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GRANADINAS SOBRESALIENTES DEL SIGLO XVI (I)

Lucía de Ureña, la monja que fue dos veces andando a Roma a pedir ayuda

Ciudadanía - Gabriel Pozo Felguera. - Domingo, 30 de Agosto de 2026
Gabriel Pozo Felguera nos relata la formidable historia de una mujer extraordinaria, fundadora de las clarisas capuchinas, tras plantarse ante el Papa y pleitear para lograrlo.
Retrato póstumo de Lucía de Ureña, con el Vaticano y la presencia de Sixto V, el papa que le autorizó su fundación en 1587.
COLLAGE DE LUIS RUIZ RODRÍGUEZ.
Retrato póstumo de Lucía de Ureña, con el Vaticano y la presencia de Sixto V, el papa que le autorizó su fundación en 1587.
  • La fundadora de las clarisas capuchinas puenteó al Arzobispado, pleiteó lo indecible, fue encarcelada y se plantó ante el Papa empeñada en abrir su convento en la calle Elvira

Imaginemos una granadina sentada a la puerta del Vaticano exigiendo ver al Papa durante varias semanas. Porque quería autorización para fundar su convento en Granada en 1587. Hasta que lo consiguió. Viajó dos veces, porque el Arzobispado de Granada no quería más conventos de monjas pobres y mendicantes, ya había dos docenas de monasterios sumidos en la pobreza. Ni corta ni perezosa, fue y vino andando nada menos que 8.800 kilómetros. Descalza. Tardó más de cinco meses en cada trayecto, casi dos años completos andando. Regresó con sus bulas en la faltriquera. Consiguió crear una casa de oración, con siete monjas, pero en contra del criterio del Arzobispado. Le amargaron la vida por no ser de linaje y no tener dinero. Murió sin ver hecho realidad su sueño, por la férrea oposición del arzobispo Pedro de Castro. Pero puso las bases para que tres décadas más tarde sus seguidoras consiguieran su convento en la calle Elvira y después en lo que hoy es Plaza de la Romanilla. Su obra no murió, se extendió por España y América. Hoy son las monjas clarisas capuchinas del convento de San Antón. Ellas guardan su espíritu y sus reliquias. Se llamó Lucía de Ureña o Lucía de Jesús. Esta es parte de su historia.

El origen familiar de los Ureña partía de Hernando de Ureña. Se trató de un escudero al servicio del Condado de Ureña. Había participado en la mayoría de campañas de la Guerra de Granada (1482-92) al servicio de su señor, Juan Téllez Girón, II Conde de Ureña. De su padrino adoptó el apellido Ureña. Hernando, o Fernando, participó en el reparto de casas y tierras en Granada tras la Toma de 1492; su amo dispuso de casa en la collación de San Miguel-San José, con lo cual podemos pensar que él también fijó casa en la zona del bajo Albayzín o la Medina.

Por consejo de su confesor, decidió ingresar en la Orden Tercera Franciscana, es decir, seguir el modo de vida del Convento de San Francisco Casa Grande. Pero no dentro del convento, sino en un beaterio que alquiló con su exigua herencia

El siguiente Ureña fue su hijo Diego. Destinado como oficial de costas en Motril el año 1517. Poco tiempo después se estableció en Granada y se casó. En su matrimonio engendró a cuatro hijos, dos varones y dos hembras: Jerónimo, Francisco, María y Lucía. No conocemos ni la fecha de matrimonio y las de nacimiento de cada uno de ellos. Solamente que los dos varones fueron soldados y que fallecieron en la Guerra de las Alpujarras (1568-70), con lo cual cabe pensar que debían tener entre 20 y 30 años. Por tanto, nacidos entre 1540-1545. María desapareció pronto de escena y de testamentos, indicio de que falleció joven.

La benjamina, Lucía de Ureña ─protagonista de nuestra historia─ debió nacer en torno a 1548-50. Con quince años ya era huérfana de sus progenitores. Fue el momento en que decidió dedicar su vida a la caridad, atención a los enfermos y a la oración. Por consejo de su confesor, decidió ingresar en la Orden Tercera Franciscana, es decir, seguir el modo de vida del Convento de San Francisco Casa Grande. Pero no dentro del convento, sino en un beaterio que alquiló con su exigua herencia. En él estuvo retirada durante dieciocho años. El lugar fue una casa extramuros, situada en el arrabal de la Puerta de Elvira-camino de San Jerónimo, es decir, en lo que hoy coincidiría con la zona del Triunfo-calle San Juan de Dios. Le acompañaban otras siete mujeres, algunas que estaban al servicio de su casa y conocidas.

Símbolo representativo de las clarisas capuchinas franciscanas, que une las reglas de San Francisco y Santa Clara de Asís.

