Un asesinato, tres ajusticiados ante el vecindario, la Banca Rodríguez-Acosta a la ruina y el fin del señor feudal

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Las desavenencias entre el Marqués del Salar y la Banca por un préstamo sobre su señorío dividió al pueblo en dos bandos, propició un asesinato y acabó con tres ejecuciones públicas a garrote vil
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La familia Rodríguez-Acosta cerró el negocio y se fue de Granada; el último gran señorío feudal granadino acabó desvaneciéndose por la ruina económica de los descendientes de Hernán Pérez del Pulgar
El escenario de la trama se ubicó en el Salar, pueblo de unos 1.800 habitantes a 8 kilómetros de Loja y a poco más de cincuenta de Granada. En el tercio final del siglo XIX era una de las poquísimas poblaciones de señorío que quedaban en la provincia de Granada, en el más puro sentido de expresión. Prácticamente todas las tierras y casas eran propiedad del Señorío del Salar que desde 1486 disfrutaban los descendientes de Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hazañas. Convertido en Marquesado a partir de 1693.
Casi toda la vida giraba en torno a los deseos de los señores marqueses y de sus administradores. Por supuesto, los nobles residían en Granada y/o Madrid
Casi toda la vida giraba en torno a los deseos de los señores marqueses y de sus administradores. Por supuesto, los nobles residían en Granada y/o Madrid. De ahí que los aires masones, socialistas y anarquistas del XIX obtuvieran mucho respaldo o seguidores por los desheredados o no integrados bajo la tutela del señorío. El corregidor o la alcaldía siempre era puesto y quitado por el marqués, hubiese o no elecciones democráticas. Incluso la iglesia de Santa Ana también estaba bajo el patrocinio del marquesado porque la habían construido con su dinero en 1501. (Allí estuvo hasta 1871 un ejemplar de jarrón nazarita del XIV como soporte del vaso de bautismo; muy similar a los conservados en la Alhambra).
Nos encontrábamos a finales del año 1871, época convulsa todavía del sexenio democrático, reinado de Amadeo de Saboya y próxima a aparecer la I República española. El titular del Marquesado del Salar era Fernando Pérez del Pulgar y Fernández de Córdoba (1833-1895), VII de la saga. Había nacido en el palacio familiar de la Carrera del Darro, pero por esa época pasaba la mayor parte de su vida en Madrid (Calle Alcalá, 23). Estaba casado con Lorenza Fernández de Villavicencio y del Corral. Entre la pareja acumulaban en sus manos un buen puñado de títulos nobiliarios, eran grandes de España. Fernando era maestrante de Granada y miembro de la Orden de Alcántara.
Las inmensas posesiones que tenían repartidas por Andalucía (también en la Costa de Málaga y Jaén) no debían dar abasto a suministrarles plata para tapar sus bocas y sufragar caprichos
Con ellos vivía también la VI marquesa viuda, de nombre María del Carmen O´Lawlor y Caballero. Era la madrastra del VII Marqués del Salar.
El Marqués y familia, absentistas de Salar y Granada desde tiempo atrás, llevaban un intensísimo tren de vida en Madrid, París y San Sebastián. Las inmensas posesiones que tenían repartidas por Andalucía (también en la Costa de Málaga y Jaén) no debían dar abasto a suministrarles plata para tapar sus bocas y sufragar caprichos. Buena parte de sus ingresos los habían destinado a financiar la causa carlista. El año de Amadeo de Saboya afloró la verdadera deuda que habían ido acumulando. Debían nada menos que dos millones de reales (500.000 pesetas) a su cuñado el Marqués de Vallecerrato (Manuel Fernández de Villavencio y del Corral). Éste, disgustado porque no le pagaba, vendió los pagarés a un banquero madrileño a un interés elevado.
En aquella situación de asfixia financiera y económica, el Marqués del Salar ordenó a su administrador en Granada, el poeta José Salvador de Salvador, que buscara un préstamo en alguno de los bancos locales de Granada
En aquella situación de asfixia financiera y económica, el Marqués del Salar ordenó a su administrador en Granada, el poeta José Salvador de Salvador, que buscara un préstamo en alguno de los bancos locales de Granada. Había varias casas de banca y prestamistas, entre los que sobresalía la firma Hijos de Rodríguez-Acosta y Palacios. Tenía casi de estreno su nueva oficina en la calle Reyes Católicos, número 32. La formaban los hermanos José María, Manuel José y Miguel José Rodríguez-Acosta y Palacios; los tres eran jóvenes y habían heredado la empresa de banca por fallecimiento de su padre en 1870.
