'Los veranos'

Nada como el verano para separar a los ricos de los pobres. En invierno se iguala el asunto, pero el verano pone al descubierto a los auténticos tiesos y les distingue de la gente de posibles. Empezando por los que pueden encender el aire acondicionado sin sentir ansiedad anticipatoria, los que tienen una terraza a la que salir al atardecer, una segunda residencia o una piscina en la que remojarse.
Los más jóvenes no lo recordarán pero hace no tanto Granada se quedaba vacía en verano. Poco después de la Feria y hasta las fiestas del Zaidín, más o menos, esto era la nada absoluta. Un domingo de agosto podías morirte de hambre perfectamente porque no abrían ni las gasolineras.
Y si querías un poco de ocio había que buscar mucho para encontrar algo más que cuatro guiris egresados de la Alhambra. La ciudad se quedaba en pausa colectiva, así que a finales de junio se abría ante nosotros un vacío infinito e incierto. Cuando eres joven es así; vives en el hoy o, como mucho, en el mañana por la mañana. Por eso eres tan dichoso.
Mis veranos se vivieron en fiestas de pueblos, terrazas de verano y, más tarde, en salvajes escapadas a los bajos de Almuñécar. A veces gorroneaba la piscina comunitaria de algún amigo. Tener un colega con piscina era oro molido
Mis veranos se vivieron en fiestas de pueblos, terrazas de verano y, más tarde, en salvajes escapadas a los bajos de Almuñécar. A veces gorroneaba la piscina comunitaria de algún amigo. Tener un colega con piscina era oro molido. Pasábamos la mañana al sol sin oler la crema protectora -el melanoma no existía- y jugando a marco-polo hasta que los dedos se arrugaban. Luego subíamos a comer y ver El Coche Fantástico o el Tour de Francia junto al ventilador. El ritual. Persiana bajada y modo siesta. Ahí sí que se paraba el reloj. Podía durar una hora o cuatro, en función de los usos del cabeza de familia, que desde la puerta, en la penumbra, solía amenazarnos para que no se escuchara ni una mosca mientras dormía. Después, enfilaba el pasillo dando chancletazos sobre el mármol. Satisfecho y completamente seguro de que ni el mismísimo diablo enviado a la tierra podría alterar su sagrado letargo canicular.
Siempre envidié a los que se mudaban a su piso de la playa o se iban a su pueblo todo el verano. Me parecía un lujo absolutamente inaccesible para mí porque no se podía conseguir -solo- con dinero, sino que había que tener una historia previa
Siempre envidié a los que se mudaban a su piso de la playa o se iban a su pueblo todo el verano. Me parecía un lujo absolutamente inaccesible para mí porque no se podía conseguir -solo- con dinero, sino que había que tener una historia previa. Una segunda casa, con otro cuarto, otro armario y, sobre todo, otra gente que te conocía desde niño. Por ejemplo, otra pandilla en la que ser una persona diferente durante dos meses. Un pequeño universo alternativo al civil, en bañador y chanclas, con otro caciquillo juvenil que te manipulara y otra chica preciosa que te ignorara. Moriré sin haberlo conocido.
Ahora los melones cuestan 3.000 pesetas y los veranos nos duran un fin de semana. Está todo programado desde enero. Cuando empieza ya está terminando y lo consumimos como todo lo demás. Sin masticarlo. El tiempo ya no se detiene sino que avanza a la velocidad de la luz y empiezas a pensar si te quedarán diez de estos en tu vida.
El final del verano es el final de los finales. Mucho más desgarrador que el 31 de diciembre porque anticipa el regreso a infinidad de cosas que detestas. Aunque te hagas mayor, sigue siendo el tiempo en el que pasa la vida y el que marca tu recuerdo de un año en concreto. Cuando se acaba, termina algo más que una estación. Es el gran desencanto. La despedida de una parte de tí que, casi siempre, podría haber sido mejor.






