La revelación a Lucía de Ureña se repitió durante ocho noches seguidas. La decisión suya, de su confesor y de los teólogos consultados concluyó en que debía fundar un convento de clarisas capuchinas en Granada

El largo plazo de iniciación era el recomendado tanto por su confesor como por el prior de los franciscanos. Se cumplió a principios del año 1586. Debía tener entre 35 y 37 años. Con una vocación temprana que le llevó a raparse el pelo y a vestir solamente con una túnica parda, sin más ropa interior ni calzado aislante del frío. Fue cuando dijo que había tenido una visión que le indujo a fundar un convento de monjas capuchinas en Granada, con toda la pobreza. Debería ser seguidora de las capuchinas que había fundado en Nápoles la catalana María Lorenza Longo; aquella mujer había sido primero una terciaria franciscana y después adoptó la regla de las clarisas primitivas, que observaban las constituciones capuchinas. Era una orden muy extendida por Italia, pero sin presencia en España.

La revelación a Lucía de Ureña se repitió durante ocho noches seguidas. La decisión suya, de su confesor y de los teólogos consultados concluyó en que debía fundar un convento de clarisas capuchinas en Granada.

Las cuatro ubicaciones del beaterio y conventos de clarisas capuchinas: 1, lugar indeterminado entre la Puerta de Elvira y San Juan de Dios (1570?-88); 2, calle Elvira, 1588-1629; 3, junto a la Catedral, 1629-1835. 4, convento de San Antón, 1836-actualidad. SOBRE EL PLANO DE DALMÁU.

El argumento era fácil: el Concilio de Trento había que aplicarlo a toda costa, porque el caso planteado por Lucía de Ureña sería un monasterio más de monjas pobres, sin dotes familiares para sustentarse en el futuro

En ese primer intento fundacional obtuvo un no rotundo del arzobispo Juan Méndez de Salvatierra (1577-88). El argumento era fácil: el Concilio de Trento había que aplicarlo a toda costa, porque el caso planteado por Lucía de Ureña sería un monasterio más de monjas pobres, sin dotes familiares para sustentarse en el futuro. Lo más que tenían eran las propiedades que había heredado de sus padres y de sus tres hermanos difuntos, es decir, unas tierras en la vega de Motril, algún pedazo en las afueras de Granada y su casa en las inmediaciones de la parroquia de San Andrés.

Parecía que había chocado con un muro. Ahí acabarían sus sueños de tener convento propio y ser abadesa.

María de Jesús Yepes, el antecedente

Llegado a este punto, hay que abrir un paréntesis y recurrir a otro antecedente cercano. Lucía de Ureña no fue original en cuanto a puentear al arzobispo de Granada y plantarse ante el Papa de Roma a pedirle autorización para fundar un convento. Vivió muy de cerca el ejemplo de otra granadina, conocida suya y algo mayor en edad: María de Jesús Yepes. Se trataba de una viuda nacida en Granada hacia 1522. Se decía por Granada que se le había aparecido la Virgen en el año 1560, que le instó a dedicarse a la oración y caridad. Vendió toda su hacienda y empezó los trámites.

No se permitiría abrir ningún monasterio sin licencia expresa del obispo diocesano; su objetivo era evitar la multiplicación de casas religiosas sin asegurar su viabilidad económica y disciplinar

Pero María de Jesús Yepes se topó con la oposición del arzobispo Pedro Guerrero (1546-76). Éste se encontraba participando por esos años en el Concilio de Trento como uno de los teólogos más destacados. Y Trento legisló en contra de la proliferación descontrolada de monasterios y órdenes religiosas. No se permitiría abrir ningún monasterio sin licencia expresa del obispo diocesano; su objetivo era evitar la multiplicación de casas religiosas sin asegurar su viabilidad económica y disciplinar. Deberían contar previamente con sustento económico asegurado. Se quería impedir que los religiosos vivieran indignamente y evitar la mendicidad extrema y el abandono de la salud. A las mujeres profesas se les exigía la clausura estricta y perpetua. También se deseaba que el control y vigilancia de los conventos lo efectuaran los obispados y no dependieran directamente de Roma, que tan lejos les quedaba. Porque había muchísimos abusos de religiosos, viviendo fuera de sus comunidades, amancebados y causando problemas. Todos ellos estaban deteriorando la imagen de la Iglesia con la torticera interpretación que hacían de la vida conventual.

El desorden era absoluto; había infinidad de monjas y frailes mendicantes por las calles y los pueblos

La ciudad de Granada, en poco más de medio siglo desde la Toma, ya tenía en su casco urbano nada menos que doce monasterios femeninos que vivían en la pobreza, catorce habitados por hombres (diez de frailes pobres). Cinco de los femeninos seguían las distintas reglas de Santa Clara. El desorden era absoluto; había infinidad de monjas y frailes mendicantes por las calles y los pueblos. Los más afortunados conseguían alguna viuda o familia adinerada protectora que apuntalaba su funcionamiento.

En el caso de María de Jesús Yepes, con sus pocos bienes y falta de linaje, no consiguió su deseo de ser monja fundadora de convento en su ciudad, Granada

En el caso de María de Jesús Yepes, con sus pocos bienes y falta de linaje, no consiguió su deseo de ser monja fundadora de convento en su ciudad, Granada. Del Carmen como era su preferencia. Deseaba implantar un convento de carmelitas descalzas. Pero la Orden del Carmen, ya asentada, se opuso y protestó. Incluso quisieron azotarla públicamente. Entonces la joven viuda decidió encaminarse a Roma, a pie y descalza, a solicitar directamente una bula al papa Pío IV para abrir su carmelo en Granada.