Puso como garantía todas sus propiedades del Señorío del Salar, es decir, el pueblo y sus inmensas posesiones
El Marqués negoció un préstamo de 3,2 millones de reales (800.000 pesetas) con la Banca Hijos de Rodríguez-Acosta, en liquidación. Puso como garantía todas sus propiedades del Señorío del Salar, es decir, el pueblo y sus inmensas posesiones. La operación se asemejaba a una hipoteca, pero amarrada aún más con la fórmula de venta a retro. Eso significaba que, en caso de no hacer frente a los pagos en el plazo prefijado, se entendía que era una compraventa.
¿Hipoteca, préstamo o venta a retro?
Fue suscrito el contrato entre el Marquesado y la Banca el 13 de marzo de 1872. De las 800.000 pesetas concedidas, los banqueros destinaron 511.747 a hacer frente a las innumerables deudas que arrastraba el Marqués por media España. El resto (288.253) lo dejaron depositado en una cuenta a nombre de Fernando Pérez del Pulgar para que fuese disponiendo de ellas. Se puso como plazo de dos años para la devolución de la deuda, y recuperación de la finca hipotecada. Llevaba aparejados intereses y, en caso de que se hicieran mejoras, también debería abonarlas el Marqués.
Así debieron entenderlo los banqueros Rodríguez-Acosta Palacios porque inmediatamente tomaron posesión de la finca para gestionarla. También del palacio y torre del castillo, que estaban completamente abandonados.
En cierto modo, aquella operación tenía visos de ser una compraventa más que una hipoteca. Sobre todo, conociendo los antecedentes de manirroto del Marqués. Así debieron entenderlo los banqueros Rodríguez-Acosta Palacios porque inmediatamente tomaron posesión de la finca para gestionarla. También del palacio y torre del castillo, que estaban completamente abandonados.
Pleno dominio por la Banca Rodríguez-Acosta
Trascurrieron los dos años de plazo para que el Marqués recuperase su finca, previo pago del principal más los intereses y mejoras. Había desaparecido, no mostró intención ninguna de volver a ser el propietario en pleno derecho. Los banqueros Rodríguez-Acosta Palacios dieron por sentado que los inmensos terrenos del Salar eran de su propiedad. Entonces nombraron a su propio administrador (18 de febrero de 1875) y encargaron el proyecto de construcción del Canal de los Llanos de Salar a los ingenieros Francisco Gutiérrez y Carlos Pérez Guerrero. Iban a revolucionar la producción agrícola del pueblo, como ya estaban haciendo sus vecinos en las tierras del Soto de Roma y del Duque de San Pedro en Láchar.
La Banca Rodríguez-Acosta no llegó al Salar con la intención de suplantar en las formas ni en el fondo a los antiguos titulares del Señorío-Marquesado. Todo lo contrario, iban con afán industrial de modernizar las tierras, construir nuevos regadíos a partir del agua del río Alhama, roturar baldíos para olivar, almendros y viñedos, introducir ganadería, etc. También encargaron un informe al ingeniero agrónomo Juan Vilanova y Piera para encauzar las posibilidades de transformación agraria.
Del amo medieval se había pasado al cacique neo-industrial. Quienes no comulgaban con sus métodos no tuvieron más remedio que pasar hambre o emigrar. La mayoría agacharon la cabeza a cambio de seguir teniendo trabajo o mantenerse como braceros, colonos, arrendatarios o aparceros
La vida cambió radicalmente en el pueblo del Salar. Desde tres siglos atrás, los “vasallos” del Marquesado estaban acostumbrados a un modo de vida que no era aceptada por una parte de la población. El nuevo administrador era duro, llegó con criterios empresariales; ya no valía cazar y cortar leña cuándo y cómo quería cada vecino. Del amo medieval se había pasado al cacique neo-industrial. Quienes no comulgaban con sus métodos no tuvieron más remedio que pasar hambre o emigrar. La mayoría agacharon la cabeza a cambio de seguir teniendo trabajo o mantenerse como braceros, colonos, arrendatarios o aparceros.
