'Ceuta, los espejos rotos'

Llevo en Ceuta cinco días y bajo a comprar por la mañana una botella de agua al quiosco que hay al comienzo de la calle. Vivimos en un piso alquilado en un barrio modesto de la ciudad. Me recibe una mujer mayor vestida con una camiseta con el lema “Ceuta no se vende, se defiende”, con los colores de la bandera de España. Mantiene una conversación con otro paisano cuyo contenido resumido es que Sánchez es un sinvergüenza que ha abandonado a Ceuta en manos de Marruecos. Compro mi botella de agua, abrumado por la densidad de un discurso que mezcla la sensación de desamparo de gentes modestas, trabajadoras, con un racismo larvado que aflora por sus costuras y me uno a mis compañeras. Nos dirigirnos a uno de los puntos de la ciudad donde el abandono de la población migrante que cruzó la frontera hace unos días se vuelve lacerante. El otro punto está en el otro extremo, en la Playa del Trampolín.
No tenemos la sensación de vivir en esa “ciudad en guerra” que transmiten los medios de comunicación desde la península
Cruzamos la ciudad en transporte público hacia donde tomaremos la unidad sanitaria móvil para empezar la tarea diaria. No tenemos la sensación de vivir en esa “ciudad en guerra” que transmiten los medios de comunicación desde la península. En el centro y en la mayoría de los barrios la gente sale, compra, desayuna su café y sus tostadas en la terraza del bar y luego va a sus trabajos o a hacer sus gestiones. Circulamos por la carretera que lleva a la frontera del Tarajal, a cuyo lado discurre el paseo marítimo. Los ceutíes hacen su footing tranquilamente y los más mayores pasean mirando el mar en calma. A la luz de estas imágenes, los noticiarios se revelan como estercoleros donde se produce un fango que es principalmente un producto peninsular, con clara intencionalidad política manipulada por una oposición cínica e irresponsable. Y no es que Ceuta no tenga problemas muy importantes. Uno de ellos, pero no el único, es el de la actual llegada masiva de población migrante, que ha aumentado la crispación y la tensión en la ciudad -mi compra mañanera de un botella de agua me lo mostró-. Pero no sufre la devastación que dicen los voceros peninsulares.
Los recién llegados, mayoría de varones magrebíes, van cubriendo las aceras y los descampados donde improvisan minichabolas para pernoctar
Sí es verdad que esta imagen de normalidad se emborrona poco a poco por la creciente cantidad de Policía Nacional y militares que van llenando el paisaje conforme nos acercamos a la zona del Tarajal, a los pies del barrio del Príncipe. Los recién llegados, mayoría de varones magrebíes, van cubriendo las aceras y los descampados donde improvisan minichabolas para pernoctar. La aglomeración se hace marabunta en las puertas de uno de los campamentos temporales de acogida. Allí permanecen amontonados, apretujados, incómodamente sentados, en una ancha columna, todos aquellos que quieren solicitar plaza en el centro. Los vigilan policías nacionales equipados con su material antidisturbios, con aire poco amigable.
La escena, salvando las distancias, me trae a la memoria fotos de la Gaza martirizada o de El Salvador. El clima de violencia es patente. Pasan en este momento las tanquetas de los Regulares, musculosos, apuestos, desafiantes, exhibiendo los falos invertidos de sus fusiles de asalto Heckler. En su rostro se deslizan las ganas de dar una buena y justa lección a todos estos invasores harapientos. Sabemos que algunas veces han liberado su adrenalina y su testosterona. Por supuesto también lo hace sin complejo alguno la policía marroquí. Lo sabemos porque nos lo cuentan las cabezas abiertas y los brazos sangrantes, heridas que curamos y por las que se vacían también todas nuestras proclamas democráticas.
Llegamos por fin a lo que me recuerda el naufragio que viví en el Campo de Moria en la Isla de Lesbos en Grecia en la crisis del Mediterráneo de 2015-2016. La gente ha construido pequeñas chabolas con cartones, palés o lo que pilla; duerme donde y como puede. No hay agua, no hay luz, no hay servicios higiénicos, no hay Estado. Aquí el Estado llega sobre todo en forma de tanquetas militares y furgones de la Policía Nacional. Hay mujeres, niños y niñas, algunos no acompañados y muchos jóvenes, sobre todo magrebíes. Difícil saber cuánta gente hay embarrancada aquí, pero se estima que pueden ser cerca de 1.000 personas. En realidad, a día de hoy, nadie sabe en Ceuta cuántos migrantes cruzaron la frontera el 30 de Julio y cuántos se quedaron.
No se entiende cómo se pueden acoger a más de 300.000 migrantes ucranianos en un tiempo récord y que sea un problema ingobernable la situación de Ceuta, salvo que aceptemos el racismo que siempre late en las políticas fronterizas de toda la Unión Europea
Esta falta de datos es una foto sensible de la lentitud y descoordinación que ha caracterizado la acción de Gobierno en este tiempo. No se entiende cómo se pueden acoger a más de 300.000 migrantes ucranianos en un tiempo récord y que sea un problema ingobernable la situación de Ceuta, salvo que aceptemos el racismo que siempre late en las políticas fronterizas de toda la Unión Europea. De hecho, da la impresión que es la presión mediática convertida en desquiciada tormenta política la que moviliza al Gobierno, más que el compromiso humanitario y con los derechos humanos. El tema de los menores que viajan solos sigue así empantanado mientras construyen a toda velocidad asentamientos para varones, los más numerosos y, por tanto, los más visibles para la población y la prensa. Mientras, se ralentizan los recursos de acogida para los más vulnerables, las mujeres con o sin hijos.
Aparcamos la unidad sanitaria móvil y desplegamos nuestros materiales, Pronto la cola es larga; infecciones respiratorias, gastrointestinales, cutáneas y muchas curas de heridas infectadas.
Nos esperan como quien espera el salvavidas que los mantendrá a flote en el medio del naufragio. Hoy, el gran espejo que utilizaba un muchacho para cortar el pelo con una maquinilla a sus compañeros -barbero improvisado montando su pequeño negocio en medio de la desolación-, está roto. Me cuentan que ayer por la noche hubo incidentes y que se rompió en la refriega policial. Esto es Ceuta ahora, la ciudad de los espejos rotos.








