Fue indispensable la ayuda de la dama Leonor de Mascareñas, que le facilitó unas casas y dinero

Pronto se dio cuenta de que no sería profeta en su tierra granadina. Por eso se encaminó hacia Toledo, donde sabía que estaba la abulense Teresa de Jesús tratando de fundar conventos similares. Hizo amistad con ella y con su consejo decidió trasladar su fundación a Alcalá de Henares. María de Jesús Yepes no sabía leer ni escribir, tampoco organizar una comunidad. Teresa de Jesús le ayudó y en 1563 ya empezaba su actividad cerca de Madrid. Fue indispensable la ayuda de la dama Leonor de Mascareñas, que le facilitó unas casas y dinero; Leonor era una portuguesa que fue ayuda de la emperatriz Isabel de Portugal y aya del Rey Felipe II.

Tras unos años de bandazos, fue Santa Teresa de Jesús la que le ayudó a enderezar su carmelo durante una estancia de tres meses

Tras unos años de bandazos, fue Santa Teresa de Jesús la que le ayudó a enderezar su carmelo durante una estancia de tres meses. De manera que el convento de Alcalá quedó incorporado a la comunidad de carmelitas. Se da a la granadina María de Jesús Yepes como cofundadora de esta orden carmelitana.

Lucía decide irse a Roma: 2.200 kilómetros a pie

“Si mi paisana María de Jesús fue capaz viajar a Roma para salirse con la suya, por qué no voy a serlo yo”. Eso debió pensar Lucía de Ureña.

Partió de Granada unos días antes de la Navidad de 1586 y arribó a Roma a finales del mes de mayo de 1587. Casi medio año de caminata ininterrumpida, a una media aproximada de 14,5 kilómetros diarios

Dejó a sus compañeras en el beaterio extramuros, adoptó el nombre de Lucía de Jesús y se preparó para irse a Roma a solicitar permiso en persona al Papa. Iría ligera de equipaje, sin apenas ropa de abrigo y descalza. Viviendo de la caridad por los caminos. No tenía dinero para embarcar en alguno de los puertos con singladuras hacia Roma (desde Alicante, Valencia, Barcelona), ni siquiera para un burro. No había más remedio que ir andando, unos 2.200 kilómetros en total en camino de ida y otros tantos de vuelta.

Partió de Granada unos días antes de la Navidad de 1586 y arribó a Roma a finales del mes de mayo de 1587. Casi medio año de caminata ininterrumpida, a una media aproximada de 14,5 kilómetros diarios.

Pero terquedad e insistencia de la monja granadina era muy difícil de vencer por los funcionarios vaticanos

El entorno del papa Sisto V le mostró su rechazo, advertido seguramente por el Arzobispado de Granada. Desde Granada le habían informado de la conveniencia de emitirle un documento negándole la fundación. Pero terquedad e insistencia de la monja granadina era muy difícil de vencer por los funcionarios vaticanos. Finalmente, Sixto V le ofreció una oportunidad: debería presentarle un memorial justificando la fundación y asegurando su continuidad con unas rentas suficientes como para automantenerse. Lo más probable es que Lucía de Ureña exagerase con las dotes futuribles de sus aspirantes o mintiese directamente sobre los bienes que ella aportaba.

Al final, el Papa accedió a firmarle una bula concediéndole su deseo de fundar un monasterio en Granada; las monjas vivirían en total pobreza

Al final, el Papa accedió a firmarle una bula concediéndole su deseo de fundar un monasterio en Granada; las monjas vivirían en total pobreza. Se encargaba al Arzobispado de Granada de tutelarlas y vigilarlas. Deberían traer a tres religiosas clarisas de un convento cercano consolidado para que les sirvieran de guía. Aquella bula de Sixto V lleva fecha del 13 de septiembre de 1587, día que las clarisas capuchinas consideran el de su fundación.

Grabado que representa a sor Lucía de Ureña y a sus primeras siete monjas presentando la bula al arzobispo Salvatierra el 18 de mayo de 1588. Es una ilustración del libro Compendio histórico chronológico de la fundación del monasterio de Jesús y María de capuchinas mínimas del desierto de penitencia de la ciudad de Granada (1768).

Sor Lucía de Ureña o de Jesús desanduvo otros 2.200 kilómetros (partió de Roma a finales de diciembre). Con la convicción de ser abadesa fundadora. Regresó a Granada el 18 de mayo de 1588. Toda contenta y satisfecha, cogió a toda su comunidad y se dirigió al Palacio Arzobispal a enseñar la bula al arzobispo Juan Méndez de Salvatierra. El prelado estaba preparándose para retirarse a su casa de veraneo de La Zubia; se sentía enfermo desde unos días antes y buscaba tranquilidad. (Las crónicas de la época decían que cuando se rompía una campana, era señal de pronta muerte del obispo. Y el 28 de abril se había roto la de la torre de San José).

