Reproducimos la intervención de Agustín Martínez en el homenaje al maestro en el 90 aniversario de su ejecución

'Pedro Fernández, el maestro que quisieron silenciar y que hoy nos sigue enseñando'

Política - Agustín Martínez - Viernes, 7 de Agosto de 2026
El periodista Agustín Martínez rinde homenaje a Pedro Fernández Sánchez, maestro de Huétor Vega ejecutado por los golpistas. Para que no se olvide, para que nunca se repita.
Agustín Martínez junto a la parlamentaria Olga Manzano y el alcalde de Huétor Vega, Mario del Paso.
PSOE Huétor Vega
Agustín Martínez junto a la parlamentaria Olga Manzano y el alcalde de Huétor Vega, Mario del Paso.

Hay nombres que pertenecen a una familia, a una calle, a un pueblo. Hay nombres que forman parte de una fotografía antigua, de una conversación entre abuelos, de un recuerdo que pasa de generación en generación. Y hay nombres que, con el paso del tiempo, dejan de ser solamente nombres para convertirse en símbolos.

El nombre de Pedro Fernández Sánchez pertenece a estos últimos.

Pedro Fernández fue maestro en Huétor Vega. Pero decir solamente que fue maestro sería reducir extraordinariamente la dimensión de su vida. Porque Pedro Fernández no entendió la enseñanza como un empleo. La entendió como una misión. Como una forma de transformar la vida de las personas. Como una herramienta para abrir puertas allí donde durante generaciones solo había habido paredes.

Y quizá por eso quisieron matarlo.

En aquella España de los años treinta enseñar podía ser un acto profundamente revolucionario. No porque un maestro empuñara un arma o llamara a la violencia. Revolucionario porque enseñaba a leer. Porque enseñaba a pensar. Porque defendía que un niño nacido en una familia humilde tenía exactamente el mismo derecho a estudiar que el hijo de una familia acomodada

Porque en aquella España de los años treinta enseñar podía ser un acto profundamente revolucionario.

No revolucionario porque un maestro empuñara un arma. No revolucionario porque llamara a la violencia. Al contrario. Revolucionario porque enseñaba a leer. Porque enseñaba a pensar. Porque defendía que un niño nacido en una familia humilde tenía exactamente el mismo derecho a estudiar que el hijo de una familia acomodada. Porque creía que el conocimiento no debía ser patrimonio de unos pocos, sino una herramienta al alcance de todos.

Pedro Fernández perteneció a aquella extraordinaria generación de maestros que hizo de la escuela pública uno de los grandes instrumentos de transformación social de la Segunda República.

Aquellos maestros fueron, probablemente, algunos de los hombres y mujeres más importantes de aquella España que quería dejar atrás el analfabetismo, la pobreza cultural, la resignación y la desigualdad.

La República comprendió algo elemental: que no podía existir una democracia sólida sin ciudadanos formados. Que la libertad necesita escuelas. Que la igualdad necesita libros. Que la justicia social necesita maestros.

Y por eso puso a la educación en el centro de su proyecto de país.

Pedro Fernández hizo suyo aquel proyecto.

Pero no se limitó a cumplir con su horario escolar.

Cuando algunos de sus alumnos terminaban la jornada, él seguía enseñando.

Visitaba a las familias. Llamaba a sus puertas. Intentaba convencerlas de que aquellos niños que trabajaban en el campo, que cuidaban el ganado o que estaban destinados a repetir inevitablemente la vida de sus padres podían tener otro futuro. Y lo hacía allí donde realmente se libraba la batalla: en las casas.

Porque sabía que no bastaba con abrir la escuela si la pobreza, la costumbre o la necesidad económica obligaban a los niños a permanecer fuera de ella.

Pedro Fernández iba a buscarlos.

Les decía a sus familias que estudiar podía cambiarles la vida.

Que sus hijos podían aspirar a algo más.

Que el conocimiento podía ser una forma de libertad.

Qué extraordinaria idea para aquella España.

Y qué peligrosa debía parecerles a algunos.

Porque cada niño que aprendía a leer era un ciudadano menos condenado a la ignorancia.

Cada muchacho que continuaba estudiando era una ruptura con el destino que otros habían decidido para él.

