'Al borde de un enfrentamiento nuclear'

El historiador Hew Strachan, considerado uno de los mayores especialistas en la Primera Guerra Mundial, sostiene que el conflicto de 1914 no fue inevitable, pero sí el resultado de un sistema internacional que había convertido la escalada militar en una dinámica cada vez más difícil de contener. Según este analista, las grandes potencias europeas actuaban convencidas de que defendían la estabilidad, la seguridad y el equilibrio continental, cuando en realidad sus políticas de alianzas, movilización militar y demostraciones permanentes de fuerza estaban empujando lentamente a Europa hacia la catástrofe.
En los años previos a 1914, estas las grandes potencias fueron depositando cada vez más confianza en los planes de movilización, la presión militar y las demostraciones de fuerza, mientras la negociación política iba paulatinamente encogiendo
El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del Imperio austrohúngaro, y de su esposa, la duquesa Sofía, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, no fue la causa profunda de la Primera Guerra Mundial, sino el detonante de unas tensiones que llevaban décadas acumulándose en Europa. Rivalidades imperiales, nacionalismos cada vez más agresivos, competencia económica entre las grandes potencias y la amenaza ante un cambio en el equilibrio de poder, habían ido creando un clima de desconfianza y confrontación permanente que terminó convirtiendo un atentado regional en el inicio de una guerra mundial. Este investigador subraya además que las alianzas militares, concebidas originalmente como mecanismos para preservar el equilibrio europeo y disuadir conflictos, terminaron produciendo exactamente el efecto contrario. Lo que se denominó la Triple Entente formada por Alemania, Austria-Hungría e Italia y la Triple Alianza de Francia, Reino Unido y Rusia, fueron reduciendo progresivamente el margen para la diplomacia hasta convertir cualquier crisis regional en un problema continental susceptible de desencadenar una guerra general. Una vez iniciadas las movilizaciones militares, las potencias comenzaron a actuar bajo una lógica casi irreversible en la cual detenerse equivalía a perder ventaja estratégica y quedar vulnerables frente al adversario.
En la actualidad, la retórica cada vez más belicista de buena parte de las grandes potencias actuales, con la excepción de China que se oculta tras una tensa paciencia estratégica, recuerda de forma inquietante a la dinámica descrita por Strachan en los años previos a la Primera Guerra Mundia
En los años previos a 1914, estas las grandes potencias fueron depositando cada vez más confianza en los planes de movilización, la presión militar y las demostraciones de fuerza, mientras la negociación política iba paulatinamente encogiendo. El diálogo entre gobiernos se deterioró gradualmente y la desconfianza pasó a dominar las relaciones internacionales. Cada movimiento presentado como “preventivo” o “disuasorio” por una potencia era interpretado por la otra como una amenaza directa, generando una dinámica de escalada prácticamente automática.
En la actualidad, la retórica cada vez más belicista de buena parte de las grandes potencias actuales, con la excepción de China que se oculta tras una tensa paciencia estratégica, recuerda de forma inquietante a la dinámica descrita por Strachan en los años previos a la Primera Guerra Mundial. Desde la perspectiva occidental, iniciativas como el plan europeo de rearme, la expansión militar de la OTAN y las sucesivas confrontaciones impulsadas por Estados Unidos e Israel en distintos escenarios geopolíticos configuran un panorama que deja poco espacio para el optimismo.
Kaja Kallas insiste en que Rusia constituye una amenaza estructural y permanente para la seguridad europea y defiende un incremento sostenido de la presión militar, económica y estratégica sobre Moscú. A este discurso se suman responsables de la OTAN y numerosos gobiernos de Europa del Este
Los principales dirigentes europeos han endurecido progresivamente su discurso frente a Rusia y defienden abiertamente una política de rearme y confrontación estratégica. Como ejemplos significativos cabe destacar las cíclicas declaraciones de la Presidenta de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, quien sostiene que Europa debe prepararse para una amenaza rusa de largo recorrido y por ese motivo impulsa ambiciosos programas de militarización y aumento masivo del gasto en defensa bajo la idea de que “la paz se garantiza mediante la disuasión”. Por otro lado, y no menos beligerante, Emmanuel Macron ha ido aún más lejos al afirmar que “nada debe excluirse” respecto al apoyo occidental a Ucrania, incluyendo la posibilidad de desplegar tropas europeas, además de plantear la extensión de la disuasión nuclear francesa al conjunto del continente. Como si se tratase de un concurso de haber quien dice más disparates, en Alemania, Friedrich Merz ha defendido un rearme acelerado y ha advertido de que Europa debe prepararse para una confrontación prolongada con Rusia y ha allanado su legislación para un reclutamiento militar masivo. La suplente de Josep Borrell y que finalmente obtuvo la titularidad de la política exterior de la Unión Europea (UE), Kaja Kallas, insiste en que Rusia constituye una amenaza estructural y permanente para la seguridad europea y defiende un incremento sostenido de la presión militar, económica y estratégica sobre Moscú. A este discurso se suman responsables de la OTAN y numerosos gobiernos de Europa del Este.
Recientemente, analistas como el coronel Lawrence Wilkerson, quien fue antiguo jefe de gabinete del secretario de Estado Colin Powell, ha comenzado a advertir abiertamente sobre el deterioro acelerado del sistema internacional (ver entrevista aquí). Wilkerson considera que la OTAN y Europa han sustituido progresivamente la diplomacia por una lógica de rearme, disuasión y presión constante sobre Rusia, especialmente en zonas sensibles como el mar Báltico o Kaliningrado, afirmando que una confrontación directa entre Rusia y la OTAN resulta cada vez más plausible.