El obispo se alegró mucho. Le concedió licencia de manera tácita, oralmente. Dejó el asunto en manos de su provisor y tesorero de la Catedral, Pedro Guerrero 

El obispo se alegró mucho. Le concedió licencia de manera tácita, oralmente. Dejó el asunto en manos de su provisor y tesorero de la Catedral, Pedro Guerrero (sobrino del obispo del mismo hombre). Declaró a sor Lucía como fundadora y prelada. El provisor del Arzobispado visitó su nuevo monasterio, establecido en una placeta trasera de la calle de Elvira (La plataforma de Vico, 1611, ubica su entrada por la calle Elvira, en lo que después fue solar de la Casa Cuna). Allí celebraron su primer capítulo, bendijeron la capilla y las demás instalaciones. El arzobispo se había comprometido a visitarlas y hacer una fiesta inaugural, pero falleció repentinamente en La Zubia el 24 de mayo.

Empezaban los problemas para el convento de las clarisas capuchinas de Granada.

Óleo que representa el ideal de una monja clarisa capuchina, de autor desconocido (arriba). Sirvió para elaborar un grabado para el libro Compendio… (1768). Está cargado de simbología: frases que salen del cuerpo que son salmos o mandatos de orden de Santa Clara; su boca está cerrada con un candado, sus pies exhiben unos grilletes, en la mano derecha sujeta una vela para iluminar y la cruz se clava sobre el globo terráqueo al que había que extender su forma de vivir. También fue elaborada una estampa más grande para los fieles, con abundantes adornos vegetales. ARCHIVO CONVENTO SAN ANTÓN

La inesperada muerte del obispo Salvatierra dejó sin rematar la creación del convento en todos sus trámites burocráticos. La sede episcopal quedaba vacante. Y por dos años

La inesperada muerte del obispo Salvatierra dejó sin rematar la creación del convento en todos sus trámites burocráticos. La sede episcopal quedaba vacante. Y por dos años. Fue un momento de impasse y debilidad en Granada que los detractores de aquella fundación aprovecharon para cebarse con sor Lucía. El provisor (sustituto) del obispado entró en pánico y les envió un decreto suspendiendo la fundación de clarisas capuchinas de la calle Elvira; serían excomulgadas si no abandonaban la casa y regresaban a su vida civil. El motivo principal era el mismo: eran mujeres pobres que no tenían medios para sustentarse; iban contra las disposiciones del Concilio de Trento. En cambio, a las damas ricas y familias poderosas sí se les autorizaban las fundaciones.

El asunto saltó de la esfera eclesiástica y pasó a la justicia civil. El 8 de noviembre de 1588, sor Lucía de Ureña y sus monjas fueron expulsadas de su casa de la calle Elvira

Las monjas capuchinas se negaron a salir de su casa. Intentaron ablandar al provisor. Pero la tensión empeoró la situación: el 17 de octubre de 1588, el Arzobispado les envió una nueva carta concediéndoles un plazo de tres días para echar el cierre. El asunto saltó de la esfera eclesiástica y pasó a la justicia civil. El 8 de noviembre de 1588, sor Lucía de Ureña y sus monjas fueron expulsadas de su casa de la calle Elvira.

Aquel turbulento año fundacional de las capuchinas en Granada fue abundante en grandes acontecimientos, según la crónica de Jorquera

Aquel turbulento año fundacional de las capuchinas en Granada fue abundante en grandes acontecimientos, según la crónica de Jorquera: fueron subidas trece campanas a la torre de la Catedral y se preparaban otras ocho para el cuerpo superior (el que hubo que demoler por resquebrajamiento del edificio); el 20 de enero fue declarado fiesta en agradecimiento a San Fabián y San Sebastián por haber remitido la epidemia de peste. Empezaron rogativas y rezos por el buen éxito de la armada española a conquistar Inglaterra; desde Granada partió una compañía de 400 soldados a embarcarse en Sanlúcar hacia Lisboa, a las órdenes del granadino Álvaro de Bazán. Por cierto, falleció cuando ultimaba los preparativos (9 de febrero). Hubo eclipses de luna los días 13 de marzo y 5 de septiembre. El último día del año falleció en Lisboa el fraile dominico granadino Fray Luis de Granada. Era corregidor (alcalde) de Granada el funcionario toledano Garci Suárez de Carvajal.

Segundo viaje a Roma: el Papa vuelve a apoyarla

Con una situación sumamente enconada entre las monjas capuchinas y el Arzobispado, sin que hubiese atisbos de un nuevo arzobispo que pusiera orden, sor Lucía de Jesús tomó la decisión de regresar por segunda vez a Roma. Iría a buscar una nueva decisión del papa Sixto V que zanjara la situación de una vez por todas. Por supuesto, reafirmando su propia bula fundacional de 13 de septiembre de 1587. La abadesa partió, también andando descalza, a finales de diciembre de 1588. En esta ocasión consiguió entrevistarse con el Pontífice a los pocos días de su llegada. Sixto V mandó redactar una nueva bula (26 de junio de 1589) en la que se reafirmaba en su anterior de dos años atrás, le daba la razón a la monja granadina. Incluso anunciaba 2.000 ducados de multa para quien se opusiera a ello. Sor Lucía partió de Roma a las pocas semanas y estaba en Ganada el 1 de febrero de 1590. Pensaba que con su segunda bula en las alforjas quedaría cerrado el asunto.