Cada familia convencida de que la educación podía cambiar la vida de sus hijos era una pequeña derrota para quienes necesitaban una sociedad obediente, jerarquizada y sometida.

Por eso resulta imposible separar la figura de Pedro Fernández de aquel proyecto republicano de modernización de España.

Fue maestro, pero también fue un hombre comprometido con su tiempo.

Participó en la organización del sindicalismo del magisterio, vinculado a la FETE-UGT. Fue fundador de la UGT en Huétor Vega. Participó en la fundación del Partido Socialista y de las Juventudes Socialistas en el municipio.

Y también tuvo tiempo para algo que puede parecer anecdótico, pero que dice mucho de su manera de entender la vida: estuvo entre los fundadores del Club Deportivo Huétor Vega.

También ahí estaba el maestro.

En la escuela.

En las familias.

En la organización obrera.

En la política.

En el deporte.

En todo aquello que pudiera contribuir a que los jóvenes de su pueblo tuvieran oportunidades, conciencia y futuro.

No era solamente un maestro que enseñaba matemáticas, geografía o gramática.

Era un maestro que enseñaba que la vida podía ser diferente.

Y quizá esa sea la razón por la que su figura sigue siendo tan poderosa casi noventa años después de su asesinato.

Porque las dictaduras pueden matar personas.

Pueden cerrar escuelas.

Pueden prohibir libros.

Pueden encarcelar maestros.

Pueden depurar funcionarios.

Pueden cambiar nombres de calles.

Pueden intentar borrar fotografías.

Pueden obligar a las familias a callar.

Pero hay algo que nunca pueden conseguir completamente: hacer que desaparezca lo que una persona enseñó a quienes tuvieron la suerte de conocerla.

Detenido después del golpe y asesinado el 18 de agosto de 1936

Pedro Fernández fue detenido después del golpe militar de julio de 1936.

Y el 18 de agosto de aquel mismo año fue asesinado.

Tenía delante una España que se había levantado contra él y contra todo aquello que representaba.

El maestro que había querido sacar a los niños de Huétor Vega de la pobreza fue convertido en enemigo.

El hombre que había enseñado a pensar fue condenado por quienes necesitaban que nadie pensara demasiado.

El hombre que había defendido la educación fue víctima de una violencia que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Porque la represión contra el magisterio republicano no fue una casualidad.

Fue una operación de destrucción.

Los golpistas sabían que para construir una nueva España había que destruir primero aquella España que estaba naciendo.

Y sabían que los maestros eran una pieza esencial.

Por eso fueron perseguidos.

Por eso fueron depurados.

Por eso muchos fueron expulsados de sus escuelas.

Por eso otros fueron encarcelados.

Y por eso muchos fueron asesinados.

El maestro republicano era considerado peligroso no porque llevara una pistola, sino porque llevaba un libro.

No porque organizara un ejército, sino porque enseñaba a sus alumnos a hacerse preguntas.

No porque representara una amenaza militar, sino porque representaba una amenaza intelectual.

Y una dictadura teme especialmente a las personas que enseñan a pensar.

Pedro Fernández fue asesinado el 18 de agosto de 1936, en aquellos días terribles en los que Granada se convirtió en escenario de una represión feroz.

Fue en el entorno de las tapias del Cementerio de San José o en la carretera hacia Víznar y Alfacar donde tantos hombres y mujeres fueron ejecutados.

En aquellos mismos días, en aquellos mismos caminos de muerte, desapareció también Federico García Lorca.

Dos nombres.

Dos vidas.

Dos formas distintas de representar aquella España que fue asesinada.

Y entre ellos, miles de nombres anónimos.

Miles de historias familiares.

Miles de padres, madres, hijos, hermanos, maestros, trabajadores, jornaleros, funcionarios, concejales, sindicalistas, republicanos.

Personas.

Personas con una vida antes de la muerte.

Eso es algo que nunca deberíamos olvidar.

Porque una fosa común no contiene estadísticas.

Contiene personas.

Pedro Fernández no era una cifra.

Era un hombre.

Tenía una voz.

Tenía una familia.

Tenía alumnos.

Tenía amigos.

Tenía proyectos.

