'Este hombre'

Más de 40 y se vio solo de un día para otro. Este hombre nunca pensó que le pasaría. Había temido esto toda su vida. Nunca le habían abandonado. Así que era esto de lo que todo el mundo hablaba. El rechazo. Ya no te quiere. Era lo que siempre había temido y ahí estaba. No había marcha atrás ni posibilidad de enmienda. Tragó saliva y tuvo miedo. Tal y como preveía, el fogonazo de libertad inicial fue breve y decepcionante, y dio paso a una bruma espesa y oscura. Uno que tenía pinta de quedarse mucho tiempo.
Ahí empezó un viaje que para él era totalmente inhabilitante. No podía comer, no podía dormir, no podía vivir. Pensó mil veces en llamarla, en pedirle perdón aunque no sabía por qué. Daba un poco igual. Solo quería dejar de sentir esto que él pensaba que estaba reservado a adolescentes. Ese dolor tan permanente, tan hondo, que castigaba por la noche y embestía por la mañana.
Su mente eliminó rápidamente todo lo malo que había vivido con ella. No conseguía recordar su enfados, su temperamento, sus celos, sus desprecios. Eso pasó al olvido y solo quedó una extraordinaria selección de momentos preciosos y perfectos con ella. Su cerebro le estaba diciendo que ella era única e irrepetible. Nunca volvería a tener tanta suerte. Pasaba el día y la noche peleando consigo mismo y acababa agotado. Pensaba en todo lo que podía haber hecho mejor, en todas las veces que se equivocó, en las veces que no la trató bien. Cómo se atrevió. La culpa se sumó a la pena.
Descartó la mitad de su mundo. Se convirtió en un maestro del descarte, un genio de la autoprotección
A pesar del caos emocional, era un tío muy práctico y se conocía muy bien. Así que empezó a descartar para mantenerse a salvo. Descartar para evitar recuerdos y la amargura que les acompañaba. Descartar películas, descartar series, descartar ropa, colonias, comidas, canciones, grupos, bares, personas, barrios, ciudades. Descartó la mitad de su mundo. Se convirtió en un maestro del descarte, un genio de la autoprotección. Era capaz de dar un rodeo de 20 kilómetros con tal de no pasar por una zona de riesgo. Programó su vida para no cruzársela. Aún así, andaba aterrado por la calle. El pánico absoluto. Verla con otra persona, en otro entorno, distinta, feliz. Sentirse sustituido, mejorado. Por alguien más alto, más guapo, con más pelo, que la entiendiera mejor, con el que estableciera otras rutinas, otros chistes solo de ellos, otras vocecitas ridiculamente encantadoras.
Leyó que el duelo por desamor tenía fases pero él se veía siempre en la misma. En una que no acababa nunca. Pedía que pasara el tiempo para estar mejor, pero tampoco quería porque eso signicaba el fin de todo. Estaba detenido, paralizado. La vida congelada. Dejó de hacer cualquier cosa que no fuera estrictamente necesaria para seguir vivo.
Descubrió que nadie hablaba del terremoto que provoca el desamor en los hombres. A ellos se les supone fortaleza cuando es justo lo contrario
Descubrió que nadie hablaba del terremoto que provoca el desamor en los hombres. A ellos se les supone fortaleza cuando es justo lo contrario. Vídeos, podcast, terapia, libros, viajes, voluntariado, gente de toda clase dando consejos en las redes. Como un chico latino que juraba que un hombre de verdad supera el abandono levantándose a las 5 de la mañana, levantando pesas, comiendo como un animal y dejando de masturbarse. Pero no.
No funcionó porque, además, una parte de él estaba cómodo viviendo en el drama. Satisfecho con la ruina que reflejaba el espejo. Totalmente consciente de que ese naufragio se trasladaba a su entorno físico. Su casa era zona catastrófica. El pijama, la bata, la capa de polvo en los muebles, el ambiente pesado, el olor a fracaso. Alimentándose fatal, dándose pena. La depresión gobernando a su alrededor. Sus amigos, su familia, su trabajo. Todos le sonaban huecos y prescindibles. Y se sentía fatal también por eso.
También pensó en si alguién habría sufrido así por él alguna vez y se sintió fatal por permitirlo. Luego se dijo que ya estaba bien un millón de veces, pero nunca era cierto. Solo se lo decía porque leyó que había que acostumbrar al cerebro, forzarle a pensar lo que le convenía. Como si eso pudiera pasar. Como si pudieras decirle a la herida que dejara de sangrar.
Llegó a desear que sucediera algo, algo grave y extraordinario de nivel planetario. Una pandemia, la bomba atómica, un accidente, una muerte, la suya. No le importaba mucho. Vivía acobardado y necesitaba algo que interrumpiera el devenir natural de las cosas, que sólo conducía al olvido definitivo. Así pasó muchos días.
Un día se dio cuenta de que no había pensado en ella justo al despertar. Cada día, el latigazo en el estómago tardaba más en llegar y era menos intenso. Su cabeza empezó a ser capaz de pensar en otras cosas, acosada por las obligaciones que se le habían ido amontonando. Tuvo que seguir. Se encendió un interruptor que no sabía que tenía.
Once meses después le llegó un mensaje. "Hola, cómo estás? Hablamos?", seguido de un emoticono cariñoso. Nervios. Las letras le bailaban en los ojos. La mano le temblaba. Volvió a leer. “Hola, cómo estás? Hablamos?”
Y no sintió un vuelco. No sintió alivio. No sintió esa urgencia de correr hacia algo. Sintió distancia. Como si esa historia, que había sido su mundo entero, ahora cupiera en la palma de la mano. Como si ya no viviera dentro de ella. Pensó en todo lo que había hecho para sobrevivir. En todo lo que había evitado y en lo que había construido sin darse cuenta.
Y entendió que no estaba esperando ese mensaje. Salió a la calle y caminó sin esquivar nada. Pasó por los bares, por las calles, por los recuerdos. Y no ocurrió absolutamente nada. De pronto, recuperó la mitad del mundo que había descartado. Notó el viento en su cara, escuchó el ruido de la ciudad y respiró paz. Apagó el móvil y, simplemente, caminó.


















