Por Granada se decía que era una mujer de gran valentía y arrojo, una doncella sin miedo que atravesó varios países, sola, sin ningún tipo de temor

Había andado descalza aproximadamente 8.800 kilómetros en sus dos viajes. Hizo sus peregrinaciones en su madurez, cuando tenía entre 38 y 42 años, aproximadamente. Por Granada se decía que era una mujer de gran valentía y arrojo, una doncella sin miedo que atravesó varios países, sola, sin ningún tipo de temor. Muchos años más tarde, en 1765, cuando nació la Gazetilla Curiosa del Padre La Chica, éste le dedicó unas páginas biográficas en aquel rudimentario periódico y dijo que nunca “se le tumbó el varonil ánimo”. La expresión vulgar le atribuía dos pares de testículos.

Uno de los periódicos más antiguos de Granada, Gazetilla Curiosa (1765), le dedicó tres páginas en su edición del uno de enero a narrar la historia de sor Lucía y de los avatares de su fundación.

Pero la resistencia en el Arzobispado se había acentuado. No debió sentar nada bien aquel puenteo. Hubo nombramiento de nuevos responsables e inhibición por parte de los anteriores. Sor Lucía sumó más casas anexas para ampliar el convento de la calle Elvira. Incluso propuso trasladarse a la ermita de la Virgen de las Angustias.

El canónigo jurista Zavala, en nombre del arzobispado vacante, ordenó imponerles el hábito y encerrarse a orar. Se nombró priora a Lucía de Ureña; le acompañaban doce monjas más

En junio de 1590 organizaron una vista de inspección al convento formado en las casas de la calle Elvira. Pidieron al administrador de la Diócesis que les trajera a las monjas clarisas franciscanas de Loja para que las instruyera. Escrituraron el convento ante notario, en unas casas compradas a Hernando del Campo, en la collación de la parroquia de San Andrés, intramuros de la ciudad. El canónigo jurista Zavala, en nombre del arzobispado vacante, ordenó imponerles el hábito y encerrarse a orar. Se nombró priora a Lucía de Ureña; le acompañaban doce monjas más. También les aprobó las constituciones de su nuevo monasterio.

Aunque, una vez más, el provisor Pedro Guerrero no estaba conforme. Se saltó las dos bulas firmadas por el papa Sixto V

Aunque, una vez más, el provisor Pedro Guerrero no estaba conforme. Se saltó las dos bulas firmadas por el papa Sixto V. Se querelló contra dos monjas clarisas capuchinas y contra el jurista Zavala, argumentando que se habían saltado la preceptiva autorización del Arzobispado. Las monjas deberían esperar al permiso del obispo para poder ejercer la clausura. Pero no había arzobispo todavía.

Empezaron entonces las tensiones entre el doctor Zavala ─que sí quería cumplir con el mandato de Sixto V─ y el provisor Pedro Guerrero ─que exigía permiso del Arzobispado─. Y las monjas capuchinas en medio. El asunto se enrareció desde el punto de vista del derecho canónico y civil. Con continuas denuncias y amenazas. Pero las monjas profesas continuaban dentro de su casa tratando de seguir con su proyecto de oración y recogimiento en absoluta pobreza. Por eso, porque no exigían cuantiosas dotes para entrar, fue por lo que empezaron a cobrar fama y acudir jóvenes aspirantes. También acogieron a cofradías de semana santa.

Lo peor estaba por llegar, cuando llegó Pedro de Castro y Cabeza de Vaca para ocupar la silla arzobispal

Lo peor estaba por llegar, cuando llegó Pedro de Castro y Cabeza de Vaca para ocupar la silla arzobispal. En su vida civil había sido presidente de las reales chancillerías de Granada y Valladolid. Escrupuloso cumplidor de la doctrina de Trento. Para complicar más la situación, el Vaticano vivió el segundo semestre del año 1590 un absoluto caos y casi desgobierno: fue el año que tuvo tres papas (Sixto V, Urbano VII y Gregorio XIV); las decisiones en Roma parecían estar en suspenso.

Por eso, el nombre de Pedro de Castro fue siempre muy mal considerado en esta orden monástica femenina

Pedro de Castro se convirtió en la bestia negra de las clarisas capuchinas. Se negó a dar validez a las dos bulas fundacionales concedidas por Sixto V. Así durante los veinte años que duró su episcopado. Por muchos recursos y mediaciones que se intentaron. Por eso, el nombre de Pedro de Castro fue siempre muy mal considerado en esta orden monástica femenina.

A pesar de todo, la fama de las clarisas capuchinas de Granada se iba acrecentando, así como el apoyo de la población y la llegada de limosnas. Sus inicios coincidieron con la aparición del Pergamino de la Torre Turpiana (1588) y los Libros Plúmbeos de Valparaíso (1595)

A pesar de todo, la fama de las clarisas capuchinas de Granada se iba acrecentando, así como el apoyo de la población y la llegada de limosnas. Sus inicios coincidieron con la aparición del Pergamino de la Torre Turpiana (1588) y los Libros Plúmbeos de Valparaíso (1595). Granada ardía en devoción, era el centro de atención de la religiosidad española y europea. Las capuchinas estaban crecidas y admitían a doncellas pobres. El resultado inmediato fue que sor Lucía de Jesús fue expulsada de su monasterio, retirado su hábito y encarcelada durante casi un año; se le acusaba de haber engañado a Sixto V diciéndole que tenía medios de vida; el perjuicio y las quejas de las demás comunidades de monjas de Granada; esa comunidad era la que más problemas causaba y, encima, no contaba en su plantel con mujeres de linaje. El caos de los papas en Roma (el siguiente, Inocencio IX, duró sólo 62 días) hizo que desde Roma no volviesen a responder a las llamadas de auxilio de Lucía de Jesús. Lucía estuvo en la cárcel hasta el 2 de agosto de 1591.