Tenía ilusiones.

Tenía una manera de mirar a sus alumnos.

Tenía una idea de España.

Y tenía derecho a seguir viviendo.

Eso es lo que la memoria democrática pretende rescatar.

No pretende reabrir heridas.

Pretende cerrar heridas que nunca fueron cerradas.

No pretende construir una historia de buenos y malos para sustituir otra.

Pretende algo mucho más sencillo y mucho más democrático: que nadie tenga que vivir durante generaciones sin saber dónde está enterrado su abuelo.

Que una madre pueda conocer dónde está su hijo.

Que una familia pueda recuperar los restos de quien fue asesinado.

Que podamos colocar una placa.

Que podamos pronunciar un nombre.

Que podamos decir:

Aquí está.

Aquí está Pedro Fernández.

Aquí está el maestro.

Aquí está el hombre que quiso enseñar.

Aquí está aquel que creyó que un niño de Huétor Vega podía tener un futuro diferente.

Y aquí estamos nosotros, casi noventa años después, diciendo que no consiguió matarlo del todo quien apretó el gatillo.

Porque Pedro Fernández sigue aquí.

Está en la memoria de Huétor Vega.

Está en quienes conocen su historia.

Está en aquellos alumnos a los que intentó abrirles un camino.

Está en el movimiento obrero que ayudó a organizar.

Está en el socialismo hueteño que contribuyó a fundar.

Está en el deporte de su pueblo.

Está en ese busto que desde 2001 recuerda su figura en el Carmen de San Rafael, gracias al Ayuntamiento de Huétor Vega y a la Diputación de Granada.

Y está, sobre todo, en una idea.

La idea de que educar es transformar.

Por eso es tan importante que Huétor Vega haya decidido recuperar públicamente su nombre.

Por eso es tan importante que el 14 de abril de 2026 la Agrupación Socialista de Huétor Vega haya puesto su nombre a su Casa del Pueblo.

Porque poner el nombre de Pedro Fernández a un lugar no es solamente colocar un rótulo.

Es devolverle una parte de la dignidad que quisieron arrebatarle.

Es decirle a su familia, a sus alumnos y a las generaciones que vendrán que aquella vida no fue inútil.

Es decir que aquella bala no tuvo la última palabra.

La última palabra la tiene la memoria.

Pero hoy, cuando hablamos de Pedro Fernández, no podemos limitarnos a mirar hacia atrás.

Porque su historia no pertenece solamente al pasado.

También nos interpela en el presente.

Y aquí es donde esta historia adquiere una dimensión que debería preocuparnos profundamente.

Porque la memoria democrática vuelve a estar amenazada.

Y no hablamos de una amenaza imaginaria.

La estamos viendo.

La estamos escuchando.

La estamos leyendo.

Una democracia que desconoce su pasado queda mucho más expuesta a repetir sus errores

La entrada de Vox en gobiernos autonómicos y los acuerdos alcanzados con el Partido Popular están teniendo consecuencias concretas sobre las políticas de memoria. En algunos territorios se han impulsado derogaciones o sustituciones de las leyes de memoria democrática. En Baleares, PP y Vox han tumbado la legislación autonómica de memoria. Y en Andalucía, Vox ha anunciado expresamente su voluntad de derogar la Ley de Memoria Histórica y Democrática.

No estamos, por tanto, ante una discusión académica. Estamos ante una batalla política por determinar qué recuerda una sociedad y qué decide olvidar. Y eso debería preocuparnos a todos. Especialmente a quienes creemos que la democracia no consiste solamente en votar. También consiste en saber de dónde venimos.

Porque una democracia que desconoce su pasado queda mucho más expuesta a repetir sus errores.

Y hay algo especialmente inquietante.

El Partido Popular ha anunciado que, si Alberto Núñez Feijóo llega a la Presidencia del Gobierno, la Ley de Memoria Democrática sería derogada en su primer Consejo de Ministros.

Es difícil encontrar una declaración más clara.

No es una sospecha.

No es una interpretación.

Es un anuncio político.

Y cuando ese anuncio se pone en relación con lo que ya está ocurriendo en comunidades autónomas donde PP y Vox gobiernan juntos o dependen mutuamente, resulta imposible no sentir preocupación.

