'La amenaza invisible: el cáncer como enfermedad profesional'

A veces, es difícil olvidar ciertas imágenes o palabras que dejan un poso o no, según se experiencia la realidad.
Hace unos días asistí a un acto de homenaje a compañeros fallecidos en acto de servicio. Se habló de valentía. De entrega. De compromiso. De vocación de servicio público. Se pronunciaron discursos emocionados sobre quienes dieron su vida en pro de la seguridad ciudadana.
Al escuchar aquellas palabras me pregunté lo siguiente: ¿Dónde está ese mismo compromiso con quienes todavía viven?
Porque el recuerdo más sincero a quienes ya no están no consiste en guardar un minuto de silencio una vez al año.
Consiste en asumir compromisos firmes para que quienes seguimos entrando de guardia cada día disfrutemos de una cultura y disciplina preventiva que a la larga logre instaurar mejores hábitos saludables de vida en el parque, apuntalado a su vez por una buena higiene operacional y autoprotección profesional.
Un apunte, antes de contínuar; el 79,4 % de los miembros de la AIB (IAFF) homenajeados en el Memorial de Bomberos Caídos de la AIB (IAFF) en septiembre de 2025 fallecieron a causa de cáncer ocupacional (247 de 311) Aquellos también se homenajeaban, lo que no se ve no existe, o al menos no lo parece.
No es fácil luchar contra aquello que no vemos.
Se pensó durante décadas que nuestro mayor enemigo era el fuego. Hoy sabemos que ésto no es así. El fuego puede matar en minutos. Los productos de la combustión pueden hacerlo durante toda una vida. Sus partículas pueden depositarse sobre cualquier superficie porosa, y su capacidad de propagación es voraz, rápida y silenciosa.
Cada incendio genera un auténtico rosario de sustancias químicas. No solo respiramos humo
Cada incendio genera un auténtico rosario de sustancias químicas. No solo respiramos humo. Respiramos benceno, formaldehído, hidrocarburos aromáticos policíclicos, dioxinas, metales pesados, fibras microscópicas y partículas ultrafinas capaces de atravesar los pulmones y alcanzar el torrente sanguíneo. A ello se suma la contaminación persistente que permanece impregnada en los equipos de intervención y la exposición a sustancias como los PFAS presentes históricamente en determinados equipos y espumas.
Durante años se pensó que era el precio inevitable de la profesión. La ciencia ha demostrado que no.
La evidencia científica ya no es motivo de discusión, toca comprometerse
En 2022 la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), organismo dependiente de la Organización Mundial de la Salud, reclasificó la ocupación de bombero en el Grupo 1: carcinógena para los seres humanos, el nivel más alto de evidencia científica. No hablamos de sospechas, se trata del mismo nivel de certeza con el que se reconoce la relación entre el tabaco y el cáncer de pulmón o entre el amianto y el mesotelioma.
Diversos estudios del National Institute for Occupational Safety and Health (NIOSH) en Estados Unidos, que siguieron durante décadas a decenas de miles de bomberos, encontraron un aumento significativo tanto de la incidencia como de la mortalidad por distintos tipos de cáncer.
El riesgo aumenta especialmente para determinados tumores como los de testículo, próstata, riñón, vejiga, melanoma, linfomas, mieloma múltiple y otros relacionados con la exposición continuada a contaminantes derivados de la combustión
Investigaciones realizadas en los países nórdicos, Reino Unido, Canadá y Australia apuntan en la misma dirección. El riesgo aumenta especialmente para determinados tumores como los de testículo, próstata, riñón, vejiga, melanoma, linfomas, mieloma múltiple y otros relacionados con la exposición continuada a contaminantes derivados de la combustión.
Por eso, en 2025, España reconoció oficialmente el carácter cancerígeno de la profesión de bombero. Se asumió en aquel momento una realidad que la ciencia llevaba años demostrando. Como se suele decir homo sapiens sapiens, siempre llega más tarde de lo que cree, es una condición nuestra, qué se le va a hacer.
La realidad de los parques
Ya no hace falta acudir a las estadísticas para cerciorarnos de que algo está ocurriendo, algo no se está haciendo bien. Todos recordamos compañeros que, poco después de jubilarse, comenzaron una lucha contra un cáncer. Algunos consiguieron vencer la enfermedad. Otros no.
Quizá las cifras oficiales todavía no sean completas. Quizá ni siquiera exista un registro nacional suficientemente desarrollado que permita conocer con precisión cuántos cánceres profesionales afectan realmente al colectivo. Y si el cáncer como enfermedad profesional en el colectivo de hombres bomberos resulta, a la postre, invisible, el de las mujeres bomberas ni hablemos, con perdón del sarcasmo. Lamayoría de los estudios se elaboran con muestras compuestas principalmente por hombres, existen muy pocos estudios específicos que lo hagan con mujeres.
Lo que no se mide, resulta invisibilizado y por tanto, tampoco se previene.
Europa ya entendió el problema
Mientras tanto, muchos servicios europeos han cambiado radicalmente su forma de trabajar. En parques de Suecia, Países Bajos, Dinamarca o Reino Unido, la descontaminación comienza en el mismo lugar del incendio. Los equipos contaminados se embolsan antes de subir al vehículo. Las cabinas separan material limpio y contaminado. Los EPIs se lavan siguiendo protocolos específicos tras cada intervención relevante. Existen zonas limpias y zonas sucias perfectamente diferenciadas. Muchos parques disponen de una segunda equipación para evitar reutilizar un traje contaminado mientras el primero se encuentra en proceso de limpieza.