Se sucedieron otras tres nuevas bulas. Y nuevos juicios hasta 1593, todos ellos ganados por la comunidad de clarisas capuchinas. Pero el Arzobispado no daba su brazo a torcer, su fiscal presentó denuncia ante el nuevo papa (Clemente VIII); la respuesta del Vaticano fue que, si el monasterio incumplía el derecho de la Iglesia, que lo clausurara sin dudar.

BULAS CONCEDIDAS POR EL VATICANO A LUCÍA DE UREÑA

FECHA

PAPA FIRMANTE

CONTENIDO

13 sept. 1587

Sixto V

Autorizando la fundación de un convento de clarisas terceras franciscanas (capuchinas) en Granada

1 dic. 1587

Sixto V

Permitiendo sacar monjas de otros conventos para que ejercieran de formadoras de novicias

26 junio 1589

Sixto V (Horacio Burguesio, protonotario)

Para que las capuchinas sean restituidas al convento del que habían sido expulsadas por Arzobispado (vacante)

3 abril 1592

Clemente VIII (Camilo Burguesio, protonotario)

Orden de no molestar a la fundadora, que se le restituya el hábito y se reabra el convento

1 junio 1596

Clemente VIII

Carta al arzobispo Pedro de Castro para que cierre el Convento, en caso de que sean ciertas las acusaciones del fiscal general del Arzobispado

Bula fundacional de las capuchinas de Granada, de 1 de septiembre de 1587. ARCHIVO CONVENTO SAN ANTÓN

El arzobispo Pedro de Castro no lo clausuró. Quizás en ello influyera el hecho de que sor Lucía de Jesús enfermó y entregó su alma a Dios el 3 de junio de 1597

El arzobispo Pedro de Castro no lo clausuró. Quizás en ello influyera el hecho de que sor Lucía de Jesús enfermó y entregó su alma a Dios el 3 de junio de 1597. Tenía menos de cincuenta años. Fue enterrada en la iglesia de San Andrés. Su obra quedó iniciada y en un impasse. Pero su lucha había servido de mucho. Para empezar, al año siguiente su ejemplo fue secundado por Ángela Margarita Serafina, que fundó el segundo convento de clarisas capuchinas en territorio español, en Barcelona. Con las constituciones del de Granada y con el ejemplo de sus mujeres y la abadesa Lucía de Jesús.

Retrato imaginario de la abadesa Lucía de Ureña en los años finales de su vida, por el pintor Luis Ruiz Rodríguez.

 Por fin, en 1624 ─a más de un cuarto de siglo de la muerte de Lucía de Ureña─ se consiguió cerrar el ciclo de la definitiva fundación

Las luchas de las capuchinas de la calle Elvira continuó tras la muerte de sor Lucía de Ureña. Llevaron el asunto hasta el Consejo de Castilla, el rey Felipe III y el Nuncio en España. Comunidad de monjas y Arzobispado continuaron forcejeando hasta el año 1610 en que Pedro de Castro fue trasladado como titular del Arzobispado de Sevilla. Un obispo franciscano, Pedro González de Mendoza, les trajo algo de tranquilidad y esperanza para concluir de una vez la fundación del desierto de clarisas capuchinas. La situación se alargó hasta 1620 en que el arzobispo Garcerán Albañel trajo cuatro monjas de Estepa para hacerse cargo de las novicias de Granada. Por fin, en 1624 ─a más de un cuarto de siglo de la muerte de Lucía de Ureña─ se consiguió cerrar el ciclo de la definitiva fundación. La institución fue bautizada como Monasterio de Jesús y María, de capuchinas del desierto de la ciudad de Granada.

Placeta de la Casa Cuna, ensanche de la calle Elvira, donde estuvo la entrada principal al convento de Capuchinas entre 1588 y 1629. La Plataforma de Vico (de 1611) la recoge en su trazado. La calle lateral y la plaza trasera se llamaron de Santa Lucía (hoy queda sólo un pequeño tramo del original).

Hay vagas referencias en la comunidad de capuchinas que en el siglo XVII se solicitó por escrito la beatificación de sor Lucía de Ureña. Pero no se le hizo seguimiento ni presión al Vaticano y la propuesta debió pasar al cajón de los olvidos

La casa de capuchinas, con entrada trasera por una placeta y un callejón junto a la calle Elvira, se les había quedado pequeña. El vecindario había bautizado el acceso como el callejón de sor Lucía, a la que consideraban con méritos de beata. También la placeta de entrada al monasterio fue llamada así durante las primeras décadas del siglo XVII. Hasta que, en fecha indeterminada, pero anterior a 1752, por corrupción o derivación, la gente empezó a llamar el sitio como calle y placeta de Santa Lucía. Con el nombre de Santa Lucía figuró en el callejero este lugar en la planimetría municipal, hasta 1896 en que fue demolida toda la manzana que lindaba y rodeaba por detrás la Casa Cuna. Las placetas contiguas de Santa Lucía y de los Contreras fueron eliminadas; en su lugar fueron levantados los bloques número 40 y 42 de la Gran Vía actual. La calleja torcía hacia el Este antiguamente, mientras que hoy prosigue su trazado hasta morir en sentido contrario, en el lateral de la Subdelegación del Gobierno.