Porque lo que está en juego no es una ley más.

Lo que está en juego es qué hacemos con Pedro Fernández.

Qué hacemos con miles de Pedros Fernández.

Qué hacemos con las familias que todavía buscan.

Qué hacemos con las fosas.

Qué hacemos con los restos humanos que todavía permanecen bajo tierra.

Qué hacemos con quienes murieron sin juicio, sin defensa y sin sepultura digna.

España lleva demasiadas décadas intentando resolver esta deuda.

Hay trabajos académicos que han situado a España como uno de los países con mayor número de desaparecidos cuyos restos permanecen en fosas comunes, llegando a señalarla como el segundo país tras Camboya; pero conviene ser rigurosos: no existe un ranking oficial internacional de la ONU que permita presentar ese segundo puesto como un dato cerrado e indiscutible.

Lo que sí es indiscutible es la magnitud de la deuda.

Decenas de miles de personas siguen sin haber sido identificadas.

Miles de familias continúan buscando.

Y todavía quedan fosas por abrir.

Todavía quedan nombres por recuperar.

Todavía quedan historias por contar.

Por eso resulta sencillamente incomprensible que, cincuenta años después de la muerte de Franco y tras casi medio siglo de democracia, todavía haya quien considere que abrir una fosa es abrir una herida.

No.

Abrir una fosa no abre una herida.

La herida ya estaba abierta.

Lo que hace la exhumación es empezar a cerrarla.

La herida no la provoca quien busca los restos de un padre.

La herida la provocó quien lo asesinó y lo arrojó a una fosa.

La herida no la provoca quien pregunta dónde está su abuelo.

La herida la provocó quien decidió que aquel abuelo no merecía siquiera una tumba.

La memoria no divide.

Lo que divide es obligar a unos a recordar y a otros a olvidar.

La democracia no debería tener miedo de su historia.

Al contrario.

Una democracia madura es aquella que puede mirar a su pasado sin miedo.

Alemania mira a Auschwitz.

Argentina mira a la dictadura.

Chile mira a Pinochet.

Sudáfrica construyó una comisión de verdad y reconciliación.

Y España debería poder mirar a sus fosas sin que nadie pretenda convertir ese ejercicio de dignidad en una batalla partidista.

Porque reconocer a las víctimas de una dictadura no significa negar las demás víctimas.

Recordar a los asesinados por el franquismo no significa olvidar a quienes murieron en otros episodios de violencia.

No hay que elegir.

Todas las víctimas merecen respeto.

Pero la igualdad entre las víctimas no significa borrar las circunstancias históricas que provocaron su muerte.

Y eso es precisamente lo que corre el riesgo de ocurrir cuando se sustituyen las políticas de memoria democrática por relatos de una supuesta concordia construida sobre el silencio.

No puede haber concordia sobre una fosa sin abrir.

No puede haber reconciliación cuando una familia sigue sin saber dónde está su abuelo.

No puede haber verdadera paz cuando todavía hay muertos que no tienen nombre.

La concordia no consiste en que todos olvidemos.

Consiste en que todos podamos recordar.

Y aquí Pedro Fernández vuelve a aparecer ante nosotros.

Porque su historia contiene una lección extraordinariamente sencilla.

Pedro Fernández creía en la educación.

Creía que un niño podía cambiar su destino.

Creía que la escuela podía transformar un pueblo.

Creía que el conocimiento podía liberar.

Y fue asesinado por defender, entre otras cosas, esa idea.

Por eso hoy, cuando hablamos de él, deberíamos preguntarnos qué habría pensado al contemplar nuestro país.

¿Qué habría dicho al ver que sus alumnos podían estudiar?

¿Qué habría sentido al comprobar que Huétor Vega tiene hoy jóvenes universitarios, profesionales, científicos, maestros, médicos, ingenieros, artistas?

¿Qué habría pensado al comprobar que aquel niño al que su familia quería destinar al campo podía hoy elegir su futuro?

Quizá habría sonreído.

Porque eso era exactamente lo que pretendía.

Que cada niño pudiera elegir.

Que nadie naciera condenado a ser aquello que otros habían decidido.