Material empleado en una intervención. indegranada archivo
El objetivo ya no es únicamente extinguir el incendio. Es impedir que el incendio siga acompañándonos durante el resto del día adherido a nuestra ropa, a nuestra piel o a los vehículos.
Cada vez más servicios españoles están incorporando procedimientos modernos de descontaminación, vehículos específicos para equipos contaminados, duchas inmediatas tras la intervención, control de exposición y una cultura preventiva mucho más avanzada. No se trata de medidas futuristas
No hace falta volver la vista únicamente hacia el norte de Europa. Cada vez más servicios españoles están incorporando procedimientos modernos de descontaminación, vehículos específicos para equipos contaminados, duchas inmediatas tras la intervención, control de exposición y una cultura preventiva mucho más avanzada. No se trata de medidas futuristas. Son medidas que ya existen. No solo es importante invertir en formación, equipos o medidas, establecer estrategias, sino en información.
Es cierto que en los últimos años se han producido avances importantes en materia de descontaminación en el SPEIS de Granada. Pero también es cierto que el proceso de descontaminación en bomberos consta de tres fases: la descontaminación gruesa, la intermedia y la especializada o avanzada.
Sin entrar a definir cada una de ellas —algo que daría para otro artículo—, baste decir que nuestro servicio, que en muchas ocasiones presume de estar entre los más punteros de España, dispone de una estación de limpieza moderna y avanzada para llevar a cabo la tercera fase, la última del proceso, dejando además su utilización al criterio discrecional de cada trabajador o trabajadora.
Para hacernos una idea de cuánto queda aún por mejorar, conviene recordar que la primera y la segunda fase, esenciales para reducir la exposición a contaminantes y evitar la contaminación por transferencia, sencillamente no se realizan. Regresamos al parque con los EPIs completamente contaminados, lo que provoca que la contaminación cruzada se extienda al propio vehículo de intervención, a las cocheras y a la zona de intervención del parque, donde nos cambiamos antes y después de las salidas.
Un servicio que aspira a ser un referente y que pretende situarse entre los más avanzados de un país del norte global no puede considerarse de primera mientras mantenga estas carencias. Es el resultado de una falta de conciencia sobre un problema que, precisamente porque no se ve, resulta fácil ignorar.
El contraste que más duele
Mi reflexión nace precisamente el mismo día del homenaje a los compañeros fallecidos en acto de servicio.
Aquella mañana solicité la sustitución de los filtros químicos y de partículas de la máscara que utilizamos en incendios forestales. Llevaban aproximadamente tres años de uso.
Mientras tanto, observo cómo algunos compañeros reciben sustituciones con mayor frecuencia y otros no. No parece existir un criterio homogéneo, transparente y basado en la prevención.
Horas después ardía el barranco de San Jerónimo, presuntamente por la acción de un pirómano. La paradoja resulta imposible de ignorar. Por la mañana discutimos si merece la pena cambiar un filtro. Por la tarde respiramos humo. Y al día siguiente seguimos hablando de compromiso.
El compromiso también debe demostrarse
Nadie entra en este trabajo pensando que será fácil. Aceptamos el riesgo. Sabemos que habrá incendios, accidentes, explosiones y situaciones límite. Pero aceptar los riesgos inevitables no significa que tengamos que hacerlo con aquellos que son evitables.
La Administración suele exigirnos profesionalidad, sacrificio y disponibilidad absoluta. Y los bomberos respondemos
La Administración suele exigirnos profesionalidad, sacrificio y disponibilidad absoluta. Y los bomberos respondemos. Lo hacemos porque creemos en nuestro trabajo, porque tenemos una profunda vocación de servicio público y porque pertenecemos a un colectivo que se ha convertido en el cajón de sastre de todas aquellas situaciones que, sean o no consideradas una emergencia, nadie más puede resolver. Intervenimos allí donde terminan las competencias o las capacidades de otros servicios, afrontando problemas de muy diversa naturaleza para proteger a la ciudadanía. Somos el último eslabón de un sistema de respuesta pública, y recalco !pública!
Pero ese compromiso debería ser recíproco. Invertir en prevención no es un lujo. No es un capricho sindical
Lo hacemos cada día. Pero ese compromiso debería ser recíproco. Invertir en prevención no es un lujo. No es un capricho sindical. No es una concesión. Es una obligación ética y legal. Porque resulta contradictorio pronunciar discursos sobre el valor de quienes murieron mientras se demora la implantación de medidas que podrían evitar que otros enfermen y mueran quizás, mañana.
Los bomberos fallecidos merecen todos los homenajes y todos los minutos de silencio, Merecen nuestro recuerdo. Merecen nuestro respeto. Pero el mayor homenaje que podemos hacerles no consiste en repetir sus nombres una vez al año. Consiste en aprender de su historia. En proteger mejor a quienes a día de hoy desempeñan su trabajo en las brigadas. Porque el cáncer profesional no aparece durante el incendio. Llega cuando nadie mira. Cuando ya no hay cámaras. Cuando los aplausos han terminado.
Y quizá entonces sea demasiado tarde para recordar que un filtro nuevo, un protocolo de descontaminación moderno o una inversión en prevención nunca fueron un gasto. Fueron una oportunidad de salvar una vida. La de un compañero que todavía estaba aquí. Y que nunca debió convertirse en un homenaje más. Las estrategias de prevención en materia de salud laboral no pueden diseñarse desde una lógica exclusivamente economicista. La salud de los trabajadores no es una variable de coste, sino un valor superior que debe orientar cualquier política preventiva.