Quizás aquella trasposición o elevación popular de categoría no fuese mal encaminada. Hay vagas referencias en la comunidad de capuchinas que en el siglo XVII se solicitó por escrito la beatificación de sor Lucía de Ureña. Pero no se le hizo seguimiento ni presión al Vaticano y la propuesta debió pasar al cajón de los olvidos.

1629, traslado junto a la Catedral

Bajo la coordinación de las cuatro monjas de Estepa se consiguió dar estabilidad al convento de capuchinas. A las que sobrevivían de tiempos fundacionales se habían sumado otras dieciséis religiosas, llegando a 24. La vida monacal empezaba a consolidarse al iniciarse el siglo XVII; incluso se estableció en su pequeña capilla una cofradía de Semana Santa: la de las Cinco Llagas, que había inspirado la monja Úrsula de San Diego (copiada de una existente en Baza).

Como las peticiones de novicias aumentaban y el lugar resultaba estrecho en los callejones entre las parroquias de San Andrés y Santiago, la abadesa Isabel de San Antonio empezó a buscar mejor lugar en el otoño de 1623

Como las peticiones de novicias aumentaban y el lugar resultaba estrecho en los callejones entre las parroquias de San Andrés y Santiago, la abadesa Isabel de San Antonio empezó a buscar mejor lugar en el otoño de 1623. La solución se la dio el banquero y comerciante de origen italiano Rolando de Levanto. Tenía una casona al Pie de la Torre de la Catedral que les podría servir, al lado otras casas viejas y unos huertos. También adquirieron otra propiedad a Francisco de Herrera Valenzuela. Firmaron las escrituras del traspaso el 8 de julio de 1629.

Para allá se fueron las veinticuatro monjas, con los restos de todas las hermanas que habían fallecido hasta entonces y tenían enterradas en el primer cementerio. Más el de sor Lucía de Ureña que exhumaron de su capilla en la iglesia de San Andrés. No se trataba de un monasterio al uso de otros que ya había levantados en la ciudad, con sus grandes claustros, iglesia, hospedería, servicios, etc. Sino una agrupación de casas. La necesidad más acuciante fue habilitar un espacio para iglesia o capilla.

Dentro de la capitular con que comienza el libro Compendio… esbozaron la iglesia que levantaron a partir de 1638 en la actual Plaza de la Romanilla. Era de cruz latina, con una lucerna apuntada sobre el crucero.

Pocos años más tarde, en 1638, empezaron la construcción de su iglesia. Obras que fueron muy lentas por falta de recursos, se prolongaron hasta 1680. El impulso final se lo dio la abadesa sor María de los Ángeles (1660-80), ahijada de los condes de Medellín. Las obras las dirigió el padre Francisco Díaz del Ribero, jesuita.

También esta comunidad religiosa encargó a escuelas de artistas granadinos o recibió regalos de pinturas y esculturas; buena parte de ellas son las que conservan en la actualidad

El templo de cruz latina era relativamente modesto, alineado de Este a Oeste (justo en el solar que hoy ocupa la escultura del Aguador). Sobre la cúpula levantaron una especie de cimborrio con forma de chapitel, con cuatro vidrieras que le daban luz; tenía tres altares, la capilla mayor, coro alto y otro sobre la entrada de la calle; una puerta lateral miraba al Palacio de Niñas Nobles. Fue dedicado, como la primera capilla fundacional, a la Presentación de Nuestra Señora. La parte residencial y laboral de las monjas era un vericueto repartido por las casas agrupadas, a las que con el tiempo fueron sumando más edificaciones hasta hacerse con la mayor parte de la manzana. Sólo una de las casas tenía un patio peristilado de consideración. También esta comunidad religiosa encargó a escuelas de artistas granadinos o recibió regalos de pinturas y esculturas; buena parte de ellas son las que conservan en la actualidad. Intervinieron Juan de Sevilla, Alonso Cano y Pedro de Mena; éste cobró trescientos ducados por pintar una serie de óleos sobre la vida de la Virgen.

Hasta que empezaron las leyes desamortizadoras de Mendizábal y fue de los primeros complejos monásticos granadinos en ser demolido

En la calle Capuchinas vivió tranquila esta comunidad hasta el año 1835. (Hoy ese tramo de la calle ha perdido su nombre en favor de Plaza de la Romanilla). Hasta que empezaron las leyes desamortizadoras de Mendizábal y fue de los primeros complejos monásticos granadinos en ser demolido. Quizás influyó el hecho de la falta de monumentalidad. También su ubicación tan céntrica en un lugar que estaba necesitado de espacios para establecer los mercados que se ubicaban en las calles y plazas cercanas. A partir de 1838 se empezó a llamar al solar resultante como Plaza de la Libertad. Siguió el mercado de verduras al aire libre (que antes estaba en Bibarrambla), luego unas casetas de madera y ya a partir de 1870 se decidió hacer edificios de obra con columnas de hierro fundido; el mercado llamado de la Romanilla no estuvo activo en este solar hasta el año 1881.