Algunas de las voces más influyentes del entorno estratégico ruso han comenzado a plantear públicamente escenarios que hasta hace pocos años parecían impensables, esto es, una confrontación abierta entre Rusia y la OTAN e incluso la posibilidad de una escalada nuclear
En este contexto de escalada bélica, el pasado 22 de mayo de 2026 tuvo lugar un ataque contra una residencia de estudiantes en la ciudad de Starobilsk, en la región de Lugansk, que dejó al menos 21 estudiantes rusos fallecidos. Este atentado ha sido interpretado por numerosos dirigentes rusos como una prueba de que la guerra está entrando en una nueva fase, en la que la frontera entre apoyo occidental a Ucrania y participación directa en el conflicto se vuelve cada vez más difusa. Algunas de las voces más influyentes del entorno estratégico ruso han comenzado a plantear públicamente escenarios que hasta hace pocos años parecían impensables, esto es, una confrontación abierta entre Rusia y la OTAN e incluso la posibilidad de una escalada nuclear.
Las advertencias formuladas por Lawrence Wilkerson encuentran un eco en las declaraciones de Dmitri Polyanskiy y Sergey Karaganov, dos figuras influyentes del entorno estratégico ruso que interpretan el conflicto de Ucrania no como una guerra regional, sino como el síntoma de una transformación histórica del orden mundial. Polyanskiy, actual representante ruso ante la OSCE y antiguo diplomático en Naciones Unidas sostiene que Occidente ha abandonado completamente la lógica de seguridad compartida surgida tras la Guerra Fría (ver aquí). Instituciones como la OSCE, creadas originalmente para reducir tensiones y construir confianza mutua, habrían quedado subordinadas a la lógica de bloques de la OTAN. Desde Moscú, muchas de las medidas occidentales presentadas como “disuasión” son percibidas directamente como provocaciones y preparativos para una futura confrontación.
El influyente estratega ruso cuestiona la doctrina clásica de la disuasión nuclear basada en la idea de que nadie puede ganar una guerra atómica y sostiene, por el contrario, que un conflicto nuclear limitado podría producir vencedores y derrotados
Ese mismo diagnóstico se repite en las declaraciones de Sergey Karaganov, uno de los estrategas más influyentes del establishment ruso y asesor de distintos dirigentes desde Yeltsin hasta Putin. Karaganov interpreta el conflicto actual como el comienzo de una nueva guerra mundial vinculada al declive de la hegemonía occidental y al surgimiento de un orden multipolar liderado progresivamente por Eurasia (ver aquí). A diferencia de Polyanskiy, que todavía se expresa desde un lenguaje formalmente diplomático, Sergey Karaganov defiende abiertamente la necesidad de una escalada militar rusa frente a Occidente. El influyente estratega ruso cuestiona la doctrina clásica de la disuasión nuclear basada en la idea de que nadie puede ganar una guerra atómica y sostiene, por el contrario, que un conflicto nuclear limitado podría producir vencedores y derrotados. Karaganov defiende además una posición cercana a la doctrina del primer golpe nuclear, según la cual un Estado debe reservarse la posibilidad de utilizar armas nucleares de forma preventiva, incluso antes de sufrir un ataque nuclear directo. El objetivo de esta estrategia sería neutralizar o debilitar decisivamente la capacidad de respuesta del adversario y recuperar la iniciativa estratégica antes de que el equilibrio militar se vuelva irreversible en su contra. En su opinión, Rusia debería estar preparada para utilizar ese tipo de disuasión extrema si considera amenazada su supervivencia estratégica frente a una coalición occidental superior en términos económicos, tecnológicos y demográficos. Lo más inquietante de sus declaraciones es que, según el propio Karaganov, estas posiciones, antes marginales dentro del debate ruso, están ganando influencia progresivamente en círculos militares, académicos y políticos debido a la creciente percepción de que Occidente ya participa de facto en la guerra contra Rusia y de que Moscú se enfrenta a una confrontación existencial de largo plazo.
Los recientes ataques masivos sobre Kiev y la escalada constante en el entorno del mar Báltico alimentan el temor de que el conflicto pueda extenderse más allá de Ucrania e involucrar directamente a países miembros de la OTAN tal y como sucedió en Sarajevo en 1914
La historia nunca se repite de forma exacta, pero con frecuencia rima. Los recientes ataques masivos sobre Kiev y la escalada constante en el entorno del mar Báltico alimentan el temor de que el conflicto pueda extenderse más allá de Ucrania e involucrar directamente a países miembros de la OTAN tal y como sucedió en Sarajevo en 1914. Ese año, las élites europeas que condujeron al continente hacia la guerra estaban convencidas de que el conflicto sería breve y decisivo. Subestimaron profundamente el impacto de la industrialización militar y la capacidad de las nuevas tecnologías para transformar la guerra en una maquinaria de destrucción masiva sin precedentes. Lo que muchos imaginaron como una campaña de pocas semanas terminó convirtiéndose en una guerra total que devastó Europa durante años y sentó el precedente para el siguiente conflicto que aún devastaría todavía más el continente.
Hoy, a diferencia de entonces, nadie puede alegar desconocimiento sobre el potencial destructivo de la guerra moderna. Los líderes políticos y militares conocen perfectamente la capacidad del armamento contemporáneo, incluido un arsenal nuclear capaz de arrasar capitales enteras en cuestión de minutos. Y, sin embargo, el lenguaje estratégico y político se vuelve cada vez más beligerante, mientras se minimizan o se relegan a un segundo plano las consecuencias reales que una confrontación de esta magnitud podría desencadenar, pese a las lecciones devastadoras que la propia historia ha dejado tras de sí.
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