El Marqués reclama su finca
Transcurrió casi una década desde la desaparición del Marqués del Salar sin saberse nada de él por Granada. Hasta que el 13 de abril de 1881 dio señales de vida. Hacía ya siete años que había vencido el plazo para la devolución del préstamo y la recuperación de sus fincas. Tiempo más que suficiente que había hecho pensar a los tres hermanos Rodríguez-Acosta que la finca era suya; así lo habían entendido y en ello habían venido trabajando. Llegaron incluso a inscribirla en el registro.
Se inició de esta manera un largo y farragoso litigio judicial en el juzgado y la Audiencia de Granada, en el que se vieron implicados los mejores abogados granadinos del momento
El Marqués del Salar recurrió a los tribunales para recuperar su finca. Esgrimió varios argumentos, como que el plazo de dos años había sido prorrogado indefinidamente por la Banca, la venta a retro seguiría vigente; deberían devolverla, previo pago de las 800.000 pesetas más las mejoras; también se les acusaba de haberse quedado con las 288.253 pesetas de la cuenta, apenas utilizada por el titular. Se inició de esta manera un largo y farragoso litigio judicial en el juzgado y la Audiencia de Granada, en el que se vieron implicados los mejores abogados granadinos del momento. Hubo infinidad de defectos formales, como demandar a Banca Hijos de Rodríguez-Acosta en liquidación, que había dado paso a otra nueva constituida en 1873. Hubo careos sobre conversaciones entre el presidente del Banco y el Marqués sobre si habían prorrogado el plazo oralmente, etc., etc.
Lo que había ocurrido en ese intervalo de tiempo de nueve años era que el Marqués y sus asesores habían estado buscando compradores para sus fincas del Salar a un precio mucho más elevado que los 3,2 millones de reales en que la había vendido de facto
Lo que había ocurrido en ese intervalo de tiempo de nueve años era que el Marqués y sus asesores habían estado buscando compradores para sus fincas del Salar a un precio mucho más elevado que los 3,2 millones de reales en que la había vendido de facto. El Marquesado entró en conversaciones con inversores de Sevilla; estos tantearon la recompra con los Rodríguez-Acosta, pero acabaron desistiendo. Quedaba claro que el Marqués se había convencido de que su finca valía mucho más de las 800.000 pesetas en que la había hipotecado a retro, quería recuperarla para revenderla a mayor precio.
El caso se vio en primera instancia en el juzgado del distrito Campillo. Dio la razón a las tesis del Marqués del Salar (10 de noviembre de 1882). La situación se inquinó porque, además, el juez decretó el procesamiento criminal contra los titulares de la Banca por haberse negado a entregar su contabilidad. El asunto levantó una tremenda polvareda en los medios de comunicación de Granada y en la calle, dividiéndose la sociedad en favor del noble ─que deseaba recuperar y revender su finca─ y los banqueros que ya se tenían como propietarios tras una década de gestión e inversiones en sus tierras.
La primera sentencia ordenaba devolver las tierras al Marquesado, aunque éste tendría que pagar lo invertido en mejorarlas
La primera sentencia ordenaba devolver las tierras al Marquesado, aunque éste tendría que pagar lo invertido en mejorarlas.
Y, si la sociedad granadina estaba polarizada, la de Salar muchísimo más. El asunto había traspasado fronteras provinciales y la prensa de Madrid se ocupaba del tema. La opinión pública se mostraba mayoritariamente en contra de la familia Rodríguez-Acosta. Los rumores apuntaban que devolver casi un millón de pesetas iba a poner en riesgo el banco; empezaba una silenciosa retirada de fondos y alejamiento de negocios habituales hasta entonces.
Los métodos expeditivos del nuevo administrador le enfrentaron frontalmente con algunas familias que, incluso, tuvieron que emigrar a Málaga temporalmente para poder subsistir.
Nada más conocerse la sentencia de devolución de tierras al Marqués (mediados de octubre de 1882) arreciaron en Salar las tensiones contenidas de los siete años de facto que llevaba la Banca gestionándolas. Había sido el 18 de febrero de 1875 cuando tomaron conciencia de que el Marqués no devolvería el préstamo y ya eran suyas las fincas; enviaron a Antonio Enciso y Vico como administrador suyo en el pueblo, donde se estableció con su familia. Aquel mayordomo plenipotenciario restauró el palacete y la torre, centro del poder de la Banca a partir de entonces. Fue un hombre de mano dura que se enfrentó abiertamente a buena parte de vecinos y al anterior administrador del Marquesado, Juan Lara Bonilla, que también ocupaba la alcaldía. Los métodos expeditivos del nuevo administrador le enfrentaron frontalmente con algunas familias que, incluso, tuvieron que emigrar a Málaga temporalmente para poder subsistir. Uno de los casos más señalados de enfrentamiento ocurrió con la familia Miranda Roche; éste sería el detonante que desencadenaría las fatales consecuencias que estaban a punto de precipitarse.
