fragua la Federación de Cofradías que aúna a todas las hermandades desde entonces (32 en la actualidad). Los tallistas de imágenes reciben encargos, especialmente los sevillanos que trabajan para Granada.
  • 1931. Procesionan los pasos en la última Semana Santa del reinado de Alfonso XIII, sólo una semana antes de la proclamación de la II República. El ambiente es de tensión social.
  • 1932-34. Se celebra de puertas adentro de iglesias y claustros de monasterios. Periodo de mayor anticlericalismo de la historia reciente. La pasión y muerte de Cristo queda recluida en los templos.
  • 1935. Una raya en el agua, el gobierno de derechas anima a desempolvar hábitos y capirotes. Debajo van muchos que se declaran no creyentes, pero sí cofrades de alma.
  • 1936-39. La guerra no ofrece buen escenario ni ambiente para retomar la Semana Santa.
Paso de palio en los años cincuenta por el centro de Granada, cuando todavía eran habituales las bengalas y fuegos artificiales en los desfiles.
Cristo de los Gitanos pasando por Santa Isabel la Real de regreso al Sacromonte, sobre varales externos.

El postureo actual, la plaga de farfollicas pentecostales, la impostura y los cansinos sí parecen herederos de aquellos desfiles rococós

  • 1940-65. Se vuelve a recuperar el espíritu de antes de la II República. Continuidad en medio de un ambiente de pobreza y hambre.
  • Década de 1980-actualidad. Se produce otra nueva gran eclosión, con la creación de nuevas cofradías “a la sevillana”. Poco a poco la Semana Santa de Granada se convierte en el segundo atractivo turístico anual y motor económico de Granada, tras la Alhambra-monumentos.

Quedó en el olvido el folklore y la sangre por las calles cada primavera. El postureo actual, la hojarasca, la plaga de farfollicas pentecostales, la impostura y los cansinos sí parecen herederos de aquellos desfiles rococós.

El tratamiento, mejora de imágenes y asesoría gráfica son obra de Luis Ruiz Rodríguez.

Notas al pie:


  • [i]I Este resumen está incluido en la Historia Eclesiástica de Granada, acabado de redactar en 1611 por Justino Antolínez y no publicado hasta 1996 por la Universidad de Granada.
  • [ii] Según el recuento de Álvaro Guerrero Vílchez en Semana Santa en Granada. 1760-1960