Plaza de la Romanilla actual, donde estuvo el convento de Capuchinas entre 1629 y 1835. Fue demolido para mercado al aire libre, mercado de casetas a partir de 1881 y espacio público desde 1984. La iglesia estaba en el lugar que ocupa la estatua del Aguador.
El convento dio nombre a la calle entre Pie de la Torre y Plaza de la Trinidad. El tramo alto fue sustituido por Plaza de la Romanilla.

Las monjas clarisas capuchinas exclaustradas no se disolvieron. Al contrario, volvieron a desenterrar a todas sus antepasadas y se trasladaron a otro convento del que habían sido expulsados sus ocupantes

Las monjas clarisas capuchinas exclaustradas no se disolvieron. Al contrario, volvieron a desenterrar a todas sus antepasadas y se trasladaron a otro convento del que habían sido expulsados sus ocupantes: San Antonio Abad, en la Plaza de las Arrecogidas. Este monasterio de franciscanos terceros lo habían levantado a partir de 1565; ya durante la invasión francesa sufrieron su primera exclaustración, pero lo recuperaron entre 1812 y 1835, cuando llegó su definitiva exclaustración. Les fue entregado a las monjas capuchinas en compensación por la expropiación del suyo.

Fragmento del cuadro de Swinburne (1775) en el que se ve la torre apuntada de pizarra que tenía San Antón, un tanto exagerada por el dibujante. A la izquierda están las de las Angustias y Escolapios. La torre original quedó muy deteriorada en el terremoto de 1755, lo que llevaría a su desmontaje progresivo.
En este dibujo de Alfred Guesdon (1853) ya se ve el chapitel apuntado convertido en tejado más bajo (2). El 3 era el cimborrio de la Trinidad, 4 las Angustias, 5 la Magdalena antigua, 6 el solar todavía sin construir tras el derribo del convento de Capuchinas y 1 San Justo y Pastor.
Campanario minorado, resultante de la iglesia de San Antón tras eliminar dos cuerpos intermedios a finales del siglo XIX. Ya en tiempos de las capuchinas.

El convento e iglesia de San Antón es un complejo infinitamente mejor que los dos anteriores de las capuchinas. Tenía su claustro, su iglesia y unas extensas huertas regadas por la acequia de Sancti Spíritus. La torre original era de altura mediana, rematada en chapitel (desaparecido a finales del XVIII); en 1873 se detectaron grietas y el gobernador civil ordenó su desmonte. Eliminaron dos cuerpos y el campanario, para volver a reconstruir el ridículo cuerpo de campanas que sobrevive en la actualidad. Los peligros no habían pasado, pues la afición a desmontar edificios religiosos en el sexenio revolucionario (1868-74) a punto estuvo de demoler todo el edificio para dar empleo a los parados.

La última agresión a este monasterio ocurrió ya en la etapa de Gallego Burín-Manuel Sola, cuando se decidió ensanchar la calle Recogidas y se llevó por delante otro trozo de la iglesia y el patio

La última agresión a este monasterio ocurrió ya en la etapa de Gallego Burín-Manuel Sola, cuando se decidió ensanchar la calle Recogidas y se llevó por delante otro trozo de la iglesia y el patio.

La comunidad de clarisas se estabilizó por completo a partir de ese periodo. Han tenido que afrontar infinidad de reformas y obras para consolidar especialmente la iglesia. Hace unos años vaciaron la cripta de los franciscanos y la han reconvertido en un columbario público. Coincidiendo con su 400 aniversario (septiembre de 1987) construyeron una especie de panteón en el coro bajo donde reposan los restos de sor Lucía de Jesús, la fundadora (Desde 1836 estaban reenterrados en el claustro). La comunidad de capuchinas de Granada dio origen a casi dos docenas de conventos repartidos por España, América y Asia. En total, la orden de Hermanas Clarisas Capuchinas se reparte en más de 150 monasterios, con poco más de 2.000 monjas.

Placa en el coro bajo de la iglesia de San Antón donde reposan los restos de Lucía de Ureña y de las fundadoras que la acompañaron a finales del XVI.

Hoy, las clarisas capuchinas de San Antón son una comunidad de monjas afortunadas, viviendo y orando en el corazón de Granada, pero completamente aisladas de ruidos y trajines

Hoy, las clarisas capuchinas de San Antón son una comunidad de monjas afortunadas, viviendo y orando en el corazón de Granada, pero completamente aisladas de ruidos y trajines. Quedan dieciocho hermanas, con tendencia a menguar como casi todos los monasterios de España. Oran y laboran continuamente, con un régimen muy estricto en el horario. Pero con mucha alegría. Viven de sus bordados, de las hostias para parroquias, de repostería (han sido famosos sus huevos Moll de encargo). Y de los encargos y caridad de infinidad de granadinos.

El tratamiento y mejora de la información gráfica es obra de Luis Ruiz Rodríguez.