"El Albaicín que yo viví no volverá"

Un año —el tiempo transcurrido desde su jubilación como médico de la Unidad de Enfermedades Infecciosas del Hospital Virgen de las Nieves y profesor de la facultad— ha empleado Miguel Ángel López Ruz en escribir a razón de diez horas diarias "El Albaicín. Recorridos, lugares, personajes y vivencias", un documentadísimo libro que es muchas cosas: una guía del barrio en el que pasó su juventud destinada a turistas y residentes, una memoria sentimental del lugar donde creció, un espacio mágico cuyos sonidos, aromas y monumentos viven en los surcos más hondos y añorados de la memoria compartida y, en fin, una contribución más a su vocación solidaria hacia el prójimo. De hecho, las ganancias de las dos reimpresiones que ya suma el libro —más las que están por venir— han sido destinadas a una ONG dedicada al cuidado de personas sin medios económicos.
Las ganancias de las dos reimpresiones que ya suma el libro —más las que están por venir— han sido destinadas a una ONG dedicada al cuidado de personas sin medios económicos
Conocí a Miguel Ángel, a López Ruz o a Ruz, como casi exclamativamente lo llamábamos sus compañeros del Instituto Filial de la Carretera de Murcia allá por 1968, cuando ambos contábamos diez años y escalábamos las asignaturas del bachiller elemental y los riscos de la adolescencia en las aulas de aquel centro acogedor. Acogedor, de espíritu laico, con un pabellón para niños internos, erigido junto a otro colegio de Formación Profesional. Un chico alto, serio, aplicado y tan prudente que ya se merecía el bigote amable y sensato que ahora luce. ¡El hijo de los porteros del convento de las Tomasas! ¡Ruz!
Era imposible hacerle una entrevista común, una ristra de preguntas y respuestas monocordes. Una conversación quizá, en un café, una mañana luminosa de este caprichoso mes de abril de 2026. Miguel Ángel ha escrito una decena de libros, casi todos de medicina, más este del Albaicín y uno secreto, solo apto para amigos y familiares, que tiene un título que parece una confidencia: "He tenido suerte".
― Tu primer año de jubilación te ha ocupado entonces la escritura del libro.
― Prácticamente. Empecé en enero y terminé en noviembre. Tenía muchas ideas, pero había que contrastarlas todas y verificar fechas, estilos, artísticos, edificios, itinerarios.... He consultado más de 40 libros.
― Nosotros nos conocimos cuando teníamos 10 años, cuando estudiábamos bachiller. Fueron años claves en nuestra formación.
― La generación entre el 50 y 70 del siglo pasado tenemos un carisma especial, tuvimos que aprender porque era la única manera de salir adelante. Esos años los recuerdo con mucho cariño, por haber aprendido mucho. Del Filial pasé al Suárez y recuerdo también con afecto la escuela de primaria en el Gómez Moreno.
― Nosotros conocimos un Albaicín que no era ni remotamente Patrimonio de la Humanidad sino más bien patrimonio de los humanos… Si tuvieras que explicar a un visitante del siglo XXI cómo era aquel barrio, ¿qué habría que suprimir y qué añadir?
Se debería dedicar un porcentaje de viviendas a personas normales, reducir los impuestos a los comercios, que no hubiera un único centro de salud, más actos culturales
― Suprimir nada, pero quizá sí minorar, por ejemplo, el bum turístico porque la habitabilidad allí se ha dificultado mucho. No hay tiendas, no puedes comprar pan o leche. Y vecinos hay pocos. Los de toda la vida son residuales, un 5%. Después hay vecinos de élite que viven en grandes casas adosadas o cármenes y luego inquilinos temporales. Y, por último, turistas de una, dos o tres noches. El Albaicín que nosotros conocimos tenía tres o cuatro veces más pobladores, y todo tipo de comercios: zapaterías, lecherías, vaquerías, tiendas de hilos o practicantes. Ahora, como casi no hay autóctonos, no existen esos comercios. Se debería dedicar un porcentaje de viviendas a personas normales, reducir los impuestos a los comercios, que no hubiera un único centro de salud, más actos culturales. Es decir, devolver la vida al barrio y llevar a vivir allí a más albaicineros porque quienes habitan esas casas de élite no son los que nosotros conocimos.