La hermana pequeña de los Miranda Roche (Encarnación) les informó que el administrador había ido a Loja en su coche de caballos y tendría que regresar esa noche
Asesinato del nuevo administrador
La situación estaba tan caliente el 18 de febrero de 1883 que los hermanos Miranda Reche (José, Miguel y Fernando) se reunieron con Antonio María Moreno López y decidieron “invitar” al administrador de la Banca, Antonio Enciso, a abandonar el pueblo en el que llevaba justo ocho años administrando los intereses de la Banca. La hermana pequeña de los Miranda Roche (Encarnación) les informó que el administrador había ido a Loja en su coche de caballos y tendría que regresar esa noche.
Los cuadros decidieron armarse de pistolas, escopetas y cuchillos y salirle al encuentro al camino, a unos dos kilómetros de la carretera de la Venta del Pulgar. Se emboscaron en la zona próxima a la curva del Canuto y le esperaron para darle un escarmiento y asustarlo para que se fuera del pueblo. En torno a las 21,30 horas, ya en plena oscuridad, pararon el coche de caballos: los animales fueron retenidos por Fernando Miranda (19 años), en tanto sus hermanos Miguel (25) y José (23), Antonio María Moreno (35) se dirigieron a la portezuela trasera del coche. Se bajó Antonio Enciso desarmado (se dejó la pistola en el asiento), y se les enfrentó soberbio: “Aquí me tenéis ¿Qué queréis?”, les espetó.
Le contestaron: “Matarlo”. Y descargaron tres tiros sobre su cuerpo. Enciso, herido de muerte, anduvo hasta la cuneta. Los tres echaron mano de sus cuchillos y le propinaron unas veinte puñaladas.
Le contestaron: “Matarlo”. Y descargaron tres tiros sobre su cuerpo. Enciso, herido de muerte, anduvo hasta la cuneta. Los tres echaron mano de sus cuchillos y le propinaron unas veinte puñaladas. Al conductor, Francisco Cantón Lisbona, le amenazaron con matarlo si desvelaba sus identidades. Debería contar en Salar que habían salido ocho salteadores enmascarados y se habían llevado a su amo.
La viuda del administrador Enciso, nada más conocer la muerte de su esposo, empezó a gritar el nombre del alcalde Antonio Lara como inductor o instigador del asesinato. La Guardia Civil de Loja inició las investigaciones y no tardó en encontrar las armas utilizadas en una caseta derruida de otro vecino, Matías Vergara Ibáñez. Muy pronto detuvo a todos los participantes directos, también al alcalde, que se había escabullido a Granada. Seis encarcelados en total. Las pesquisas policiales incluyeron a más de 140 vecinos de Salar como testigos.
La vista oral duró nueve días y, por primera vez, periodistas de Madrid acudieron como enviados especiales a la Audiencia de Granada para informar a los lectores de toda España
El juicio penal del que se llamó crimen del Salar (diferente al de las tierras) tuvo lugar en la Audiencia de Granada entre el 25 de junio y 4 de julio de 1883. Las investigaciones y la instrucción fueron de una rapidez asombrosa. La vista oral duró nueve días y, por primera vez, periodistas de Madrid acudieron como enviados especiales a la Audiencia de Granada para informar a los lectores de toda España. La fiscalía y la acusación particular solicitaban cinco penas de muerte contra los seis detenidos y larga prisión para Matías. La expectación y el interés fueron máximos.
A los hermanos José y Miguel Miranda Roche, y a Antonio María Moreno se les declaró autores materiales de homicidio, con pena de 20 años de reclusión; a su hermano Fernando Miranda Roche, a 17 años porque no disparó ni apuñaló al administrador Antonio Enciso
Sólo una semana más tarde, el 11 de julio, se conoció la sentencia. El tribunal absolvió al alcalde Juan Lara y al vecino Matías Vergara de su acusación de inductor y encubridor/receptor de las armas, respectivamente. A los hermanos José y Miguel Miranda Roche, y a Antonio María Moreno se les declaró autores materiales de homicidio, con pena de 20 años de reclusión; a su hermano Fernando Miranda Roche, a 17 años porque no disparó ni apuñaló al administrador Antonio Enciso.