Y quizá por eso su mejor monumento no sea el busto del Carmen de San Rafael.

Su mejor monumento son todas aquellas personas que pudieron ser algo distinto porque alguien les dijo que podían estudiar.

Su mejor monumento es cada niño que cruza hoy la puerta de una escuela pública.

Su mejor monumento es cada joven que abre un libro.

Su mejor monumento es cada ciudadano que piensa por sí mismo.

Su mejor monumento es la libertad.

Y por eso la memoria de Pedro Fernández es también una defensa de la escuela pública.

Una defensa de la educación.

Una defensa de la cultura.

Una defensa del pensamiento crítico.

Una defensa de la democracia.

Porque cuando una sociedad deja de enseñar su historia, alguien termina enseñándola por ella.

Y cuando la historia deja de estar en manos de los historiadores, de los archivos, de las universidades y de los investigadores, corre el riesgo de quedar en manos de quienes quieren convertirla en propaganda.

Pedro Fernández nos obliga a elegir.

Entre la memoria y el olvido.

Entre la verdad y el relato.

Entre la educación y la ignorancia.

Entre la democracia y la imposición.

Entre una sociedad que asume su pasado y otra que decide esconderlo bajo tierra una segunda vez.

Porque hay una cosa todavía más terrible que asesinar a alguien.

Es asesinarlo y después intentar que nadie recuerde que existió.

Eso es lo que no podemos permitir.

No podemos permitir que Pedro Fernández sea asesinado dos veces.

La primera vez fue el 18 de agosto de 1936.

La segunda sería permitir que su nombre, su vida y sus ideales vuelvan a desaparecer bajo el silencio.

Y eso depende de nosotros.

Depende de que sigamos pronunciando su nombre.

Pedro Fernández.

Maestro.

Republicano.

Educador.

Sindicalista.

Socialista.

Fundador.

Vecino.

Hueteño.

Pero, sobre todo, hombre.

Un hombre que creyó que enseñar podía cambiar el mundo.

Y tenía razón.

Porque casi noventa años después, quienes quisieron silenciarlo ya no pueden hacerlo.

Estamos aquí.

Hablamos de él.

Recordamos su vida.

Recordamos su asesinato.

Recordamos a sus alumnos.

Recordamos a su pueblo.

Recordamos a todos aquellos maestros que fueron perseguidos porque sabían que una escuela llena de niños aprendiendo era más peligrosa para una dictadura que cualquier ejército.

Y mientras pronunciemos sus nombres, mientras sigamos buscando sus restos, mientras sigamos abriendo las fosas, mientras sigamos enseñando a nuestros hijos lo que ocurrió, mientras defendamos el derecho de cada familia a conocer su propia historia, ellos seguirán vivos en el único lugar donde ninguna dictadura puede fusilarlos: en nuestra memoria.

Pedro Fernández no pudo ver la España democrática.

No pudo ver la Constitución.

No pudo ver las escuelas que ayudó a imaginar.

No pudo ver a sus alumnos convertidos en hombres y mujeres libres.

No pudo ver este día.

Pero nosotros sí podemos verlo.

Y tenemos una obligación con él.

Tenemos la obligación de no olvidar.

Porque la memoria no es mirar hacia atrás.

La memoria es decidir qué clase de sociedad queremos construir hacia delante.

Y si alguna vez alguien nos pregunta para qué sirve recordar a Pedro Fernández casi noventa años después, la respuesta debería ser sencilla:

Para que nadie vuelva a matar al maestro.

Para que nadie vuelva a perseguir al que piensa.

Para que nadie vuelva a condenar a un niño a la ignorancia.

Para que nadie vuelva a convertir las diferencias políticas en una sentencia de muerte.

Para que nunca más una ideología pueda decidir quién merece vivir, quién merece estudiar y quién merece ser recordado.

Y para que cuando nuestros hijos y nuestros nietos nos pregunten qué hicimos nosotros cuando la memoria democrática volvió a estar en peligro, podamos contestarles, sin bajar la mirada:

Hicimos lo que Pedro Fernández nos enseñó.

No dejamos de aprender.

No dejamos de pensar.

No dejamos de recordar.

Y no dejamos que nadie volviera a apagar la luz de la escuela.