― Además de los cuidadísimos textos, el libro contiene más de 300 imágenes, la mayoría de las cuales las has hecho tú.
― Las fotos partían de varias ideas: la primera, que el paseante reconociera las edificaciones, pero también, que los lectores pudieran identificar lo que hay allí. Ver y pasear. Hay también algunas fotos inéditas o casi desconocidas. Eso enriquece el texto. También he intentado contrastar algunas imágenes actuales con las antiguas, para ver cómo ha cambiado el barrio.
― Me llama la atención algo misterioso de tus fotos: la gente ha desaparecido de ellas, solo permanece el escenario.
― La mayoría las hice sin personas, sí, más que nada para que primara la imagen del barrio. El libro también es una guía turística. Es verdad que si comparo la población que hoy encontramos en la calle Panaderos, las del Agua o la plaza Aliatar con la de hace 50 años hay un abismo.
― Pero ese paisaje desierto da una apariencia distópica.
― En el Albaicín hay determinadas zonas en que no hay absolutamente nadie. Lo que pasa es que no forman parte del Albaicín turístico.
― García Lorca, en los años treinta del siglo pasado, pronunció una conferencia titulada "Como canta una ciudad de noviembre a noviembre" en la que hace una descripción de Granada a través de las luces, los sonidos, los aromas, el paso de las estaciones. En el caso del Albaicín, otorga una importancia capital a los sonidos.
― De hecho lo contemplo en el libro y en las dedicatorias invito a los lectores a que se impregnen de los colores, los olores, las luces y los sonidos. A Lorca lo cito en dos ocasiones: cuando, junto a Manuel de Falla, organizaron el Festival de Cante Jondo de 1922 y se reunieron en el Carmen de los Torreones con el pianista Francisco García Carrillo y cuando solía ir al convento de las Tomasas a la misa del gallo.
― Sí, la conferencia también cita el convento de las Tomasas.
― Claro, es que iba por allí. El Albaicín, aparte de las vistas, es sonidos, contraste de los colores y de olores según la hora del día. De hecho, hay una calle llamada Panaderos pues había mucha población a la que había que suministrar el pan.
― En la Carrera del Darro, donde viví yo, el despertador que marcaba el horario era el de las campanas: la Vela, San Pedro, Santa Ana, el convento de la Concepción o el de las Bernardas.
"El Albaicín era el lugar con más iglesias por metro cuadrado debido a que tras la reconquista todo lo musulmán fue sustituido por los cristianos"
― El Albaicín era el lugar con más iglesias por metro cuadrado debido a que tras la reconquista todo lo musulmán fue sustituido por los cristianos. También hubo conventos de monjes varones. La Concepción, Zafra, San Bernardo, las Tomasas, Cristo Rey, Santa Isabel la Real, los Agustinos Recoletos de la Placeta de Abad, San Juan de los Reyes, San Luis… Un barrio lleno de campanas.
― ¡Menudo mano a mano de campanarios hemos improvisado! La convivencia que teníamos los niños con aquellos lugares de culto o retiro quizá ahora no se entendería.
― En aquella época nuestros padres nos educaban, nos educaban en el colegio, pero también nos educaban nuestros vecinos y los sacerdotes y religiosas de las parroquias. Los niños, cuando pasaba un sacerdote, paraban el juego y corrían a besarle el anillo. Era lo natural, lo hacía todo el mundo. Igual que nadie se extrañaba si un vecino echaba una regañina o iba a quejarse a tus padres.
― Cuesta trabajo concebir que un niño como tú pasara su infancia en la portería de un convento, el de las Tomasas.
Un portero era un servidor continuo. los siete días de la semana, para lo que necesitaran las monjas que eran de clausura y que no podían salir en una época que no existían los teléfonos
― La historia arranca de mis bisabuelos, que fueron los porteros y al fallecer la portería pasó a mis padres. Un portero era un servidor continuo. los siete días de la semana, para lo que necesitaran las monjas que eran de clausura y que no podían salir en una época que no existían los teléfonos. Yo me eduqué allí y aunque las condiciones higiénicas y sanitarias no eran las mejores fui feliz en esa casa. Una vivienda muy soleada orientada al sur con vistas a la Alhambra. Mis bisabuelos tenían dos hijas monjas porque era una manera de salvaguardar a la familia.