El asunto podría haber quedado ahí, con los cuatro hombres purgando sus penas en alguna cárcel durante buena parte de sus vidas. La familia de banqueros Rodríguez-Acosta no dejaron desamparada a la viuda y la hija de su administrador; le concedieron una pensión de 300 reales mensuales y se encargaron de la educación de la niña. Por supuesto, también encargaron a sus abogados que recurrieran la sentencia por no estar conformes con su fallo. Se sumaron al recurso de casación del ministerio fiscal ante el Tribunal Supremo. Las acusaciones continuaron insistiendo en la culpabilidad del alcalde Lara y del vecino Vergara.
Empezó entonces una frenética campaña de recogida de fondos por Granada para que las familias de los condenados pudiesen ir a Madrid a pedir clemencia al rey Alfonso XII y el indulto al presidente del Gobierno (Cánovas del Castillo). Parte de la prensa de Granada también se sumó a esa campaña
Justo el día en que se cumplió el aniversario de la muerte de Enciso, el 18 de febrero de 1884, el Supremo emitió su fallo inapelable: aceptó la petición del fiscal y la acusación particular de condenar a muerte a los cuatro emboscados en el camino y ratificó la plena absolución del alcalde y del vecino Matías. Aquella noticia sembró de pánico a unos y de alegría a sus contrarios. Empezó entonces una frenética campaña de recogida de fondos por Granada para que las familias de los condenados pudiesen ir a Madrid a pedir clemencia al rey Alfonso XII y el indulto al presidente del Gobierno (Cánovas del Castillo). Parte de la prensa de Granada también se sumó a esa campaña.
El papel de la Banca Rodríguez-Acosta en lo referido a su finca del Salar estaba en entredicho; todavía no la había devuelto al Marqués porque la primera sentencia denegatoria la tenían recurrida en el Supremo. Momentáneamente habían nombrado administrador sustituto a Francisco Fernández Delgado. La división en Granada se acentuó al conocerse las cuatro penas de muerte, la gente empezó a sacar sus fondos de la Banca y a mirar a sus propietarios de reojo. El asunto judicial del pleito entre el Marqués y la Banca era de tanta enjundia que fue recogido casi íntegramente en un libro que se vendía en las librerías de Granada y en El Defensor.
Tres condenas a garrote y un indulto
Aunque en aquellos momentos, febrero de 1884, lo que menos importaba ya era el destino de las tierras en disputa entre el noble y los banqueros. Lo más grave era que cuatro vecinos de Salar se encontraban en la cárcel de Granada condenados a muerte y esperando que llegara orden de ejecución en cualquier momento. Las cartas y los viajes hacia Madrid no dejaban de salir. Por entonces era normal que los reos fuesen ahorcados o agarrotados a las pocas semanas de hacerse firmes sus sentencias.
El fotógrafo García Ayola también los fotografió y vendió en su tienda unos pósteres con las caras de los cuatro que iban a morir
El interés ciudadano debió ser enorme. Un pintor consiguió permiso para entrar en la cárcel a retratar al óleo a algunos de los condenados. El fotógrafo García Ayola también los fotografió y vendió en su tienda unos pósteres con las caras de los cuatro que iban a morir. Si es que finalmente no se conseguía el perdón del Gobierno y su ratificación por el Rey.
La única noticia buena llegó el 19 de abril de 1884: Fernando Miranda Roche, por ser menor de edad y no haber participado materialmente en la muerte, fue indultado por el Consejo de Estado. Eso dio esperanza a los familiares y dirigieron una carta personal al Rey pidiendo también el indulto para los otros tres (17 de mayo). Pero el asunto no pintaba bien del todo. Una joven que estaba amancebada con Miguel Miranda ─Josefa Arrebola─ contrajo matrimonio en prisión, deseaba quedar viuda en caso de que no fuera perdonado.
Las ejecuciones por entonces solían hacerse en la mayoría de los casos a garrote vil en el patio de la prisión (entonces ubicada en los solares que ocupan dos hoteles en la calle Cárcel Baja). Pero en esta ocasión se decidió incrementar la carga de sadismo de las muertes de aquellos infortunados
Las ejecuciones por entonces solían hacerse en la mayoría de los casos a garrote vil en el patio de la prisión (entonces ubicada en los solares que ocupan dos hoteles en la calle Cárcel Baja). Pero en esta ocasión se decidió incrementar la carga de sadismo de las muertes de aquellos infortunados: señalaron las eras del pueblo de Salar como lugar donde ubicar el patíbulo y el Pósito del Marqués como capilla previa. Se fijó la fecha del 21 de mayo de 1884 para las ejecuciones. Lo peor de todo, es que se pregonó que se hacía de manera pública para escarmiento, debería ir todo el que quisiera verlos morir.