― Entonces todos teníamos tías monjas. En el libro escribes unas frases muy reveladoras: allí aprendía a hablar, a leer, conocía a mis vecinos, a mis amigos, trabajé de recadero… Todo un itinerario vital.
― Fui un niño parcialmente feliz, porque hay otros aspectos de mi vida que no lo fueron tanto. Los niños, salvo que estén enfermos, son felices. ¡Con un ladrillo o con una lagartija! ¡Tenía que ser recadero! Las monjas mandaban mucho. Llevaba dulces, ropa, ajuares, cartas. Pero nunca fui monaguillo. Las monjas me lo propusieron, pero nunca lo acepté. En el colegio Gómez Moreno, en la época de las comuniones, los comulgantes iban desfilando a San José. Y delante de ellos iba un monaguillo con una campana. ¡Ese era yo! ¡Era un falso monaguillo! Y delante, ángeles, que eran niñas con alas, pero nunca ayudé a misa.
― En el libro incluyes once itinerarios, pero ¿cuántos itinerarios se pueden idear en un barrio tan laberíntico?
― Los que tú quieras imaginar. Yo he puesto once para que no quede nada sin visitar. El Albaicín es como una medina de Fez o Marrakech.
― ¿Fue esa geografía gozosa la que apretó los lazos de amistad de aquellos niños?
― R. Casi todos procedíamos de familia con recursos parecidos. Y teníamos colegios y juegos comunes. Recuerdo que un profesor de manualidades, don Moisés, nos encargó que fabricáramos unas marionetas de escayola. Recuerdo que la representación que hiciste tú fue un prodigio. Yo hice otra.
― Yo te recuerdo como un chico espigado, estudioso y muy prudente, capaz de sacar adelante cualquier proyecto personal. ¿Cómo llegaste a la medicina?
― Ocurrió en COU. Estaba desorientado. Pero me encantó la biología y como hay otra tendencia en mi vida que consiste en prestar ayuda a los demás, por solidaridad, decidí estudiar medicina. No había antecedentes familiares.
― ¿Recuerdas a los médicos del Albaicín?
"Esos médicos eran cercanos, sin horarios, a veces incluso te regalaban las medicinas y no te cobraban"
― Médicos, que yo recuerde, había cuatro. Uno en la cuesta del Chapiz, don Antonio Bolívar; otro en la calle Pagés, don Antonio Santiago; otro en la placeta Aliatar, don Ángel Orte. Y luego, el que más apreciaba porque era el médico del convento, don Emilio Jiménez Amigo. Esos médicos eran cercanos, sin horarios, a veces incluso te regalaban las medicinas y no te cobraban.
― ¿Cuánto hay de nostalgia en tu libro?
― Mucho. El Albaicín que yo viví no volverá. En ese barrio fui feliz. Entre los 15 y los 24 años estuve mucho por allí pero ya no viví en el barrio.
― Y tendrías, supongo, tu primer amor.
― Y allí di mi primer beso.
― Hablando de besos, otra cosa extraordinaria del barrio es el nombre de las calles. La del Beso, por ejemplo.
― Primero se llamó calle del Conde de Cabra. Nombres sonoros: la calle de las Arremangadas. La Cuesta del Chapiz fue primero de Isabel de Solís. Yo aprendí a nadar en la alberca del Carmen de Max Moreau.
― Yo en una más pequeña, mínima, de los Baños Árabes. Vivíamos en un lugar maravilloso. ¿Qué piensas del proyecto para sacar a subasta el centro de menores de San Miguel y construir un hotel?
― Era un reformatorio de niños traviesos que llevaban los Hermanos Obreros de María. No sé quién es el propietario, pero de las transformaciones que ocurren en el barrio no sé qué decir, no soy un experto, pero no deberían ocurrir.
― ¿Serías capaz de concebir un itinerario por el Albaicín para recuperar la infancia?
― Sí, lo sería. Me iría a mi infancia. Las Tomasas, San Nicolás, San Miguel Bajo, el Huerto de Carlos y la placeta de las Minas. Si alguna vez me pierdo, que me busquen por allí.



















