Otro hermano mayor de los Miranda Roche, Francisco, todavía confiaba en que llegara a última hora el indulto desde el Palacio Real de Madrid o la Presidencia del Gobierno. Se apostó con su caballo en la oficina de telégrafos de Loja para coger el telegrama y, en su caso, galopar raudo hasta su pueblo y frenar las ejecuciones de sus dos hermanos y del tercer condenado a garrote.
“Tengo el sentimiento de manifestarle que el Gobierno ha acordado no aconsejar a Su Majestad el Rey el indulto de los reos del Salar, a que se refiere su telegrama de hoy”
Los tres reos habían salido en tren desde Granada hasta la estación de Loja a última hora de la noche del día 20 de mayo. Los recogieron, engrillados, en un carro y los trasladaron hasta el pósito del Salar. Allí estuvieron en capilla, fueron confesados y acompañados por varios sacerdotes de Granada y de Loja. Aquella tarde y noche salieron infinidad de telegramas desde Granada hasta Madrid sumándose a la petición de indulto; ninguno de ellos obtuvo contestación. El único telegrama que llegó a la posta de Loja iba dirigido al nuevo alcalde (Francisco Uceda), era del presidente del Gobierno y negaba el indulto: “Tengo el sentimiento de manifestarle que el Gobierno ha acordado no aconsejar a Su Majestad el Rey el indulto de los reos del Salar, a que se refiere su telegrama de hoy”. Por tanto, se desvanecía toda esperanza, las ejecuciones debían seguir adelante.
Eran las ocho de la mañana del 21 de mayo de 1884 cuando los tres hombres subieron a una tarima en las eras donde habían colocado tres bancos con sus correspondientes collares y tornillos para estrangularlos a garrote
Eran las ocho de la mañana del 21 de mayo de 1884 cuando los tres hombres subieron a una tarima en las eras donde habían colocado tres bancos con sus correspondientes collares y tornillos para estrangularlos a garrote. Los habían montado los verdugos de las audiencias de Granada y Sevilla, que se desplazó para ayudar. Los fueron estrangulando en intervalos de dos minutos; primero Miguel, siguió Antonio María Moreno y finalizaron con José Miranda. Algunos se dirigieron a sus familias: Miguel, altivo, entregó su cuello al verdugo y le dijo “aprieta bien”; le dio un escapulario para que se lo entregara a la mujer con la que se había casado unos días antes, Josefa Arrebola; su último pensamiento sería para ella. Antonio María Moreno dirigió las siguientes palabras a sus vecinos: “Perdonadme, hermanos míos. Y ya lo sabéis. Sólo os encargo que, si alguna vez se ven en este caso en que yo me vi, no dejen vivas ni a las ratas”. José preguntó: “¿Me perdonáis?”. Muchos le respondieron: “Sí, hijo de mi alma”. Quiso añadir: “Aquí veis el trance en que se ven los hombres por…”, pero el cura Arcoya le tapó la boca con un crucifijo temiendo que dijera algo que perjudicara a la salvación de su alma. El verdugo apretó al tuerca y le dejó la frase sin terminar, los labios yertos y morados.
Sus últimas miradas fueron para la torre que Hernán Pérez del Pulgar había conquistado justamente 398 años atrás. Los tres se habían negado a que les pusieran capuchas.
Las crónicas dicen que fueron pocos los vecinos de Salar que se acercaron a las eras a presenciar tan macabro espectáculo
Las crónicas dicen que fueron pocos los vecinos de Salar que se acercaron a las eras a presenciar tan macabro espectáculo. Los aproximadamente cuatrocientos testigos procedían de los pueblos de los alrededores y algunos de la capital. Los tres cadáveres quedaron expuestos en las eras durante todo el día, vigilados por media docena de guardias civiles a caballo, hasta que al anochecer el juez forense certificó sus muertes y fueron llevados a enterrar. El gobernador civil había enviado a un destacamento de militares del Regimiento de las Antillas para prevenir disturbios; no fue necesario, los vecinos de Salar se encerraron en sus casas. La mayoría, a llorar; unos cuantos a regocijarse.
Desaparición de la Banca Rodríguez-Acosta
La desolación y desconfianza se cernieron sobre el Salar a partir de las tres ejecuciones. La situación continuó en un impasse mientras el Tribunal Supremo fallaba el pleito sobre la propiedad de los terrenos. La decisión judicial llegó a finales de 1885: declaró nulo el contrato y, por tanto, los terrenos fueron devueltos al Marqués. Una comisión de peritos tasó las mejoras que habían introducido los Rodríguez-Acosta en 400.000 reales (cien mil pesetas), con lo cual Fernando Pérez del Pulgar tuvo que devolver 3,6 millones de reales a la Banca. No obstante, éste intentó que la cantidad fuese menor porque aducía que la renta anual de las fincas solía ser de 50.000 reales (aproximadamente 700.000 pesetas durante los catorce años que la Banca las estuvo explotando).
La crisis reputacional para la Banca Rodríguez-Acosta fue mortal, a pesar de que recuperaron 3,6 millones del préstamo, más los beneficios industriales que obtuvieran
La crisis reputacional para la Banca Rodríguez-Acosta fue mortal, a pesar de que recuperaron 3,6 millones del préstamo, más los beneficios industriales que obtuvieran. Cuando se cerró el capítulo judicial a principios de 1886 las cuentas de sus clientes habían quedado reducidas a poco más de cien mil pesetas. De ser el primer banco provincial pasaron a militar entre los pequeños. Y no sólo los clientes le habían retirado su confianza, también los propietarios quedaron afectados moralmente por aquel asunto tan engorroso en que se vieron envueltos.
La decisión de los tres hermanos Rodríguez-Acosta y Palacios ─tercera generación de banqueros de la familia─ fue cerrar la Banca y abandonar Granada. Traspasaron el resto de sus clientes a los otros bancos locales y pusieron su empresa en liquidación. Solamente se quedaron con los negocios estrictamente particulares, que no eran moco de pavo. La nueva denominación del paréntesis en que entró su empresa se llamaría Hijos de Rodríguez Acosta en liquidación.
Solamente Miguel José (1843-1915) decidió quedarse a vivir en su casa de la Acera del Darro y continuar adelante con sus negocios particulares
El que hacía de presidente, José María R-A y Palacios (1839-93), abandonó Granada con su familia y decidió instalarse en Lisboa; llevaba tres hijas pequeñas y una salud resentida por el sufrimiento de tanto enfrentamiento con el Marqués de Salar. De hecho, fallecería a una edad demasiado joven. El segundo de los hermanos, Manuel José (1841-1912) marchó a vivir a Madrid en 1888. Solamente Miguel José (1843-1915) decidió quedarse a vivir en su casa de la Acera del Darro y continuar adelante con sus negocios particulares.
Empezó una nueva era, esta vez la de mayor esplendor, que se prolongaría desde 1894 hasta 1946 en que se fusionó con el Banco Central
El primogénito y su familia permanecieron autoexiliados en Lisboa hasta principios de 1893. Enfermo y sin acabar de adaptarse, decidió regresar a Granada para morir en su tierra (30 de agosto de 1893). También Manuel había regresado de Madrid ocho años más tarde. Los dos hermanos que quedaban con vida decidieron ─una vez apagados los rescoldos del pleito del Salar─ volver a retomar la actividad financiera ante las excelentes expectativas que se presentaban con el negocio azucarero: el proyecto de Gran Vía, la llegada del ferrocarril desde Murcia y la minería en auge. Francisco José y Miguel José reabrieron de nuevo la Banca Rodríguez-Acosta en la calle Reyes Católicos (trasladada a la Gran Vía, 14, en cuanto estuvo acabada su flamante sede). Empezó una nueva era, esta vez la de mayor esplendor, que se prolongaría desde 1894 hasta 1946 en que se fusionó con el Banco Central.
El fin del señorío del Salar
Los Marqueses del Salar regresaron triunfantes a sus tierras de señorío a principios de 1886, tras quince años de completa desvinculación de sus propiedades ancestrales. Fueron recibidos en un ambiente de alegría y jolgorio por buena parte de la población. Pero ya nada iba a ser igual en adelante; las profundas secuelas del asesinato del administrador y las tres ejecuciones serían difíciles de olvidar. A ello hubo que sumar los daños del terremoto de Alhama (diciembre 1884) y la fuerte emigración que se inició.
Ella y su hijo, el VIII marqués, Fernando Pérez del Pulgar y Fernández de Villavicencio, se vieron abocados a liquidar prácticamente todos los terrenos del señorío y marquesado que les había dado el nombre y título más antiguo de su familia
El motivo principal que originó aquel historión nunca desapareció del todo, fue el que dio el rejón de muerte al sistema feudal mantenido en la zona desde cuatro siglos atrás: la ruina económica de los Marqueses del Salar. Fernando del Pulgar, el VII Marqués, continuó vendiendo sus tierras a pedazos; uno de ellos ya fue adquirido, en 1891, por la regente María Cristina, que a su vez hizo negocio vendiéndolos a otro noble. El VII marqués falleció en Madrid en 1893; para entonces y durante varios años más tarde, todavía continuaban apareciendo requerimientos de acreedores en la Gazeta oficial y en la prensa madrileña. Se habían dejado un reguero de acreedores reclamantes. Las deudas persiguieron a la marquesa viuda del Salar hasta su muerte en 1921. Ella y su hijo, el VIII marqués, Fernando Pérez del Pulgar y Fernández de Villavicencio, se vieron abocados a liquidar prácticamente todos los terrenos del señorío y marquesado que les había dado el nombre y título más antiguo de su familia.
Las dieciocho fincas en que se dividían sus inmensas propiedades fueron puestas en venta; el empresario Francisco Almirón García se hizo con el 60% de ellas, las parceló y empezó a revenderlas. Las fueron comprando gentes de fuera de la comarca y algunas los propios salareños. El proceso de venta a trozos del marquesado del salar se prolongó hasta principios de 1920, incluso algunos flecos llegaron hasta mediado el siglo XX. Pero cuando falleció el VIII marqués, en 1928, casi nada quedaba en Salar que le ligara a la propiedad de la tierra ganada a los musulmanes y que obtuvo Hernán Pérez del Pulgar como merced de los Reyes Católicos.
De los proyectos iniciados por los Rodríguez-Acosta quedó el aumento de tierras cultivables, el incremento de riqueza local y, mucho tiempo después, la regulación de riegos con el pantano de los Bermejales y la red de canales de riego
De los proyectos iniciados por los Rodríguez-Acosta quedó el aumento de tierras cultivables, el incremento de riqueza local y, mucho tiempo después, la regulación de riegos con el pantano de los Bermejales y la red de canales de riego. Social y políticamente, Salar se vería muy condicionada en el futuro por aquella polarización iniciada por el pleito entre el Marquesado y la Banca. Fueron algo más de cuatro siglos los que los salareños vivieron bajo la condición de vasallos de un señor feudal.
En la comarca quedaron ramas menores del apellido Pérez del Pulgar, desgajadas de la línea principal desde siglos atrás. El indultado por el asesinato del administrador Enciso, Fernando Miranda, cumplió la mayor parte de su condena en el penal de Ceuta; regresó a vivir a Loja, donde ejerció como guardia municipal. Parte de la familia Miranda se fue de Salar, aunque la menor (Encarnación Miranda Roche, con 16 años el día del asesinato) se quedó y vivió hasta el año 1951. El pósito del Marqués, donde pasaron sus últimas horas en capilla los tres infortunados, sobrevivió hasta el año 1967.
Hoy nada queda en Salar que recuerde aquellos luctuosos acontecimientos. Propiciados por dos formas muy distintas de entender la vida en el momento en que el ferrocarril trajo la modernidad a la Vega de Granada: la del señor medieval del castillo y la de la revolución agrícola e industrial imparable.
Referencias:
- El desarrollo del proceso está contenido en el libro Audiencia de Granada. Proceso del Salar seguido contra Juan de Lara (alcalde del Salar)... a consecuencia de la muerte de D. Antonio Enciso. Sumario. Juicio oral. Sentencia. M. imp. de La Revista de Legislación. 1883. 301 páginas.
- Un resumen de las apelaciones en el Tribunal Supremo por el asesinato del administrador está recopilado en Crónicas de Tribunales Españoles, cuaderno IX (1884), aunque falta la sentencia final.
- Para conocer el asunto desde el punto de vista financiero, el texto imprescindible es el libro de Manuel Títos Martínez titulado Rodríguez-Acosta: banqueros granadinos (1831-1946).
- Un libro complementario sobre el Salar es Hernán Pérez del Pulgar y el Señorío del Salar, escrito por José Cuevas Pérez y José Montero Corpas.
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